DE SUEÑOS Y DESTINOS
DE SUEÑOS Y DESTINOS
L a historia que voy a contarte empezó una noche de luna creciente, poco después de la caza de un basilisco, en un restaurante de carretera situado en los límites del norte de Zagora.
En la tercera mesa, junto a un sucio ventanal y bajo los destellos de una bombilla titilante, Rose esbozaba una sonrisa de agradecimiento a la camarera y aceptaba el plato que esta le tendía.
—Muchas gracias. Tiene muy buena pinta.
La mujer, de pelo negro como el ébano recogido en un cuidado moño, pasó las manos por las arrugas del delantal y asintió complacida.
Rose reparó en el colgante que llevaba: la cabeza de un caballo.
Cuando alzó la mirada, la anciana le tendió una taza de café al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa; gesto que borró como respuesta al gruñido que soltó la otra muchacha que ocupaba la mesa.
—¿Kétchup? —preguntó Rose antes de que la amable señora pudiera reprender a su hermana pequeña—. Y si pudiera traer un melocotón...
La anciana asintió y se marchó después. Una vez estuvieron solas, Rose cruzó las manos sobre la mesa, escudriñando a su melliza con un fruncido de ceño, y le dijo:
—¿A qué viene esa actitud?
—Tengo hambre —contestó con apatía Vyx—. ¿Y a ti qué te pasa con la fruta?
Rose puso los ojos en blanco y luego miró al husky que se relamía expectante a su lado.
—Es saludable. Deberías comer más fruta, enana. ¿Y tú, eh? Tú eres lo más bonito que han hecho los dioses —le decía al perro, rascándole justo detrás de las orejas, donde más le gustaba—. Sí, Adonis, eres lo más precioso de este mundo… ¿A que sí? ¿A que sí?
Su hermana se aguantó la risa, con los carrillos llenos de comida.
Vyx era la pequeña por apenas cinco minutos de diferencia.
Cabe señalar que las dos eran como el día y la noche, a pesar de haber compartido el vientre materno durante nueve meses.
A Rose le gustaba teñirse el pelo de diferentes colores, mientras que Vyx había optado por llevar el pelo castaño, corto y el lado derecho rapado desde los dieciséis años.
Los ojos de Rose eran del verde de las esmeraldas en perfecto contraste con el azul glauco de los de Vyx.
La manera de sonreír de ambas era, también, muy diferente, pues Rose lo hacía sin reparo y con absoluta sinceridad, mientras que para la más pequeña las sonrisas eran una mera utilidad.
—¿Crees que podrás informar a Hipólita cuando lleguemos a Volos? —preguntó Rose, después de darle un sorbo a su café—. Ya sabes, tú sola. Hace bastantes días que no veo a Lucian y…
—Lucian —dijo Vyx con desgana, como si acabara de amargarle la cena—. Sigo sin entender qué ves en ese tío. Siempre va de negro, huele a alcohol y se codea con gente muy rara.
Su hermana alzó una ceja, incrédula.
—¿Estás hablando de Lucian o de ti?
—Ja ja. Qué graciosa. Y no olvidemos que está completamente fuera del Círculo.
—Sí, y es el hombre más guapo del mundo. Además, nadie puede escoger de quién se enamora. Pero te aseguro que si pudiera elegir, lo escogería a él.
Vyx masticó más despacio y se encogió de hombros con indiferencia.
Amar como Rose sugería implicaría compromiso, y ella se jactaba de ser alérgica a esa palabra.
Sus ojos se fueron detrás de una rubia despampanante que pasaba en ese momento por su lado.
En lugar de hacer algún comentario jocoso al respecto como de costumbre, siguió masticando en silencio y frunció imperceptiblemente los labios antes de decir:
—Este restaurante me suena de algo. ¿Hemos estado aquí alguna vez?
Rose se metió una patata frita en la boca y negó con la cabeza.
—A no ser que hayas venido sin mí, y me parecería una vil traición, yo diría que no.
—Sabes que no voy a ninguna parte sin ti.
—Seguro que eso se lo dices a todas.
—La verdad es que sí —confirmó Vyx con una traviesa sonrisa—. Es importante que se sientan especiales, sobre todo después de…
—¡Calla, calla! —exclamó Rose justo antes de taparse las orejas con las manos—. No quiero oír nada de lo que le hace mi hermanita a sus conquistas, ¿vale?
—Vale, vale. Tú te lo pierdes.
Durante los instantes de silencio que siguieron, Vyx analizó cada cambio en la expresión de su hermana.
Cambios que para otros hubieran pasado desapercibidos, tales como el brillo de sus ojos apagándose cual estrella que se aleja, o la sonrisa que se desdibujaba para dejar solo una fina línea en esos labios rosados.
También la manera que tenía de mirar el plato lleno como si se sintiera, de repente, vacía. Inquieta, Vyx preguntó:
—¿En qué estás pensando?
Rose la miró. Sonrió y se inclinó sobre la mesa para apartarle el flequillo de la cara a Vyx.
—Pensaba en lo que has dicho sobre Lucian —respondió, y volvió a sentarse bien—. Porque tienes razón, está fuera del Círculo. Está fuera de todo. Honramos a los mismos dioses y, aun así, es como si nos separaran dos mundos distintos. Si Hipólita se entera…
Vyx torció el gesto, hastiada. No era un secreto que Rose siempre había querido formar una familia.
Sin embargo, no podía dejar la Orden de la noche a la mañana solo porque creyera haber encontrado al amor de su vida.
Las dos tenían claro que el juramento que me habían hecho demandaba un servicio de por vida.
—Hipólita no se enterará. Además, ¿tengo que recordarte que la Orden no está pasando por el mejor de sus momentos?
A nuestra mentora le están saliendo granos del estrés.
En serio, los he visto. No le sobra tiempo para notar que vas por ahí enamorándote.
Sea cual sea la última gran prueba que mide nuestras verdaderas aptitudes como guerreras… Está yendo regular.
—Thalia la ha superado. —Rose se mordió el labio, pensativa—. Sé que ser parte de la Orden Arktoi es nuestro destino y que nos hemos preparado toda la vida para esto, pero tiene que haber algo más, ¿no? Nadie habla nunca de lo que sintieron durante la ascensión y…
Vyx soltó una estridente carcajada y su hermana la miró con mala cara.
—Perdón. —Se disculpó Vyx. Luego cogió una servilleta y se limpió las manos con ella—.
Es que cada vez que dices la palabra ascensión parece que estemos esperando a que nos rescate la Nave Nodriza.
Mira, Ro. —Tensó los hombros y la sonrisa se borró de sus labios y de sus ojos, teñidos ahora de una seriedad insólita en ella—.
Podemos hacerlo. Sé que te parece imposible, pero no seríamos las primeras ni las últimas en llevar una doble vida.
Puedes ser una guerrera arktoi y estar con Lucian.
Si nuestro destino llama a la puerta, ya te preocuparás entonces sobre a qué estás dispuesta a renunciar.
—Qué filosófica te has vuelto de repente. Es por si nos está escuchando esa rubia a la que has desnudado con la mirada antes, ¿no?
No hubo sonrisa socarrona en Vyx.
—No sé por qué... —Bajó la voz—. Me da la sensación de que la he visto antes.
Rose resopló y le restó importancia.
—¿No me dijiste que ibas a hacerte una lista con los nombres de tus conquistas?
—Ya, pero qué pereza. Además, tendría que relacionar caras y nombres. Ves el problema, ¿no? Se me dan fatal los puzles.
Las dos se rieron.
—Lo que creo es que tú y el compromiso os lleváis muy mal.
—Rose empezó a jugar con el tenedor en la ensalada que acompañaba a la hamburguesa—.
Podrías intentar no perder el tiempo con ligues de una noche y, no sé…
Tienes mejores opciones, como cierta bruja que está coladita hasta los huesos por ti.
—No empieces con Astrid otra vez, va. Tengo veintitrés años, Ro. No me deprimas. La única chica a la que quiero con locura y de la que nunca me cansaré eres tú.
—Qué halagador —replicó su hermana—. Pero te lo digo en serio.
—Y yo también. —Se señaló la cara—. ¿No me ves? Jodidamente seria.
Rose suspiró y alzó las manos en un gesto de rendición. Vyx se acercó la hamburguesa a los labios pero no llegó a dar el mordisco porque dijo:
—Además, no sé por qué insistes tanto. A ti te preocupa que Hipólita te convierta en un oso gigante por estar con Lucian. ¿Qué crees que me haría a mí si se enterara de que me acuesto con una bruja? Ya sabes que no les tiene cariño desde lo que pasó con el Aquelarre del...
—No os ha ido tan mal hasta ahora.
—Astrid y yo somos amigas, y punto.
—Las amigas no le arrancan el sujetador a la otra con los dientes.
—Bueno, esa es tu opinión.
Su hermana mayor torció una sonrisa. No volvieron a hablar del tema.
Media hora después, un viejo Volkswagen Corrado rojo y oxidado recorría la carretera serpenteante entre las imponentes y verdes montañas que bordeaban la costa.
You’re the one that I Want , la canción de John Travolta y Olivia Newton-John, rompía el plácido silencio de los bosques.
Al volante, Rose movía los hombros al ritmo de la música mientras su hermana interpretaba la primera parte de la canción.
Rose no tardó en unirse a ella, todo bajo la siempre fiel atención de Adonis, que iba tumbado en los asientos de atrás.
Entre curvas, mosquitos manchando el cristal frontal del coche y risas esporádicas, la canción llegó a su fin.
Vyx bajó el volumen de la música y preguntó:
—¿Cuánto crees que tardará Hipólita en darnos otra misión? Siento que estoy llena de energía. Ese basilisco ha sido pan comido.
Rose se rio y negó con la cabeza.
—Pues yo te he visto un poco apurada. Te encanta quedarte con lo bueno.
—Es un don que tengo. El tuyo es el de la prudencia.
—¿Sabes cuántas veces hubiésemos muerto de no ser por mi prudencia? —Alzó una ceja, lanzándole una mirada por el rabillo del ojo—. A ver, aclárame esto: odias a la Orden pero disfrutas como una niña haciendo lo que hacemos.
El comentario le robó un suspiro a Vyx, que miró a Rose de reojo. Entornó los ojos hacia el colgante de la media luna que su hermana llevaba al cuello.
Se aclaró la garganta y encogió los hombros.
—Es muy simple, en realidad. Lo disfruto porque lo hago contigo. No me gustaría verme trabajando con la repelente de Thalia o esa que siempre te lanza miraditas. ¿Cómo se llama?
—Gaia. Y no me lanza miraditas.
—Claro que sí. Pero no es culpa tuya. Como a mí me van las chicas se cree que es algo genético y que también te van a ti. —Suspiró—. En fin, la ignorancia. Al menos Hipólita no ha enviado a su pajarraco para espiarnos esta vez.
—No puedes llamar pajarraco a un fénix. Venga, es precioso.
—Es un bicho que al morirse arde como una hoguera y luego vuelve a resurgir de sus cenizas. Me gustan más los loros. Te cuentan chistes y todo.
Rose le revolvió el pelo y se rio cuando Vyx intentó defenderse.
—¿No has dicho que había un motel por aquí? —preguntó la mayor.
—Ajá. En el mirador de no sé qué. Creo que estuvimos una vez hace… ¿cinco años? Estaba esa señora del Círculo que se parecía a Cindy Lauper. ¿Cómo se llamaba? ¿Apostala?
—Apostolia —corrigió Rose entre risas—. Pues yo no he visto ningún desvío desde hace rato y los faros de este coche son una basura. Están a nada de fundirse.
Vyx había sacado el móvil para corroborar la cuenta de Instagram de la chica de la cafetería y ahora hacía un mohín, preguntándose por qué se sacaba tantas selfies delante del espejo y por qué seguía teniendo esa extraña sensación de déjà vu.
—Siempre puedes sacar la cabeza por la ventana. El rojo de tu pelo iluminará el camino.
—Ja ja, qué graciosa...
A decir verdad, todo sucedió muy deprisa.
Rose no vio los trozos de madera con clavos oxidados desperdigados a lo ancho de la carretera mal asfaltada hasta que fue demasiado tarde.
Intentó frenar, pero lo único que consiguió fue perder el control del coche.
Los trozos de madera salieron despedidos en todas direcciones y una de las ruedas estalló con un ruido sordo.
Adonis gimió desde el asiento trasero, nervioso, y aunque Vyx gritó, por mucho esfuerzo que su hermana puso en recuperar el control no pudo evitar que el Corrado rojo impactara de frente contra un árbol en la cuneta.
El accidente fue tan brutal como el golpe que ellas se dieron con las cabezas contra el salpicadero.
Es difícil saber cuánto tiempo se oyeron los ladridos de Adonis; ladridos que se elevaban por encima del ulular de los búhos o del silbido del viento. El capó, deformado por el impacto, despedía un denso humo que se filtraba por las ventanas.
Vyx apretó los párpados antes de abrir los ojos despacio. Los ladridos del husky eran como martillazos para el dolor de cabeza que le nublaba los sentidos. Encogió el gesto y alargó el brazo cuando sintió el lametazo de Adonis en su mejilla. Movió ligeramente al inquieto animal.
—Rose —susurró algo adormilada.
No hubo respuesta. Vyx se apartó del salpicadero como buenamente pudo y, con la cabeza en el respaldo, miró el asiento del conductor y el corazón le dio un vuelco.
La puerta estaba abierta y el asiento vacío.
Rose había desaparecido.