LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 22. LO QUE SE DICE CON EL FUEGO ENTRE DOS PERSONAS
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22. LO QUE SE DICE CON EL FUEGO ENTRE DOS PERSONAS

Ruaridh cerró la puerta a sus espaldas sin apartar la mirada de Sìle.

El eco del portazo fue devorado por el rugido de la chimenea, que Agnes había alimentado con troncos de pino hasta convertirla en un horno vibrante.

Se despojó de la capa empapada por la neblina y la dejó caer sobre un arcón con la pesadez de quien suelta una armadura.

En el centro de la mesa, el cuenco de estofado humeaba, desprendiendo un aroma a tomillo y grasa que parecía fuera de lugar en una estancia que durante meses solo había olido a moho y encierro.

—¿Vas a comértelo?

Sìle permanecía de pie junto al fuego, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que sus nudillos blanqueaban.

—Ya no tengo hambre.

Ruaridh no pidió permiso. Arrastró la silla de roble, provocando un chirrido que arañó las losas de piedra, y se sentó frente al plato. Hundió la cuchara en el caldo denso y se llevó a la boca un trozo de carne con la parsimonia de un soldado acostumbrado a alimentarse en mitad del caos.

Sìle lo observó en silencio. Era la primera vez que veía a aquel hombre realizar una acción mundana, despojada de la rigidez del verdugo o de la sospecha del investigador. Ruaridh comía con hambre real, ignorando las normas de cortesía que Gavin Brodie solía desplegar como una red de seda.

—Agnes se ha superado —él dejó la cuchara un momento, observando el vapor—. Dice que es la carne que el consejero guardaba para sus visitas especiales.

—Gavin odia que toquen sus reservas.

—Gavin va a tener problemas mayores que una despensa mermada cuando salga el sol.

Ruaridh continuó comiendo hasta que el fondo del peltre quedó limpio.

Ella no se movió de su sitio. La luz de las llamas dibujaba perfiles erráticos en el rostro curtido del mercenario, acentuando la cicatriz de su mandíbula y la sombra de una barba que le daba un aire salvaje, ajeno a los muros de aquel castillo podrido.

—No siempre fue el laird —Ruaridh empujó el plato hacia un lado y se reclinó en la silla, clavando sus ojos oscuros en Sìle—. Para el clan era una corona y un título. Para mí era el niño que se escondía en los establos cuando nuestro padre se emborrachaba de rabia.

Sìle parpadeó, descolocada por el giro de la conversación. Esperaba órdenes, advertencias sobre el amanecer o instrucciones para el juicio, pero no la fragilidad de un recuerdo compartido.

—Era un hermano —continuó él, con la voz volviéndose un rugido sordo—. Un niño que lloraba si un halcón herido no volvía a volar. No sé en qué momento se convirtió en el hombre que te compró como si fueras una yegua de cría. No sé cuándo empezó a ver veneno en cada sombra.

—El poder cambia la forma de mirar, Ruaridh.

—Me fui a las guerras de la Corona porque no soportaba verlo transformarse. Dos años de barro y sangre en el continente, cobrando por matar a hombres que no me habían hecho nada, solo para no estar aquí cuando él cruzó la línea.

Ruaridh se puso en pie con brusquedad y caminó hacia la chimenea, deteniéndose a un paso de ella. La diferencia de estatura era abrumadora, una masa de cuero y acero que parecía absorber todo el calor de la estancia.

—Estar lejos no me exculpa —él apretó los puños a los costados—. Si hubiera estado aquí, quizá Gavin no habría tenido espacio para susurrar. Si no hubiera huido a luchar por un rey que no conoce mi nombre, mi hermano no habría muerto solo con un traidor sirviéndole el vino.

Sìle lo estudió. Vio la tensión en su cuello, la forma en que sus hombros cargaban con una culpa que no le pertenecía. Era la primera vez que veía la grieta en el guerrero.

—No puedes salvar a quien no quiere ser salvado.

Ruaridh soltó una risa seca, desprovista de humor.

—¿Eso es lo que te dices para dormir?

—Tu hermano tomó sus propias decisiones —ella dio un paso al frente, invadiendo el espacio que él siempre intentaba mantener—. Él eligió confiar en Gavin. Él eligió aislarme. Él eligió vivir en la paranoia hasta que se ahogó en ella. Tú no eres responsable de la debilidad de su carácter.

Ruaridh la miró directamente a los ojos. El silencio entre ambos se volvió espeso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con el juicio inminente.

—Eso no alivia el peso, Sìle.

—Sé que no lo alivia. Pero es la verdad. Y tú has venido aquí buscando verdades, ¿no?

Él sostuvo la mirada durante un segundo que pareció dilatarse en el tiempo. La atracción reprimida, ese hilo invisible que se tensaba cada vez que se encontraban en la penumbra de un pasillo o en la distancia de una mesa, vibró con la fuerza de un golpe.

—Sí. Lo sé.

—¿Lo sabes o lo crees?

—Es más fácil saberlo que creerlo —él desvió la vista hacia el fuego—. Las guerras enseñan que la lógica no sirve de nada cuando tienes las manos manchadas.

Sìle observó cómo el fuego consumía un tronco de pino, soltando una lluvia de chispas sibilantes. Por primera vez en ocho meses, la habitación no se sentía como una celda. Se sentía como un refugio, un paréntesis de honestidad cruda entre dos personas que el mundo quería enfrentar.

—Mañana va a ser un caos, Ruaridh.

—Mañana voy a poner fin a la comedia de Brodie.

—El clan no te seguirá si creen que has sido seducido por la viuda negra. Gavin ha sembrado esa semilla con cuidado.

Ruaridh se volvió hacia ella, acortando la distancia hasta que Sìle pudo oler el aroma metálico del acero y el rastro de lluvia que aún quedaba en sus ropajes.

—Que piensen lo que quieran. No he sobrevivido a dos inviernos en las fronteras para que un consejero que huele a perfume barato me diga a quién debo ejecutar.

Él alargó la mano, como si fuera a rozarle la mejilla, pero sus dedos se detuvieron a centímetros de su piel. El aire entre ellos ardía. Sìle no retrocedió. Al contrario, sostuvo la respiración, esperando un contacto que habría cambiado el curso de todo lo que estaba por venir.

Ruaridh retiró la mano con un movimiento brusco, como si se hubiera quemado. Caminó hacia la mesa y recogió su capa, volviéndose hacia la puerta.

—Tengo que revisar la guardia una última vez. Fergus no confía en los hombres de la poterna trasera.

Sìle lo siguió con la mirada, sintiendo el vacío repentino del frío reclamando su lugar.

—Ruaridh.

Él se detuvo con la mano en el pesado pestillo de hierro. No se giró.

—Mañana, cuando todo termine —la voz de él sonó más baja, cargada de una determinación nueva—, no tienes que quedarte en este castillo si no quieres.

Sìle parpadeó, confusa.

—¿Qué quieres decir?

—Este lugar te ha quitado el aire durante meses. Te ha tratado como a una criminal antes de que hubiera un juicio. No le debes nada a estos muros, ni a los MacKenna, ni a la memoria de un hombre que no supo protegerte.

Él se giró apenas lo suficiente para que ella viera el perfil de su rostro.

—Puedes irte a donde quieras. Al sur, a las islas, o fuera de estas tierras. Yo mismo me aseguraré de que tengas los medios para hacerlo. Mi palabra de que nadie te seguirá.

Sìle sintió una presión extraña en el pecho. No era miedo, sino la desorientación de quien ve una puerta abrirse después de una vida de cerrojos.

—¿Eso es una orden, laird?

—Es una opción.

—¿Por qué me das una opción ahora?

Ruaridh guardó silencio un instante, apretando el pomo de la puerta hasta que el cuero de su guante crujió.

—Porque ya hay demasiadas personas en este castillo intentando decidir por ti.

Sìle dio un paso hacia él, buscando su rostro en la sombra.

—Ya pensaré —susurró ella—. Mañana es un día demasiado largo para tomar decisiones sobre el resto de mi vida.

Ruaridh asintió una sola vez. Abrió la puerta y salió al pasillo, donde la oscuridad parecía aguardarlo como una emboscada. Sìle escuchó el sonido de sus pasos alejándose, firmes y pesados, marcando el ritmo de un hombre que ha decidido su propio camino.

Se quedó sola frente al fuego, observando la silla vacía donde él se había sentado a comer estofado como si fuera lo más natural del mundo.

Durante mucho tiempo, permaneció inmóvil, mirando la puerta cerrada, imaginando el mundo más allá de las Highlands, más allá de Gavin Brodie y del odio del clan.

Pero en su mente, la imagen que persistía no era la de una costa lejana o una ciudad segura. Era la de un mercenario con los ojos cansados, durmiendo en un pasillo de piedra para asegurarse de que nadie entrara a robarle el aire.

Sìle se abrazó a sí misma, notando que el calor de la chimenea empezaba a descender. Mañana sería el final. O el principio. Pero por primera vez en ocho meses, no cerró la puerta con llave.

Al otro lado del castillo, en la torre del consejero, Gavin Brodie terminaba de pulir el metal de su espejo personal.

Estaba tranquilo. Había visto a Ruaridh entrar en el ala norte.

Había visto a Agnes llevar estofado. Todo encajaba en su diseño.

La seducción era el argumento perfecto para el clan.

Una viuda que envenena, un hermano que traiciona la memoria del muerto por lujuria.

Gavin sonrió a su reflejo. Mañana, el patio de Drummond no sería un lugar de justicia, sino el escenario de su triunfo definitivo. Solo necesitaba que el sol asomara para que la trampa se cerrara sobre el mercenario y su presa.

En la capilla, el Padre Cormac seguía de rodillas. Ya no rezaba por sí mismo. Rezaba por las palabras que tendría que pronunciar al amanecer, con el miedo atenazándole la garganta y la mirada de Gavin Brodie clavada en su nuca como un puñal.

El castillo Drummond latía en la oscuridad, un organismo vivo alimentado por secretos y una tensión que amenazaba con reventar las piedras. Mañana, el fuego de la chimenea sería solo un recuerdo comparado con el incendio que estaba a punto de desatarse.

Sìle se acostó, pero no para dormir. Se quedó mirando el techo, contando los latidos de su propio corazón, esperando el primer gris del amanecer. Sabía que Ruaridh estaba ahí fuera. Y por primera vez, eso era suficiente para no temer a la oscuridad.