26. EL FRASCO #2
Ruaridh se adelantó a ella, con la espada desenvainada ahora. La hoja de acero brilló con un matiz azulado bajo la luz de la luna que entraba por las aspilleras. Empujó la puerta de un golpe.
Gavin estaba allí. No estaba escondido. Estaba sentado tras el escritorio que una vez perteneció al hermano de Ruaridh, con las manos cruzadas sobre la madera, como si estuviera esperando para iniciar una reunión de cuentas.
Tenía el cabello algo desordenado y la respiración agitada, pero su rostro había recuperado esa calma inquietante que lo hacía tan peligroso.
—Habéis tardado —dijo Gavin. Miró a Sìle, ignorando casi por completo la punta de la espada de Ruaridh que apuntaba a su garganta—. Sìle, ven aquí. Aléjate de él.
Ruaridh dio un paso más, pero Sìle puso una mano en su brazo, deteniéndolo.
—Gavin, se acabó —dijo ella—. El clan ha visto el frasco. Agnes ha hablado. No hay más palabras que puedan salvarte.
—Siempre hay palabras —Gavin se levantó lentamente.
Sus ojos brillaban con una intensidad febril—.
Siempre hay una versión de la historia que la gente prefiere creer.
Solo necesito tiempo. Ven conmigo. Conozco el camino bajo la muralla este.
Podemos estar lejos de aquí antes del alba.
Tú y yo. Como debió ser desde el principio.
—Mataste a su marido —intervino Ruaridh, su voz era un gruñido bajo.
—Maté a un hombre que estaba destruyendo este clan con su debilidad —escupió Gavin, mirando por primera vez a Ruaridh con puro odio—.
Tu hermano no era un laird, MacKenna. Era un lastre.
Yo tomé la decisión que tú no tuviste el valor de tomar porque estabas demasiado ocupado jugando a los soldados en el sur.
Ruaridh se tensó, con los nudillos blancos alrededor de la empuñadura.
—Y ahora vas a pagar por ello.
—¿Pagar? —Gavin soltó una risita histérica—. ¿A manos de quién? ¿De un mercenario que apenas conoce el nombre de sus primos? ¿De una viuda que el clan odia? Sin mí, este castillo volverá a ser un montón de piedras en manos de salvajes.
Gavin rodeó el escritorio. No miraba a Ruaridh. Sus ojos estaban fijos en Sìle, con una fijeza que rozaba la locura.
—Sìle, piénsalo. Él se irá. En cuanto la justicia se cumpla o se aburra, recogerá sus monedas y se marchará a otra guerra. Yo no. Yo me quedaré. Yo soy el único que te ve de verdad. Ven conmigo.
Dio un paso hacia ella, extendiendo la mano. Era un gesto casi tierno, si no fuera por el contexto de sangre y traición que lo rodeaba.
Sìle no retrocedió. Miró la mano extendida de Gavin y luego subió la vista a su rostro.
—Tienes razón en una cosa, Gavin —dijo ella con una frialdad que pareció congelar el aire de la habitación—. Ruaridh es un mercenario. No sabe nada de este clan.
Ruaridh sintió una punzada de algo parecido a la traición, pero no se movió.
—Pero él me escucha —continuó Sìle—. Y tú... tú solo te escuchas a ti mismo.
Sìle levantó el candelabro de hierro. No fue un ataque, fue un gesto de clausura.
—No voy a ir a ninguna parte contigo. Prefiero la horca a un solo día más bajo tu "protección".
La cara de Gavin se transformó. La ternura se evaporó, dejando paso a una furia ciega. Se lanzó hacia ella, no con un beso, sino con las manos garfgarf hacia su cuello.
Ruaridh reaccionó antes de que Gavin pudiera rozar la tela del vestido de Sìle. Con un movimiento brusco, golpeó a Gavin con el pomo de la espada en la sien. El consejero cayó al suelo como un fardo de lana, golpeándose la mandíbula contra la esquina del escritorio.
El silencio volvió a la habitación, solo roto por la respiración agitada de los dos.
Ruaridh miró a Gavin, que gemía débilmente en el suelo, aturdido. Luego miró a Sìle.
—¿Estás bien?
Ella asintió, aunque sus manos temblaban ligeramente alrededor del hierro del candelabro.
—¿Qué vamos a hacer con él? —preguntó ella.
—Lo que el clan decida —respondió Ruaridh. Guardó la espada con un chasquido definitivo—. Pero primero, tiene que pasar la noche en las celdas. Las mismas donde él quería meterte a ti.
Sìle miró al hombre derribado. No sintió triunfo. Solo un cansancio inmenso que parecía filtrarse desde sus huesos.
—Ruaridh... —lo llamó cuando él se agachaba para levantar a Gavin por las axilas.
Él se detuvo.
—Gracias. Por el frasco.
Ruaridh la miró de soslayo.
—No me des las gracias todavía. Mañana el clan querrá respuestas. Y tú y yo tendremos que dárselas juntos.
Él cargó con el cuerpo de Gavin con una facilidad insultante. Mientras salían de la habitación, Sìle se detuvo un momento en el umbral. Miró el despacho vacío, el escritorio del hombre que una vez fue su marido y la sombra del hombre que casi la destruye.
Cerró la puerta tras ella. El sonido del pestillo encajando fue el primer alivio real que había sentido en ocho meses.
Abajo, en el salón, el fuego seguía ardiendo, pero el aire ya no pesaba igual. Agnes estaba sentada en un banco, custodiada por Fergus, esperando. Cuando vieron aparecer a Ruaridh con el bulto de Gavin sobre el hombro, un grito contenido recorrió a los pocos hombres que quedaban.
—A las celdas —ordenó Ruaridh a Fergus—. Ponle dos hombres en la puerta. Nadie entra, nadie habla con él. Si respira demasiado fuerte, me avisas.
Fergus asintió, con una expresión de satisfacción que no se molestó en ocultar.
—Con gusto, patrón.
Ruaridh dejó a Gavin en manos de los guardias y se giró hacia Sìle. Estaba pálida, bajo la luz mortecina de las velas que se agotaban.
—Vete a dormir —le dijo.
—No creo que pueda.
—Inténtalo. Mañana será el día más largo de tu vida.
Sìle lo miró. Por un momento, la distancia entre ellos pareció acortarse, no físicamente, sino en esa comprensión mutua de quienes han sobrevivido a un naufragio juntos.
—¿Te quedarás en el pasillo? —preguntó ella.
Ruaridh se pasó una mano por el rostro, agotado.
—No creo que haga falta ya. Gavin no va a salir de donde está.
Sìle esbozó una sonrisa mínima, una sombra de humor que cortó la tensión de la noche.
—Dormiré mejor si sé que el mercenario sigue vigilando el inventario.
Ruaridh soltó un bufido que en otro hombre habría sido una carcajada.
—Vete a tu habitación, Sìle. Mañana hablamos de inventarios.
Ella asintió y subió las escaleras. Ruaridh se quedó solo en el gran salón, mirando las brasas que morían en la chimenea. El frasco de vidrio oscuro seguía sobre la mesa volcada, un pequeño resto de maldad que ya no tenía poder.
Lo recogió y lo guardó en su propio bolsillo.
Esa noche, por primera vez, el castillo Drummond durmió sin que nadie tuviera que contar las vueltas de la llave.