LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 36. EL PASILLO
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36. EL PASILLO

Las antorchas de los muros chisporroteaban, consumiendo el sebo con un siseo que parecía la única señal de vida en aquella ala del castillo.

El aire conservaba el frío de la piedra, pero ya no arrastraba la quietud de las semanas anteriores.

Sìle se detuvo frente a la puerta de sus aposentos, con la llave de hierro pesando en su mano.

Al girarse, se encontró con la sombra de Ruaridh proyectada contra el granito, ocupando el mismo rincón donde el guerrero había convertido el suelo en su jergón durante catorce noches.

Él no se había movido. La rigidez de sus hombros delataba que el instinto de vigilancia seguía activo, ignorando que el juicio ya era historia.

—El herrero ha terminado con las verjas del patio trasero.

Ruaridh se despegó de la pared. El cuero de su brigantina crujió, un sonido áspero que cortó el silencio. No acortó la distancia, pero su volumen físico llenaba el corredor.

—Es una noticia excelente. Supongo que los suministros de grano llegarán mañana.

Sìle apretó los dedos alrededor de la llave. Sus palabras eran piezas de un mecanismo administrativo, una barrera levantada para no mirar lo que realmente ocurría en la penumbra.

—Llegarán. He ordenado a Fergus que supervise la descarga. No quiero que se pierda ni un saco.

Él dio un paso al frente. La luz de la antorcha acentuó la cicatriz de su mandíbula.

—El castillo tiene una estructura sólida, Sìle. Pero los cimientos necesitan que alguien decida quién va a mandar sobre los hombres que ahora vigilan las torres. No podemos permitir que la desidia de Gavin siga pudriendo la guardia.

—Esa es una decisión que concierne al laird en funciones.

Sìle sostuvo la mirada, negándose a bajar las defensas.

—Tu gestión ha sido eficiente. No veo por qué cambiar el sistema de guardias si los resultados son satisfactorios. Si los hombres responden a tu voz, que así sea.

Ruaridh acortó la distancia final. Se detuvo lo suficientemente cerca como para que ella percibiera el calor de su cuerpo. Sìle no retrocedió. Su espalda rozaba la madera de la puerta, pero mantuvo la barbilla alta.

—Sabes que no estoy hablando de los guardias.

—¿Ah, no?

Ella arqueó una ceja, dejando que la ironía le protegiera el pulso.

—Pensaba que un mercenario de tu talla no perdía el tiempo con abstracciones. ¿Qué es lo que realmente te preocupa, MacKenna? ¿El estado de las caballerizas o el hecho de que falte pan en la cena?

Él soltó una risa seca que no llegó a sus ojos.

—Agnes me ve como un animal que necesita ser alimentado. Tú, en cambio, me ves como una pieza que no termina de encajar. Te preguntas si voy a marcharme mañana o si voy a quedarme a ver cómo se reconstruye el tejado.

Sìle sintió que el aire se volvía escaso. Podía ver cada marca de cansancio en su rostro y esa fijeza salvaje que parecía querer arrancarle los secretos de la piel.

—Eres una pieza muy grande, Ruaridh. Y muy ruidosa. Cualquier tablero se resentiría con tu peso. Y cualquier viuda con sentido común sabría que un hombre que duerme sobre granito no busca estabilidad.

—Entonces quizás sea hora de cambiar de suelo.

Ruaridh bajó la mano de la pared, pero no se alejó. Sus dedos rozaron la manga del vestido de Sìle, un contacto breve que la hizo estremecerse.

—He ofrecido oro a los hombres que vinieron conmigo. La mayoría se marchará al amanecer. Ya no hay una ejecución que supervisar.

—¿Y tú?

La pregunta escapó de los labios de ella antes de que pudiera filtrarla.

—¿También tienes prisa por cobrar tu paga y buscar un nuevo contrato? ¿O es que el aire de Drummond te resulta pesado ahora que no hay sangre en el horizonte?

Él guardó silencio. Sus ojos recorrieron el rostro de ella, deteniéndose en su boca, antes de anclarse en sus pupilas.

—Aún no he decidido si este contrato ha terminado. Hay deudas que no se pagan con monedas, Sìle Drummond.

Ella sintió que el peligro no se extinguía, sino que mutaba.

—Si piensas quedarte, MacKenna, hay condiciones. No voy a permitir que este castillo se convierta en un cuartel de mercenarios sin modales.

Ruaridh entornó los ojos, intrigado por el cambio en la voz de ella.

—¿Condiciones? ¿Vas a ponerme a fregar el suelo del salón o a supervisar el tejido de las mantas?

—No me hagas perder el tiempo con sarcasmos de soldado.

Sìle encajó la llave en la cerradura con un movimiento seco.

—La primera condición es que no duermes más en este pasillo. Se acabó la vigilancia externa. El castillo sabe que estoy viva, y tú también.

Él parpadeó, sorprendido.

—¿Y quién va a protegerte de las sombras que aún quedan? Gavin no era el único que se alimentaba del miedo. Hay hombres que aún no perdonan que sigas respirando.

—Nadie protege a nadie desde un suelo de piedra, Ruaridh.

Hay habitaciones funcionales en el ala este.

Dormitorios con camas reales, mantas secas y chimeneas.

Si vas a quedarte, lo haces como es debido o no lo haces.

No permitiré que el hombre que lidera a mi guardia parezca un mendigo a la puerta de mi habitación.

Es una cuestión de higiene, MacKenna. Y de decoro.

Ruaridh la miró en silencio, procesando la autoridad de la viuda.

—Parece una oferta razonable.

—Suelo serlo cuando no intentan matarme.

Sìle empujó la pesada hoja de madera. La puerta se abrió, revelando el interior de sus aposentos.

—Ala este, entonces. Mañana revisaremos las cuentas del grano. Y por el amor de Dios, deja de apretar la empuñadura de tu espada cada vez que alguien estornuda.

Él asintió, reconociendo la victoria táctica.

—Ala este —repitió él—. Pero no esperes que deje de apretar la espada. Es difícil de abandonar cuando se vive entre lobos.

Sìle cruzó el umbral. Se giró hacia él, con la mano aún en el pomo.

—Buenas noches, Ruaridh.

—Buenas noches, Sìle.

Ella no cerró la puerta de inmediato. La dejó abierta, una invitación al cambio de estado que acababan de pactar.

Entró en la habitación, escuchando los pasos del guerrero alejándose por fin del suelo de piedra.

Sin embargo, antes de que el silencio pudiera asentarse, un grito desgarrado subió desde el patio, seguido por el sonido metálico de un choque de espadas y el repique frenético de la campana de alarma.

Sìle salió al pasillo de nuevo, encontrándose a Ruaridh ya en carrera, con el acero desenvainado.

—¡Quédate dentro! —ordenó él sin mirar atrás.

Ella ignoró la instrucción y corrió hacia la aspillera del corredor.

Abajo, en el patio bañado por la luz errática de las antorchas, el caos era absoluto.

Un pequeño grupo de hombres con los rostros cubiertos intentaba forzar la puerta de la torre norte, el lugar donde Gavin Brodie aguardaba su destino.

El fuego de una flecha incendiaria impactó en el carro de suministros, iluminando la figura de Fergus, que luchaba por contener a dos asaltantes cerca del portalón.

—¡Intentan sacarlo! —gritó Fergus, esquivando un tajo lateral.

Ruaridh bajó las escaleras de tres en tres, abriéndose paso entre los guardias que corrían desorientados.

Sìle vio cómo interceptaba al primer asaltante antes de que llegara a la base de la torre, derribándolo con un golpe brutal del pomo de su espada.

No era una escaramuza casual; era un sabotaje coordinado desde dentro.

Sìle bajó al salón principal, donde el humo empezaba a filtrarse por las rendijas. Agnes apareció desde las cocinas, con un cuchillo de carnicero en la mano y los ojos encendidos de furia.

—Esa rata de Brodie tiene más amigos de los que pensábamos —escupió la cocinera—. Han intentado abrir la celda desde el pasadizo inferior. Alguien les ha dado una llave falsa para los calabozos exteriores, pero la de la torre es otra historia.

Ruaridh regresó al salón minutos después, jadeante, con el hombro manchado de hollín y la mirada gélida. Tras él, dos de sus mercenarios arrastraban el cadáver de uno de los asaltantes. Ruaridh le arrancó la máscara de tela basta con un tirón violento.

El rostro que apareció era el de uno de los guardias personales de Gavin, un hombre que se suponía estaba bajo custodia en el ala sur.

—No han venido de fuera —sentenció Ruaridh, clavando la vista en Sìle—. Han estado aquí todo el tiempo, esperando el momento de debilidad.

Fergus entró en el salón, cojeando levemente y sosteniendo una flecha rota.

—Han fallado en la torre, pero han logrado algo peor. Han desaparecido tres de los registros de impuestos del ala norte y falta uno de los guardias de la torre del homenaje. Se han llevado los documentos, Ruaridh. Los que vinculaban a Gavin con los clanes del valle.

Sìle dio un paso adelante, sintiendo que la burbuja de seguridad del pasillo se evaporaba.

—Sabe que el dinero que falta es la única prueba que lo condena ante el consejo del clan. Sin esos registros, su palabra vuelve a pesar tanto como la tuya.

Ruaridh apretó la mandíbula, haciendo que la cicatriz resaltara bajo la luz de los candiles.

Miró hacia las escaleras que llevaban al ala este y luego a Sìle.

La domesticidad que parecía asomar minutos antes había sido barrida por el instinto del mercenario que sabe que el terreno que pisa está minado.

—La oferta del ala este sigue en pie —dijo él con voz cortante—. Pero no voy a dormir. No mientras haya hombres en este castillo que prefieren ver este lugar arder antes que ver a Gavin Brodie en una soga.

—No confíes en nadie, Ruaridh —advirtió Sìle, con el miedo a la traición volviendo a cerrarse sobre ella—. Ni siquiera en los que ahora te saludan por el nombre.

Un mensajero nocturno entró en el salón, empapado de sudor y con los ojos desorbitados. Se arrodilló ante Ruaridh, extendiendo un trozo de pergamino sellado con una marca que Sìle reconoció de inmediato.

—Del clan MacLean, señor —jadeó el mensajero—. Dicen que si la viuda Drummond no es entregada antes del tercer día, cruzarán la frontera. Dicen que Gavin Brodie ya ha firmado el acuerdo.

Ruaridh tomó el pergamino y lo leyó en silencio antes de apretarlo en su puño hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Miró a Sìle con una mezcla de furia y una determinación sombría que le heló la sangre.

—Parece que tu consejero ha estado enviando cartas desde su celda —masculló él—. Y parece que el precio de su libertad es tu cabeza entregada en bandeja de plata a sus aliados del sur.

Sìle miró el cuchillo en la repisa de la chimenea. La estabilidad era un espejismo que no duraba más que una antorcha en medio de la ventisca.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, buscando en sus ojos el rastro del hombre que había dormido en su pasillo.

—Lo que mejor sé hacer —respondió Ruaridh, dándose la vuelta hacia la puerta—. Cazar a los traidores antes de que tengan tiempo de esconderse.

Sìle lo vio salir hacia la noche, rodeado del humo y el caos que se negaba a abandonar el castillo Drummond.

El pasillo estaba vacío, el ala este seguía esperando y, en la torre norte, la risa silenciosa de Gavin Brodie parecía resonar entre las piedras.

El peligro no había terminado; acababa de cobrar una forma nueva y mucho más urgente.