LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 28. LO QUE GAVIN NO ENTIENDE
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28. LO QUE GAVIN NO ENTIENDE

Gavin Brodie dio un paso hacia ella. No fue el movimiento de un hombre que huye, sino el de un depredador que, al verse acorralado, decide reclamar lo que considera su propiedad más valiosa antes de que el mundo se derrumbe.

Las sombras del ala norte, densas y cargadas del olor a piedra húmeda, enmarcaron su figura.

Sìle no retrocedió. Se mantuvo firme, con la espalda rozando el frío granito de la pared, pero con el mentón elevado. Su inmovilidad fue una bofetada silenciosa que detuvo a Gavin a dos metros de distancia.

—¿Crees que él va a salvarte, Sìle? —La voz de Gavin surgió suave, recuperando por pura inercia ese tono de razonabilidad absoluta que había sido su mejor arma durante quince años—.

Ruaridh MacKenna es un animal de guerra.

Un mercenario que cobra por cabeza. ¿Qué crees que pasará cuando el consejo se disuelva y la sangre se limpie de las losas?

Se irá. Volverá a buscar una frontera que defender o un rey que le pague la soldada.

Él inclinó la cabeza, observándola con una fijeza que pretendía ser compasiva y solo lograba resultar obscena.

—Yo he estado aquí siempre. He mantenido estos muros en pie mientras los Drummond se mataban entre ellos y los MacKenna se perdían en sus propias sombras.

Yo soy el castillo, Sìle. Tú no lo entiendes todavía, pero lo harás.

Todo lo que hice... cada decisión, cada sacrificio, fue para que llegáramos a este momento.

Para que estuvieras a salvo bajo mi ala.

Ella permaneció callada. No fue un silencio de sumisión, sino de escucha táctica.

Sus ojos claros recorrieron el rostro de Gavin, notando el temblor casi imperceptible en su mandíbula y el sudor que le pegaba el cabello a las sienes.

Cada palabra que él escupía, cada argumento que construía en el aire para convencerse a sí mismo de su propia necesidad, era un segundo ganado.

En la distancia, el eco de unas botas pesadas contra la piedra resonó en el corredor inferior. Sìle captó el ritmo: era el paso de alguien que no corría por pánico, sino que cazaba con precisión.

Gavin no parecía oírlo. O quizás su propio narcisismo era un ruido más fuerte.

—Ruaridh no sabe nada de ti —continuó Gavin, dando un segundo paso—.

No conoce el sonido de tu respiración en mitad de la noche, ni la forma en que tus dedos se crispan cuando tienes miedo.

Él solo ve a la viuda de su hermano. Yo veo a la mujer que ha sobrevivido a ocho meses de aislamiento.

Yo soy el único que puede apreciar la finura de tu inteligencia.

Ven conmigo. Ahora. Hay una salida por las bodegas que da al risco. Los caballos nos esperan.

—¿Y luego qué, Gavin? —Sìle habló por primera vez. Su voz fue un hilo de acero frío—. ¿Vivir bajo tu vigilancia en otro lugar? ¿Cambiar una celda de piedra por una de seda?

Él forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—No sería una celda. Sería un reino. Podrías tenerlo todo. La verdad es maleable, Sìle. Mañana el clan recordará lo que yo les diga que recuerden. Solo tenemos que desaparecer esta noche y dejar que el mercenario se canse de buscar fantasmas. Él no tiene raíces aquí. Yo sí.

Gavin dio el tercer paso. Estaba lo suficientemente cerca como para que ella pudiera oler el pánico rancio que emanaba de su piel, camuflado bajo el aroma de la lana cara y el jabón. Alargó una mano, buscando rozar el pálido cuello de la viuda.

Sìle no esperó a que los dedos la tocaran.

El candelabro de hierro macizo que sostenía contra su costado no había sido recogido por azar al salir de sus habitaciones.

Fue un movimiento seco, ascendente, nacido de meses de furia contenida y del instinto de una mujer que ya no tenía nada que perder.

El metal impactó contra la sien de Gavin con un sonido sordo y definitivo.

El consejero soltó un quejido ahogado. Sus ojos se pusieron en blanco por un instante antes de que las rodillas le fallaran. Se desplomó sobre las losas, con la mano buscando instintivamente la herida que empezaba a mancharle los dedos de un carmín espeso.

Sìle permaneció sobre él, con el candelabro todavía en alto, el pecho subiendo y bajando con una respiración entrecortada. No sintió lástima. Sintió una descarga de adrenalina que le entumeció las yemas de los dedos.

—Lo que no entiendes, Gavin —susurró ella, mirando al hombre que se retorcía a sus pies—, es que prefiero el juicio de un mercenario a la piedad de un monstruo.

Un roce de metal contra piedra anunció la llegada de la sombra.

Ruaridh MacKenna dobló la esquina del pasillo con la espada desenvainada. Sus ojos oscuros escanearon la escena en un latido: Gavin en el suelo, gimiendo de dolor, y Sìle de pie, con el hierro todavía apretado en la mano y la mirada encendida.

El guerrero bajó ligeramente la punta de su arma, aunque su postura seguía siendo la de un hombre listo para matar. La luz de las antorchas del corredor bailó sobre la cicatriz de su mandíbula.

—He llegado tarde —comentó Ruaridh. Su tono fue neutral, pero había un matiz de apreciación en la forma en que observó el candelabro.

—Un poco —respondió ella. No bajó el brazo de inmediato. Se obligó a soltar el aire que tenía retenido en los pulmones—. Ha intentado convencerme de que el castillo es suyo.

Ruaridh se acercó. Sus botas se detuvieron a pocos centímetros de la cabeza de Gavin.

El consejero se incorporó con dificultad, apoyando una mano en la pared.

La sangre le resbalaba por la mejilla, perdiéndose en el cuello de su camisa.

La razonabilidad, esa máscara de cera que había llevado durante quince años, se había derretido por completo.

Lo que quedó debajo fue una mueca de odio puro, los ojos de un hombre que se ve despojado de su divinidad ficticia.

—Te colgarán por esto, MacKenna —escupió Gavin, aunque su voz carecía de la autoridad de antes—. El clan no aceptará la palabra de una asesina y su amante extranjero.

Ruaridh no respondió con palabras. Agarró a Gavin por el pescuezo y lo puso en pie con una fuerza que hizo crujir la tela del jubón. Lo estampó contra la pared, dejando que la punta de su espada rozara la garganta del consejero.

—El clan está abajo, Brodie —dijo Ruaridh, y su voz fue un murmullo letal—. Y Agnes está contando lo que vio en la jarra de mi hermano. El Padre Cormac ya no reza por tu alma, reza por la suya. Estás solo.

Gavin intentó zafarse, pero la presión del acero contra su piel lo dejó inmóvil. Miró a Sìle, buscando un resquicio de duda, una grieta en su armadura emocional. No encontró nada.

—Has perdido el control —continuó Ruaridh—. Y eso es lo único que te mantenía con vida.

Sìle dio un paso hacia ellos. La tensión entre los tres hombres parecía cargar el aire de electricidad estática.

Miró a Ruaridh y, por un instante, no vio al verdugo que había llegado al castillo semanas atrás, sino al único hombre que había sido capaz de ver a través de la red de mentiras que la asfixiaba.

—No dejes que hable más —pidió ella—. Cada palabra que dice es un veneno nuevo.

Ruaridh la observó de reojo. Notó el temblor en sus hombros, esa fragilidad que ella se esforzaba tanto en ocultar bajo una fachada de hierro.

—No lo hará —aseguró él.

Gavin soltó una carcajada ronca, manchada de sangre.

—¿Y qué harás? ¿Matarme aquí mismo? ¿En la oscuridad de un pasillo? No tienes el valor. Necesitas el teatro del juicio para sentirte un hombre de ley.

Ruaridh apretó los dientes. La punta de la espada se hundió un milímetro en la piel de Gavin, haciendo brotar una perla de sangre.

—Podría hacerlo. Podría decir que intentaste atacar a la viuda y que tuve que defenderla. Sería una historia muy convincente, ¿no crees? Tú mismo me enseñaste que la verdad es maleable.

El miedo, el verdadero miedo, asomó por primera vez en los ojos de Gavin. La posibilidad de morir sin testigos, de ser borrado de la historia de la misma forma en que él había borrado a otros, lo aterrorizó más que la horca.

—Llévatelo abajo —insistió Sìle. Su voz recuperó la firmeza—. Que el clan vea en lo que se ha convertido. Que vean al hombre que los ha gobernado desde las sombras.

Ruaridh asintió. Con un movimiento brusco, giró a Gavin y le inmovilizó los brazos a la espalda. El consejero soltó un alarido de dolor.

—Camina —ordenó el guerrero.

Empezaron el descenso hacia el salón principal. Sìle caminaba detrás, todavía con el candelabro en la mano, como si no se atreviera a soltar su única defensa. Cada paso que daban alejándose del ala norte era una losa que se quitaba de encima.

Al llegar al rellano que daba al gran salón, el ruido del clan llegó hasta ellos. Era un rugido de voces confusas, de gritos y golpes en las mesas. La noticia del frasco se había extendido como un incendio en brezo seco.

Ruaridh se detuvo antes de entrar en el círculo de luz. Miró a Sìle.

—¿Estás lista?

Ella se irguió. Se alisó el vestido con la mano libre y se apartó un mechón de pelo de la cara.

—He estado lista durante ocho meses, MacKenna.

Él empujó a Gavin hacia delante. El consejero tropezó y entró en el salón tambaleándose, con la cara ensangrentada y el orgullo deshecho.

El silencio que siguió fue instantáneo y pesado.

Cientos de ojos se clavaron en la figura del hombre que, hasta hacía una hora, era la autoridad moral del castillo Drummond.

Ruaridh entró justo detrás, con la espada todavía en la mano, pero esta vez la sostenía de forma que todos pudieran verla. Su presencia dominaba el espacio, una torre de hierro y voluntad.

Sìle entró la última. No buscó el rincón oscuro donde se había ocultado durante meses. Caminó hasta el centro del salón, bajo el resplandor de las grandes lámparas de aceite. El clan la miró con una mezcla de horror y fascinación. Ya no veían a la asesina. Veían a la superviviente.

—¡Aquí tenéis a vuestro consejero! —rugió Ruaridh, y su voz acalló el último murmullo—. ¡Aquí tenéis al hombre que os dijo quiénes eran vuestros amigos y quiénes vuestros enemigos!

Gavin intentó erguirse, buscando desesperadamente un resto de su antigua dignidad.

—¡Es una trampa! —gritó, señalando a Ruaridh—. ¡Este mercenario ha conspirado con la viuda para hacerse con el control del clan! ¡No dejéis que os engañen!

Pero las palabras de Gavin ya no tenían el peso de antes. Eran huecas, el eco de un mundo que ya no existía. Agnes se adelantó desde la cocina, con el delantal manchado y los ojos encendidos de una furia antigua.

—¡Cierra la boca, Brodie! —espetó la cocinera—. ¡El olor de ese frasco no miente! ¡Y mis ojos tampoco cuando te vi volver del bosque la noche que el laird murió!

El murmullo del clan se transformó en un rugido de indignación. Varios hombres se levantaron de sus asientos, con las manos en las empuñaduras de sus dagas. La red de lealtades que Gavin había tejido con tanto cuidado se estaba deshilachando ante sus ojos.

Sìle dio un paso hacia el frente. Miró a los hombres del consejo, a aquellos que la habían juzgado en silencio durante meses.

—Habéis vivido bajo el miedo —dijo ella, y su voz clara cortó el tumulto—. Habéis dejado que un hombre decidiera qué era verdad y qué era mentira porque era lo más fácil. Porque no queríais ver la podredumbre que crecía en vuestra propia mesa.

Gavin la miró con una mezcla de odio y asombro.

—No eres nada sin este castillo, Sìle —masculló él, lo suficientemente alto para que ella lo oyera—. No eres nada sin el nombre que te di al protegerte.

—No me diste nada, Gavin —respondió ella—. Me lo quitaste todo. Pero hoy, lo recupero.

Ruaridh puso una mano en el hombro de Sìle. Fue un gesto breve, apenas un contacto de un segundo, pero transmitió una fuerza que ella absorbió agradecida. El guerrero miró al clan.

—El consejo decidirá su destino mañana al amanecer —declaró Ruaridh—. Esta noche, dormirá en las celdas. Y mañana, la verdad de los Drummond y los MacKenna quedará limpia por fin.

Los guardias de Ruaridh se adelantaron y agarraron a Gavin. El consejero no luchó más. Se dejó arrastrar, con la cabeza baja y los hombros hundidos. Su derrota era total.

Cuando se lo llevaron, el salón pareció vaciarse de una presencia tóxica. El clan empezó a dispersarse en pequeños grupos, hablando en susurros urgentes. La tensión seguía ahí, pero era una tensión diferente. Era el inicio de algo nuevo.

Sìle se quedó mirando hacia la puerta por la que habían sacado a Gavin. Sintió que el candelabro le pesaba en la mano y finalmente lo dejó sobre una mesa cercana. El metal golpeó la madera con un sonido seco.

—Ha terminado —dijo ella, casi para sí misma.

Ruaridh se colocó a su lado. Se tomó un momento para limpiar la sangre de Gavin de la punta de su espada antes de guardarla en la vaina.

—No —respondió él, mirándola con una intensidad que la hizo estremecer—. Solo ha empezado la parte difícil. Reconstruir es más complicado que destruir, Sìle.

Ella le devolvió la mirada. Sus ojos se encontraron en un espacio que ya no estaba dominado por la sospecha mutua, sino por una alianza forjada en el fuego de la traición ajena.

—Al menos ahora sé quién está a mi lado —dijo ella.

Ruaridh no respondió con palabras. Se limitó a asentir, un gesto seco de soldado, pero sus ojos permanecieron en los de ella un segundo más de lo necesario.

En ese silencio, rodeados por las cenizas de una red de mentiras, el deseo y la necesidad mutua se volvieron tan reales como las piedras del castillo.

La noche era larga y las Highlands seguían siendo un lugar peligroso, pero por primera vez en ocho meses, Sìle Drummond no se sintió sola.

Y Ruaridh MacKenna, el guerrero que había llegado para ejecutar a una asesina, comprendió que su misión acababa de transformarse en algo que no figuraba en ningún contrato.

Caminaron juntos hacia el ala de las habitaciones, dejando atrás el salón que todavía olía a banquete interrumpido y a verdades desnudas. Cada paso era una decisión, y cada decisión los alejaba más de la sombra de Gavin Brodie.

Al llegar a la puerta de Sìle, Ruaridh se detuvo. El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por una antorcha lejana.

—Duerme —le dijo él—. Yo estaré cerca.

—Lo sé —respondió ella.

Entró en su habitación y cerró la puerta.

Ruaridh se quedó allí un momento, escuchando el silencio.

Sabía que Gavin estaba derrotado, pero también sabía que el veneno que había sembrado tardaría en desaparecer.

Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra la madera de la puerta, y dejó que la oscuridad lo rodeara.

No era un verdugo. No era un juez. Era el hombre que iba a asegurarse de que el amanecer llegara para la mujer que dormía al otro lado. Y esa era la única verdad que importaba ahora.