35. SÌLE SOLA
Sìle deslizó los dedos por el borde de la mesa de roble, sintiendo la capa de polvo que el tiempo y el abandono habían depositado sobre la superficie.
El aire en las habitaciones de su difunto marido era denso, impregnado de un olor a cera vieja, cuero rancio y el rastro metálico de un hombre que había muerto sin dejar más legado que un vacío incómodo.
Recorrió la estancia con la mirada, realizando un inventario mental que nada tenía que ver con el valor de los tapices o la plata; era el cierre de una cuenta pendiente.
Se sentó con lentitud en el gran sillón de respaldo alto que presidía la chimenea apagada, ocupando el espacio que durante años le estuvo prohibido.
Pero el silencio no trajo la paz esperada, sino el eco de un problema que empezaba a pudrir los cimientos del castillo.
Un fajo de pergaminos sobre el escritorio reveló la primera grieta: las cuentas de la última cosecha no cuadraban, faltaba grano y el dinero que Gavin debía haber destinado a las defensas del muro norte simplemente no existía.
El inventario emocional se vio interrumpido por la realidad de un sistema contaminado que seguía respirando a pesar de que su artífice estuviera encadenado.
Sìle apretó el pomo de la silla, notando que el peligro no se había desvanecido, sino que había mutado en algo más sutil.
Tenía opciones reales por primera vez en dos años: quedarse o irse al sur con su familia administrativa.
Sin embargo, la lealtad del clan seguía siendo una bruma incierta; en el patio, los hombres no la miraban con respeto, sino con una resistencia pasiva que recordaba que Gavin Brodie aún tenía aliados entre los muros.
La puerta se abrió sin previo aviso. Agnes entró con el rostro tenso, dejando un cuenco de sopa fría sobre la mesa con un golpe seco.
—Hay tres guardias borrachos en las cocinas discutiendo si Gavin debería ser liberado para el juicio —la cocinera no buscó consuelo, sino que lanzó la advertencia como una piedra—. Dicen que un mercenario no tiene derecho a juzgar a un hombre del clan.
—¿Y Ruaridh?
—Buscando el dinero que falta en los almacenes. Ha encontrado una trampilla en la bodega de Gavin que no estaba ahí hace una semana. Alguien ha estado sacando documentos bajo sus narices.
Sìle se levantó, sintiendo que la silla de su marido ya no era un trono, sino una responsabilidad aplastante. La decisión ya no era emocional; necesitaba tomar una medida costosa para asentar su autoridad real.
—Baja a las cocinas, Agnes. Dile a Fergus que encierre a esos hombres y que quiero los nombres de todos los que hayan recibido visitas de Gavin en la torre norte. Si el clan duda, es porque aún no han visto las consecuencias de su ceguera.
Agnes la observó con una fijeza analítica, midiendo la nueva dureza en la mandíbula de la viuda.
—Tienes la misma cara que pones cuando sabes algo que todavía no has admitido en voz alta —la mujer se ajustó el delantal—. No es amor todavía lo que te retiene aquí, es la rabia de que este lugar siga perteneciendo a un traidor.
—¿Agnes siempre sabe lo que piensan todos?
—Después de treinta años cocinando para esta familia, sí. Es inevitable.
La cocinera salió antes de que Sìle pudiera responder, aplicando su táctica habitual de dejar la verdad flotando en el aire.
Sìle volvió a la ventana. Vio a Ruaridh cruzando el patio con paso pesado; la seguridad que él transmitía empezaba a ser un refugio peligroso, pero la incertidumbre sobre si un mercenario querría quedarse a limpiar el barro de un clan ajeno seguía ahí.
Tomó el cuchillo de cocina de la repisa, el mismo que guardaba desde la noche de la llegada del guerrero. Ya no era solo un recuerdo del aislamiento, sino un aviso de que el tablero seguía sucio.
Salió de la alcoba y se dirigió a la sala del consejo, donde Ruaridh la esperaba junto al mapa de las tierras fronterizas. La luz de la vela proyectaba sombras largas sobre su perfil anguloso.
—Han robado los registros del ala norte —Ruaridh no se giró, pero su voz vibró en el aire quieto—. Gavin no está tan solo como creíamos.
—He mandado encerrar a los guardias que pedían su libertad —Sìle apoyó las manos sobre la mesa, cerca de las de él—. Y voy a reducir las raciones de grano del consejo hasta que aparezca el dinero desaparecido.
Él la miró con una intensidad que hizo que a Sìle le faltara el aire, pero la fricción política superaba al deseo.
—Eso los pondrá en contra del clan, no solo de Gavin.
—Entonces sabremos quiénes son los leales y quiénes son los parásitos. No he sobrevivido ocho meses para dejar que este castillo se desmorone por miedo a una discusión.
Ruaridh se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio con un calor que hablaba de una alianza forjada en el conflicto.
—Si te quedas, Sìle, la guerra no terminará con un juicio. Empezará entonces.
—Lo sé —ella no apartó la vista, sosteniendo la tensión que los unía—. Por eso no he hecho las maletas.
El encuentro no terminó en una unión consolidada, sino en una negociación cargada de peligro. Algo importante seguía mal: Gavin seguía respirando dentro del sistema y una deuda nueva acababa de aparecer sobre el mapa. Fergus entró de súbito, con el rostro pálido y un pergamino sellado en la mano.
—Mensaje de los clanes vecinos —el veterano dejó el papel sobre la mesa—. Gavin Brodie les ha prometido el paso por nuestras tierras si lo restituyen en su cargo. Y el primer destacamento ya ha sido visto en el bosque.
Sìle miró a Ruaridh. El círculo no se cerraba; se ensanchaba para devorarlos a ambos.