LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 33. PADRE CORMAC PAGA SU DEUDA
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33. PADRE CORMAC PAGA SU DEUDA

El viento de las Highlands bajaba de las cumbres con la fuerza de un animal herido, barriendo el patio del castillo Drummond con una frialdad que calaba hasta la médula.

Sìle se mantenía de pie cerca del pozo, con el manto apretado contra el pecho y los ojos fijos en la línea irregular de las montañas.

El aire allí fuera todavía conservaba el regusto metálico de la nieve tardía, pero por primera vez en ocho meses, no se sentía como una amenaza.

Un crujido de botas sobre la grava rompió su aislamiento. Sìle no necesitó girarse para saber quién se acercaba; el paso era lento, arrastrado, cargado con el peso de siete décadas de silencios convenientes.

—Es una mañana dura para estar a la intemperie, mi señora.

Padre Cormac se detuvo a dos pasos de ella. El hombre parecía más pequeño bajo la luz cruda del día, con el rostro surcado por arrugas que hoy parecían cicatrices profundas de una guerra interna que finalmente había perdido.

—He pasado mucho tiempo entre muros de piedra, padre. El frío es un precio pequeño por un horizonte limpio.

Sìle se giró lentamente. El clérigo no sostenía su rosario con la seguridad habitual; sus dedos temblaban ligeramente, entrelazados sobre el vientre.

—He venido porque tengo una deuda con usted. Una que ha acumulado demasiados intereses como para seguir ignorándola.

—No me debe nada, clérigo. No se puede deber lo que nunca se pidió.

—Eso no es para usted decidirlo.

Cormac exhaló un suspiro que se transformó en una nube de vaho gris. Miró hacia las torres del castillo, esas que habían guardado sus secretos tan bien como él los suyos.

—Guardé silencio cuando la sombra de Gavin Brodie empezó a devorar este lugar.

Vi cómo las piezas se movían en el tablero y preferí rezar en lugar de hablar.

La fe es un refugio muy cómodo para los cobardes, Sìle.

Me convencí de que mi neutralidad era una forma de paz, pero solo era el abono para su ambición.

—La paz que se construye sobre la mentira de otro no es paz, padre. Es complicidad.

—Lo sé. —El hombre bajó la cabeza, dejando que el viento le agitara los pocos cabellos blancos que le quedaban—.

Por eso no busco su absolución. Sé que eso no funciona así.

El perdón es una palabra demasiado ligera para el daño que ha sufrido.

Solo busco ser útil de la única manera que me queda: decir la verdad cuando importe, desde ahora y sin excepción.

Seré sus ojos donde usted no pueda mirar y su voz donde nadie quiera escucharla.

Sìle lo observó con una fijeza analítica. Durante meses, este hombre había bendecido el pan de su carcelero mientras ella se marchitaba en una torre. La redención era un concepto hermoso en los libros sagrados, pero en el barro de las Highlands, tenía un sabor mucho más amargo.

—¿Incluso si esa verdad va en contra de los intereses del clan? —preguntó ella, dando un paso hacia él—. ¿Incluso si Ruaridh MacKenna decide que mi presencia es un estorbo para su nueva autoridad?

—Especialmente entonces. Mi lealtad ya no pertenece a la estructura, sino a la justicia de lo que es cierto. He pagado un precio muy alto por mi comodidad, y no pienso volver a comprarla.

Sìle guardó silencio, dejando que el rugido del viento llenara el espacio entre ambos. La oferta era valiosa, quizás la más importante que había recibido desde que Ruaridh cruzó las puertas del castillo Drummond. Un cura con la conciencia despierta era un arma que Gavin no había previsto.

—Le pondré una condición, Cormac. —La voz de Sìle recuperó la dureza del granito—.

Si vuelve a guardar algo que importa, si vuelve a cerrar los ojos ante una sombra que crece, no esperaré a que Dios lo juzgue.

Yo misma se lo diré. Y no seré delicada.

No permitiré que su silencio vuelva a ser mi jaula.

—Es justo. —El sacerdote asintió con una solemnidad que no admitía réplica—. Es más de lo que merezco.

Padre Cormac se ajustó el hábito, preparándose para marcharse, pero se detuvo un instante antes de dar el primer paso hacia el interior del castillo. Miró a Sìle a los ojos, con una claridad que despojó su mirada de cualquier artificio místico.

—Hay algo más que debe saber. Algo que nadie se atreverá a decirle mientras Ruaridh MacKenna esté cerca.

—Dígalo.

—El laird muerto... —Cormac hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Su marido no merecía lo que usted le dio. Ni su lealtad, ni su sacrificio, ni el luto que este clan le obligó a llevar. Era un hombre hueco, llenado por los susurros de Gavin porque no tenía voluntad propia.

Sìle sintió una punzada de frío que no tenía nada que ver con el viento. Era la primera vez que alguien en aquel castillo ponía nombre a la vacuidad de su matrimonio.

—No es un consuelo, padre. —Sìle apretó los labios—. Es una crueldad tardía.

—No, mi señora. Es una verdad. Y a veces, en un lugar donde todo ha sido mentira, la verdad es lo único que queda para construir algo que no se derrumbe con la primera tormenta.

Usted no perdió a un protector; perdió a un carcelero débil.

Recuérdelo cuando el clan intente usar su memoria para encadenarla de nuevo.

Cormac hizo una leve inclinación de cabeza y se retiró, arrastrando sus pasos hacia la capilla. Su figura se hizo pequeña hasta desaparecer tras el pesado portón de madera, dejando a Sìle sola en la inmensidad del patio.

Ella se quedó inmóvil, dejando que las palabras del clérigo se asentaran en su mente como el polvo tras una batalla. Apoyó la mano en la piedra áspera del pozo, sintiendo la solidez de la tierra bajo sus pies.

Levantó la vista hacia las Highlands. Durante ocho meses, esas cumbres habían sido el límite de su mundo, una frontera infranqueable que miraba cada día calculando cuánto tiempo tardaría en morir si intentaba cruzarlas corriendo.

Había memorizado cada desfiladero, cada sombra de las nubes sobre el brezo, buscando una ruta de escape que nunca existió.

Hoy, las miraba de otra manera.

Las montañas eran las mismas: imponentes, indiferentes, peligrosas. El brezo seguía siendo de ese color pardo que anunciaba la resistencia del invierno. Pero el cálculo en su mente había cambiado. Ya no buscaba una salida de emergencia; buscaba entender el territorio que ahora reclamaba como suyo.

Las Highlands no habían cambiado de sitio, pero ella ya no era la presa que esperaba el golpe del hacha. El peso del aire en sus pulmones era distinto porque ya no pertenecía a la narrativa de Gavin Brodie.

Sìle Drummond inhaló profundamente, llenándose los pulmones con el aire gélido y puro de las cumbres.

No había paz absoluta, ni seguridad definitiva; Ruaridh seguía siendo una incógnita de acero y el clan era una manada de lobos que acababan de descubrir que su pastor era un traidor.

Pero mientras el viento le azotaba el rostro, supo que el horizonte, por fin, ya no tenía barrotes.