La viuda y el motero CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

RENO

Hay dos maneras de saber que te has metido en un lío. La primera es ponerte a contar los días. La segunda es darte cuenta de que llevas contados trescientos sesenta y cinco y que ni uno solo te ha servido para parar.

Volví al taller con las manos manchadas de tierra y una frase dándome vueltas en la cabeza como un tornillo suelto: *hoy no es el día para hablar de eso*.

El taller Ibarra no tiene hermanos, sino un cartel de hojalata que colgó mi padre hace treinta años, un elevador hidráulico que chirría al subir y un aprendiz, Nando, que lleva desde marzo intentando convencerme de que las motos eléctricas son el futuro.

Yo le dejo hablar. Le pago por horas, él barre y los dos somos felices.

Mi moto ya estaba reparada y había salido a dar una vuelta con ella.

La aparqué junto a la puerta, me quité el casco y me quedé sentado sobre el asiento sin bajarme.

Desde ahí se veía la carretera del condado, recta, aburrida, la misma que cruza el pueblo de punta a punta y que un catorce de junio, hacía justo un año, se llevó a mi mejor amigo.

Trescientos sesenta y cinco días.

Fui a visitarla por primera vez cuatro días después del funeral, con una caja de herramientas y la excusa de una fuga en el fregadero.

Kim me abrió la puerta con la cara hinchada de llorar, me miró como si le acabara de aparecer un fantasma y me dijo que no hacía falta.

Le contesté que ya lo sabía. Entré y le arreglé el fregadero.

Desde entonces no había fallado un sábado.

Primero fue el fregadero, luego la persiana del cuarto de Cindy, luego la caldera, luego el manzano que se estaba muriendo, luego la puerta del garaje que no cerraba bien, y así hasta la valla, que era la única cosa de la casa que de verdad se estaba cayendo y que yo había dejado para el final a propósito, para tener una razón más.

Porque el problema nunca fue la casa.

Recuerdo la carretera del condado al detalle. El cruce de Milton, el semáforo, el camión de reparto que se lo saltó sin frenar, la moto de Dax cruzando justo delante de mí y después el ruido.

Ese ruido no se te va tan fácilmente. Yo iba dos motos por detrás. Cuando llegué, Abel ya estaba gritando de rodillas y Dax miraba el cielo con una sonrisa de idiota, como si le acabaran de gastar una broma pesada.

—No hagas eso —le dije a Dax, tirándome al asfalto a su lado—. No te me pongas a mirar el cielo.

—Cuida de Kim —me dijo. Le costaba. —Y de la niña. Prométemelo y déjame ir en paz.

—No te prometo nada. Vas a…

—Reno…

Tosió.

—Vale. Vale. Lo prometo.

Cumplí. Palabra por palabra. Estuve pendiente de ella. Le corté el césped, le cambié el aceite al coche y le arreglé la casa entera. Cumplí con mi palabra como se cumple un contrato.

El problema es que en algún punto dejé de ir por la promesa que le hice a Dax. Y esa mañana, con el ramo de colores en la mano y la boca de Kim a medio camino entre la sonrisa y la bronca, me di cuenta de que llevaba meses yendo por mí.

—¿Estás bien? —preguntó Nando desde la puerta, con la escoba en la mano.

—Sí, ¿por?

—Porque llevas casi veinte minutos mirando la carretera sin arrancar la moto.

—Estoy pensando, ¿vale?

—Eso es lo que me da miedo.

Entré al taller, me lavé las manos y me puse a desmontar un carburador que en realidad estaba bien. Es lo que hago cuando no quiero pensar: desmonto cosas que funcionan y las vuelvo a montar. Nando dice que es un método caro. Yo digo que es más barato que ir a un loquero.

A mediodía apareció Abel, como aparece siempre, sin llamar y sin avisar.

Abel es el cuñado de Kim. Tres años menor que Dax y tiene la misma mandíbula, el mismo andar de hombros anchos y la misma costumbre de entrar en los sitios como si fueran suyos.

Desde que enterramos a su hermano es vicepresidente de nuestro club de motos, los Cuervos y lleva la cosa con más seriedad de la que nadie le pide.

—¿Tienes un minuto? —dijo.

—Tengo todos los que quieras. Parece que este carburador no necesita que lo arregle.

Se sentó en el taburete de Nando, se cruzó de brazos y me miró un rato largo antes de hablar. Ese rato me sobró.

—¿Sabes lo que se cuenta por ahí, en el pueblo? —dijo.

—No, pero apuesto a que me lo vas a contar tú.

—Que el mecánico del club lleva un año haciendo el paripé en casa de la viuda de mi hermano.

Dejé la llave inglesa encima del banco, muy despacio, porque si la tiraba iba a revelar mucho de lo que estaba pasando en mi interior.

—¿Y me estás diciendo que a ti te importa lo que se cuente por ahí?

—A mí me importa todo lo que concierne a ella y a mi sobrina —Abel se inclinó hacia delante—. Kim ya ha tenido bastante. Si vas en serio, ve en serio. Y si no vas en serio, déjala en paz. Pero no la marees durante todo un año, arreglándole la casa para no tener que decirle nada a la cara.

—No la estoy mareando.

—¿No? ¿Y qué estás haciendo, Reno?

No le contesté, porque no tenía una respuesta que no me dejara en evidencia. Además, estaba alucinando. ¿Es que acaso Abel me estaba dando su permiso implícito para…?

Abel se levantó, se ajustó la chaqueta y se quedó un segundo junto a la puerta.

—Mira, Dax te quería como a un hermano —dijo—. Por eso te lo digo yo y no te lo dice otro. Así que no le falles a la memoria de mi hermano por cobarde.

—No soy un cobarde.

—Entonces demuéstralo.

Y se fue sin más, dejando la puerta abierta. Nando asomó la cabeza desde el fondo.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí. Cojonudo.

A las siete de la tarde cogí de nuevo la moto y me fui al cementerio.

No sé por qué, porque casi nunca entro. Llevo un año aparcando en la cuesta de la entrada, al otro lado de la reja, y viendo a Kim y a Cindy poner flores en una lápida que yo pago religiosamente y que no visito.

Es una tontería. Es como ir al cine y quedarse en el vestíbulo.

Esa tarde había tres coches más aparcados.

El de Kim, el de Marla, una vecina del pueblo muy amiga de la familia, y una furgoneta que no conocía.

Vi a Kim de espaldas, con el mismo vestido azul que le había visto el día del funeral, y a Cindy correteando entre las lápidas hasta que su madre la llamaba sin levantar mucho la voz.

No me acerqué a ellas. Me quedé sentado encima de la moto, con el casco en el depósito, como un idiota.

—Eh, ¿no piensas entrar? Llevas ahí una hora por lo menos…

Me giré. Marla venía por la acera con un ramo de plástico en la mano.

—No llevo una hora.

—No. Llevas un año.

—¿Qué más da?

—No te voy a decir nada —dijo, sentándose en el bordillo a mi lado—. Solo te voy a decir una cosa. Dax no te pidió que te quedaras al otro lado de la reja.

—Me pidió que las cuidara.

—Y tú decides cuidarlas desde fuera, a distancia. Muy cómodo.

—Nadie ha dicho que sea cómodo.

—Entonces entra con ellas.

—No puedo.

—Bah, excusas…Puedes entrar cuando quieras. Lo que no quieres es atreverte —se levantó, se sacudió el polvo del pantalón y me dio dos palmadas en el brazo—. Anda, vete a casa, que aquí ya no queda nadie vivo por el que merezca la pena hacer el ridículo.

Me quedé un rato más, hasta que Kim cogió a Cindy de la mano y las dos se fueron por la puerta de atrás del cementerio. Entonces arranqué la moto y me fui a casa con una idea fija en la cabeza que sonaba a ultimátum.

Mañana se lo digo.

Mañana.

Pero ni yo mismo me lo creía.