LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 34. FERGUS Y LA BOLSA
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34. FERGUS Y LA BOLSA

Fergus no llamó a la puerta. Se limitó a ocupar el espacio del umbral con la pesada bolsa de cuero al hombro, un bulto desgastado que contenía doce años de vida errante y demasiada sangre seca.

Ruaridh, sentado al borde del jergón con una piedra de afilar en la mano y el acero de su espada sobre las rodillas, no levantó la vista de inmediato.

El sonido rítmico del metal contra la piedra era lo único que llenaba la estancia, una música monótona que marcaba el pulso de un castillo que, por fin, respiraba sin el veneno de Gavin Brodie en los pulmones.

—¿Adónde vas?

Ruaridh detuvo el movimiento. El acero brilló bajo la luz pálida que se filtraba por la aspillera, una línea de plata que parecía más limpia que el aire del exterior.

—A ningún lado urgente.

Fergus dejó que el peso de la bolsa tirara de su hombro, pero no la soltó. Sus ojos, rodeados de arrugas que no eran de reír, recorrieron la habitación hasta clavarse en su señor.

—Solo quería saber si tú también te ibas.

Ruaridh dejó la piedra a un lado. El silencio que siguió fue denso, cargado con el peso de los cadáveres que habían dejado atrás en las fronteras y los contratos que habían cumplido sin preguntar el nombre de quien pagaba.

Fergus lo había visto todo. Lo había visto cambiar en el transcurso de unas pocas semanas, desde que cruzaron el portón de los Drummond con el hacha lista para el cuello de una viuda.

—El castillo necesita a alguien que mantenga los muros en pie. Los hombres del clan no saben si saludarme o apuñalarme por la espalda.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Fergus dio un paso hacia el interior, haciendo que las tablas del suelo crujieran bajo sus botas. No era un hombre de sutilezas, nunca lo había sido. Su lealtad no se basaba en la etiqueta, sino en la capacidad de sobrevivir juntos a una noche de invierno con los lobos acechando.

—Te he visto dormir en el pasillo de piedra de la viuda, Ruaridh.

Dos semanas con el frío calándote los huesos sin que nadie, ni siquiera ella, te lo pidiera.

Te he visto levantarte al amanecer para revisar una habitación que sabías que estaba vacía, solo para asegurarte de que el aire seguía siendo el mismo.

Ruaridh apretó la empuñadura de la espada. Los nudillos se le pusieron blancos.

—Ella estaba en peligro. Gavin no era un fantasma.

—Ya no está en peligro. Gavin es ahora el que cuenta las piedras de su celda.

El contrato ha terminado. La verdad está sobre la mesa, Agnes tiene sus ollas bajo control y el Padre Cormac ha vuelto a encontrar su voz.

Podríamos estar a diez millas de aquí antes de que el sol se ponga, buscando un laird que pague mejor y que no tenga tantas sombras en las esquinas.

Ruaridh clavó la mirada en la pared de piedra.

No veía el granito, veía los ojos claros de Sìle Drummond cuando lo miraban sin el filtro del odio.

Recordaba la forma en que ella no había bajado la cabeza ante el consejo, la manera en que cada una de sus palabras parecía cortarle la piel más profundamente que cualquier daga.

—No es tan simple.

—Para nosotros siempre lo ha sido. Oro por acero.

Vida por vida. —Fergus soltó un bufido que hizo vibrar su barba gris—.

Pero te he visto escucharla. No como un verdugo que busca un error, sino como un hombre que ha olvidado que el sonido de una voz inteligente puede ser más peligroso que una carga de caballería.

Has dejado que te desarmara sin que ella tuviera que tocar una sola de tus dagas.

Ruaridh se puso en pie. Era una masa de músculos y cicatrices que proyectaba una sombra alargada sobre el suelo. Se acercó a la ventana, mirando hacia el patio donde los hombres del clan Drummond intentaban retomar sus rutinas bajo la mirada vigilante de sus propios soldados.

—¿Piensas quedarte? —insistió Fergus.

Hubo una pausa larga. Tan larga que el polvo que flotaba en los rayos de sol pareció detenerse.

—Quizás.

Fergus soltó la bolsa. El cuero chocó contra el suelo con un golpe sordo, un sonido de finalidad que retumbó en la habitación.

—Quizás es suficiente por ahora.

El veterano se acercó a la mesa y se apoyó en ella, cruzando los brazos sobre el pecho. La armadura de cuero que vestía estaba rozada, vieja, pero cumplía su función.

—¿Qué harías tú en mi lugar?

Ruaridh se giró, con la luz de espaldas, ocultando su expresión en la penumbra.

—Yo no tengo tu lugar, Ruaridh MacKenna. Yo soy el que carga las bolsas y se asegura de que no te maten mientras duermes.

—Contéstame, Fergus.

El hombre mayor suspiró, rascándose la mejilla con un sonido áspero.

—Si yo tuviera una mujer que me devolviera cada pregunta con otra más afilada.

.. —Fergus hizo una pausa, midiendo el impacto de sus palabras—.

Una mujer que durmiera con un cuchillo de cocina en la repisa y que, aun así, me abriera la puerta cada mañana con la mirada lista para el combate.

.. no me lo pensaría mucho. No se encuentran muchas así en los caminos del sur.

La mayoría de las mujeres que conocemos solo quieren que no les quememos la casa.

Esta quiere quemar el mundo y asegurarse de que tú sostienes la antorcha.

Ruaridh frunció el ceño, una sombra de duda cruzando su rostro.

—Nadie te pidió tu opinión.

—No. Te la doy gratis. Llevo doce años haciéndolo y no pienso cambiar ahora solo porque te hayas convertido en el guardián de una viuda orgullosa.

Fergus se dio la vuelta y se dirigió a la puerta, dejando la bolsa en el suelo como una declaración de intenciones. Se detuvo en el umbral y miró por encima del hombro.

—Por cierto, Agnes dice que si no bajas a cenar pronto, ella misma subirá a buscarte. Y esa mujer me da mucho más miedo que tú cuando tienes hambre.

Fergus desapareció por el pasillo, dejando a Ruaridh solo con el peso de la espada y el silencio de una estancia que empezaba a sentirse demasiado pequeña.

Ruaridh miró la bolsa de su compañero en el suelo.

Doce años. Doce años de ser solo un nombre en una lista de mercenarios, un brazo fuerte que no pertenecía a ninguna tierra.

Se acercó a la puerta y miró hacia el ala del castillo donde Sìle Drummond estaría en ese momento, probablemente cerrando tratos con los proveedores o asegurándose de que el clan no se desmoronara sin su consejero.

Recordó la noche anterior, el subtexto de sus discusiones, la tensión que vibraba entre ellos como una cuerda a punto de romperse.

Ella no le había pedido que se quedara. Ni una sola vez. Y eso era precisamente lo que lo mantenía anclado a aquel suelo de granito. Sìle no pedía; ella simplemente existía, y su existencia creaba un vacío que Ruaridh sentía la necesidad de llenar.

Bajó las escaleras con paso lento, sintiendo el frío del castillo Drummond como algo propio.

Al llegar al salón principal, el aroma del estofado de Agnes lo golpeó, un olor terroso y honesto que parecía anclar los cimientos del lugar.

Vio a Sìle sentada a la mesa larga, con un pergamino extendido delante de ella.

No levantó la vista cuando él entró, pero Ruaridh notó cómo se tensaban sus hombros, una reacción física que él ya había aprendido a identificar.

Se sentó frente a ella. Sìle siguió escribiendo un momento más antes de dejar la pluma a un lado.

—Fergus parece haber decidido que su bolsa pesa demasiado para moverla hoy.

Sìle levantó los ojos. Había una chispa de ironía en ellos, esa chispa que Ruaridh buscaba ahora de forma casi instintiva.

—¿Y tú? ¿Tu bolsa también pesa demasiado, MacKenna?

Ruaridh apoyó las manos sobre la mesa, cerca del pergamino de ella.

—Depende de quién me ayude a cargarla.

—Aquí no ayudamos a nadie. Aquí cada uno sostiene su propio peso. Es la única forma de no hundirse.

—Entonces me quedaré a ver cómo lo haces. Solo por curiosidad.

Sìle esbozó una sonrisa mínima, una sombra de diversión que suavizó la dureza de su rostro por un segundo.

—La curiosidad mató a muchos lairds en estas tierras, Ruaridh. Ten cuidado.

—He muerto en sitios peores.

Agnes apareció con dos cuencos humeantes y los dejó sobre la mesa con un golpe seco que hizo saltar una gota de caldo. Miró a Ruaridh, luego a Sìle, y finalmente a la puerta por donde Fergus solía entrar.

—Comed. Mañana hay que reparar el muro este y no quiero oír quejas de falta de fuerza.

Se marchó hacia la cocina sin esperar respuesta.

Ruaridh tomó la cuchara y probó el guiso.

Estaba caliente, especiado, lleno de la sustancia que solo se encuentra en un lugar que se llama hogar.

Miró a Sìle. Ella comía con elegancia, pero con la determinación de quien necesita energía para una guerra que no ha terminado.

El castillo Drummond, con sus piedras que parecían escuchar y sus sombras que escondían amenazas, ya no era solo una misión.

Era el tablero donde Ruaridh MacKenna había decidido jugar su propia partida, sin hachas, sin sentencias previas, solo con la incertidumbre de lo que un hombre y una mujer podían construir cuando la sangre de la traición ya se había secado.

Fergus tenía razón. Quizás era suficiente por ahora. Quizás, por primera vez en doce años, el camino no era la respuesta.

Ruaridh hundió la cuchara de nuevo, sintiendo la mirada de Sìle sobre él. No era una mirada de sospecha, ni de miedo. Era algo nuevo, algo que no necesitaba palabras y que hacía que el frío de las Highlands se quedara, por fin, al otro lado del portón.