LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 27. LA CAZA DENTRO DE LOS MUROS
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27. LA CAZA DENTRO DE LOS MUROS

El estruendo de la mesa al chocar contra las losas del suelo fue el disparo de salida.

Gavin Brodie no esperó a que el eco se extinguiera ni a que los hombres del consejo cerraran las mandíbulas.

Se movió con una agilidad que nadie habría atribuido a un hombre de su posición, una rapidez eléctrica que nació del puro instinto de supervivencia.

No buscó la puerta principal, donde los guardias de Ruaridh formaban una barrera de hierro y desconfianza, sino que se lanzó hacia el tapiz desvaído del ala norte.

Ruaridh MacKenna reaccionó un latido después. La pesada silla de roble voló de una patada mientras él ya estaba en el aire, sorteando los restos del banquete frustrado.

—¡Fergus, el ala este! ¡Que no llegue a las caballerizas!

Fergus no necesitó una segunda orden. El veterano se hundió en la marea de hombres confundidos, abriéndose paso a base de hombros y maldiciones, buscando el corredor que cortaba el paso hacia el patio exterior.

Gavin desapareció tras el cortinaje. Conocía el castillo Drummond como un animal conoce su madriguera.

Llevaba quince inviernos recorriendo aquellas piedras, memorizando el ángulo de cada escalera y el crujido de cada puerta que la humedad había deformado.

Se adentró en los pasadizos de servicio, túneles estrechos donde el aire olía a moho y a cera vieja, lugares que los lairds habían olvidado siglos atrás pero que un consejero meticuloso había mantenido despejados.

Sus botas golpeaban la piedra con un ritmo frenético.

Jadeaba, pero no por cansancio, sino por la adrenalina que le dictaba que cada segundo era una frontera entre la libertad y el cadalso.

Dobló una esquina, rozando el hombro contra la mampostería, y se internó en la bajada hacia las bodegas.

Sabía que al final de aquel tramo existía una salida de ventilación, apenas una grieta ampliada que daba al patio trasero, cerca del foso de desperdicios. Era su salida. Su última jugada.

Detrás, el sonido de las botas de Ruaridh era una promesa de muerte.

El guerrero no gritaba. No malgastaba aire.

Se limitaba a seguir el rastro del ruido, una sombra implacable que acortaba distancias con cada zancada.

Ruaridh sentía el roce de las paredes contra sus antebrazos, la opresión de un techo demasiado bajo para su estatura, pero no aminoraba el paso.

Su mente era un mapa táctico de depredación.

Gavin llegó al cruce de la bodega. A la izquierda, la oscuridad total y el olor a vino rancio; a la derecha, un pasillo iluminado por una única antorcha que moría en su soporte.

Dudó. Un segundo. El tiempo justo para que el aire le silbara en los pulmones.

Si iba a la izquierda, llegaría a la grieta. Si iba a la derecha...

Eligió la derecha. Quizás fue el instinto de no morir en la oscuridad, o quizás una parte de su mente, la más retorcida y obsesiva, le dictó que no podía marcharse solo.

Al fondo de aquel pasillo, donde la piedra se volvía más húmeda y el frío calaba hasta el tuétano, no estaba la salida.

Estaba ella.

Sìle Drummond permanecía inmóvil, como una aparición tallada en mármol gris. No llevaba armas, solo la dignidad que Gavin no había logrado arrebatarle en ocho meses de cautiverio psicológico. Su figura bloqueaba el acceso a la escalera de caracol que subía hacia la torre de vigilancia.

Gavin se detuvo en seco. El impulso de la carrera lo hizo tambalearse antes de recuperar el equilibrio.

Se alisó la chaqueta con un gesto mecánico, un tic de su antigua vida de orden y protocolos, mientras intentaba serenar su respiración.

El sudor le bajaba por las sienes, pero cuando habló, su voz emergió con esa suavidad melosa, esa calma razonable que había sido su mejor máscara.

—Sìle. Qué coincidencia tan afortunada.

Ella no se movió. Sus ojos claros lo recorrieron con un desprecio tan absoluto que habría hecho sangrar a un hombre con conciencia.

—No es coincidencia, Gavin. Sabía que vendrías por aquí. Es el camino de las ratas.

Gavin soltó una risita nerviosa, un sonido agudo que se perdió en la humedad de las paredes. Dio un paso hacia ella, extendiendo las manos con las palmas hacia arriba, en un gesto de falsa paz.

—Escúchame. Lo que ha pasado ahí arriba... es un malentendido. Agnes es una mujer vieja, el miedo le ha nublado el juicio. Y ese mercenario... Ruaridh solo quiere una cabeza que ofrecer para limpiar su nombre. No le importas tú. Solo le importa el final de su contrato.

Sìle apretó los labios. El frío del pasillo parecía emanar de ella misma.

—El frasco estaba en tu bolsillo, Gavin. El veneno que mató a mi marido estaba bajo tu piel.

—Lo hice por nosotros —soltó él, y esta vez la voz le tembló con una urgencia febril—.

Ese hombre te despreciaba. El clan se hundía.

Yo te he protegido. Durante ocho meses he mantenido a los lobos lejos de tu puerta.

He sido el único que te ha visitado, el único que te ha traído seda y palabras dulces mientras el resto pedía tu ejecución.

Dio otro paso. Estaba lo suficientemente cerca como para que ella pudiera oler el sudor y el pánico que emanaba de sus poros.

—Ven conmigo ahora. Conozco un paso por el risco norte que los hombres de MacKenna no encontrarán ni en cien años.

Tengo oro escondido en la capilla y caballos esperando en el bosque de abedules.

Podemos cruzar la frontera. Podrías ser libre, Sìle.

Por fin. Lejos de este castillo podrido, lejos de los juicios y de las miradas de odio. Yo puedo darte la vida que mereces.

Gavin la miró con una fijeza perturbadora. No era la mirada de un hombre que ofrece salvación, sino la de un coleccionista que se niega a perder su pieza más valiosa. Sus dedos se crisparon, buscando la tela de su vestido.

—Te he querido desde el primer día que pisaste este salón —susurró, y el subtexto de posesión enfermiza saturó el aire—.

Todo lo que hice, cada mentira, cada gota en esa jarra.

.. fue para que llegáramos a este momento.

Para que entendieras que solo yo soy tu lugar seguro.

Vente conmigo. Ahora. Antes de que él llegue.

Sìle sostuvo la mirada. No hubo miedo en su expresión, solo una claridad cortante que pareció vaciar a Gavin de todos sus argumentos.

—¿Lugar seguro? —Sìle soltó una palabra que sonó como un latigazo—. Has pasado ocho meses construyendo mi cadalso para poder ofrecerme la cuerda como si fuera un regalo.

—No lo entiendes...

—Lo entiendo perfectamente —lo interrumpió ella, su voz ganando volumen, vibrando contra las piedras—. Entiendo que prefieres verme muerta a verme libre de ti. Entiendo que mataste a un hombre por una ambición que disfrazas de amor.

Gavin alargó la mano, intentando rodearle el brazo con un movimiento posesivo.

—Sìle, no seas necia. Él te matará. Ruaridh MacKenna no es un salvador, es un verdugo con una cicatriz en la cara. Si te quedas, te colgarán en el patio para satisfacer al clan. Solo yo puedo evitarlo. Di que sí. Di que vienes y cerraremos esta puerta para siempre.

Sìle se apartó de su contacto como si su piel fuera hierro incandescente. Se irguió, ganando esa estatura moral que Gavin nunca podría alcanzar.

—No.

La palabra cayó entre ellos con el peso de una sentencia. No hubo duda, ni matices, ni espacio para la negociación.

Gavin se quedó paralizado. La máscara de razonabilidad se desmoronó por completo, revelando una mueca de incredulidad y rabia. Sus ojos se inyectaron en sangre y su mandíbula tembló.

—¿No? ¿Prefieres morir por un hombre que apenas conoces? ¿Prefieres el nudo de la soga a mi mano?

—Prefiero cualquier cosa a ti, Gavin —respondió ella con una calma devastadora—. Prefiero el juicio, el odio del clan y la oscuridad de una celda antes que pasar un minuto más respirando el mismo aire que tú. No eres mi salvador. Eres la enfermedad de este castillo.

Gavin rugió, un sonido animal que nació del orgullo herido. Dio un paso violento hacia ella, con las manos buscando su cuello, pero se detuvo en seco al oír un sonido metálico detrás de él.

Ruaridh MacKenna estaba al principio del pasillo. Tenía la espada desenvainada, pero no la sostenía en guardia de ataque, sino que la dejaba colgar con una negligencia peligrosa. Sus ojos oscuros estaban fijos en la espalda del consejero.

—Aléjate de ella, Brodie.

La voz de Ruaridh era un trueno bajo que llenó el espacio cerrado. No había rastro de cansancio en él, solo una determinación gélida que hizo que el aire se volviera irrespirable.

Gavin se giró lentamente, mirando de Ruaridh a Sìle. Estaba atrapado. El pasillo era una ratonera de piedra y él era el animal acorralado que ya no tenía más mentiras que contar.

—Ella es mía —masculló Gavin, perdiendo el control de su propia narrativa—. Yo la mantuve viva. Yo decidí que respirara.

Ruaridh no se movió, pero su mirada se clavó en la de Sìle un segundo. Hubo un intercambio silencioso, un reconocimiento de que el juego de sombras había terminado.

—Ella no es de nadie —dijo Ruaridh, volviendo su atención a Gavin—. Y tú ya no decides nada en este castillo.

Gavin miró hacia la escalera tras Sìle, luego hacia Ruaridh. La desesperación mutó en una astucia terminal. Metió la mano en su jubón, buscando quizás un arma oculta o el último resto de su veneno, pero Ruaridh se lanzó hacia delante con la velocidad de un lobo.

Sìle observó cómo el mundo que Gavin había construido con palabras y miedos se derrumbaba bajo el peso del acero y la verdad.

No se movió. No gritó. Se limitó a permanecer allí, testigo del momento en que el hombre que había intentado poseer su alma descubría que el poder absoluto es una ilusión que termina en el filo de una espada.

Gavin Brodie retrocedió, tropezando con sus propios pies, con los ojos fijos en la punta del acero de Ruaridh.

—Esto no puede terminar así —gimió Gavin—. Yo soy el consejo. Yo soy el orden.

—Tú eres un asesino —sentenció Ruaridh, acorralándolo contra la pared húmeda—. Y este es el final de tu orden.

Sìle dio un paso adelante, colocándose al lado de Ruaridh. No buscó su protección, sino que reclamó su lugar en la caída del hombre que la había atormentado. Miró a Gavin una última vez, viendo solo a un ser pequeño y patético despojado de sus títulos.

—Llévatelo, Ruaridh —dijo ella sin apartar la vista del consejero—. El aire aquí abajo empieza a oler a limpio.

Gavin intentó hablar, pero Ruaridh le propinó un golpe con el pomo de la espada que lo dejó sin aliento, doblado sobre sí mismo. El guerrero lo agarró por el cuello de la chaqueta y lo puso en pie con una fuerza que hizo crujir la tela.

—Caminas o te arrastro —dijo Ruaridh—. El clan está esperando en el patio. Y tienen muchas preguntas sobre frascos y traiciones.

Mientras Ruaridh empujaba a un Gavin desmoronado hacia el salón principal, Sìle se quedó un momento sola en el pasillo.

Cerró los ojos y respiró hondo. El olor a moho seguía allí, pero la presión invisible que le había oprimido el pecho durante ocho meses acababa de romperse.

Cuando los abrió, vio a Ruaridh detenerse al final del corredor. Él no se giró del todo, pero la esperó.

Sìle caminó hacia la luz, dejando atrás la oscuridad de los túneles y el eco de las súplicas de un hombre que nunca supo que el poder es nada sin la verdad.

Al salir al patio, el frío de las Highlands la golpeó en el rostro, pero por primera vez, no se sintió como una agresión, sino como una bienvenida.

El círculo de antorchas del clan la esperaba, y en el centro, la figura de Ruaridh MacKenna recortada contra el cielo nocturno era lo único que parecía tener sentido en un mundo que acababa de nacer de nuevo.