La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE SALMOS Y TRATOS INESPERADOS
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DE SALMOS Y TRATOS INESPERADOS

DE SALMOS Y TRATOS INESPERADOS

V yx y Rose siempre supieron que eran diferentes. Sabían que no había espacio ni tiempo capaz de separarlas y que estaban destinadas a encontrarse, incluso cuando la realidad se sumía en la negrura y voces oníricas contaban historias que no eran suyas.

Hace ya mucho tiempo de la primera vez que sucedió, de la primera vez que la barrera que divide el mundo conocido y los secretos de lo oculto se derrumbó a los pies de lo imposible.

Cuando tenían ocho años, durante las horas de descanso que rondaban el crepúsculo, la oscuridad que primaba en la nada de un sueño profundo empezó a henchirse de formas desconocidas, paredes mal pintadas, olor a rancio y risas estremecedoras.

Un lóbrego escenario emergió de las tinieblas.

Vyx avanzaba sin rumbo, como impulsada por una cuerda invisible. El pasillo era estrecho y el suelo de madera. Cuando se detuvo junto a una ventana, a través de la cual se adivinaban los destellos de la luna llena, la pequeña miró más allá del cristal y vio la linde del bosque.

Aunque no sabía cómo había llegado hasta allí, le gustaba el bosque.

Debería tener miedo, pensó, pero no era así. Puede que se debiera a que había alguien más con ella, otra esencia, y la calma que le transmitía era como una caricia del sol en un día frío.

Oyó voces, meros susurros. Continuó avanzando, pues no comprendía lo que decían.

Cuando el pasillo llegó a su fin, Vyx contuvo el aliento bajo el umbral y contempló la estancia borrosa frente a ella, en la que escalofriantes figuras de túnicas negras que parecían estar envueltas de un denso humo oscuro, como sombras de la muerte, rodeaban a otra que estaba tendida en el centro de un símbolo de nulo significado para ella.

Dio un paso más y el pasillo se desdibujó detrás suyo, tornándose etéreo e intangible.

La calma de la niña se diluyó inevitablemente en una creciente angustia y supo que el miedo que la arrollaba no era solamente suyo.

Vyx alzó la mirada, y ahí estaba, al otro lado de la estancia, bajo un umbral muy parecido y con una oscuridad sin fondo tras ella: Rose.

La tranquilidad que suscitaba su presencia era, y siempre sería, un arma de doble filo, pues la convicción de que algo u alguien nunca te faltará no es más que el disfraz de un profundo deseo para una verdad a medias.

Se miraron con el mismo sentimiento de desconcierto vibrando en los ojos.

Vyx bajó la mirada y vio que Rose cerraba la mano en un puño.

A falta de fe en algo más que en su otra mitad, Vyx creyó con todas sus fuerzas que la mano de su hermana envolvía la suya hasta que la sensación fue real.

Ambas desviaron la atención hacia las sombras, alertadas por los cánticos; un réquiem capaz de robarle luz al día y prometerle más tinieblas a la noche.

Se dieron cuenta de que la persona que se hallaba tendida en el suelo estaba viva, y eran sus súplicas las que se fundían con los salmos, cada vez más acuciados y eminentes.

Las mellizas se cubrieron las orejas con las manos al mismo tiempo, pero hacerlo no impidió que Vyx oyera la voz de Rose repitiendo en su cabeza, una y otra vez, que quería despertar.

No despertaron.

Se hizo el silencio y las niñas vislumbraron el resplandor de un filo plateado.

Las figuras que conformaban el círculo se postraron de rodillas y, seguidamente, uno de los encapuchados hundió la daga con violencia en el pecho de la víctima.

No hubo gritos. No hubo más salmos. Rose retrocedió un paso y Vyx otro.

El asesino dejó la daga junto a él y un río rojo se expandió bajo el sacrificio, bifurcándose como ramas de un árbol que se desangra hasta morir.

Las mellizas observaron horrorizadas cómo el asesino alzaba poco después, victorioso, el corazón caliente de la víctima hacia los cielos.

El suelo empezó a desvanecerse y una niebla comenzó a desdibujar la estancia, densa como la bruma que oculta barcos piratas en altamar.

Antes de que todo desapareciera, Vyx y Rose vieron el símbolo dibujado en la muñeca de la última figura que la oscuridad borró: un lobo de tres cabezas.

Las mellizas pensaron que no había sido más que una pesadilla, pero el tiempo demostraría que algunos sueños son mucho más que meros juegos de la imaginación.

En esa habitación de motel, tan lejos y tan cerca de Rose como si estuvieran compartiendo otro sueño, Vyx deseó que una de esas inexplicables visiones le mostrara el camino hasta su hermana, pues la alternativa era una locura.

Se había cansado de oírlo durante los años de instrucción: «A los dioses se les venera, no se les importuna».

Vyx no tenía ningún interés personal en conocer a Hermes, pero había llegado a la conclusión de que era la única solución.

Evitaba la mirada acusadora de Adonis en su ir y venir.

Si bien Hipólita no había abierto la boca, la guerrera sospechaba que a la sacerdotisa le hacía tanta gracia su idea como a su perro.

Probablemente Rose hubiera trazado un plan menos suicida, uno que no dependiera de un dios conocido por sus mentiras, pero cada vez le costaba más respirar, y eso solo podía significar que a su hermana se le acababa el tiempo.

Rebuscó en la bolsa de viaje hasta dar con un pequeño frasco y un cuenco de bronce.

Reacia, echó un vistazo al símbolo de invocación que había dibujado de memoria en la moqueta.

Vertió después el polvo de incienso en el cuenco que seguidamente colocó en el corazón del improvisado altar.

Encendió el incienso, se arrodilló en el suelo y cerró los ojos según extendía los brazos con las palmas de las manos hacia el Olimpo.

La llamada debía hacerse en voz alta.

—Hermes del plácido caduceo, de los pies alados y de la lengua de plata, el que porta la sutileza del sueño y el alma. Hermes, pastoreador de ánimas y astuto conocedor de los caminos de las tierras subterráneas, maestro de los secretos sepultados en palabras… Yo te invoco.

Apretó los párpados, esperando alguna señal de la presencia del dios guía.

Sin embargo, ninguna brisa le revolvió el pelo ni hubo olores dulzones.

Por supuesto que no habría respuesta. ¿Cuándo la hubo?

Apretó los dientes, abrió los ojos y dio un brinco hacia atrás al ver el rostro de un hombre de facciones delicadas a punto de rozar la punta de su nariz.

—¡Joder! —exclamó Vyx.

—Hablando así delante de tus dioses. —Hermes chasqueó la lengua y se irguió cuan alto era—. Qué poca educación.

Mi hermano se había presentado ante Vyx como una figura mortal que gustaba de lucir unos tejanos desgastados y una camisa blanca con las mangas subidas.

Era un hombre de espalda ancha, ojos grises, nariz recta y pelo negro como el tizón, corto y perfectamente desordenado.

Hipólita bajó la cabeza y se mantuvo al margen, por lo que el dios de la astucia se encogió de hombros y fijó esos imposibles ojos plomizos en la joven guerrera.

—¿A alguien le ha comido la lengua el gato?

Vyx se limitó a fulminar con la mirada a Hermes, como si el ser que tenía delante no tuviera el poder de hacer con ella lo que quisiera; como si ella fuera la diosa y él un simple mortal.

Lo que realmente la sorprendía era que el ritual de invocación hubiera funcionado, pues los libros que había estudiado estaban hechos de imposibles.

Creer o haber sido educada para tener fe en la existencia de unos dioses era una cosa; estar en presencia de uno era otra muy distinta.

Cuando se puso en pie, Hermes vio el tatuaje de la cabeza de un ciervo en el cuello de Vyx y sonrió.

—Una arktoi. Vaya, vaya. ¿A qué debo este honor? —Vyx abrió la boca. Sin embargo, el dios alzó un dedo y lanzó una mirada primero a la mentora y luego a la discípula—. Era sarcasmo, por si no se había notado. El honor es vuestro.

La guerrera se mordió el labio inferior y, de paso, la lengua.

—Alguien se ha llevado a mi hermana y está en grave peligro. Puedo conectar con ella, pero no puedo llegar hasta dónde está. Así que…

—Así que has pensado: invocaré a Hermes, ese dios tan elegante y benevolente que se esfuerza en dar lo mejor de sí mismo con cada suspiro...

—Los dioses no respiráis —señaló Vyx, interrumpiéndolo.

—Es una forma de hablar. Eres un poco obtusa.

«Pedazo de imbécil», pensó ella, que cogió aire y dijo:

—Eres el guardián de los portales.

—Entre otros muchos deberes, sí.

—Así que puedes llevarme hasta ella.

Hermes esbozó una sonrisa burlona.

—Quieres que te ayude a recuperar el hilo que te conecta a tu hermanita, ¿eh? Vaya. ¿Quién lo habría imaginado? Estoy seguro de que Apolo no hubiera sido capaz de profetizarlo ni aunque…

—¿Vas a ayudarme o no? —interrumpió Vyx de nuevo, harta de tanta diatriba sin sentido.

—Te ayudaré. —Hermes se llevó una mano al corazón en un gesto falsamente solemne—. Pero aquí la pregunta importante es… ¿Qué gano yo con esto?

Vyx lanzó una mirada de soslayo a Hipólita, como si una parte de ella esperara que interviniera, pero su mentora continuó siendo fiel a su apología del silencio. La joven suspiró.

—¿Qué quieres?

—Quiero a tu perro.

La guerrera se quedó estupefacta. Miró al husky. Adonis seguía tendido en la cama con esa tristeza pintada en los ojos de quien sabe que algo le falta.

—Menuda chorrada —dijo Vyx—. ¿Para qué quieres a Adonis? Solo es un perro.

—¿Para qué quieres a tu hermana? Solo es una mortal.

La guerrera cerró las manos en sendos puños. «Gilipollas», pensó. Sí, Rose solo era una mortal; una mortal que dedicaba su vida a dar caza a todas las amenazas que se les habían ido de las manos a los dioses, que tan superiores y poderosos presumían ser.

Vyx se dijo que no tenía tiempo para escupir su odio o negociar e intentó no pensar en que, si Rose sobrevivía, jamás la perdonaría. ¿Sería ese uno de los famosos sacrificios de los que Hipólita habló durante los años de instrucción?

Renunciar a alguien a quien quieres para salvar a alguien a quien amas todavía más.

—Acepto.

—Vyx —advirtió Hipólita.

—Si no hago algo, Rose morirá. Así que ahórrate tu juicio de venerada sacerdotisa.

—¡Tenemos un trato, entonces!

Hermes lo celebró con una palmada y una triunfante sonrisa. Adonis lanzó una mirada a la guerrera, a quien se le antojó acusadora, antes de obedecer las órdenes del dios y bajar de la cama con un brinco. «No», se dijo Vyx. «Ro no me perdonará en la vida».

—Me encantan estos chuchos —murmuraba Hermes mientras acariciaba al perro detrás de las orejas—. Una de las mejores creaciones, sin duda. Creo que te llamaré Mercurio.

—Se llama Adonis —escupió con odio Vyx.

—Se llama Mercurio —sentenció el dios, tajante—. Y me hará compañía. Mi trabajo puede ser muy aburrido, ¿sabes? A veces tengo que hacer recados en el Tártaro y las almas no suelen ser muy habladoras…

—¿Vas a llevarme hasta ella o qué?

—La paciencia es la hermana de la ciencia —canturreó él con sorna. Luego dejó ir un suspiro de resignación—. Estos jóvenes de hoy en día, siempre con tanta prisa.

Bastó un giro de su muñeca derecha para que una cortina de energía vibrara en la pared, a espaldas de Vyx.

Cuando la guerrera sintió la caricia de la brisa que traía consigo el inconfundible aroma de los pinos, se dio la vuelta y enfrentó el portal.

Apretó los puños de nuevo. Sin últimas miradas, aunque con muchos remordimientos que se esforzaba en callar, Vyx avanzó hacia la bolsa que se encontraba sobre la cama y extrajo de ella un arco de madera y luego un carcaj negro con sus diez flechas.

Tomó también la lanza retráctil y la enfundó en el cinturón.

Hipólita dio un paso hacia ella cuando la vio decidida a marcharse.

—Ten cuidado. No sabes a lo que te enfrentas.

—Bueno. —La guerrera sorbió por la nariz con el gesto frío —. Creo que, por primera vez, tú tampoco. Si no volvemos, que sepas que te odio.

Y Vyx avanzó hacia el portal. El campo de energía se disolvió cuando la guerrera desapareció tras él y allí no quedó más que la triste pared impersonal de la habitación.