La viuda y el motero CAPÍTULO 1
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La viuda y el motero

La viuda y el motero

Por Elsa Tablac

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CAPÍTULO 1

KIM

—Como sigas dándole a esa estaca así, te la vas a clavar en el pie, y entonces sí que vas a tener una excusa de verdad para no irte a tu casa— dije.

Reno ni siquiera levantó la vista del poste de la valla.

—Llevas un año diciéndome que esta valla se cae. Hoy se cae.

Me acerqué a él un poco más.

—Hoy hace un año que murió mi marido, Reno. La valla puede esperar un día más, no le pasará nada.

Eso sí que le hizo parar. Soltó la maza despacio, como si necesitara un segundo para decidir qué cara poner, y cuando me miró ya tenía su expresión habitual: estaba claro que no iba a discutir, y tampoco se iba a marchar.

—Por eso mismo —dijo—. No quería que pasaras el día sola.

—Bueno…No estoy sola. Está Cindy.

Sonrió.

—Cindy tiene seis años y está viendo dibujos. No cuenta como compañía adulta.

Me crucé de brazos y lo observé un rato sin decir nada, porque llevaba doce meses viéndolo aparecer por mi jardín con herramientas que no necesitaba usar y excusas que no se sostenían ni un minuto, y empezaba a tener ganas de preguntarle qué hacía de verdad ahí cada semana.

Pero era catorce de junio, llevaba ya un café de más y una noche sin dormir, y no me apetecía abrir esa puerta.

Reno era el mejor amigo de mi marido, Dax, al que había perdido de forma trágica hacía ya un año. Lo de ser una viuda joven la verdad es que no lo llevaba demasiado bien..

—¿Y la moto qué? —le pregunté, intentando cambiar de tema—. ¿No tenías que estar en el taller?

—En el taller pueden arreglárselas sin mí un sábado.

—Qué considerado por tu parte…

—Siempre lo soy.

Bajé los dos escalones del porche y me acerqué a la valla, que efectivamente llevaba combándose desde marzo, aunque dudaba mucho que ese fuera el motivo real de su visita.

Reno se quedó plantado con la maza en la mano, observándome con esa expresión que nunca terminaba de leer del todo.

Cariño, compasión…o incluso pena. Quién sabe.

—¿Vas a ir luego? —preguntó.

No hacía falta especificar adónde. Solo había un sitio al que ninguno de los dos quería ir esa tarde y los dos sabíamos que tocaba.

—Sí. A las seis, cuando refresque un poco.

—Te acompaño.

—No, no hace falta.

—Ya, ya lo sé. Pero voy a ir igual.

Así era Reno: no era de los que piden permiso. No me preguntaba si podía quedarse. Decidía que se quedaba y luego esperaba a que yo le llevara la contraria, algo que casi nunca hacía, porque discutir con él era como discutir con una pared que además tenía razón la mitad de las veces.

—¿Sabes qué llevo pensando toda la semana? —dije—. Que ya va siendo hora de que me digas por qué sigues viniendo. Y no me sirve lo de "se lo prometí a Dax", porque llevamos un año con esa excusa y empieza a sonar a otra cosa.

Reno empuñó de nuevo la maza. Clavó un clavo que no necesitaba clavarse con una fuerza que tampoco hacía falta.

—Ya te lo he dicho. Se lo prometí a Dax.

—Es que no te creo…

—Pues es la verdad.

—Es una parte de la verdad. Lo que aún no sé es cuál es la otra parte.

Se quedó callado un momento, y pensé que igual por fin iba a contestarme algo que no fuera una evasiva. Pero entonces se apartó, fue a su camioneta y sacó de allí algo. Después me lo tendió sin mirarme a los ojos.

Eran flores. Un ramo pequeño, nada del otro mundo, de esos que venden en la gasolinera del pueblo porque no hay floristería como Dios manda en quince kilómetros a la redonda.

Pero no eran las flores blancas que llevábamos siempre al cementerio.

Eran de colores. Naranjas y amarillas, como si alguien las hubiera elegido pensando en alegrar algo, no en honrar a un muerto.

—¿Y esto?

—Para ti.

—¿Para mí, por qué?

—Porque hoy es un día de mierda y nadie te ha traído flores a ti en todo el año. Siempre son para Dax. Nunca para ti.

Me quedé con el ramo en la mano sin saber muy bien qué hacer, porque Reno Ibarra no era hombre de gestos de este tipo. Era hombre de arreglar vallas y cambiarte el aceite del coche, y aparecer sin avisar, no de pensar en que la viuda también necesitaba algo bonito de vez en cuando.

—Qué cursi te has vuelto…

—No se lo digas a nadie en el club. Me echan a patadas.

—Tranquilo, tu secreto está a salvo.

Sonrió, exhibiendo esa sonrisa que enseñaba siempre que algo le hacía gracia de verdad, no la educada que ponía con la gente que no le caía bien, y por un segundo una energía extraña se apoderó de nosotros y del ambiente.

No era la primera vez. Llevaba meses notando que algunas miradas se extendían un poco más de lo normal, que algunos silencios eran distintos a los demás, pero siempre los había apartado a un rincón de la cabeza con la etiqueta de "es Reno, es así con todo el mundo".

Solo que no era así con todo el mundo. Con Cindy sí, con las otras viudas del club no tanto.

—¿Qué pasa? —preguntó, porque me había quedado mirándolo más de la cuenta.

—No, nada.

—¡Dilo!

—Que estás muy raro hoy, eso es lo que pasa.

—Ya sabes que siempre estoy raro.

—Ya, pero hoy no sé sí…

Se pasó la mano por el pelo, gesto que hacía cuando algo le incomodaba y no quería que se notara, aunque a esas alturas yo ya sabía leerle ese tic mejor de lo que él creía.

—Es el aniversario de lo de Dax —dijo, como si eso lo explicara todo—. Eso hace que la gente esté rara.

—Tú no eres "la gente". Tú eres el que viene cada semana desde hace un año a mi casa a arreglar cosas que no están rotas y ahora me trae flores de colores en el peor día posible. Yo no lo llamaría exactamente “estar raro por el aniversario”.

No contestó enseguida. Se quedó mirando la valla, después a mí, después otra vez la valla, calculando cuánta verdad podía soltar sin que el suelo se abriera bajo los dos.

—A lo mejor sí es otra cosa —dijo al final, muy bajito—. Pero hoy no es el día para hablar de eso.

—¿Y cuándo llegará ese día?

—No lo sé. Hoy no.

Y ahí estaba otra vez el Reno de siempre, el que cerraba la puerta justo cuando parecía que iba a abrirla del todo.

Me tragué las ganas de insistir, porque tenía razón en una cosa: el catorce de junio no era el día para destapar lo que fuera que llevábamos meses fingiendo no ver.

Bastante tenía ya con sobrevivir a la tarde que me esperaba.

—Vale —dije—. Hoy no. Pero esto no se queda aquí, señor Reno Ibarra.

—Ya lo sé.

—Solo para que conste.

Cogió la maza otra vez, y durante los siguientes veinte minutos los dos fingimos que la valla era lo único que nos importaba esa mañana, aunque cada golpe ponía en evidencia que algo estaba pasando entre nosotros.

Yo me quedé en el porche con el ramo de colorines en las manos, pensando que llevaba un año entero confundiendo lealtad con otra cosa, y que probablemente, durante todo ese tiempo, Reno había estado haciendo exactamente lo mismo.