CAPÍTULO 3
KIM
A las seis de la tarde el cementerio de Vega Alta está casi vacío y desprende un aroma a tierra recién regada, que uno de los pocos que puedo soportar.
Cindy llevaba el ramo blanco con las dos manos, andando delante de mí y saltando los cuadrados de las baldosas.
—Uno, dos, tres… mami, ¿por qué las tumbas están todas juntas?
—Porque así los visitamos a todos de una vez.
—Ah —siguió saltando—. Mamá…
—Dime.
—¿Papá está debajo de la tierra o está en el cielo?
La pregunta me pilló en el sitio de siempre, el que llevaba un año sin encontrar. Me agaché a su altura y le arreglé el lazo del pelo.
—Está en los dos sitios, mi amor. En el cielo, y también en todas las cosas que nos dejó.
—¿Como el cojín de la señora Marla?
—Como el cojín de la señora Marla.
—Y como Reno…
Levanté la cabeza.
—¿Cómo que como Reno?
—Reno es la persona que nos dejó papá —dijo mi hija, muy convencida—. Papá se lo dijo, ¿no? Para que no estuviéramos solas.
No supe qué contestar a eso, así que hice lo que hacen las madres cuando no saben qué contestar: le dije que corriera a llevarle las flores a la abuela.
Mientras Cindy colocaba el ramo una tumbas más allá, levanté la vista hacia la cuesta de la entrada y vi la moto.
Negra, con el depósito arañado, aparcada al otro lado de la reja.
Reno estaba sentado encima, con el casco en las rodillas, mirando en nuestra dirección y sin hacer nada por disimularlo.
Si me hubiera acercado, estoy segura de que habría arrancado y se habría ido. Es lo que hace siempre.
Sonreí al ver a Marla, una vecina de mi madre de toda la vida, acercándose a nosotras. Era todo un detalle que siempre se acordase de nosotras.
—Viene desde el funeral —dijo apareciendo a mi lado con sus flores de plástico. Se refería a Reno, claro—. El catorce de cada mes. Y cuando vienes tú también suele aparecer.
—Ya lo sé.
—¿Y le has dicho algo?
—No.
—Qué bien. Así os va a los dos —Marla se agachó a colocar sus flores con la eficacia de quien lleva cuarenta años casada con un muerto y sabe hacerlo muy bien—.
Kim, ese muchacho llevaba enamorado de ti desde antes de conocerte, así que no me vengas ahora con remilgos. Pero eso no es lo que te quiero decir.
—¿Y qué me quieres decir?
—Voy a ser sincera. Pues que llevas un año viniendo a este cementerio a hablar con un hombre que ya no te oye, y ahí fuera hay uno que sí.
—Marla, este no es el sitio ni el momento para…
—Te lo digo por experiencia. Dax no te dejó de luto. Te dejó viva. Y tú llevas un año poniéndote el uniforme de viuda para no tener que quitártelo nunca.
Me quedé callada, porque discutir con Marla es como discutir con el tiempo: puedes hacerlo, pero acabas perdiendo. De todas formas, me sentía un poco violentada. Era casi obsceno pensar en eso allí, delante de su tumba.
Cuando volvimos al coche, Cindy ya se había olvidado de nuestra visita y cantaba una canción de dibujos animados. Al fin y al cabo era muy pequeña y la muerte de su padre no le afectaba tanto.
Conduje a casa con las manos apretadas en el volante y una idea a la que no dejaba de darle vueltas: llevaba un año tan ocupada sobreviviendo que no me había parado a preguntarme si quería seguir viviendo.
Son cosas distintas. Nadie te lo dice cuando te quedas viuda. Te dan el pésame, te dan la cena y luego te dejan ahí, con la vida entera por delante y la sensación de que vivirla es traicionar al que se ha ido.
En casa, Cindy se quedó dormida antes de las ocho, y a las nueve y media alguien llamó a la puerta.
Era Debbie, del club, con el pelo teñido de rubio y un táper que probablemente llevaba dando vueltas por el barrio desde el martes. Deb es buena persona del modo en que son buenas las personas que no saben estarse calladas: te quiere y te lo cuenta todo.
—Te traigo el guiso que sobró —dijo, entrando sin esperar—. Ay, Kim, qué casa tienes. ¿Ya está la valla?
—La arregló Reno.
—Claro. Reno, cómo no —se sentó en la cocina y puso esa cara—. Mira, te lo voy a decir porque te quiero y porque nadie más te lo va a decir a la cara. Me temo que en el club hay gente hablando.
—¿De qué?
—De ti y de Reno. De que lleva un año entrando y saliendo de esta casa y de que tú no eres tonta. Ya me entiendes.
—No, no te entiendo.
—Kim…
—Que no te entiendo, Deb. Es mejor que me lo digas claramente.
—Pues que dicen que el mecánico se ha quedado con la viuda antes de que se enfríe.
Me quedé de pie junto a la encimera, con el táper en la mano, sintiendo cómo me subía el calor a la cara de golpe.
—¿Ah, sí? ¿Y quién lo dice?
—Yo qué sé, cariño. La gente. Las del club. Una que se aburre —Deb bajó la voz—. A Abel no le ha hecho ninguna gracia, eso sí te lo digo.
—Abel es el hermano de Dax. Es normal que le… que le cueste.
—Abel es el hermano de Dax y lleva el chaleco de vicepresidente del club, y eso pesa más. Kim, yo solo te digo que si vais a hacer algo, lo hagáis bien y con la barbilla bien alta. Y si no vais a pasar nada, que Reno deje de venir. Porque así, la única que sale mal parada de la historia eres tú.
Era el colmo.
Vivía en un pueblo de chismosas.
Deb se fue con su táper vacío y su buena intención por delante, y yo me quedé sola en la cocina escuchando el silencio de la casa.
Lo peor de todo es que no era cierta, esa historia que circulaba.
No había pasado nada entre Reno y yo. Nunca nos habíamos tocado más allá de un hombro o una mano al pasar, nunca habíamos dicho una palabra que no pudiera decirse delante de un notario.
Pero cuando la gente habla, no habla de lo que ha pasado: habla de lo que ya se ve venir.
Y lo que se veía venir en aquella casa llevaba un año viéndose venir.
Escribí un mensaje. Lo borré. Lo escribí otra vez.
No hace falta que vengas el sábado. La valla ya está bien. Gracias por las flores.
Lo envié antes de pensármelo.
Tardó cuatro minutos en contestar. Cuatro minutos mirando la pantalla, que se me hicieron más largos que el año entero:
Vale.
Eso fue todo. Una simple palabra.
Me senté en el sofá, me tapé las piernas con la manta y me dije que había hecho lo correcto. Tenía que poner fin a aquellos malditos rumores. La casa estaba en orden. La valla del jardín estaba por fin derecha. Cindy dormía tranquila en su cuarto. Todo estaba en su sitio.
Y yo llevaba doce meses sin estar en el mío.