La viuda y el motero CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

KIM

Marla se llevó a Cindy a dormir a su casa el viernes siguiente con la excusa de que le había prometido hacer galletas. Cindy llevaba cinco días hablando de las dichosas galletas, así que me pareció perfecto.

Reno me recogió a las ocho. No llevaba moto.

Llevaba el coche y una camisa limpia, y me llevó a cenar a un sitio algo apartado de la carretera que no conocía, con manteles de cuadros y un camarero que nos llamó "pareja" sin preguntar, y por primera vez en un año ni se me pasó por la cabeza corregirlo.

Después fuimos a su casa, encima del taller.

Increíblemente nunca había subido, esa fue la primera vez.

Era un apartamento pequeño y ordenado, con sillones de cuero, una pared de herramientas colgadas como si fueran cuadros y una cocina que no debía usar demasiado, pues estaba impoluta.

En la mesita había un libro y una foto de Dax y de él con veinte años, subidos a una moto que ya no existía.

—¿Te molesta? —preguntó, viéndome mirar la foto.

—No, para nada. Me gusta que la tengas.

—La tuve guardada un año en un cajón. La saqué el martes.

—¿Y eso?

—Porque ya no me da pena mirarla. Me provoca… otra cosa.

No le pregunté qué cosa. Creo que los dos lo sabíamos.

Nos sentamos en el sofá con una cerveza cada uno y la tele apagada, y hablamos de cosas que no habíamos hablado nunca.

De cómo se conocieron él y Dax, en un taller de chapa a dos pueblos de allí, con diecisiete años y una moto robada que devolvieron al día siguiente.

De cómo Dax tardó tres meses en atreverse a hablarme a mí.

De cómo yo lo supe desde el primer día y él desde el segundo.

—Dax decía que fuiste tú la que le pidió salir —dijo Reno.

—Bueno, Dax exageraba mucho.

—¿Y entonces?

—Solo recuerdo que éramos unos críos.

Me reí y él me quitó la cerveza de la mano y la dejó en la mesa.

De pronto ya no estábamos hablando de Dax.

Estábamos muy cerca y el apartamento estaba muy silencioso.

Y yo llevaba tres semanas pensando en ese momento.

Reno y yo todavía no nos habíamos acostado y los dos sabíamos, sin mencionarlo, que había llegado el momento.

Me besó despacio, como el primer día, y esta vez no había taburete, ni lasaña, ni prisa por volver a casa. Me llevó de la mano hasta el dormitorio, y en la puerta me paré.

—¿Seguro? —pregunté.

—Eso te iba a preguntar yo.

—Yo estoy segura.

—Yo llevo un año seguro.

Me desabrochó el vestido con una lentitud que me puso los nervios de punta, botón a botón, sin prisa, como si tuviera toda la vida por delante y pensara usarla.

Yo le saqué la camisa por la cabeza y le puse las manos en el pecho para sentir que aquello era de verdad, que estaba ahí, que no me lo estaba inventando un viernes a las once de la noche.

—Ven aquí —dije.

Reno no necesitaba más. Me atrajo hacia él con una mano en la nuca y la otra en la cintura, y el beso que me dio ya no era el beso lento y cuidadoso del sofá. Era hambre contenida durante demasiado tiempo.

Su boca se abrió sobre la mía, exigente, y yo respondí igual de desesperada.

El sabor a cerveza y a él se me metió en la sangre de golpe.

Me empujó suavemente hasta que la parte de atrás de mis rodillas tocó el borde de la cama y caí sentada.

Él se quedó de pie un segundo, mirándome, respirando agitado, con el pecho desnudo y la camisa tirada en el suelo.

—Tú también —murmuré, tirando del cinturón de sus vaqueros.

Se los quitó. Los pantalones y el boxer bajaron juntos y me lo quedé mirando. No era la primera vez que veía a un hombre desnudo, pero sí la primera vez que veía a Reno así, solo para mí.

Altísimo, con unos brazos enormes marcados por años de taller y de moto, con esa cicatriz larga en el costado izquierdo que siempre había estado cubierta. Me levanté y la toqué con los dedos. Él se quedó quieto.

—Accidente de hace ocho años —dijo en voz baja—. Dax estaba conmigo.

Asentí. No hacía falta más. Me acerqué y le besé justo ahí, sobre la piel irregular. Sentí cómo se le tensaba el abdomen. Sus manos volvieron a mí, bajando el vestido que ya solo colgaba de mis hombros.

El tejido resbaló hasta el suelo. Me quedé en sujetador y bragas negras, las que había elegido hacía unas horas pensando exactamente en este momento.

Reno soltó un sonido gutural, casi un gruñido, y me rodeó la cintura para levantarme.

Me tumbó en la cama de un movimiento fluido y se puso encima, apoyado en los antebrazos para no aplastarme.

Su boca bajó por mi cuello, por la línea de la clavícula, hasta el borde del sujetador. Me lo desabrochó con una sola mano y lo tiró a un lado. El aire fresco de la habitación me erizó la piel un segundo antes de que su lengua la calentara.

Chupó un pezón con lentitud deliberada, después el otro, mientras una de sus manos bajaba por mi vientre y se metía bajo la tela de las bragas.

El primer toque directo me hizo arquearme.

Estaba mojada desde que él me quitó la cerveza en el sofá, y él lo notó.

Sus dedos se deslizaron entre mis pliegues, explorando, encontrando el punto exacto que me hizo soltar un gemido que no intenté contener.

—Joder, Kim… —susurró contra mi pecho—. Llevo meses imaginando cómo te sientes.

—Déjate de imaginar —respondí, con la voz entrecortada.

Me quité las bragas yo misma, empujándolas por las caderas mientras él me miraba. Cuando estuve completamente desnuda, Reno se quedó un momento quieto, arrodillado entre mis piernas, simplemente mirándome. No había nada de vergüenza en su expresión. Solo deseo.

Bajó por mi cuerpo y abrió mis muslos con las manos. El primer roce de su lengua me hizo soltar un grito ahogado. No fue un movimiento tímido ni de tanteo: fue directo, seguro, como si ya supiera exactamente qué necesitaba.

Lamió despacio al principio, después con más presión, metiendo la lengua y luego centrándose en el clítoris con una constancia que me volvió loca.

Mis dedos se enredaron en su melena y tiré sin darme cuenta.

Él gruñó contra mí y el sonido me atravesó.

Dos dedos se unieron a su boca, curvándose dentro de mí, y el placer subió tan rápido que tuve que morderme el labio para no gritar demasiado alto.

—Reno… ya… —avisé, con la voz rota.

No se detuvo. Me empujó hasta el borde y me sostuvo allí un segundo eterno antes de que el orgasmo me golpeara.

Me sacudió entera, las piernas temblando alrededor de su cabeza, la espalda arqueada, el nombre de él saliendo de mi boca en un susurro ahogado.

Él siguió lamiendo con suavidad mientras bajaba la intensidad, hasta que me solté y me hundí en el colchón, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

Reno subió por mi cuerpo, cubriéndome besos húmedos en el vientre, en los pechos, en la boca. Su erección pesada rozaba mi muslo. Estaba duro, caliente, y cuando lo toqué con la mano él cerró los ojos y apoyó la frente contra la mía.

—Si sigues así no voy a aguantar mucho —advirtió.

—No quiero que aguantes —dije—. Quiero que estés dentro.

Se separó solo el tiempo necesario para abrir el cajón de la mesita y sacar un preservativo.

Lo colocó con manos firmes, aunque noté un leve temblor.

Después se colocó entre mis piernas otra vez, apoyando el peso en un antebrazo, y me miró a los ojos mientras la cabeza de su polla rozaba mi entrada.

—Dime si quieres que pare —dijo.

—No pares.

Empujó despacio. Me sentí abrirme a su alrededor, el estiramiento intenso, casi demasiado al principio.

Él se detuvo a mitad, dejando que me acostumbrara, y solo cuando asentí con la cabeza siguió hasta el fondo.

Cuando estuvo completamente dentro soltó un jadeo largo y se quedó quieto, la frente apoyada en la mía, los dos respirando el mismo aire.

—Dios… —murmuró—. Estás tan… joder.

Empezó a moverse. Primeros embestidas lentas, profundas, dejándome sentir cada centímetro.

Yo enlacé las piernas alrededor de su cintura y lo atraje más cerca.

El ritmo aumentó poco a poco. El sonido de nuestros cuerpos encontrándose llenó la habitación, junto con nuestros gemidos y el crujido de la cama.

Reno se incorporó un poco, agarrándome las caderas, y el nuevo ángulo hizo que rozara un punto dentro de mí que me arrancó un grito.

Volvió a hacerlo, y otra vez, hasta que estuve temblando de nuevo debajo de él.

—Otra vez —ordenó, con la voz baja y autoritaria—. Quiero sentirte cómo te corres conmigo dentro.

Me tocó el clítoris con el pulgar mientras seguía embistiéndome y el segundo orgasmo me llegó por sorpresa, más fuerte que el primero.

Me contraje a su alrededor con fuerza y él soltó un gruñido gutural, acelerando el ritmo hasta que su propio placer lo alcanzó.

Se hundió hasta el fondo una última vez, el cuerpo tenso, los músculos del cuello marcados, y se corrió con mi nombre en la boca.

Se desplomó encima de mí con cuidado, todavía dentro, y nos quedamos así un rato largo, sudorosos, respirando agitados, el corazón golpeándonos el pecho uno contra el otro.

Cuando por fin se retiró, lo hizo despacio, se quitó el preservativo y lo tiró, y después se tumbó a mi lado y me atrajo contra su pecho. Su mano grande me acariciaba la espalda en círculos lentos.

—¿Estás bien? —preguntó contra mi pelo.

Asentí, incapaz de formar palabras todavía. Me sentía rara, ligera y pesada al mismo tiempo, como si algo que había estado demasiado tenso durante demasiado tiempo por fin se hubiera soltado. Reno me besó la sien, después la frente y la boca, un beso suave esta vez, casi tierno.

—Quédate a dormir esta noche —dijo. No era una pregunta.

—No pensaba irme.

Él sonrió contra mi piel y me apretó un poco más contra él.

Fuera, la noche seguía siendo silenciosa.

Me quedé escuchando el latido de su corazón bajo mi oreja, con los dedos dibujando círculos invisibles en su pecho, y por primera vez en mucho tiempo no pensé en el pasado ni en lo que vendría después.

Solo en esto. En él. En cómo su piel quemaba todavía contra la mía.

Al rato volví a tocarme. Reno se dejó hacer, los ojos semicerrados, una media sonrisa en la boca.

Cuando me subí a horcajadas sobre él y lo guié dentro de mí otra vez, esta vez sin preservativo porque yo me había puesto el anillo y los dos lo sabíamos, él me miró con una intensidad que me llegó hasta el fondo del estómago.

—Kim… —dijo, casi en advertencia.

—Shh. Déjame.

Me moví sobre él con lentitud, disfrutando de cada sensación, de cómo me llenaba, de cómo sus manos se aferraban a mis caderas como si necesitara anclarse.

Esta vez el placer fue más profundo, más emocional.

Nos miramos todo el tiempo. Cuando volví a correrme, fue con los ojos abiertos, viendo cómo él me miraba.

Él me siguió segundos después, empujando hacia arriba, soltando un gemido largo y ronco, y me abrazó contra su pecho mientras todavía temblábamos los dos.

Después de eso ya no hablamos mucho. Nos duchamos juntos en la ducha minúscula a de su baño, riendo cuando el agua se enfrió de golpe y tuve que pegarme más a él para no congelarme.

Él me secó el pelo con una toalla y me prestó una de sus camisetas viejas.

Me la puse y volvimos a la cama. Me enrollé contra su costado y él apagó la luz.

Cerré los ojos con su brazo pesado y cálido alrededor de mi cintura y, por primera vez en más de un año, dormí de verdad.

Esa noche no soñé con la carretera del condado.

Soñé con la bici azul de Cindy, con la valla derecha y con una casa llena de gente. Y por la mañana me desperté, por primera vez desde que era una cría, con un brazo encima que no era el de Dax.