La viuda y el motero CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

RENO

El sábado a las nueve de la mañana, haciendo caso omiso de los mensajes que habíamos intercambiado, aparqué la camioneta delante de su casa con una bicicleta en la parte de atrás.

Mi madre la tenía en el trastero desde que Dax y yo éramos críos, roja, con el manillar torcido y una rueda que no giraba. La había desmontado entera, la había pintado de azul y le había quitado las ruedines. Cindy llevaba un tiempo pidiendo una bici y Kim lo había estado postergando.

Salió al porche con una taza en la mano y el pelo recogido, y al verme se quedó parada en el segundo escalón.

—Te dije que no hacía falta que vinieras.

—Y yo te dije que vale. Pero no te dije que no fuera a venir.

—Madre mía, Reno…

—Buenos días a ti también.

Bajó los escalones con esa cara que pone cuando está debatiéndose entre echarme o darme de desayunar, y ganó lo segundo, porque siempre gana lo segundo.

—¿Y eso? —preguntó, mirando la camioneta.

—Es para Cindy.

—¿Una bici? ¿De dónde la has sacado?

—Del trastero de mi madre. Ya sabes que lo guarda todo.

Si no recuerdo mal esta bici era de Dax —Kim abrió la boca y yo levanté la mano antes de que dijera nada—.

Ya sé lo que vas a decir. Pero lleva meses pidiéndola y tú le has estado dando largas con el tema.

Si me la rechazas me la llevo a casa y la tiro.

—Qué dramático.

—Llámame más bien eficiente.

Cindy salió disparada de la casa en cuanto oyó la palabra mágica, y cuando vio la bici azul se le olvidó hasta saludarme. Se lanzó encima como si fuera un caballo.

—¡Es azul, mami, es azul!

—Es azul —confirmé—. Y frena con la mano izquierda.

Estuvimos una hora en la acera que rodeaba su propiedad.

Yo aguantando el sillín, ella pedaleando, Kim sentada en los escalones del porche con la taza y una sonrisa que intentaba disimular poniéndose el pelo por delante.

Cindy se cayó tres veces, se levantó cuatro, y a la quinta recorrió la cuesta entera sola, pedaleando y chillando, con los codos por fuera y la lengua fuera.

—¡Mamá, mamá, lo he hecho!

—¡Muy bien, cariño!

Se me acercó gritando y me abrazó la cintura con una fuerza que no esperaba en una niña tan pequeña.

Me quedé con los brazos en alto, sin saber dónde ponerlos, y por encima de su cabeza vi a Kim mirarme desde el porche con una expresión que no había visto nunca.

Se le notaba en la boca, en cómo curvaba los labios.

Siempre se le notaba todo en la sonrisa.

—Reno —dijo Cindy—, ¿tú sabes arreglar un dragón?

—Depende del dragón.

—Uno de plástico.

—Eso es más difícil.

—Vale.

Y se fue corriendo con la bici otra vez.

A mediodía Kim salió con una jarra de limonada y dos vasos, y nos sentamos los tres en el jardín. Cindy contando su hazaña en voz alta, yo escuchándola atento y Kim con el pelo suelto y esa luz de junio que le caía sobre la cara y la hacía más bonita aún.

—Te dije que no vinieras —dijo, muy bajo, para que Cindy no lo oyera.

—Y has tardado veinte segundos en abrirme la verja.

—He tardado veinte segundos porque sabía que no me harías el más mínimo caso.

Eso me dejó sin réplica. Es la primera vez que Kim Ashby me deja sin réplica.

—Reno…

—Dime.

—¿Por qué vienes cada semana? De verdad que no es necesario…

—Ya te lo he dicho muchas veces. Se lo prometí a Dax.

—No —se giró a mirarme, y esta vez no dejó que le esquivara la mirada—. ¿Por qué vienes de verdad?

Me quedé mirando el jardín. La valla derecha, el manzano que ya había vuelto a echar hojas, la bici azul tirada en medio de la acera. Todo estaba arreglado. Todo funcionaba en nuestro pequeño mundo. Y yo sin ninguna herramienta que usar como excusa.

—Porque no quiero estar en ningún otro sitio —dije.

Se quedó muy quieta. Yo también. Cindy eligió ese momento para volver corriendo y subirse a mis rodillas.

Al final de la tarde, cuando Cindy ya estaba dentro viendo dibujos en la tele, Kim me acompañó a la camioneta.

—Gracias por la bici —dijo—. Y por la valla. Y por el fregadero. Y por el manzano. Y por todo. De verdad. No sé cómo podría compensarte por todo esto.

—De nada.

Se quedó de pie delante de mí, muy cerca, con los brazos cruzados y la barbilla un poco levantada, como si quisiera decir algo que no debía.

—El sábado que viene —empezó— no hace falta que…

—Voy a venir igual.

—Pero de verdad que no…

—Voy a venir igual, Kim. Con una excusa o sin ella. Te guste o no —di un paso hacia ella, despacio, lo justo para que se notara—. Y deja de escribirme mensajes que ni tú misma te crees.

—No sabes lo que pienso.

Se le movió la boca, una milésima de segundo. Le puse la mano en el brazo. Ella no se apartó. Nos quedamos así, con el sonido de la tele dentro de la casa y un coche pasando por la calle y todos esos meses de silencio colgando de ese brazo.

Y entonces Cindy abrió la puerta y gritó que se había acabado el capítulo. Quería que le pusieran otro.

—Te veo el sábado —dije.

—Ya lo sé.

No lo dijo resignada, por suerte.

Arranqué la camioneta y me fui con la sensación de haber cruzado una línea que llevaba un año pisando sin atreverme. Miré por el retrovisor y la vi de pie en la acera, con los brazos cruzados.

Me iba de nuevo sin decirle lo que sentía.

Otra semana más.