CAPÍTULO 5
KIM
Aguanté hasta el jueves.
Cuatro días sin escribirle, cuatro días con el móvil boca abajo en la encimera, diciéndole a Cindy que Reno estaba muy ocupado en el taller y a mí misma que había hecho lo correcto: tratar de espantarlo.
Pero el jueves, a las ocho de la tarde, metí dos raciones de lasaña en un táper, le preparé a Cindy una bolsa con el pijama porque se esa noche quedaba en casa de Marla, y cogí el coche.
El taller de Reno estaba abierto, con la persiana a media altura y la luz amarilla del fondo encendida.
Se oía música de una radio vieja y un golpeteo metálico.
Aparqué delante y me quedé dentro del coche un minuto entero, con el táper caliente en las rodillas y la sensación de estar haciendo algo de lo que luego no iba a arrepentirme, pero sí a sonrojarme.
Se asomó de repente y me vio.
—¿Piensas bajar? —dijo Reno desde la puerta.
Me giré. Estaba apoyado en el marco, con una camiseta gris manchada de grasa y el trapo de las manos colgando del bolsillo. Joder, estaba guapísimo.
Salí del coche.
—He traído cena.
—Genial, porque tengo un hambre de narices.
—Lasaña.
—Nunca habías traído cena.
—Ya, es que he hecho lasaña de sobra. Como para todo el pueblo…
Se apartó para dejarme pasar y me quedé de pie en medio del taller, entre un banco de trabajo lleno de llaves y una moto a medio desmontar que parecía un animal dormido.
—¿Dónde está Nando? —pregunté.
—Le he dicho que se fuera.
—¿Por qué?
—Porque llevaba toda la tarde diciendo tonterías.
—¿Tipo qué?
—Sus tonterías típicas de niñato…
Me reí. Me caía bien ese muchacho.
Nos sentamos en los taburetes, con el táper entre los dos, y nos comimos la lasaña allí mismo, con dos tenedores, hablando de cómo había ido la semana. De Nando, de la moto desmontada, del tiempo. De nada relevante. Esa es la conversación que llevábamos teniendo un año sin darnos cuenta.
Sentía que había llegado el momento.
—Oye, Reno…quería hablar contigo de algo.
—Dime.
Estaba a punto de darme un ataque.
—Esto es una locura…
—¿El qué?
—Ya lo sabes.
—Dilo de todas formas.
Dejé el tenedor. Él dejó el suyo. La radio seguía con una canción de los ochenta que no pegaba nada con el momento, y yo me quedé mirándole la boca porque llevaba meses mirándole la boca e inventándome todas las excusas del mundo.
—Que estoy a punto de hacer algo que no puedo hacer —dije.
—¿Por qué no puedes?
—Porque no estoy sola, Reno. Tengo una hija. Tengo un apellido en este pueblo. Tengo un marido en el cementerio y una suegra que me quiere y un club en el que se pasan el día hablando. Y tengo miedo de…
—¿De qué? —se acercó en el taburete, hasta que las rodillas nos quedaron a un palmo—. Dime de qué.
—De querer algo para mí.
Se quedó un segundo sin decir nada, con los ojos fijos en los míos, y luego levantó la mano y me la puso en la mejilla. Fue todo lo que hizo. La mano abierta, la palma áspera, el pulgar quieto. Y a mí se me cayó encima aquel maldito año de una vez.
—Yo también llevo un año queriendo algo para mí —dijo—. Y he estado a punto de dejarlo pasar por miedo, por respeto y por ser un gilipollas.
—Reno, es que yo…
—No hace falta que digas nada.
Y no dije nada. Se inclinó y me besó.
Fue un beso lento, de los que empiezan con cuidado y terminan con las manos en el pelo del otro y la pena de haber tardado tanto.
Me sujetó por la cintura y me sentó encima de él, en ese taburete de taller que no estaba hecho para dos personas, y la lasaña se quedó fría a nuestro lado sin que a ninguno le importara.
Cuando nos separamos, los dos estábamos sin aire y con una sonrisa que no podríamos disimular ni aunque quisiéramos.
—Es una locura —dije.
—Bueno, llevamos un año de retraso.
—Tenemos que hacer las cosas bien.
—¿Bien cómo?
—Cindy no puede enterarse hasta que esto sea algo de verdad.
—Esto ya es de verdad.
—Ya sé que es de verdad. Pero es nuevo. Quiero hacerlo bien con ella, y con Marla, y con el club.
Reno se pasó la mano por la cara y se rió sin ganas.
—Con el club.
—Ya sabes que en el club hay gente hablando.
—Me consta.
—¿Y qué hacemos?
Se quedó pensando. Yo le tenía la mano sobre su pecho, notándole el latido, y por un momento pensé que iba a decir que daba igual lo que dijera la gente del pueblo. Pero Reno sabe cuándo hay que ser generoso, y esa noche lo fue.
—Haremos las cosas a tu ritmo —dijo—. Ni un sábado ni una semana antes de que tú lo decidas. Pero que quede claro una cosa.
—¿Cuál?
—Que yo no me voy a ninguna parte. Esperaré lo que haga falta.
—Vale.
—Lo digo en serio. No me voy a ninguna parte, Kim.
Nos besamos otra vez. Por primera vez en mucho tiempo, se me ocurrió que tal vez sería feliz de nuevo.