La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE PROMESAS Y ATAÚDES
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DE PROMESAS Y ATAÚDES

DE PROMESAS Y ATAÚDES

H ipólita, venerada sacerdotisa y adalid de la Orden Arktoi, acudió a la habitación del motel en cuanto recibió la llamada de una Vyx totalmente desbordada.

Para cuando la mujer cruzó el umbral, lo único que seguía en pie era la cama sobre la que Adonis, con una pata vendada, miraba con tristeza a su dueña.

Si bien Rose había demostrado ser una guerrera paciente y metódica desde temprana edad, capaz de idear un plan para salir de la más compleja de las situaciones, su hermana siempre había sido pura rabia contenida en un cuerpo muy pequeño.

Mucho más pequeña parecía Vyx en ese momento, sentada con la espalda contra la pared, las piernas recogidas contra el pecho y las manos en la cabeza.

La sacerdotisa cerró la puerta, o lo intentó, pues la cerradura estaba rota, probablemente como consecuencia de un portazo.

Prudente, ya que conocía el temperamento de su aprendiz, la observó durante unos segundos en silencio.

Recordaba que Vyx solía hacer lo mismo cuando era pequeña y se sentía desbordada: gritaba, despotricaba y rompía cosas, hasta que la furia que ardía en su pecho ya no avivaba tanto.

Cuando se quedaba sin fuerzas, se aislaba en un rincón durante horas.

La única persona capaz de calmarla no estaba allí, pero no por eso su mentora se amedrentó.

Descolgó la larga y pesada bolsa negra que llevaba al hombro y la dejó caer al suelo.

A paso lento pero seguro, se acercó a su aprendiz.

—No lo entiendo —murmuró Vyx sin moverse, pero muy consciente de la presencia de Hipólita—. ¿Por qué se han llevado solo a Rose? No tiene sentido, joder.

—No creo que esa sea la pregunta que debas hacerte.

Vyx gruñó y no se molestó en mirar a la adalid. Bajó los brazos y acto seguido se levantó. La habitación parecía hacérsele pequeña con cada una de las zancadas de un ir y venir absurdo. Pero más absurdo era todavía que, por mucho que respirara, le siguiera faltando aire.

—No estoy de humor para tus sermones de mierda —advirtió.

—No he venido para darte sermones. Estoy aquí para ayudar. Esto es grave.

—¿No me digas?

Vyx se volvió hacia ella con una cínica sonrisa en los labios.

Observó lo distinta que Hipólita parecía fuera del templo, con esas ropas tan sencillas y la ausencia de la túnica morada.

Si la memoria no le fallaba, no había visto a su mentora sin los detalles tan distintivos propios de la adalid de la Orden desde que sus caminos se cruzaron por primera vez.

Y de eso hacía ya mucho tiempo.

—Hacemos todo lo que nos pides. Vamos adonde sea que nos digas. No hacemos preguntas. Lo hacemos todo por ti. Por ti y por Artemisa, esa diosa de pacotilla.

No podría haberlo visto venir y, de haberlo hecho, no hubiese tenido margen para reaccionar a tiempo: una bofetada le cruzó la cara.

Aunque solo se resintió una mejilla, a Vyx se le encendieron las dos de rabia.

Miró a los ojos de Hipólita, de un azul añil, que en ese momento brillaban con una extraña mezcla de decepción y desdén.

—Esa diosa de pacotilla es la diosa a la que le juraste lealtad, así que ten más respeto. No te he educado todos estos años para que seas una mocosa impertinente.

El pecho de Vyx subía y bajaba con violencia.

Estaba convencida de que el día que Hipólita apareció en el orfanato de Nuestra Señora del Socorro en busca de dos candidatas más para la próxima generación de guerreras arktoi, se las llevó a ambas no porque quisiera, sino porque habría sido imposible separarlas.

Y es que ya por aquel entonces, Vyx se aferraba a la mano de Rose y no la soltaba bajo ninguna circunstancia.

Muchos fueron los días en los que las monjas la castigaban por su desafiante comportamiento y Vyx gritaba hasta quedarse afónica, suplicando que su hermana se quedara con ella.

Fue una calurosa tarde de verano de hace trece años, en una remota isla del Mediterráneo, cuando la vida de las mellizas cambió para siempre.

En ese momento, poco después de su décimo cumpleaños, las dos hermanas jugaban a la sombra de un cerezo, aisladas de los demás niños y niñas, cuyas risas y gritos risueños daban algo de color a las paredes grises.

Era difícil distinguir a la una de la otra, pues las dos llevaban el largo pelo castaño recogido en una coleta y vestían el mismo uniforme de pantalón gris y polo blanco.

—Estate quieta —pidió enfadada la pequeña Rose—. No te va a doler.

Su disgusto se debía a la reticencia de su hermana a dejar que le aplicara el cataplasma que ella misma había preparado en la ceja.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Vyx, desconfiada.

—Porque vi a la madre Agnes ponérselo a Bemus y él no se quejó.

Vyx se mordió el interior de la mejilla y apretó la tela del pantalón raído entre los dedos. Miró al verde de los ojos de Rose y, con un suspiro, se echó ligeramente hacia delante, cediendo.

—No te tendría que poner nada si no te hubieras peleado con Damien —señaló Rose.

—Te insultó.

—¿Y qué? Solo son mentiras, Vyx. No te muevas, ¿vale?

Aplicó despacio con la cuchara de madera la mezcla del bol que tenía en el regazo y las dos gimieron de dolor al mismo tiempo.

—¡Has dicho que no dolería! —se quejó Vyx primero.

—Solo escuece un poco, quejica.

Molesta, Vyx se acarició cerca de la ceja sin llegar a tocar el ungüento y murmuró:

—Lo raro sería no quejarse.

—Tu cara sí que es rara.

Vyx la empujó y las dos se rieron. Luego suspiraron al unísono y se tumbaron boca arriba en el césped para contemplar el cielo a través de los pétalos rosados del cerezo.

—Tienes que dejar de meterte en peleas —pidió Rose tras un breve silencio, girando la cabeza hacia su hermana—. No quiero que te castiguen.

—Y yo no quiero que te hagan daño —contestó Vyx. Arrancó un manojo de césped y apretó los labios enrabiada—. Damien es un imbécil. No le tengo miedo.

—Ya. —Rose soltó una risita—. A ti no te da miedo nada.

—Mentira.

Rose se estremeció por el tono cortante de su melliza. Fue como si su voz saliera de un sitio mucho más profundo que la garganta.

—Me da miedo que nos separen. —susurró Vyx—. Nunca se llevan a dos a la vez.

—Entonces no nos separarán. —Rose se colocó de lado para así poder ver a su melliza mejor—. Será como una promesa, ¿vale? O se llevan a las dos, o no se llevan a ninguna.

Se miraron en silencio. Como tantas otras veces, Rose alargó la mano hacia su hermana y Vyx hizo lo mismo. Antes de que sus dedos llegaran a rozarse, un abrupto chillido las hizo dar un brinco y buscar inquietas su procedencia. Vyx fue la primera en resoplar nada más ver al culpable.

—Es ese pajarraco feo otra vez —rezongó.

Rose, en cambio, sonrió y se incorporó hasta sentarse, asombrada.

—No es un pajarraco. Es preciosísimo.

Su hermana la miró como si hubiese dicho cien mentiras seguidas.

—Vale. Lo que tú digas.

—No he visto ninguno así en los libros. Es una pasada. Fíjate, fíjate, es como si tuviera fuego en las alas —decía Rose, fascinada—. ¿Qué será?

—Un loro no. Los loros molan más.

Vyx arrancó otro manojo de césped. Lo lanzó como si fuera lluvia verde a la espalda de su hermana y sonrió al ver que algunos trozos se quedaban adheridos al polo blanco y a su melena.

Pronto se dio cuenta de que los jardines se habían sumido en un inesperado silencio.

Se habían apagado las risas y con ellas se habían callado los gritos.

Vyx se incorporó despacio y observó que los demás niños y niñas seguían allí, muy quietos en sus sitios, y que todos miraban fijamente en la misma dirección: la hermana superiora, Agnes, hablaba con una desconocida de larga melena castaña recogida en dos trenzas.

Eran las trenzas más perfectas que Vyx había visto en toda su corta vida.

¿Quién sería? Eran muy pocas las personas que visitaban el orfanato, y muchas menos todavía eran las que se parecían a las amazonas de los mitos griegos.

El corazón le dio un vuelco cuando el dedo de Agnes señaló hacia ellas. Tanteó a ciegas con la mano hasta que pudo tocar la camiseta de su hermana y dio varios tirones.

—¡Ro! ¡Ro!

Rose se giró molesta, pero antes de poder recriminarle nada a Vyx vio que la hermana Agnes se acercaba y que no venía sola.

Reaccionó deprisa y escondió el bol del ungüento y la cuchara de madera que había tomado prestada de las cocinas.

Ambas se pusieron en pie, cruzaron las manos en la espalda y bajaron la cabeza, como era protocolario hacer en presencia de una superiora.

—Son las únicas mellizas que tenemos —dijo Agnes con un tono despectivo al llegar—. Las abandonaron a las dos a las puertas de este orfanato hace diez años.

—Una noche de luna creciente, imagino —dijo la otra mujer, de voz grave y profunda.

Las dos pequeñas, confundidas, se miraron de reojo. La madre superiora carraspeó.

—Como comprenderá, no recuerdo las circunstancias de todas las noches en las que alguien decide abandonar a sus hijos en nuestras puertas. ¿Acaso importa?

—En absoluto.

Vyx se atrevió a alzar ligeramente la mirada, impulsiva como era, y se encontró con la media sonrisa de la imponente mujer. Observó el tatuaje que llevaba en la cara anterior del cuello. Era la cabeza de un ciervo. Hipólita ensanchó la sonrisa y Vyx bajó de nuevo los ojos al suelo.

—Puede llevarse solo a una si lo desea —dijo Agnes—. Entiendo que…

Estoy segura de que Vyx maldijo a la madre superiora y que tuvo tiempo suficiente para imaginar que se caía por un acantilado de la isla y se ahogaba entre un montón de peces muertos por el inconfundible hedor a persona despreciable de la vieja monja.

—No —interrumpió la recién llegada—. Me quedo con las dos.

El ave que descansaba sobre la rama más gruesa del cerezo chilló e Hipólita sonrió. Las niñas, prudentes, miraron con disimulo cómo el ave se alzaba en un majestuoso vuelo, alejándose. La misteriosa mujer sonrió una vez más.

—Lo prepararemos todo, entonces —determinó Agnes.