LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 24. LA REUNIÓN
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24. LA REUNIÓN

El aire en el salón principal de Drummond pesaba como el plomo.

No era solo el frío que se filtraba por las saeteras, sino la densidad de quinientas respiraciones contenidas bajo las vigas de roble.

Nadie faltaba. Desde los pastores de las tierras bajas hasta los guerreros que custodiaban las empalizadas, todos se apretaban contra los muros, formando una masa de lana virgen y cuero curtido que aguardaba el veredicto final.

En el centro, bajo la luz mortecina de las antorchas que luchaban contra la humedad, Ruaridh MacKenna permanecía de pie.

No ocupaba el trono de su hermano; se mantenía en el espacio llano, con las botas hundidas en el juncia seca que cubría las losas.

A su derecha, Sìle Drummond guardaba un silencio absoluto.

Su figura, envuelta en un vestido de terciopelo oscuro que acentuaba la palidez de su rostro, atraía todas las miradas cargadas de rencor.

Ruaridh dio un paso al frente. El sonido de su bota contra la piedra resonó como un hachazo.

—Hace ocho meses, el laird de este clan murió en esta misma sala —la voz de Ruaridh era un trueno controlado que alcanzaba hasta el último rincón de la galería—. Todos asumisteis que la mano que sirvió la copa fue la de su esposa. Yo vine aquí para cumplir la sentencia que vuestro silencio dictó.

Un murmullo recorrió las filas del clan, un rumor de desaprobación que se extinguió en cuanto Ruaridh alzó una mano.

—Pero la primera noche que pasé en Drummond, alguien intentó matar a la viuda en sus habitaciones. No fue un extraño. El hombre que yace ahora en las mazmorras lleva el sello de los MacKenna en su cinturón.

Giró sobre sus talones, observando los rostros de los ancianos del consejo.

—Desde entonces, he dedicado cada hora a reconstruir lo que ocurrió antes de mi regreso.

He descubierto que la comida de la viuda era alterada sistemáticamente.

He comprobado que los guardias que custodiaban sus puertas repetían una versión ensayada, palabra por palabra, como soldados adiestrados para mentir.

Ruaridh señaló hacia la mesa del consejo, donde Gavin Brodie permanecía sentado con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el tablero.

—Agnes, la cocinera que ha servido a esta familia durante tres décadas, recuerda que Gavin Brodie desapareció del castillo tres días antes de la muerte de mi hermano. Nadie supo adónde fue. Nadie preguntó.

Gavin Brodie no se movió. Su rostro era una máscara de preocupación paternal, la imagen misma de la paciencia ante la locura de un soldado afectado por la guerra.

—¿Es esa tu reconstrucción, Ruaridh? —Gavin se puso en pie con una elegancia que contrastaba con la brusquedad del mercenario—. ¿Rumores de cocina y hombres capturados cuya procedencia ignoramos?

El consejero caminó hacia el centro, apelando al clan con un gesto abierto de sus manos.

—Entiendo tu dolor. Entiendo que la belleza de Sìle Drummond pueda nublar el juicio de un hombre que ha pasado demasiado tiempo lejos de casa.

Pero este clan necesita estabilidad, no cuentos de conspiraciones internas.

He protegido a esta mujer del odio de vuestros hijos durante meses.

He mantenido el orden mientras tú vendías tu espada al mejor postor.

Gavin suspiró, bajando la cabeza con una humildad estudiada.

—Si hay pruebas reales de mi mala gestión, presentadlas. Pero no insultéis la memoria de vuestro laird sugiriendo que su consejero más fiel tuvo algo que ver con su final.

Ruaridh apretó los dientes, sintiendo cómo el ánimo del clan basculaba de nuevo hacia la lógica impecable de Brodie. Fergus, apostado junto a la puerta principal, mantenía la mano sobre el pomo de su daga, listo para cualquier estallido.

Fue entonces cuando un crujido de madera rompió el equilibrio.

Padre Cormac se levantó desde su asiento al fondo del salón. Sus manos, nudosas y temblorosas, se aferraban al borde del banco. Tenía el rostro hundido, como si la carne se hubiera rendido finalmente ante el peso de un secreto demasiado antiguo.

—Basta de palabras bonitas, Gavin —el susurro del cura cortó el aire con más eficacia que el grito de un guerrero.

Gavin giró la cabeza. Por un segundo, la comisura de su labio tembló, pero recuperó la compostura de inmediato.

—Padre, no es momento para vuestros delirios. Estáis cansado.

—Estoy cansado de mentirle a Dios —Cormac dio un paso hacia la luz, sus ojos nublados por la edad buscaban los de Ruaridh—. Llevo ocho meses ensayando este momento en la oscuridad de la capilla. Ocho meses viendo cómo una mujer inocente era devorada por los lobos que visten piel de cordero.

El clan se inclinó hacia delante. El silencio era tan absoluto que se escuchaba el crepitar de las antorchas.

—La noche que el laird murió —continuó Cormac, con la voz ganando una firmeza antinatural—, yo estaba en la galería superior.

Vi a Gavin Brodie salir de los aposentos del señor.

Llevaba una ampolla de vidrio en la mano.

Lo vi vaciar el contenido en la jarra de vino que Agnes acababa de dejar sobre la mesa.

—¡Miente! —el grito de Gavin rasgó el salón, pero no fue un grito de autoridad, sino de pánico—. El cura ha perdido el juicio. Ruaridh lo ha manipulado.

—No me ha manipulado nadie —Cormac se detuvo frente al consejero—.

Te vi, Gavin. Te vi sonreír mientras guardabas el vidrio vacío en tu jubón.

Y luego me viste a mí. Viniste a mi celda esa misma noche.

Me dijiste que si abría la boca, el clan se despedazaría en una guerra civil y que mi cabeza sería la primera en rodar sobre el patio.

Gavin Brodie dejó de sonreír. Fue un cambio físico, una transformación que heló la sangre de los presentes.

La máscara de diplomático se derrumbó, revelando una mandíbula rígida y unos ojos que brillaban con un odio gélido y calculador.

Su postura se volvió depredadora, la elegancia se transformó en una tensión peligrosa.

—Habéis cometido un error, anciano —masculló Gavin, y su voz ya no era melódica, sino un siseo que prometía muerte.

Ruaridh dio un paso hacia él, pero el clan ya se estaba moviendo. La masa de hombres y mujeres, que hasta hacía un instante dudaba, se convirtió en un mar de rostros enfurecidos que rugían al unísono. Fergus desenvainó su acero, cortando el paso hacia las salidas secundarias.

Sìle Drummond miró a Gavin. No había triunfo en su expresión, solo una justicia fría y antigua que por fin encontraba su camino.

—Se acabó, Gavin —sentenció Ruaridh, con la mano sobre la empuñadura de su espada—. Drummond ya no escucha tus cuentos.

Gavin Brodie recorrió el salón con la mirada, buscando una grieta, una sombra donde esconderse, pero solo encontró el silencio absoluto de un clan que acababa de despertar de un sueño de ocho meses. Por primera vez en toda su vida, el consejero perfecto no tenía nada que decir.