La viuda y el motero CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

RENO

Estuve cuatro días más sin salir del taller.

No bebí, aunque estuve cerca. Desmonté el motor entero de una moto que no era mía y lo volví a montar.

Cambié el aceite de tres coches que no lo necesitaban y limpié el taller con la manguera a las dos de la mañana.

Nando me trajo dos veces la cena y las dos veces se la llevó sin tocar.

Al quinto día me miró desde la puerta y me dijo la única cosa sensata que oí en toda la semana.

—El cementerio abre a las siete —dijo—. Por si te sirve.

A las siete menos cuarto estaba aparcando la moto en la cuesta de la entrada, en el sitio donde llevaba un año aparcando sin cruzar la reja. A las siete y cinco estaba dentro.

Tardé un rato en encontrar la lápida, porque nunca la había mirado de cerca. DAX VARELA 1992 - 2023. Debajo, una frase que eligió su hermano y que no me esperaba: *VIVIÓ RÁPIDO Y AMÓ A DOS PERSONAS.* Me quedé leyéndola cuatro veces seguidas.

—Menuda tontería has puesto aquí, Abel —dije en voz alta.

Me senté en el césped, con la espalda contra la piedra de al lado, y me quedé mirando el nombre un rato largo.

— ¿Sabes lo que te voy a decir, hijo de puta?

Que me lo pusiste difícil a propósito —me reí, sin ganas—.

Me hiciste prometerte una cosa en el suelo, con la mitad de la sangre en el asfalto, y no me diste instrucciones.

Cuidar. Cuidar, ¿te acuerdas? Eso dijiste.

Cuida de Kim. Y de la niña. Muy bonito, sí.

Pero no me dijiste cómo, ni hasta cuándo ni dónde, ni qué hacer cuando cuidarla dejara de ser arreglarle una persiana y empezara a ser quererla.

Y yo no te lo pregunté, claro, porque estabas agonizando y yo estaba llorando como un crío. Vaya equipo.

Miré hacia arriba. Las palomas, las nubes, el ruido de la carretera al fondo.

—Le dije que soy un cobarde. Me lo dijo ella y me lo dijo tu hermano y me lo he dicho yo.

Y es verdad. Llevo un año cuidando de tu familia y manteniendo las distancias, como un guardia de seguridad, para no tener que entrar.

Porque si entraba, tenía que admitir tres cosas.

La primera, que se me murió mi mejor amigo delante de mis narices.

La segunda, que no fui capaz de salvarte.

Y la tercera, la peor de todas: que llevo enamorado de tu mujer desde mucho antes de que te fueras, y que nunca te lo dije, ni a ti ni a mí, y que por eso me he pasado un año disfrazándolo de deber.

Y ahí, por fin, se me rompió la voz del todo.

—Perdóname, hermano.

No contestó nadie. No esperaba que lo hiciera. Me quedé llorando como un idiota contra una lápida en un cementerio de pueblo, con las manos llenas de polvo, y cuando levanté la cabeza allí estaba Marla, de pie en el camino, con el bolso en el brazo, sin acercarse.

—Llevo media hora ahí esperando —dijo—. Me ocupo de regar las flores.

Se sentó a mi lado, en el césped, con una agilidad que no le correspondía a su edad, y se quedó un rato mirando la lápida conmigo.

—¿Sabes lo que me dijo Dax la última vez que hablé con él?

—preguntó—. Dos días antes. Estábamos en la cocina de mi casa.

Me dijo: Marla, si alguna vez me pasa algo, Reno se va a quedar a cargo y va a hacer el tonto.Yo le dije que por qué el tonto.

Y él me dijo: porque es un idiota. Es de los que creen que querer a alguien es portarse bien.

Y se rió. Se rió de ti y de él y de todo el mundo, como se reía siempre.

Supe que lo decía con buena intención, pero también que muy probablemente aquella conversación nunca había existido.

—Mira, Marla…

—No te he contado esto para consolarte. Te lo he contado para que sepas que llevas un año haciendo el tonto con el permiso expreso de Dax —me miró—.

Le prometiste estar dentro, no hacer guardia en la reja.

Y tú has estado fuera un año, primero físicamente y luego de la manera peor.

Así que deja ya de rendirme cuentas a mí y a esta piedra y ve a rendírselas a la que está viva.

Me levanté. Me sacudí el pantalón.

—No sé si me va a escuchar.

—No te va a escuchar —dijo Marla—. Te va a tirar un plato a la cabeza, probablemente.

Volví al taller, me afeité, me cambié de camisa y abrí el cajón de la mesita de noche. Dentro guardaba desde mayo una caja pequeña que no le había enseñado a nadie. La abrí, la miré un segundo y me la metí en el bolsillo.

Cogí la moto y arranqué hacia su casa.

Y de camino, en el cruce de Milton, me paré en el semáforo en rojo y me quedé mirando la carretera del condado.

—Vale, Dax —dije en voz alta dentro del casco—. Ahora me toca a mí.