EPÍLOGO
KIM
Nos casamos en octubre, en el patio del bar de los Cuervos, con cuarenta motos aparcadas en fila y Marla con un sombrero que le quitaba el aire a la novia.
Abel me llevó del brazo hasta el improvisado altar, cosa que sorprendió a todo el mundo menos a mí, y en el brindis dijo dos frases: que su hermano había estado un poco gilipollas eligiendo el día para caerse, y que estaba contento de que al menos hubiera elegido bien a su relevo.
Todo el mundo se rio. Y luego nos pusimos emotivos.
Deb lloró. Nando lloró. Yo lloré. Reno no lloró, pero se le quedó esa cara que se le pone cuando está aguantando, y yo le apreté la mano para decirle que no hacía falta que se aguantara nada.
Nos fuimos a vivir a mi casa, la de la valla derecha y el manzano vivo, y Reno convirtió la mitad del garaje en taller y la otra mitad en un trastero lleno de bicis, patines y juguetes de plástico.
El primer domingo de casados plantamos flores de colores en el arriate, naranjas y amarillas, justo debajo de la ventana de la cocina, y Cindy se pasó la tarde entera preguntando si iban a salir antes de Navidad.
Reno sigue yendo todos los días al taller en su moto.
Hay mañanas en que se pone el casco y yo me quedo en la puerta mirándolo, y durante un segundo entero vuelvo a la carretera del condado y a los treinta segundos en que me dijeron que había habido un accidente.
No te voy a mentir: eso no se me ha ido. Creo que no se me va a ir nunca.
Pero luego arranca, gira la esquina, y al cabo de unas horas vuelve y me lo dice en voz alta, tal como prometió:
—Aquí estoy.
Y yo le contesto lo mismo cada día, mientras Cindy corre a abrazarle las piernas y es la casa entera se respira a hogar. A familia.