LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 25. GAVIN SIN MÁSCARA
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25. GAVIN SIN MÁSCARA

—Padre Cormac es un anciano con la memoria deteriorada y todos en este castillo lo saben.

Gavin Brodie no gritó. No necesitó hacerlo.

Su voz se deslizó por el Gran Salón con la suavidad del aceite sobre el agua, reclamando un espacio que el silencio del clan le había cedido por puro impacto.

Se puso en pie despacio, ajustándose los puños del jubón con una elegancia que hacía que la confesión del cura pareciera, de repente, el desvarío de un hombre que ha pasado demasiadas noches a solas con sus santos.

El murmullo de los hombres de Drummond cambió de tono. El odio que hace un segundo apuntaba al consejero se diluyó en una duda pegajosa.

—¿Recordar una noche de hace ocho meses con tal precisión? —Gavin soltó una risa leve, cargada de una compasión que resultaba insultante—. Padre, apenas recordáis dónde dejáis el cáliz después de la misa. Sugerir que me visteis con un vial... es una acusación tan creativa como falsa.

Cormac intentó hablar, pero Gavin dio un paso hacia el centro del salón, adueñándose de la luz de las antorchas.

—Hablemos de contradicciones reales —Gavin señaló al cura con un dedo largo y firme—.

La noche que mi señor murió, llovía a cántaros.

La visibilidad en la galería era nula. Pero ahora, bajo la presión de un soldado que busca un culpable que no sea su propia negligencia, el buen padre ve sombras que guardan cristales.

Es triste. Es el final de una mente que ya no distingue la oración de la alucinación.

Ruaridh MacKenna apretó los dientes, sintiendo cómo el control de la escena se le escapaba entre los dedos.

El clan miraba a Gavin. Miraban su aplomo, su lógica aplastante, su historial de quince años de servicio impecable.

A su lado, Sìle Drummond permanecía inmóvil, pero su respiración se había vuelto un silbido fino.

—¿Y tú, Ruaridh? —Gavin giró la cabeza hacia el mercenario—. ¿Tan desesperado estás por salvar a la mujer que ha ocupado tus noches que necesitas torturar a un anciano para que mienta por ti?

El silencio regresó, pero esta vez era una soga que apretaba el cuello de Ruaridh.

Fergus, desde la entrada, dio un paso hacia delante, con la mano en la empuñadura, pero Ruaridh le hizo una señal imperceptible.

Gavin estaba en su momento de gloria, reconstruyendo la realidad con cada palabra, convirtiendo la verdad en un desecho de la vejez.

—Drummond no se gobierna con visiones —sentenció Gavin, barriendo al clan con una mirada de líder—. Se gobierna con hechos. Y el hecho es que la viuda tenía el motivo, tenía el acceso y ahora tiene al ejecutor rendido a sus pies.

Entonces, Gavin cometió su segundo error. No fue una palabra. Fue un gesto.

Giró la cabeza hacia Sìle. No la miró con el odio que se espera de un acusador, ni con la frialdad de un juez.

La miró con una posesividad perturbadora, una confianza gélida que ya la había ubicado en un futuro que él ya había diseñado.

Fue la mirada de un dueño que observa una pieza de caza que sabe que recuperará en cuanto termine el ruido de los perros.

Sìle lo vio. Sus ojos claros chocaron con los del consejero y un escalofrío visible recorrió sus hombros. Ruaridh, que no había apartado la vista de Gavin, registró el cambio de energía. El aire se volvió rancio. Ya no era un juicio político. Era una cacería de poder absoluto.

—Vacíate los bolsillos, Gavin.

La voz de Ruaridh cortó el discurso del consejero como un hachazo en madera seca. El mercenario dio un paso hacia el centro, ignorando la barahúnda que empezaba a crecer en el fondo del salón.

—¿Perdona? —Gavin entornó los ojos, manteniendo la sonrisa, aunque esta vez no llegó a su mirada.

—Vacíate los bolsillos —repitió Ruaridh, deteniéndose a dos pasos de él—. Delante del clan. Ahora mismo.

—Esto es un insulto —Gavin rió, buscando el apoyo de los ancianos del consejo—. Soy el consejero jefe. He servido a esta familia antes de que tú supieras empuñar esa espada. No voy a someterme a un registro de ratero por un capricho de mercenario.

—Sí, es un insulto —Ruaridh no parpadeó—. Y vas a aceptarlo de todas formas. O sacas lo que llevas ahí, o lo sacaré yo después de romperte la muñeca.

El silencio que siguió no fue de duda. Fue de colisión.

El clan miraba a Gavin. Gavin miraba a Ruaridh.

Durante tres segundos que parecieron horas, nadie se movió.

El fuego de las antorchas chisporroteó, proyectando sombras deformes sobre las piedras del castillo Drummond, mientras la máscara de perfección de Gavin Brodie empezaba a agrietarse por la presión de un hombre que ya no tenía nada que perder.