LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 23. EL AMANECER DE GAVIN
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23. EL AMANECER DE GAVIN

La oscuridad en las Highlands nunca es total; siempre hay una escala de grises filtrándose a través de la piedra húmeda.

Gavin se incorporó antes de que el primer gallo se atreviera a desafiar el silencio del castillo.

No necesitó luz. Conocía la ubicación de cada mueble, de cada objeto y de cada secreto en aquella habitación como conocía las debilidades de los hombres que dormían bajo su mando.

Caminó descalzo hacia el lavabo de porcelana.

El agua estaba helada, pero el contacto con su piel no provocó ni un solo escalofrío.

La frialdad era su estado natural, la herramienta que le había permitido sobrevivir a tres generaciones de MacKenna.

Se lavó el rostro con movimientos lentos y precisos.

Cada gesto era un ritual de purificación.

Frente al metal pulido que servía de espejo, estudió su reflejo.

No vio a un traidor. No vio a un asesino.

Vio al único hombre capaz de mantener el orden en un mundo que se empeñaba en caer en el caos.

Gavin sabía que la historia la escriben los que permanecen en pie, y él llevaba quince años asegurándose de que su posición fuera inamovible.

—Un día más —murmuró para la estancia vacía.

Su voz sonó tranquila, desprovista de la urgencia que devoraba a los demás.

Había ganado batallas mucho más complejas que esta.

Había sobrevivido a hambrunas, a incursiones de clanes rivales y a la incompetencia de lairds que creían que el honor era algo que se gritaba en el campo de batalla en lugar de algo que se tejía en los pasillos oscuros.

Se vistió con una parsimonia estudiada. La camisa de lino blanco, impecable.

El jubón de terciopelo oscuro que ocultaba la rigidez de su espalda.

Ajustó los puños con cuidado. Cada prenda era una capa de la máscara que el clan Drummond adoraba.

Ellos necesitaban al consejero sabio, al hombre diplomático que siempre tenía una solución razonable para los problemas más sucios. Y él se la entregaba con gusto.

Al abrocharse los botones, pensó en el laird muerto.

No sentía remordimientos. Eliminarlo había sido un acto de higiene política.

Aquel hombre era un lastre, un líder que se hundía en la paranoia y que habría llevado al clan a la ruina en menos de un invierno.

Gavin simplemente había acelerado lo inevitable.

Culpó a la viuda porque era la solución más limpia.

Una extraña, joven, sin aliados poderosos.

Era el chivo expiatorio perfecto para cerrar la herida y permitir que el clan siguiera adelante bajo su dirección invisible.

Y luego estaba Sìle.

Al pensar en ella, un calor seco le recorrió el pecho.

No era deseo vulgar, o al menos eso se decía a sí mismo.

Era algo más elevado. Ella era una obra que necesitaba ser terminada.

Durante ocho meses, la había moldeado a través del aislamiento, convenciéndola de que él era su único vínculo con la vida.

La protegía del odio del clan que él mismo alimentaba. Era una simetría perfecta.

—Pronto estarás a salvo, Sìle. —Su mano se detuvo un instante sobre el pecho—. Bajo la única protección que realmente importa.

La imaginó en la torre, despierta, aguardando el amanecer con el miedo que él le había enseñado a cultivar. Cuando el juicio terminara y la sangre se secara, ella comprendería. Siempre terminaban comprendiendo. La dependencia era la forma más pura de lealtad, y él era un maestro en crearla.

Ruaridh MacKenna era el único error de cálculo en su ecuación.

El mercenario había regresado con una mirada que no se dejaba impresionar por los sellos de cera ni por las palabras melifluas.

Gavin lo veía como un animal herido, un soldado sin raíces que buscaba un propósito en una causa perdida.

Se había encaprichado con la viuda, un error de principiante que Gavin pensaba cobrarle muy caro.

Hoy el problema de Ruaridh dejaría de existir.

El clan no perdonaría a un laird que protegía a una asesina por lujuria.

Gavin solo tenía que orquestar el acto final, dejar que el mercenario se ahorcara con su propia indecisión delante de todos.

El orden regresaría a Drummond, y Gavin Brodie volvería a ser el centro de ese orden.

Se ajustó el cinturón de cuero. El peso de la autoridad se sentía ligero esta mañana. Se miró una última vez en el espejo, comprobando que no hubiera ni una arruga en su compostura. Estaba listo. El amanecer traería la resolución que llevaba meses preparando.

Caminó hacia la mesa de roble y abrió el cajón superior. El mecanismo del secreto giró con un clic casi inaudible. De su interior, extrajo un frasco pequeño de vidrio soplado. El líquido en su interior era transparente, denso, casi inerte a la luz grisácea que empezaba a entrar por la ventana.

Lo sostuvo entre los dedos, observando cómo la burbuja de aire se desplazaba lentamente.

—Por si acaso —susurró con una sonrisa mínima.

Siempre había que tener un plan para el momento en que las palabras no fueran suficientes.

La previsión era lo que separaba a los hombres de los animales.

Guardó el frasco en el bolsillo interior de la chaqueta, justo sobre el corazón.

Sintió el frío del vidrio a través de la tela, una presencia reconfortante que le recordaba que él siempre tenía la última palabra.

Se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y respiró profundamente el aire viciado de la alcoba. Fuera, el patio empezaba a llenarse de susurros. El tablero estaba dispuesto. Las piezas se movían por inercia hacia el final que él había dictado.

Gavin Brodie salió al pasillo, caminando con la seguridad de quien no necesita mirar atrás porque sabe que el futuro le pertenece por derecho de inteligencia. El juicio iba a comenzar, y él era el único que conocía el veredicto real.