37. AGNES TIENE RAZÓN SOBRE TODO
El agua del balde estaba tan oscura que no permitía ver el fondo.
Agnes hundió el trapo de arpillera, lo escurrió con un giro violento de sus muñecas y volvió a frotar la piedra del suelo.
La mancha de sangre del asaltante derribado se resistía, incrustada en las vetas del granito como un recordatorio de que las paredes del castillo Drummond todavía tenían hambre.
—Se queda.
Soltó la frase sin levantar la vista, mientras el trapo siseaba contra el suelo. El olor a vinagre y hierro llenaba el aire viciado de la cocina.
Fergus, sentado en el banco de madera junto al fuego, no respondió de inmediato.
Tenía la daga en la mano, pero no pelaba patatas.
Limpiaba la grasa de una de las bisagras que los hombres de Gavin habían saboteado antes de que la campana de alarma diera el primer tañido.
Sus ojos no se apartaban de la puerta de servicio, la que conectaba con el pasadizo inferior.
—¿Y cómo lo sabes tú? —Fergus probó el filo de la daga con el pulgar—. Ruaridh no es de los que firma contratos de permanencia con una sonrisa. Tras el ataque de anoche, lo más sensato sería sacar a la viuda de aquí antes de que el clan MacLean cruce la frontera.
Agnes se puso en pie, con la espalda crujiendo como una rama seca. Se secó las manos húmedas en el delantal manchado.
—Esta mañana me ha pedido que traslade sus cofres al ala este.
No a una celda, ni a un jergón de guardia.
Al núcleo del castillo. Un mercenario que planea una huida táctica no se molesta en organizar su equipo de invierno en las habitaciones de la familia.
Se queda, Fergus. Y eso significa que la guerra ya no está solo en los valles. Está en cada plato que sirvo.
Fergus dejó la bisagra sobre el banco. Su rostro, marcado por doce años de campañas, se endureció bajo la luz anaranjada de las brasas.
—El ala este es una declaración de guerra política —masculló el soldado—.
El clan ya está murmurando. Dicen que la viuda ha metido al lobo en la cama para protegerse de los cachorros.
Si Ruaridh ocupa esas habitaciones, el resto de los hombres verá un usurpador, no un protector.
Gavin lo sabe. Por eso sonreía cuando lo arrastraban de vuelta a la torre.
—Que murmuren —Agnes se acercó a la olla grande y levantó la tapa—. Pero que lo hagan con el estómago lleno. He tenido que tirar tres sacos de harina esta mañana. Alguien orinó en ellos durante el caos. Y falta aceite de lámpara en el almacén norte. No es descuido, es sabotaje.
Fergus se puso en pie de un salto, con la mano buscando el pomo de la espada que no llevaba puesta.
—¿Falta aceite?
—Dos tinajas —confirmó Agnes—. Y he encontrado una de las llaves de la despensa doblada en la cerradura. Alguien quería dejarnos sin luz o sin suministros si el asalto a la torre funcionaba. Este castillo no es un hogar, Fergus. Es un nido de víboras que se muerden la cola.
La puerta de la cocina se abrió con un gemido metálico. El Padre Cormac entró, pero no traía su habitual aire de resignación piadosa. Su túnica estaba salpicada de ceniza y su respiración era agitada. Se acercó al fuego, tiritando, aunque el calor en la estancia era sofocante.
—Han encontrado otra —dijo el cura, con voz temblorosa.
Agnes le tendió un cuenco de caldo hirviendo sin preguntar.
—¿Otra qué, Cormac? Habla claro.
—Otra marca de los MacLean —el sacerdote bebió un sorbo, quemándose los labios—. Grabada en la madera de la puerta de la capilla. Alguien del servicio la vio al amanecer. Y hay un guardia ausente. El joven Elsdon. No estaba en su puesto en la muralla oeste y su cama no ha sido ocupada.
Fergus soltó una maldición entre dientes.
—Elsdon era uno de los que escoltaba a Gavin durante las cacerías. Si se ha ido, no se ha ido solo. Se ha llevado información.
—Ha traído confesiones, Fergus —continuó el cura, bajando la voz—.
Dos mozos de cuadra han venido a pedirme asilo.
Dicen que tienen miedo. Dicen que Gavin les prometió oro si recordaban dónde guardaba el laird muerto sus documentos personales antes de que Ruaridh llegara.
Alguien ha estado moviendo papeles bajo la mesa mientras nosotros contábamos cadáveres en el patio.
Los tres se quedaron en silencio. El borboteo del estofado era el único sonido que competía con el silbido del viento contra las aspilleras.
La cocina, que debería haber sido el centro de la calma, se sentía como una trinchera.
Agnes revisó la comida una vez más, oliendo el vapor con una suspicacia casi paranoica antes de volver a tapar la olla.
—El invierno no va a ser nuestro mayor problema —sentenció la cocinera—. El forraje para los caballos está escaseando y el herrero dice que alguien ha echado arena en los fuelles. Estamos sitiados desde dentro.
Fergus caminó hacia la ventana, mirando el patio donde el humo del carro incendiado anoche todavía ascendía en una columna pálida.
—¿Crees que van a ser felices, Agnes? —preguntó Fergus, sin apartar la vista del exterior—. Ruaridh y la viuda. Empezaron con un hacha entre los dos. Ahora él ocupa su ala del castillo y ella le da órdenes como si fuera su dueño.
Agnes soltó una risotada seca, carente de humor.
—Felices es una palabra para gente que no tiene sangre bajo las uñas, Fergus.
Empezaron con él queriendo ejecutarla y ahora él es lo único que la separa de una pira.
Lo que creo es que van a ser honestos el uno con el otro.
En las Highlands, eso vale más que cualquier promesa de felicidad.
Aquí la honestidad es una cuestión de supervivencia, no de sentimiento.
Ella sabe que él es un asesino y él sabe que ella es una superviviente.
Si logran confiar en que el otro no les cortará el cuello mientras duermen, ya habrán ganado más que la mayoría.
—Amén —murmuró el Padre Cormac.
—No te estaba preguntando, cura —Agnes le arrebató el cuenco vacío—. Pero ya que estás aquí, bendice la despensa. A ver si así dejas de temblar y el aceite deja de desaparecer por arte de magia.
Fergus se ajustó el cinturón, con la mirada fija en el pasillo que llevaba a las habitaciones de Ruaridh.
—Me voy a las murallas. No me gusta el silencio de esta tarde. Es el tipo de silencio que precede a una emboscada en el bosque. Alguien ha dejado la puerta de la bodega abierta esta mañana. No fue un descuido.
—Ve —Agnes volvió a su nabo, atacándolo con el cuchillo—. Y dile a tu laird que si piensa quedarse en el ala este, que empiece a actuar como un laird y no como un invitado. El clan necesita ver sangre en el poste o seguirán soñando con el regreso de Gavin.
Fergus asintió y salió de la cocina con paso rápido, dejando tras de sí una estela de desconfianza. El Padre Cormac se quedó un momento más junto al fuego, mirando las llamas con ojos perdidos.
—Gavin sonreía esta mañana cuando pasé por la torre —dijo el cura en un susurro—. No tenía la cara de un hombre derrotado. Tenía la cara de alguien que espera una visita.
—Gavin siempre ha sabido esperar —Agnes tiró los restos del nabo al fuego, donde chisporrotearon con furia—. El problema es que Ruaridh MacKenna no tiene paciencia. Y Sìle Drummond tiene demasiada memoria. Esa es la mecha que va a hacer saltar este castillo por los aires.
El sacerdote se santiguó y salió en busca de Fergus, dejando a Agnes sola con su olla y sus sospechas.
La cocinera apagó una de las antorchas de la pared para ahorrar aceite, sumergiendo la estancia en una penumbra inquietante.
Se acercó a la puerta de la despensa y vio, en el suelo de tierra, una huella fresca que no pertenecía ni a Fergus ni al cura.
Era la huella de una bota militar, fina y cuidada.
Alguien había estado escuchando.
Agnes apretó el mango del cuchillo, sintiendo que el frío de las Highlands ya no estaba solo fuera de los muros.
El nuevo orden del castillo Drummond era un edificio de cristal construido sobre un campo de batalla.
Y en algún lugar, entre las sombras de la torre norte, la sombra de Gavin Brodie seguía proyectándose sobre el ala este, esperando el momento exacto en que la honestidad entre el mercenario y la viuda se convirtiera en su mayor debilidad.
Recogió el balde de agua sucia y salió al patio. Al pasar junto a la entrada de la torre, se detuvo un segundo. En el suelo de piedra, justo debajo de la ventana de la celda de Gavin, brillaba algo metálico. Agnes se agachó y lo recogió.
Era un sello de cera roja, todavía fresco, con el emblema de un clan que no debería tener hombres dentro de Drummond. Los MacLean no estaban cruzando la frontera. Ya estaban dentro.
Agnes guardó el sello en su bolsillo y miró hacia las ventanas del ala este, donde una única luz acababa de encenderse. Ruaridh MacKenna creía que estaba protegiendo a la viuda en su propio hogar, pero lo que estaba haciendo era encerrarse con ella en una jaula que ya tenía dueño.
La cocinera entró de nuevo en la cocina y cerró el pestillo con una fuerza innecesaria.
El invierno estaba llegando, pero el frío que sentía en los huesos no venía de las montañas.
Venía del hombre que sonreía desde la torre y de la certeza de que, antes de que el primer tejado fuera reparado, alguien más tendría que morir en aquel pasillo.