La viuda y el motero CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

RENO

Hay un momento, en cualquier historia de amor desgraciada, en el que el tío se pone a decirle a todo el mundo que es feliz y nadie se lo cree. El mío llegó un miércoles por la mañana, en la ferretería, discutiendo con el de la caja por el precio de unos tornillos.

—Han subido cinco céntimos por unidad —dije, constatando la triste realidad.

—Será la inflación.

—Solo son tornillos.

—Todo sube, Reno.

—Pues en mi taller los precios no suben. Me temo que me estás vacilando…

Volví al taller silbando. Nando me miró con la escoba en la mano como se mira a un enfermo.

—Qué.

—Nada…

—Anda ya. Dilo.

—Que llevas tres semanas raro.

—No estoy raro. Estoy contento.

—Pues eso he dicho.

Estaba más que contento. Era feliz de una manera ridícula, de las que se te notan hasta en la forma de aparcar.

Hacía tres semanas que iba a casa de Kim los martes y los jueves, además de los sábados, y hacía tres semanas que la mesa se ponía para tres sin que nadie tuviera que explicar nada, porque Cindy había entendido perfectamente que “el tío” Reno ya formaba parte de la familia.

Los martes yo llevaba la cena. Los jueves cocinaba Kim. Los sábados nos sentábamos en el porche hasta que se hacía de noche y Cindy se dormía con la cabeza en las rodillas de su madre.

Nadie más lo sabía. Ese era el trato. Y el trato, para ser justos, lo había propuesto yo. Por pura precaución.

A finales de junio, un viernes por la noche, salí de casa de Kim a las dos de la mañana con el pelo revuelto y la sensación de estar haciendo algo clandestino que me estaba enganchando. Y al doblar la esquina me encontré la moto de Abel, atravesada en la acera.

Estaba sentado encima, con la chaqueta puesta, como si llevara dos horas esperando o como si acabara de llegar. Sabía que no acababa de llegar. El motor estaba frío.

—Vaya, vaya —dijo.

—Hey, Abel. ¿Cómo va eso?

—¿Sueles salir de casa de mi cuñada a las dos de la mañana?

¿A qué coño venía aquel interrogatorio? Por mucho que me hubiese pillado in fraganti no le debía explicaciones.

—Bueno…Suelo salir de donde me da la gana.

—No cuando se trata de ella.

Se bajó de la moto y se me quedó delante, con los brazos cruzados y esa mandíbula de los Varela que yo había visto maltrecha, en el suelo de la carretera del condado, hacía un año.

—Te dije que si ibas en serio, fueras en serio —dijo—. No que entraras y salieras de su casa a escondidas.

—No lo hago a escondidas.

—¿Y qué haces aquí a las dos de la mañana?

—Dormir mal. Como tú.

Abel me agarró de la chaqueta. No fuerte, solo lo justo para hacerse notar. Yo no me aparté.

—Mi hermano murió por…

—No sigas por ahí —le corté—. No sigas, Abel.

—Iba a decir que mi hermano murió por una carretera. Y que a veces pienso que tú eres esa carretera.

Aquella estupidez me molestó más que su repentina presencia.

—¿Qué coño estás diciendo?

—Tú vives encima de una moto, Reno. Eso es lo que eres para cualquiera que te mire desde fuera. Y para Kim, cualquier cosa que suene a motor va a sonar a cementerio.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me compre un coche y me corte el pelo?

—Quiero que seas consciente —Abel me soltó la chaqueta y dio un paso atrás—.

Yo no vengo a prohibirte nada. Vengo a que no le hagas a Kim lo que ya le hizo la vida una vez.

Porque si le pasa algo a ella o a mi sobrina, el causante no vas a ser tú, pero la culpa te la vas a comer entera.

Y yo te he visto comer culpa, Reno. No se te da bien.

Se quedó un segundo más, mirándome, y luego se subió a la moto.

—En el club ya lo saben todos, por cierto, así que no hace falta que te sigas escondiendo —dijo—. Yo me he estado callando por respeto a ti y a ella. Pero el domingo hay barbacoa, y si vas, ve con ella. Nada de esconderse. Si vas a tener algo en serio, que se vea. Si no, no vayas.

Arrancó y se fue, y yo me quedé solo en la acera, con las manos en los bolsillos y la sensación de que Abel, el tío que apenas me había dirigido la palabra en un año, acababa de darme el mejor consejo de mi vida a regañadientes.

El domingo a mediodía aparqué la moto delante de casa de Kim y me quedé esperando en la acera.

Salió con un vestido amarillo que no le había visto nunca, con el pelo suelto, y Cindy detrás con las sandalias en la mano y el pelo hecho un desastre.

—¿Nos vamos en moto? —preguntó Cindy, dando saltos.

—Hoy vamos en coche —dije—. Y vamos a una fiesta.

—¿Una fiesta de qué?

—De moteros. Hay hamburguesas.

—¡Sí!

Kim se acercó a mí mientras Cindy se metía en el coche.

—¿Quieres que vayamos juntos a la barbacoa? ¿Estás seguro? —preguntó.

—Si te soy sincero, no.

—Si quieres que nos quedemos en casa no hay ningún problema…

—No estoy seguro —dije—. Pero estoy contigo. Y me da igual lo que digan.

—Es una barbacoa con todo el club. Va a estar hasta Marla.

—Marla ya me ha dado su bendición. Me la dio en el cementerio, sin yo pedírsela.

Kim me miró un segundo y luego hizo una cosa que no esperaba: me cogió de la mano, en mitad de la calle, a plena luz del día, y me apretó los dedos.

—Vamos —dijo.

La barbacoa era en el patio de atrás del bar de los Cuervos, con dos parrillas, tres neveras y cuarenta personas mirando. Cuando cruzamos la puerta cogidos de la mano, noté cómo bajaba el volumen de la conversación.

Abel estaba junto a la parrilla con una espátula en la mano. Nos vio, asintió una vez, a modo de saludo, y siguió dando la vuelta a las hamburguesas.

Marla, sentada en una silla de plástico con un abanico, levantó una ceja cuando pasamos por delante.

—Ya era hora —dijo.

—¿Qué hay, Marla? —la saludó Kim.

—Hija, pues que llevamos un año esperando a que se te quite la cara de funeral.

Deb, desde la otra punta del patio, nos hizo un gesto con el vaso que venía a significar *lo sabía*. Nando, que había venido por su cuenta, se acercó con una hamburguesa en cada mano.

—Oye, jefe, ¿entonces ya es oficial? —preguntó.

—No sé de qué me hablas —dije.

—Vale, vale. Yo solo digo que ya no tengo que fingir que no tenía ni la menor idea.

Kim se rió. Le dio una palmada en el brazo y le pidió una hamburguesa, y luego se sentó con Cindy en una mesa de picnic. Se pasó toda la tarde contestando a gente que se acercaba a saludarla con una naturalidad que no me esperaba.

Los Cuervos son un club de moteros, no una secta, y la mayoría de la gente lo único que quería era saber si yo seguía siendo yo y si Kim seguía siendo Kim. Aunque ahora estuviésemos juntos.

A las seis, cuando el patio empezaba a quedarse vacío, nos sentamos los tres en un banco, con Cindy dormida entre los dos, y Kim apoyó la cabeza en mi hombro.

—Al final no ha sido para tanto —dijo.

—No.

—Marla te ha llamado… yerno.

—Ya lo sé. Y también ha pedido que le arregle el tejado.

—Eso es que nos da su visto bueno.

—Y que puede que se terminen las goteras.

Se rió, y yo me quedé mirando el patio, la parrilla apagándose, Abel recogiendo las neveras, y pensé que quizá la vida era esto: no un sitio al que llegar, sino uno donde por fin te dejan quedarte.

—Una cosa —dije.

—Dime.

—Quiero que tengas claro que no vengo a sustituir a Dax. Eso es imposible. Solo quería que lo supieras.

Kim levantó la cabeza y me miró.

—Ya lo sé.

—No quiero que ningún día de estos te despiertes pensando que esto es una especie de segunda parte.

—No lo es.

—Dax era como mi hermano.

—Y tú eres tú —dijo—. Nadie me ha pedido que elija.

—Vale.

—Ven aquí, anda.

Y allí, con Cindy dormida entre los dos y medio club mirándonos de reojo, se me ocurrió que igual podíamos salir de esto enteros.

Qué poco sabía.