La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) PRÓLOGO
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La voz de Artemisa (La profecía oculta 1)

La voz de Artemisa (La profecía oculta 1)

Por Lucia Gardez

© inepub.com

PRÓLOGO

N unca me ha gustado el Tártaro. La temperatura es demasiado elevada, la oscuridad llega hasta donde alcanza la vista y el hedor de las almas penitentes es insoportable.

La última vez que estuve allí no fue por decisión propia.

Me vi obligada a bajar a ese funesto territorio porque el dolor de una de las almas era tan intenso que llegaba a mi palacio de cristal en el Olimpo.

Supongo que podría haber contactado a Hades para que el tap-tap-tap que sentía contra las sienes se detuviera, pero eso habría supuesto admitir en voz alta que la gran Artemisa Agrotera era incapaz de controlar su propio poder empático, y jamás se debe admitir una debilidad delante de otros dioses, mucho menos si eres uno de Los Doce.

En esta ocasión, sin embargo, mi viaje me ha llevado más allá del Lete, el río del olvido, hasta los bellos jardines de los Campos Elíseos, donde las almas no conocen sentimientos tan nefastos como el sufrimiento, la envidia o el anhelo, pues disfrutan de la eternidad reviviendo sus momentos más felices.

A pesar de que los dioses podemos acceder a este recóndito lugar por nuestros propios medios, mi anfitrión me espera con los brazos cruzados y un gesto impertérrito en ese rostro marmóreo suyo.

Recuerdo cuando apenas era un bebé, tan pequeño que su cabecita cabía en una de mis manos.

Ahora es más alto que yo, tan ancho de espaldas como Apolo y tan imponente como Zeus.

O lo sería si no fuera por esos hombros caídos que denotan siglos de adiestramiento.

—Hola, Artemisa.

—Phyr, querido.

El joven que me devuelve la mirada no sonríe.

Su madre le ha inculcado que existe una fina línea entre la educación y la debilidad y, por tanto, sabe que el más leve atisbo de sonrisa es una señal de buenos deseos impropios de uno de los hijos de los señores del Inframundo.

Ojalá Phyr se pareciera más a Hades y menos a Perséfone, pero salvo por sus ropas negras y esos ojos grises que esconden todos los secretos del universo, ha heredado entre poco y nada de su padre.

—No es muy habitual que los dioses quieran que los muertos recuperen sus recuerdos.

Le sonrío y avanzamos juntos entre la cuidada madreselva que crece a este lado del jardín.

—Siempre hay una primera vez.

Cuando nos adentramos en el bosque de melocotoneros, un cielo infinito se abre sobre las ramas balanceadas por el viento y el suave efluvio de la fruta me inunda las fosas nasales.

Por unos instantes solo se oyen nuestras pisadas sobre la hierba.

Phyr siempre ha sido un muchacho de pocas palabras, por lo que su silencio forma parte de nuestra muda conversación.

—¡Hola!

Miro detenidamente a la niña que está sentada bajo una mimosa, cuyas flores de color amarillo destacan contra el verdegal que nos rodea. Hay un libro abierto en su regazo.

Sonrío al ver que mueve una de las manitas hacia nosotros.

—Hola, pequeña —saludo. Phyr, a mi lado, se detiene en cuanto yo lo hago—. ¿Podemos sentarnos contigo?

—¡Claro! —Nos invita a acercarnos con un aspaviento. La larga melena castaña cae por encima de uno de sus hombros y el lazo rojo que lleva a modo de diadema es tan bonito como su vestido azul—. Estaba leyendo Una arruga en el tiempo —dice antes de cerrar el volumen.

—Madeleine L’Engle —murmura Phyr, que acaba de tomar asiento a la izquierda de la niña de azul—. Una lectura un poco avanzada para alguien de tu edad, ¿no?

Ella se encoge de hombros y le lanza una mirada perspicaz.

—¿Fumas mucho? Hueles a humo.

El gesto tan serio de Phyr se rompe y da paso a la indignación. Sin embargo, enseguida vuelve a ponerse su máscara imperturbable.

—¿No te enseñaron tus padres a no hablar de los olores de los demás?

La pequeña repite el gesto de encoger los hombros y se gira hacia mí.

—Se ha enfadado.

—Un poco, sí —asiento sin dejar de sonreír. Me acomodo mejor a su derecha y retiro una hoja que ha caído en su pelo—. ¿Te gustan las historias de aventuras?

Le brillan los ojos de pura emoción. Veo por el rabillo del ojo que un ciervo asoma tímidamente entre los árboles. Todo está dispuesto.

—¡Sí! Me encantan. —La pequeña baja la mirada al libro—. Este tiene viajes en el tiempo y una batalla entre el Bien y el Mal…

—Eso es estupendo. Creo que te gustará la historia que voy a contarte.

El ciervo se acerca a nosotros y olfatea la hierba a mi alrededor mientras Phyr se recuesta contra el tronco y se cruza de brazos.

Sé que fingirá quedarse dormido, como siempre, pero no me importa.

Ahora mismo toda mi atención está en esa mirada que refulge de curiosidad e interés; en ella y en lograr mi cometido.

—¿Una historia de aventuras?

—En efecto. —Ajusto mi túnica y acaricio al ciervo que se ha acomodado a mi lado—. Una historia de aventuras. Pero también es una historia de amor.

—¿De amor? —repite ella, un poco desilusionada.

—No te dejes engañar, pequeña —susurro y añado poco después—: Las mejores historias de amor siempre empiezan con una gran aventura.