La viuda y el motero CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

KIM

Los primeros días pensé que iba a volver.

Aquel lunes puse la mesa para dos y guardé la tercera silla en el trastero, no porque hiciera falta, sino porque no podía mirarla.

El martes Cindy preguntó por qué Reno no venía a vernos.

El miércoles le dije que tenía mucho trabajo.

El jueves me di cuenta de que llevaba tres días mintiéndole a una niña de seis años y me senté en el suelo de la cocina a llorar como una tonta mientras la sopa se pasaba.

El sábado la valla seguía derecha y la casa se caía por dentro.

Reno no llamó. Eso fue lo que me rompió de verdad. No llamó ni escribió ni le dijo a Nando dónde estaba. Simplemente dejó de estar, como si aquel año entero hubiera sido una visita que se acaba cuando el técnico termina el trabajo.

El domingo por la tarde dejé a Cindy con Marla y cogí el coche. No avisé. Aparqué delante del taller con el motor en marcha y me quedé dentro un minuto, igual que la primera vez que le llevé la lasaña, solo que ahora no llevaba lasaña y no había nada que celebrar.

Nando estaba barriendo. Me vio y se quedó quieto.

—Está arriba —dijo—. Pero lleva tres días prácticamente sin bajar.

—Gracias, Nando.

—Kim —se rascó la nuca—. No sé qué ha pasado, pero está peor que cuando murió Dax. Y eso ya es decir.

Subí las escaleras.

Reno estaba sentado en el sofá con una camiseta raída, la barba de tres días y la tele puesta sin volumen. Al verme se incorporó, pero no dijo nada. Yo me quedé de pie en la puerta.

—No has llamado —dije.

—No.

—Ni has querido hablar de lo que pasó...

—No.

—¿Y piensas hacerlo?

Se pasó las manos por la cara y se levantó. Tenía la cocina llena de tazas sin recoger y la foto de Dax seguía en su sitio, en la mesita, testigo silencioso de todo.

—Voy a vender la moto —dijo.

Me quedé sin aire.

—¿Qué?

—La vendo. He hablado con un chico de Tucson. Vendrá a recogerla la semana que viene.

—Reno…

—Es lo que quieres, ¿no? —dijo, y por primera vez levantó la voz—. Me he pasado la semana pensando en lo que me dijiste. Tú no vas a estar tranquila mientras yo vaya en moto. Pues la vendo y asunto solucionado. Ya está.

Y ahí, en esa frase, entendí por qué llevaba tres días encerrado: porque estaba dispuesto a hacerlo, y eso quería decir que creía que el problema era la moto.

Que el problema era de hierro y se arreglaba con hierro.

Que Kim Ashby tenía miedo de una máquina y no de lo que de verdad le estaba pasando.

—No —dije.

—¿No qué?

—No la vendas.

—¿Qué?

—Que no la vendas, Reno —me acerqué a él—. Si vendes la moto por mí, vas a pasarte el resto de la vida mirándome como si me hubiera llevado algo tuyo. Y no quiero eso. Nunca he querido eso.

—Entonces dime qué quieres. Porque yo llevo un año intentando averiguarlo y no tengo la menor idea.

—Quiero que… no te vayas corriendo cada vez que algo te da miedo.

Se quedó callado.

—Eso es lo que has hecho —seguí—. El domingo no te fuiste porque yo tuviera razón.

Te fuiste porque tienes la culpa por lo que pasó metida hasta el fondo y te da pánico que alguien te diga que no.

Te escondiste. Y en un año no habías hecho eso nunca.

En un año venías todos los sábados. El único sábado que hacía falta que vinieras, no viniste.

—No sabes lo que me pasa por la cabeza.

—Claro que no lo sé, porque no me lo dices.

—¿Quieres saberlo? Cada vez que cojo la moto, pienso que Dax iba delante de mí.

Cada vez que veo a Cindy, pienso que él no la va a ver crecer.

Cada vez que te toco, pienso que soy el tío que estaba en la carretera del condado y no pudo hacer nada por él.

Y ahora voy a estar metido en tu casa, en tu cama, en tu vida, y tú vas a mirarme y vas a ver al hombre que no salvó a tu marido.

Eso es lo que se me pasa por la cabeza, Kim. Eso es todo.

—Yo no te miro así.

—Me vas a mirar así —contestó él.

—Dax murió porque un camión se saltó un semáforo.

—se me rompió la voz otra vez, y esta vez no me la arreglé—.

Tú no conducías ese maldito camión. Estabas detrás.

Llegaste antes que nadie. Le cogiste la mano en el suelo.

Te pidió algo imposible a los veintiocho años y tú lo has cumplido durante un año entero sin que nadie te diera las gracias por ello.

—Por eso mismo.

—¿Por eso mismo qué?

—Por eso mismo no puedo...

Se quedó de pie delante de mí, vencido, y yo vi en su cara que de verdad se lo creía. Que estaba convencido de que apartarse era un favor. Y sentí una rabia que me subió desde los pies.

—Eres un cobarde —dije.

Reno cerró los ojos.

—Vale.

—No, no me digas vale. Eres un cobarde de la peor clase, de los que se llaman a sí mismos caballeros.

Te escondes detrás de una promesa que hiciste en una carretera para no tener que darme la cara y decirme lo que te pasa.

Yo te he abierto mi casa. Yo te he abierto mi cama.

Yo le he dejado a mi hija llamarte por tu nombre delante de Marla y de todo el club.

Y cuando por fin algo va mal, en vez de hablarlo, coges y desapareces.

—Lo hago por ti.

—No. Lo haces por ti.

—Kim, escucha…

—No. Tú lo haces para no tener que quedarte a ver si de verdad te quiero lo suficiente. Porque quedándote te arriesgas a descubrirlo, y desapareciendo ya lo sabes de antemano. Es más fácil no preguntar.

Reno no dijo nada. Yo cogí el bolso del sofá.

—Cindy te quiere —dije, ya en la puerta—. Y yo te quiero. Pero yo ya he estado casada con un fantasma, Reno. No quiero tener que lidiar con otro.

Bajé las escaleras sin mirar atrás, pasé por delante de Nando, que fingía barrer, y arranqué el coche. No lloré hasta que iba por la mitad de la carretera.

Y ese, por si alguien lo pregunta, fue el día en que se acabó.

Solo que nadie me avisó de que iba a doler más que la primera vez.