LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 29. SIN ARGUMENTOS
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29. SIN ARGUMENTOS

Gavin Brodie no era un hombre de armas, pero el miedo tiene una forma muy particular de armar a los cobardes cuando se ven contra el muro.

Sus ojos, antes cargados de una superioridad intelectual que asfixiaba el castillo, ahora bailaban desorbitados, saltando de la sombra masiva de Ruaridh a la figura de Sìle.

Retrocedió un paso, sintiendo el frío de la piedra húmeda del corredor norte, y metió la mano bajo el jubón de lana oscura.

No buscaba un argumento. Ya no le quedaban.

El metal brilló bajo la luz vacilante de la antorcha.

Era un cuchillo de caza, corto, con el mango de hueso tallado, una herramienta para rematar piezas heridas, no para enfrentarse a un guerrero que había hecho de la guerra su única patria.

Ruaridh ni siquiera parpadeó. El MacKenna se mantuvo en el centro del pasillo, bloqueando la única salida hacia las escaleras, con la mano derecha descansando en la empuñadura de su espada.

Su presencia era un juicio final que Gavin no podía evitar con leyes ni manipulaciones.

—Suelta eso, Gavin —la voz de Ruaridh vibró baja, sin rastro de urgencia—. Te queda un resto de dignidad si lo haces ahora. Si no, tendré que recoger lo que quede de ti del suelo.

Gavin soltó una carcajada seca, un sonido roto que se perdió en las bóvedas del techo. La sangre le resbalaba por la sien, rastro del golpe del candelabro, y le manchaba el cuello de encaje que tanto se había esmerado en mantener limpio.

—¿Dignidad? —Gavin apretó el cuchillo con tanta fuerza que los nudillos le blanquearon—. Me habéis quitado mi clan. Me habéis quitado mi nombre. ¿Crees que me importa la dignidad? Este castillo es mío por derecho de inteligencia. Yo lo salvé cuando tu hermano lo hundía en el vicio. ¡Yo!

Ruaridh dio un paso al frente. Un solo movimiento, controlado, pesado. Gavin leyó la intención asesina en esos ojos oscuros y, en un acto nacido del puro pánico, no arremetió contra el guerrero. Se giró hacia Sìle.

Ella no tuvo tiempo de apartarse del todo.

Gavin fue más rápido de lo que su cuerpo fofo sugería, movido por el instinto del animal que sabe que el cazador está a punto de saltar.

La rodeó con el brazo izquierdo, apretándola contra su pecho, y hundió la punta del cuchillo en la suave piel de su garganta, justo debajo de la mandíbula.

Sìle sintió el pinchazo frío del acero y el calor sudoroso de Gavin. El olor de él, una mezcla de lavanda y pánico rancio, la inundó. Cerró los puños, pero no luchó. Sabía que cualquier movimiento brusco obligaría a Gavin a hundir la hoja.

—¡Atrás! —chilló Gavin. La voz se le quebró en una nota aguda—. ¡Atrás, MacKenna, o juro por Dios que la abro de oreja a oreja!

Ruaridh se detuvo en seco. La inmovilidad del guerrero fue absoluta, como si se hubiera convertido en parte de la mampostería del castillo.

Fergus, que acababa de asomar por el final del pasillo con el arco en la mano, bajó el arma al ver la escena.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía oír el goteo de la humedad en las bodegas inferiores.

—Gavin, suéltala —Ruaridh no gritó. Había una calma letal en su tono, el tipo de calma que precede a las masacres—. Si la tocas, no llegarás vivo a la horca. Te despellejaré aquí mismo.

—¡Cállate! —Gavin apretó más a Sìle. Una gota de sangre, roja y brillante como un rubí, empezó a deslizarse por el cuello pálido de la viuda—.

Tú solo quieres salir de aquí con ella. No te importa este clan.

No te importa la ley. Solo quieres poseer lo que yo he cuidado durante ocho meses.

¡Apártate! Quiero llegar al patio. Quiero un caballo.

Sìle sentía el temblor errático en el cuerpo de Gavin.

Era un hombre al borde del abismo, y eso lo hacía infinitamente más peligroso que un soldado entrenado.

Movió los ojos hacia Ruaridh. El guerrero la miraba con una fijeza absoluta.

No había duda en él, pero sí un cálculo feroz.

Sus ojos oscuros viajaron del cuchillo a la mano de Gavin, y luego se clavaron en los de ella.

Ruaridh estaba esperando.

Sìle lo entendió entonces. Él no iba a dar un paso que pusiera en riesgo su vida, pero le estaba pidiendo que ella creara la oportunidad.

Durante semanas, Ruaridh la había observado, la había puesto a prueba, había aprendido que no era una viuda frágil, sino una mujer que sabía sobrevivir en las grietas del poder.

Gavin empezó a arrastrarla hacia atrás, hacia la sombra del corredor.

—Dile que se aparte, Sìle —masculló Gavin en su oído. Su aliento caliente le quemaba la mejilla—. Dile que solo quiero salir. He guardado oro suficiente para los dos. Podemos cruzar la frontera. Él es un extraño, un mercenario... yo te he querido. A mi manera, te he querido.

Sìle sintió una náusea profunda al oír la palabra "querer" en boca de su carcelero. Miró de nuevo a Ruaridh. El MacKenna asintió de forma casi imperceptible. Fue un pacto silencioso sellado en la penumbra.

—Gavin —Sìle habló con una voz sorprendentemente clara, a pesar de la hoja que le rozaba la tráquea—. Ruaridh tiene razón. Se ha terminado. No vas a salir de este pasillo.

—¡Cállate! —Gavin perdió el control. Su brazo izquierdo, el que la sujetaba por la cintura, se tensó con una fuerza espasmódica.

Fue ese segundo de desequilibrio emocional lo que Sìle aprovechó.

No intentó huir hacia delante. Hizo lo contrario.

Se dejó caer con todo su peso, hundiendo sus rodillas y echando el cuerpo hacia atrás, hacia el estómago de Gavin.

El movimiento fue tan brusco que el consejero, que no esperaba resistencia de una mujer que consideraba su posesión, perdió el centro de gravedad.

El cuchillo se desvió. En lugar de hundirse en la garganta, la punta rasgó el aire y la tela del vestido de Sìle. Gavin soltó un gruñido de sorpresa, intentando recuperar el agarre, pero el equilibrio ya no estaba de su parte.

Un segundo. Fue todo lo que Ruaridh necesitó.

El MacKenna no usó la espada. Cruzó la distancia como un rayo de oscuridad, con una velocidad que desafiaba su tamaño.

Antes de que Gavin pudiera volver a colocar el cuchillo en el cuello de Sìle, la mano de Ruaridh se cerró como una tenaza de hierro sobre la muñeca del consejero.

El sonido de los huesos de la muñeca de Gavin al romperse bajo la presión de Ruaridh fue seco y nítido, seguido de un alarido de agonía que heló la sangre.

El cuchillo cayó al suelo con un tintineo metálico.

Ruaridh no se detuvo ahí. Con la otra mano, agarró a Gavin por el cuello y lo lanzó contra la pared con tal fuerza que el impacto resonó en todo el ala norte. El consejero rebotó contra la piedra y cayó de rodillas, con el brazo roto colgando inútilmente a su costado.

Sìle se incorporó rápidamente, apartándose del hombre que la había sujetado. Se llevó la mano al cuello y sus dedos regresaron manchados con un rastro de sangre. No era profundo, pero la quemazón le recordaba lo cerca que había estado del final.

Ruaridh se colocó frente a Gavin. El guerrero parecía más alto, más ancho, una deidad de la venganza nacida del barro y la sangre de las Highlands. Levantó la bota y la estampó en el pecho de Gavin, manteniéndolo clavado contra la pared.

—Te dije que no la tocaras —la voz de Ruaridh era ahora un susurro que prometía tormentos—. Te dije que te despellejaría.

Gavin lloraba, un llanto patético, de niño castigado, mientras se sujetaba la muñeca destrozada. Ya no era el consejero inteligente que manipulaba hilos invisibles. Era un despojo de carne y miedo, despojado de sus ropajes de autoridad.

—¡Piedad! —gimió Gavin—. Soy un hombre de letras... no podéis hacerme esto... Ruaridh, por la memoria de tu hermano...

—No menciones a mi hermano —Ruaridh presionó más el pecho de Gavin con la bota. Se oyó el crujido de una costilla—. Mi hermano murió por el veneno que tú pusiste en su copa. Murió solo mientras tú le robabas el clan.

Sìle se acercó. Se detuvo al lado de Ruaridh, mirando al hombre en el suelo. El odio que había sentido durante ocho meses se había transformado en algo más frío: una indiferencia absoluta. Gavin ya no tenía poder sobre ella. Era solo un estorbo que había que apartar del camino.

—No malgastes más rabia con él, Ruaridh —dijo Sìle, con los ojos fijos en la figura derrotada—. Ya no le quedan argumentos. No le queda nada.

Ruaridh relajó la presión de la bota, pero no apartó la vista de Gavin. Miró a Fergus, que se acercaba con una cuerda en las manos.

—Atadlo —ordenó Ruaridh—. Llevadlo al patio. Que el clan vea lo que queda de su gran consejero.

Fergus agarró a Gavin con una rudeza que el hombre no pudo combatir.

Mientras lo arrastraban por el pasillo, Gavin seguía balbuceando incoherencias, intentando encontrar la frase, la mentira, la estructura legal que lo salvara.

Pero el tiempo de las palabras había pasado.

En el castillo Drummond, la noche de las sombras estaba dando paso a la cruda luz de la realidad.

Ruaridh se giró hacia Sìle. Estaban solos en la penumbra del corredor, rodeados por el eco de los gritos que se alejaban. El guerrero alargó la mano, dudando por un segundo, antes de rozar con la punta de los dedos la herida en el cuello de ella.

—Te ha herido —masculló él. Había una nota de algo parecido a la culpa en su voz.

—He sobrevivido a cosas peores, MacKenna —respondió ella, obligándose a sostenerle la mirada—. He sobrevivido a ocho meses de ese hombre. Una raya en el cuello no es nada.

Ruaridh retiró la mano, pero no se alejó. La proximidad entre ambos era ahora diferente. Ya no había la barrera de la sospecha ni el muro del deber. Estaban unidos por la sangre derramada y por la decisión de no dejar que el miedo ganara.

—Has estado bien ahí —admitió Ruaridh—. No muchas mujeres habrían tenido la cabeza fría para dejarse caer.

Sìle esbozó una sonrisa mínima, una sombra de la ironía que solía usar como armadura.

—No soy como las mujeres que conoces en las guerras, Ruaridh. Aquí en las Highlands, las mujeres aprendemos a pelear de otra manera. A veces, la única forma de ganar es dejar de oponer resistencia para que el otro pierda el equilibrio.

Ruaridh asintió, reconociendo la verdad en sus palabras.

Se fijó en el vestido de ella, desgarrado en el hombro, y en la palidez de su piel bajo la luz de la antorcha.

Sin decir nada, se desabrochó el pesado manto de lana y se lo colocó sobre los hombros.

El tejido estaba caliente por el cuerpo de él y olía a cuero y a viento.

—Vamos —dijo Ruaridh—. El clan está esperando. Y todavía tenemos que decidir quién va a gobernar este lugar mañana por la mañana.

Caminaron juntos hacia el salón principal.

Mientras bajaban las escaleras de piedra, Sìle sentía el peso del manto de Ruaridh rodeándola.

No era solo una prenda para protegerla del frío; era una declaración de intenciones.

Al entrar en el patio, el estruendo de las voces del clan los recibió.

Gavin estaba arrodillado en el centro, bajo la luz de las grandes hogueras, rodeado de hombres que hasta hacía unas horas lo llamaban "maestro".

Agnes estaba allí, con los brazos cruzados, mirando a Gavin con un desprecio soberano. El Padre Cormac se mantenía a un lado, con el rosario entre los dedos, pero no había rastro de compasión en su rostro viejo.

Ruaridh se detuvo en lo alto de la escalinata del patio, con Sìle a su lado. El silencio se fue extendiendo por el patio a medida que los hombres notaban su presencia. El MacKenna levantó la mano, pidiendo atención.

—¡Hombres de Drummond! —la voz de Ruaridh retumbó en las paredes del castillo—. ¡El veneno ha salido de las venas de este lugar! ¡Gavin Brodie ha confesado con sus actos lo que sus palabras intentaban ocultar! ¡Ya no hay dudas sobre quién mató a mi hermano!

Un rugido de aprobación y rabia surgió de la multitud. Gavin levantó la cabeza, intentando hablar, pero un hombre del clan le propinó un revés que lo hizo callar.

—¡Y aquí está la mujer a la que este hombre quería usar como chivo expiatorio de sus pecados! —Ruaridh señaló a Sìle—. ¡La mujer que ha guardado el honor de vuestro laird mientras vosotros os dejabais engañar por un mentiroso!

Sìle sintió el peso de cientos de miradas. Ya no había odio en ellas. Había confusión, vergüenza y una naciente forma de respeto. No necesitaba que Ruaridh la defendiera, pero verle hacerlo, verle enfrentarse a su propio clan por ella, rompió la última defensa que le quedaba en el corazón.

Miró a Ruaridh. El guerrero la observaba, esperando su reacción. No era el verdugo enviado por el clan. Era el hombre que la había sacado de la jaula.

—¿Qué quieres hacer con él, Sìle? —le preguntó Ruaridh en voz baja, para que solo ella lo oyera—. La decisión es tuya.

Sìle miró a Gavin. El hombre que había matado a su marido, que la había atormentado psicológicamente, que había intentado poseerla como si fuera una pieza de mobiliario. Podía pedir su cabeza. Podía pedir que lo torturaran. Pero eso la convertiría en lo que él quería que fuera.

—Que se lo lleven —dijo Sìle con una voz que no tembló—. Que lo encierren en la torre más alta, en la misma habitación donde me tuvo a mí. Que escuche el viento de las Highlands y sepa que el mundo sigue adelante sin sus mentiras. Que la ley del rey decida su destino, no nuestra rabia.

Ruaridh asintió, impresionado por la frialdad y la justicia de la mujer. Hizo una señal a los guardias, y Gavin fue arrastrado fuera del patio, gritando promesas de venganza que ya no tenían destinatario.

A medida que el patio se iba despejando y los hombres volvían a sus puestos, Sìle se sintió repentinamente agotada. El peso de los últimos ocho meses cayó sobre ella de golpe. Se tambaleó ligeramente, y la mano de Ruaridh apareció de inmediato en su cintura, sujetándola con firmeza.

—Te tengo —susurró él.

—Lo sé —respondió ella, apoyando la cabeza en el hombro del guerrero—. Por primera vez, lo sé.

Se quedaron allí, bajo las estrellas de las Highlands, mientras el castillo Drummond empezaba a respirar un aire nuevo, libre de las manipulaciones de un hombre que nunca entendió que el verdadero poder no reside en las sombras, sino en la capacidad de mirar a la verdad de frente, por muy sangrienta que sea.