La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE PROMESAS Y ATAÚDES #2
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DE PROMESAS Y ATAÚDES #2

Tras un escueto asentimiento, la superiora se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos hacia el edificio principal, el más imponente de los tres que formaban el complejo del orfanato. Las pequeñas se quedaron a solas con quien era una desconocida a sus ojos.

—Os esperan grandes cosas a las dos —les dijo Hipólita—. Lo mejor está aún por venir.

Y se las llevó consigo y, al hacerlo, Vyx creyó que había condenado a dos niñas a vivir y morir por una causa absurda.

Siempre lo había pensado. De pequeña, temía que llegara el día en que las separaran, pero al crecer, ese miedo mutó y se hizo más grande, oscuro y abrumador.

Nadie tenía a la suerte de su lado eternamente, ¿no es así? Y allí estaba hoy, perdiendo a Rose.

Si hubiera una fragancia para el odio, la habitación de motel estaría impregnada de ella.

—En lugar de regodearte en tu veneno —entonó Hipólita, que miraba a su aprendiz con displicencia—, deberías pensar en una manera de encontrar a tu hermana.

Vyx bufó y puso distancia entre ellas. Retomó ese ir y venir que, aunque no calmaba sus nervios, la ayudaba a pensar.

No tenía nada con lo que empezar. Eso era indiscutible.

Lo único que sabía era que, quien quiera que se había llevado a Rose, sabía que no tendría ninguna oportunidad si se enfrentaba a ambas, así que les había tendido una trampa.

¿Cómo sabían que iban a pasar por esa carretera?

Vyx se hundió los dedos en el pelo. Ella no era como Rose.

Su hermana sabría qué hacer. No estaría en esa habitación divagando ni despotricando contra su mentora.

No. Estaría ya rumbo a cualquiera parte, con un plan y sin miedo a nada.

Aunque tenían la misma edad, cinco minutos era diferencia suficiente para que Rose siempre hubiera estado por delante de Vyx.

Incluso cuando las circunstancias no les permitían estar juntas, siempre encontraba la manera.

Siempre llegaba hasta ella, ya fuera desde el otro lado de una puerta, o…

La guerrera se detuvo en seco y contuvo el aliento. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

No dijo nada a Hipólita. Se sentó en el suelo, recogió las piernas, cruzándolas después, y relajó los hombros.

El gemido de Adonis amenazó con arrastrarla al momento del accidente, pero se esforzó en dejar la mente en blanco.

Un empeño en vano, al principio, pues la ira y el miedo no le permitían silenciar todos los reproches de su subconsciente y, por tanto, no era capaz de ver el mundo como un espacio inmenso, vacío y etéreo.

Vyx se humedeció el labio inferior. Inhaló y exhaló muy despacio.

Y así comenzó la búsqueda.

«Ro», llamó en su mente.

Cada exhalación de Vyx era más profunda y pesada que la anterior.

La presencia de Hipólita se diluyó en una densa oscuridad.

Con ella desapareció la habitación, y con la habitación, el mundo se desvaneció.

En ese momento, Vyx no era más que una esencia que buscaba el norte.

Su norte. Ninguna de las dos había comprendido jamás ese don, y en cada ocasión que preguntaron a su mentora, la adalid aseguró desconocer la respuesta.

«Ro».

Muy lejos de allí, Rose abría los ojos de par en par.

Vyx sintió el miedo de su hermana como si fuera suyo.

El vínculo que las unía y que se había hecho más fuerte con los años les permitía ver a través de los ojos de la otra.

Sin embargo, a pesar de que Rose había abierto los suyos, la oscuridad infinita no se disipó y el conocido regusto de despertar de un mal sueño las persiguió a ambas desde las brumas de la inconsciencia.

—Vyx. —El pecho de Rose empezaba a subir y bajar violentamente—. ¡Vyx!

No pudo estirar los brazos. Cuando hizo ademán de incorporarse, se golpeó la frente contra una superficie dura.

El miedo se apoderó de ella tan rápido como se prende la mecha de una cerilla.

«Ro, cálmate. Tienes que respirar».

Pero Rose era presa de un ataque de pánico y, por tanto, Vyx también, y sus intentos por calmarla fueron en vano. Ambas aporreaban con los puños la madera al ritmo de los latidos desbocados de sus corazones. Cuantos más golpes daban, peor respiraban.

«Ro, necesito que pares y respires, por favor».

—¿Vyx?

«Sí, soy yo. Todo irá bien, voy a encontrarte. ¿Sabes dónde estás? Cualquier pista servirá».

En respuesta, su hermana palpó con las manos cada pared que encontró. Era un espacio pequeño y de madera. Deslizó los dedos por la superficie que se hallaba sobre su cabeza. Al propinar un puntapié a la derecha, todo resonó como una caja. ¿Una caja?

«¿Qué es de madera y lo bastante grande para que quepa una persona?».

—Cállate, Vyx.

Pero la posibilidad ya había calado en Rose, que notó como la sangre se le helaba en las venas. Se llevó ambas manos a la boca para ahogar así un grito de horror.

Estaba encerrada; encerrada y enterrada en un ataúd.

—No, no, no…

Se habría dado golpes en las sienes si tuviera más espacio de maniobra, pero los ataúdes no están pensados para ataques de pánico. Tomó varias bocanadas de aire y cerró los ojos.

«Rose».

—Estoy enterrada, Vyx. Me han enterrado. No sé cuánto oxígeno me queda…

La voz de su hermana pequeña tardó más en llegar de lo que le hubiese gustado, y el terror de volver a saberse sola tenía su propia presencia, como una energía que enrarecía el poco aire que le quedaba y que quemaba más y más con cada vaga exhalación.

«Te encontraré, ¿vale? Te lo prometo».

—Qué heroica suenas. ¿Adonis está bien?

«Me parece muy fuerte que preguntes por el perro antes que por mí».

—Eso es que sí. Vyx. —Rose cerró los ojos—. No quiero morir, ni así… ni aquí.

Rose supo que el nudo de angustia que se le hizo en el pecho no era suyo.

«O se llevan a las dos, o no se llevan a ninguna. Te encontraré».