CAPÍTULO 8
RENO
El domingo por la mañana, a Kim le tocaba revisar la contabilidad de la panadería —le lleva los números a la señora Olsen desde que se quedó viuda ella también, porque en este pueblo las viudas se ayudan entre ellas y además a Kim los números se le dan extremadamente bien— y me dejó a Cindy en el taller un par de horas.
Era la primera vez que me la dejaba sola.
Fue un poco improvisado, la verdad. La señora Olsen la llamó a las ocho diciendo que creía que se le había estropeado el ordenador y Kim me miró con esa cara de madre que no puede permitirse el lujo de no pedir un favor, y yo le dije que sí antes de que terminara la frase.
Así que la pequeñaja y yo pasamos la mañana en el taller. Le di una llave inglesa vieja y un hierro para que "arreglara" un motor que ya no funcionaba, y se pasó dos horas entera apretando y desapretando lo mismo con una concentración que daba miedo.
—Reno…
—Dime.
—¿Tú has llevado a mi mamá en moto?
—Alguna vez.
—¿Y a mí me puedes llevar?
Me quedé con el trapo en la mano.
—No sé, campeona. Será mamá quien tenga que darnos permiso.
—Por favor. Solo una vuelta pequeña. Mamá no se va a enterar porque está en casa de la señora Olsen.
Y ahí estaba la frase. La frase que a cualquier tío con dos dedos de frente le habría hecho poner la moto en marcha y decir que no. Pero yo llevaba un año queriendo a esa niña, y tenía un casco pequeño en la estantería que había comprado en abril sin saber muy bien para qué, y la carne es débil.
—Está bien. Solo una vuelta —dije—. A la manzana. Despacio.
—Vale.
Le puse el casco, le apreté la correa, la senté delante de mí con las dos manos en el depósito y arranqué.
No pasé de treinta por hora. Di una vuelta a la manzana, despacio, con el corazón en la boca y una sonrisa que no me cabía en la cara, porque la niña iba gritando de alegría por encima del motor.
Y al doblar la última esquina me encontré el coche de Kim aparcado delante del taller.
Había vuelto antes porque lo del ordenador de la señora Olsen era más serio de lo que parecía en un principio.
Se bajó del coche sin cerrar la puerta. Yo paré la moto, bajé a Cindy y le quité el casco. La niña corrió hacia su madre saltando.
—¡Mamá, he ido en moto!
Kim no la miró. Me miró a mí.
—¿Qué has hecho?
—Kim, espera…
—¿Qué has hecho, Reno?
—Ha sido solo una vuelta a la manzana. A treinta. Con casco.
—Ha sido una vuelta a la manzana —repitió ella, como si acabara de oírselo a un desconocido—. A treinta. Con casco. ¿Y eso lo arregla todo? ¿Eso es tu respuesta? ¿Le pones un casco a mi hija, le das una vuelta a mi manzana y crees que todo está bien?
—Mamá, no te enfades…
—Cindy, entra al taller.
La niña me miró, asustada, y yo le hice un gesto con la cabeza para que obedeciera. Se metió dentro y se quedó tras la puerta de cristal, mirándonos.
Kim no levantó la voz. Eso fue lo peor. Había veces en que levantaba la voz y todo era más fácil. Esa mañana no la levantó.
—¿Tienes la menor idea de todas las cosas por las que he pasado este año? —dijo—. Tú no estabas ahí cuando me dijeron que había habido un accidente. Tú no has tenido que decirle a una niña de cinco años que su padre no iba a volver. Tú no sabes lo que es eso.
—Sí lo sé.
—No. Tú viste a Dax en el suelo. Yo tuve que vivir en una casa a la que ya no volvería. No es lo mismo.
—Kim, solo ha sido…
—No me toques.
Me paré. Tenía la mano a medio camino.
—Una vuelta a la manzana —dijo, y se pasó la mano por la cara—.
A lo mejor ha sido eso. Una vuelta a la manzana.
Y mañana va a ser una vuelta al pueblo. Y pasado un paseíto por la interestatal.
Y yo no voy a poder dormir ni un solo día de mi vida, Reno.
No voy a poder dormir pensando en qué… carretera te tocará a ti.
—Eso no va a pasar.
—Eso no lo sabes. Eso no lo sabe nadie —se le quebró la voz, solo un poco, pero se recompuso enseguida—. Dax tampoco lo sabía.
Y ahí se me cayó todo encima. Las palabras de Abel en la acera. La culpa que me corroía desde aquel maldito accidente y que no se me daba bien gestionar. Ese año entero aparcando al otro lado de la reja de un cementerio.
—Quizá tengas razón —dije.
Kim me miró.
—¿Qué?
—Que quizá tengas razón. —me pasé la mano por el pelo—. Quizá esto no es lo que te venía bien.
—Yo no he dicho eso.
—Has dicho que no vas a poder dormir.
—He dicho que tengo miedo.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo, Reno —dio un paso hacia mí y yo di uno atrás sin querer—. No es lo mismo, joder.
Pero yo ya estaba en otra parte. Ya estaba en la carretera del condado, a dos motos detrás de Dax, y ya estaba oyendo ese ruido, y ya estaba pensando que quien se me acercaba a mí acababa mal.
Que Kim tenía razón por el motivo equivocado: no porque yo fuera en moto, sino porque su sombra y su espíritu siempre iban a estar ahí, planeando sobre nosotros.
¿Había cometido el mayor error de mi vida?
—Necesito pensar un poco —dije.
—¿El qué?
—Todo.
Cogí el casco de nuevo, me subí a la moto y arranqué sin decir nada más. Miré por el retrovisor. Kim se quedó de pie en medio de la calle y Cindy salió del taller corriendo hacia ella.
No volví ese lunes.
Ni el martes.
Ni el sábado.