La viuda y el motero CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

KIM

Aquella mañana estaba en el jardín con las tijeras de podar cuando oí la moto.

Me quedé quieta con la rama en la mano, porque llevaba dos semanas oyendo motos que no eran la suya, y ya había aprendido a distinguirlas. Esa era la moto de Reno.

Aparcó delante de casa, se quitó el casco y se quedó junto a la moto sin subir los escalones. Ese día no traía herramientas. No traía flores. Traía una camisa limpia y cara de no haber dormido en tres días.

—Buenos días —dijo.

—Vete.

—No voy a ir a ningún sitio.

—Reno, te lo digo en serio.

—Ya sé que lo dices en serio. Y no me voy —dio un paso hacia la valla—. Esta vez no me voy, Kim.

Me quedé con las tijeras en alto, decidiendo entre gritarle o tirárselas. Cindy estaba dentro viendo dibujos y la vecina estaba husmeando desde su porche, así que decidí mantener la calma.

—Tienes dos minutos.

—Necesito más.

—Dos minutos.

—Vale —se pasó la mano por la barba—. He estado en el cementerio. Dentro. Por primera vez.

—¿Y qué? ¿Tuviste una revelación?

—No. Me cabreé —se rió sin ganas—. Le dije a tu marido todo lo que no le he dicho en un año.

Que me lo puso difícil. Que me hizo prometerle una cosa sin darme instrucciones.

Que llevo doce meses queriendo a su mujer.

Y luego vino Marla y me dijo que llevo un año haciendo el tonto con el permiso expreso de Dax.

—Marla tiene razón en casi todo.

—En casi todo. Menos en una cosa. No me dio permiso para nada. Me dio una orden: meterte en la casa y cuidarlas de verdad, como se cuida la gente que es familia.

Bajé del porche y me acerqué a la valla. Quería verle la cara cuando dijera lo siguiente.

—Y qué quieres, Reno, ¿que te dé las gracias?

—No. Quiero que me escuches una cosa y luego me tires lo que quieras a la cabeza —metió la mano en el bolsillo y sacó una caja pequeña.

No la abrió. La dejó encima del poste de la valla, entre los dos—.

Esto lo compré en mayo. Antes de que pasara nada.

Antes de la barbacoa, antes de la lasaña, antes de todo.

Lo compré un día que fui a Tucson a por un carburador y me metí en una joyería sin saber muy bien cómo.

Lo tuve un mes en el cajón sin atreverme a sacarlo.

Así que si alguien te ha dijese que esto es una cosa de dos semanas, miente.

Me quedé mirando la caja sin cogerla.

—No me estás pidiendo nada —dije.

—No. Todavía no. Primero te pido perdón.

—¿Por qué?

—Por lo del domingo. Por desaparecer, y por hacerte creer que lo mío era la moto, cuando el problema era que me daba pánico quererte tanto.

Tú tenías miedo de perder a alguien. Yo tenía miedo de ser el que te hiciera daño.

Y los dos hemos estado dos semanas encerrados por miedo, que es la tontería más grande que he hecho en mi vida, porque nos hemos negado lo único que los dos queríamos.

—¿Y qué es lo único que queríamos?

—Estar juntos.

Me reí sin ganas, con los ojos colmados de unas lágrimas que no quería que se me cayeran.

—No me puedes prometer que no te va a pasar nada.

—No. Y no te lo voy a prometer —se acercó a la valla, hasta que las manos casi se nos tocaron por encima del poste—.

Te voy a prometer tres cosas de verdad. Una: que no vuelvo a desaparecer.

Ni un día. Ni dos semanas. Nunca. Dos: que cuando tenga miedo te lo voy a decir a la cara, aunque me dé vergüenza.

Y tres: que voy a volver a esta casa. Todos los días.

Voy a volver y te lo voy a decir en voz alta, porque lo he pensado mucho y creo que es lo que siento.

—Reno, yo…

—Eso es todo lo que te puedo dar. No te puedo dar un seguro. Te doy lo que tengo.

Me quedé un segundo entero mirándole la cara, con el polvo del taller en las uñas y la camisa mal planchada, y me acordé de la mañana del catorce de junio, con un ramo de flores en la mano, pensando que llevaba un año confundiendo la lealtad con otra cosa.

Y decidí de una vez que no iba a volver a confundir nada.

Cogí la caja del poste, la abrí y miré el anillo. Era pequeño, sencillo, con una piedra que no era nada del otro mundo. Me lo puse en el dedo sin preguntar nada y levanté la vista.

—No me has preguntado si me casaba contigo —dijo.

—Ya lo harás.

—No, en serio…

—Reno —le sujeté la cara con las dos manos por encima de la valla—.

Llevo dos semanas pensando en ti todas las horas del día.

Cuando Cindy me preguntaba por ti, me tenía que ir al baño a llorar.

He tenido una vida entera de no vivir por miedo y no quiero otra.

Así que no me lo preguntes con discurso.

Pregúntamelo como se lo preguntarías a alguien que lleva toda la vida esperándote.

Reno se quedó mirándome y luego hizo la única cosa que no me esperaba: se agachó, pasó por debajo del travesaño de la valla y se quedó de rodillas en la hierba, con las tijeras de podar a un lado y la vecina espiando desde su jardín.

—Kim Ashby —dijo—, ¿te quieres casar conmigo aunque no te pueda prometer que no me voy a estampar en una carretera?

Solté una carcajada. Maldito humor negro.

—Vaya pedida.

—Contesta.

—Sí. Me quiero casar contigo.

Cindy salió en ese momento a la puerta y se quedó parada con la boca abierta. Reno se levantó, se sacudió el pantalón y la niña se le echó encima como se le había echado el día de la bicicleta.

—¿Os vais a casar? ¿Eso quiere decir que Reno viene a vivir aquí?

—Eso quiere decir que voy a intentarlo —dijo Reno, mirándome por encima de la cabeza de la niña—. Si me dejáis.

—¡Yo te dejo! —gritó Cindy.

Y la vecina, que llevaba un año entero pendiente de mi jardín y de mi vida, aplaudió.