26. EL FRASCO
—Vacía los bolsillos.
La voz de Ruaridh no se elevó, pero cortó el murmullo del salón como un hacha sobre madera verde. El silencio que siguió fue absoluto, el tipo de vacío que precede al desplome de una montaña.
Gavin Brodie permaneció inmóvil en el centro del espacio despejado.
Sus manos, siempre tan seguras, tan acostumbradas a sostener documentos y sellar destinos, colgaron a los lados de su cuerpo.
Miró a los hombres del clan, a sus rostros endurecidos por el frío y la sospecha, y luego regresó la vista al guerrero que lo desafiaba.
—Esto es un insulto, MacKenna —respondió Gavin.
Su tono era la viva imagen de la dignidad herida, una mezcla perfecta de decepción y calma—.
He servido a este clan desde antes de que tú supieras empuñar una espada con sentido.
He mantenido estos muros en pie mientras tú te vendías al mejor postor en tierras extrañas.
—Vacía los bolsillos —repitió Ruaridh. Dio un paso hacia delante, invadiendo ese espacio personal que Gavin protegía con tanta diligencia—. Ahora. O lo haré yo, y te aseguro que no seré delicado.
Gavin soltó un suspiro largo, el gesto de un hombre cansado de la irracionalidad ajena. Miró a Sìle, que permanecía de pie junto a la chimenea, envuelta en su propia sombra. Sus ojos se encontraron un segundo. No hubo súplica en los de él, solo una promesa silenciosa de que esto también pasaría.
Lentamente, Gavin introdujo las manos en su chaqueta de lana fina.
Primero extrajo unas monedas de plata que dejó sobre la pesada mesa de roble con un tintineo seco. Luego, un pañuelo de lino limpio. Un sello de lacre con las armas del clan. El salón entero contenía el aliento, esperando el milagro o el desastre.
Finalmente, su mano emergió con un frasco pequeño de vidrio oscuro, sellado con un tapón de cera. Lo dejó junto a las monedas.
—Un remedio para el estómago —explicó Gavin, dirigiendo su mirada a los hombres del consejo—. El Padre Cormac puede dar fe de mis dolencias. El peso de dirigir este lugar durante ocho meses de luto no sale gratis.
Ruaridh no esperó permiso. Alargó la mano y rodeó el frasco con sus dedos curtidos. Era pequeño, casi insignificante frente a la magnitud de la mesa, pero pesaba como el plomo. Rompió el sello de cera con la uña del pulgar y extrajo el tapón.
No lo olió él. No era su nariz la que conocía los secretos de las despensas de aquel castillo.
—Agnes.
La cocinera se adelantó. Sus pasos eran pesados, haciendo crujir las tablas del suelo. Se detuvo frente a Ruaridh, ignorando la mirada gélida que Gavin le lanzaba. Agnes no era mujer de miedos tardíos; había visto nacer y morir a demasiados MacKenna como para temer a un consejero con ínfulas.
Ruaridh le tendió el frasco.
Agnes lo tomó, se lo acercó al rostro y aspiró.
Cerró los ojos un instante. El silencio en el salón se volvió físico, una presión que hacía doler los oídos.
Cuando la mujer volvió a abrirlos, su expresión había perdido toda la rudeza habitual.
Estaba pálida, con los labios apretados en una línea de puro dolor.
—Es el mismo —dijo, y su voz, aunque baja, llegó hasta el último rincón de las vigas del techo—. El mismo olor que tenía la jarra del laird la noche que se fue.
Un estallido de susurros recorrió las filas de los hombres. Fergus dio un paso al frente, con la mano en la empuñadura de su daga, pero Ruaridh le hizo una señal para que esperara.
—Explícate —ordenó Ruaridh a la cocinera, sin apartar la vista de Gavin.
—Esa noche, cuando recogí las sobras, la jarra olía a esto —continuó Agnes, señalando el vidrio oscuro—.
Dulce, como flores podridas en el fondo de un pozo.
Yo... yo la limpié. Pensé que el vino se había picado.
Llevo ocho meses sin poder cerrar los ojos sin sentir ese olor en las manos.
Llevo ocho meses rezando para estar equivocada.
Gavin soltó una carcajada corta, seca, carente de humor.
—¿La palabra de una cocinera que confiesa haber destruido pruebas?
—Gavin miró a su alrededor, buscando los ojos de los hombres con los que había compartido mesa y decisiones—.
¿Esto es lo que habéis traído para juzgarme?
¿El delirio de una mujer vieja y las sospechas de un mercenario que duerme en los pasillos como un perro sin dueño?
Se acercó a la mesa, apoyando las palmas sobre la madera.
—He sido vuestra voz cuando no teníais ninguna. He protegido a vuestras familias. Si este frasco es la prueba de mi traición, entonces todos somos culpables de querer que este clan sobreviva.
El clan dudó. Ruaridh lo sintió en el cambio de postura de los hombres de las filas traseras. Gavin era el orden. Gavin era la comida en la mesa y la paz con los vecinos. Sìle era solo una sombra incómoda y Ruaridh un extraño que traía la guerra en las botas.
Sìle dio un paso al frente. La luz de las antorchas le daba un aspecto espectral, pero su voz era de acero.
—No hablas por el clan, Gavin —dijo ella—. Hablas por ti mismo. Siempre lo has hecho. Incluso cuando venías a mis habitaciones a decirme que solo tú podías salvarme de la horca.
Gavin se giró hacia ella. Su rostro se transformó un instante. La máscara de razonabilidad se agrietó, dejando ver algo oscuro y voraz que latía debajo.
—Te di todas las oportunidades, Sìle —masculló él, olvidando por un momento que no estaban solos—. Podrías haber tenido todo este castillo. Podrías haber sido la mujer más poderosa de estas tierras, bajo mi ala.
—Bajo tu bota —corrigió ella.
Gavin comprendió su error en cuanto las palabras salieron de su boca. El murmullo del clan cambió de tono. Ya no era duda; era el rugido sordo de una manada que detecta al intruso.
Ruaridh se movió. No fue un ataque, sino un cierre de espacio.
—Se acabó, Gavin.
Gavin no retrocedió. Sus ojos recorrieron el salón, calculando las distancias, las sombras, las salidas.
Sabía que Ruaridh no lo mataría allí mismo, no delante de todos sin un juicio formal que legitimara su posición.
Pero también sabía que, una vez que entrara en las celdas, no volvería a ver la luz del sol.
—¿Se acabó? —Gavin sonrió de nuevo, pero esta vez la expresión no llegó a sus ojos—. Esto no se acaba porque un soldado decida que ha encontrado un culpable. Este castillo me pertenece más que a ninguno de vosotros.
Con un movimiento fluido y desesperado, Gavin agarró el borde de la pesada mesa de roble y la volcó con una fuerza nacida del pánico. El estruendo de la madera contra el suelo y el tintineo de las monedas rodando por las piedras actuaron como una señal de salida.
Antes de que Ruaridh pudiera rodear el obstáculo, Gavin ya estaba corriendo hacia la puerta lateral que llevaba a las cocinas y a los pasadizos de servicio.
—¡Fergus! —gritó Ruaridh.
—¡Ya voy!
El caos estalló. Los hombres del clan tropezaban entre ellos, algunos intentando seguir al consejero, otros simplemente intentando entender qué acababa de pasar. Ruaridh saltó sobre la mesa volcada, ignorando el dolor en su rodilla al aterrizar.
Gavin ya no estaba en el salón.
Sìle se quedó inmóvil un segundo, mirando el frasco que Agnes aún sostenía con manos temblorosas. El veneno estaba allí, al descubierto. La verdad era pequeña, oscura y olía a flores muertas.
—Sìle, quédate aquí —ordenó Ruaridh antes de lanzarse tras Gavin.
Ella no respondió. Sabía que Gavin no intentaría salir por la puerta principal.
El patio estaría lleno de hombres armados en cuanto el rumor saliera del salón.
Gavin iría a los lugares que solo él conocía.
Los lugares donde ella había estado encerrada durante ocho meses mientras él le susurraba promesas de salvación que eran, en realidad, los barrotes de su jaula.
Ruaridh se adentró en el pasillo de servicio. La oscuridad aquí era casi total, apenas interrumpida por el resplandor lejano de las antorchas del salón. Oyó pasos rápidos más adelante, el eco de alguien que conocía cada irregularidad del suelo.
Gavin no huía hacia el exterior. Estaba subiendo.
Ruaridh maldijo entre dientes. El ala norte era un laberinto de habitaciones vacías y pasillos sin salida. Si Gavin llegaba a las torres superiores, podría esconderse durante días o intentar un salto desesperado hacia las rocas del acantilado.
—¡Brodie! —rugió Ruaridh, y su voz rebotó en las paredes de piedra—. ¡No hay salida!
No hubo respuesta, solo el sonido de una puerta cerrándose violentamente varios niveles por encima.
Ruaridh subió las escaleras de caracol de dos en dos, con los pulmones ardiendo y la mano en la empuñadura de su espada. Cada sombra parecía un enemigo, cada crujido de la madera vieja una burla. Al llegar al tercer rellano, se detuvo.
El pasillo estaba en silencio.
Tres puertas se abrían a su derecha. Una estaba entornada. Ruaridh se acercó con cautela, pegando la espalda a la pared. Empujó la madera con la punta de la bota.
La habitación estaba vacía. Solo un mueble cubierto con una sábana blanca y el polvo acumulado de años de abandono.
Siguió adelante. Al final del corredor, una figura se recortó contra la luz de una ventana alta. No era Gavin.
Era Sìle.
Caminaba con una determinación que Ruaridh no le había visto nunca. En su mano derecha sostenía un candelabro de hierro macizo, y en la izquierda, la pequeña daga que siempre llevaba oculta.
—¿Qué haces aquí? —susurró Ruaridh al alcanzarla—. Te dije que te quedaras abajo.
—Él no se va a ir sin intentar algo, Ruaridh —respondió ella sin detenerse—. Conozco ese tono de voz. Cree que todavía puede convencerme. Cree que soy su última salida.
—Es un hombre desesperado. Te matará si te interpones.
—No —Sìle se detuvo y lo miró a los ojos—. No me matará. Eso es lo que todavía no entiendes de Gavin. Él no quiere mi muerte. Quiere mi obediencia. Y eso es lo que lo va a hundir.
Un ruido sordo llegó desde la habitación del final del pasillo. El antiguo despacho del laird muerto.