LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 21. LA NOCHE ANTES
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21. LA NOCHE ANTES

La bandeja de peltre golpeó la mesa de madera con un eco seco que retumbó en las paredes de piedra.

Agnes no se retiró de inmediato, como solía hacer para evitar las preguntas incómodas de los guardias del pasillo.

Se quedó allí, con las manos grandes y agrietadas entrelazadas sobre el delantal manchado de harina, observando el estofado que humeaba en el cuenco.

Sìle no levantó la vista del fuego. El calor de la chimenea no lograba penetrar el frío que se le había instalado en la base de la nuca desde la reunión en el Gran Salón.

Pasaron cinco minutos. Luego diez. El único sonido en la estancia era el chisporroteo de la leña húmeda y la respiración pesada de la cocinera.

—Mañana va a ser un día importante.

Agnes rompió el silencio sin moverse un milímetro. Sìle giró la cabeza lentamente, estudiando el rostro surcado de arrugas de la mujer que la había alimentado durante su cautiverio.

—He preparado el mejor estofado del año. He usado la carne que Gavin guardaba para sus invitados del sur. Alguien tiene que aprovecharlo antes de que el mundo se vuelva loco al amanecer.

Sìle deslizó la silla, pero no se sentó frente al plato. Se quedó de pie, a medio camino entre la mesa y la ventana que daba al patio negro.

—Nadie aprovecha nada en este castillo, Agnes. Solo se sobrevive.

—Siéntate —la orden de la cocinera fue brusca—. El hambre no ayuda a pensar, y mañana vas a necesitar cada gota de sangre en la cabeza.

Agnes se acomodó en el taburete frente a la chimenea, ocupando un espacio que no le pertenecía con una naturalidad que desarmó a la viuda. Sìle obedeció, más por agotamiento que por apetito. El aroma del tomillo y el vino tinto inundó sus sentidos, pero el primer bocado se le atascó en la garganta.

—Llevo treinta años en estas cocinas —Agnes clavó sus ojos pequeños y oscuros en las llamas—. He visto a tres lairds pasar por ese salón. He limpiado su sangre, sus vómitos y sus secretos.

Sìle dejó la cuchara. Era la primera vez que Agnes mencionaba el pasado de forma tan directa.

—Tu marido no era un hombre fácil.

La frase cayó como una piedra en un pozo profundo. Agnes no mostró pena; su tono era el de quien describe el estado de las herramientas de labranza tras una mala cosecha.

—Era un hombre que creía que el miedo era el único idioma que entendía el clan.

Te trató mal desde el primer minuto que cruzaste ese umbral.

Te miraba como si fueras un caballo que se negaba a ser domado, y cuando no pudo romperte, decidió ignorarte hasta que necesitó a quién culpar de sus propias carencias.

—Murió envenenado —susurró Sìle—. El clan cree que yo le devolví el odio en una copa.

—El clan cree lo que Gavin les susurra al oído mientras les sirve whisky —Agnes soltó un bufido despectivo—.

No me malinterpretes, muchacha. Que fuera un miserable no justifica que alguien le parara el corazón con cicuta, pero tampoco hay que derramar lágrimas por lo que no merece ser llorado.

Si el cielo es justo, estará rindiendo cuentas por la forma en que te aisló antes de que lo hicieran estas paredes.

Sìle apretó los dedos alrededor del borde de la mesa. La honestidad cruda de la mujer era el primer ancla real que encontraba en semanas.

—¿Crees que mañana saldrá bien? —Sìle buscó los ojos de la cocinera, buscando una grieta de esperanza—. Ruaridh ha convocado a todo el clan. Gavin tiene el control de la guardia. Padre Cormac está aterrorizado.

Agnes se inclinó hacia el fuego, atizando los leños con un hierro oxidado.

—No lo sé. Gavin es una serpiente que conoce cada agujero de este castillo.

—Entonces estoy muerta.

—Lo que sé —continuó Agnes como si no hubiera oído la interrupción— es que Ruaridh MacKenna lleva dos semanas durmiendo sobre las piedras de este pasillo.

No lo hace por deber, ni por órdenes de la Corona.

Un hombre no destroza su espalda contra el granito solo para vigilar a una prisionera que va a ejecutar.

Sìle bajó la mirada hacia el estofado, que empezaba a enfriarse.

—Eso vale más que cualquier juicio, muchacha —sentenció la cocinera—.

He visto a Ruaridh de niño. Era el que siempre se quedaba atrás para asegurarse de que los perros heridos tuvieran sitio en el pajar.

Ahora es un soldado, pero los ojos no cambian.

Si él ha decidido que mañana es el día de la verdad, es porque está dispuesto a quemar Drummond para encontrarla.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez no era pesado. Era una tregua. Agnes se quedó allí, compartiendo el calor de la lumbre, recordándole a Sìle que no estaba del todo sola en aquel nido de víboras.

Tres golpes secos en la puerta hicieron que Sìle se pusiera en pie por instinto, con la mano buscando el pequeño cuchillo que Agnes le había pasado días atrás.

La cocinera se levantó con parsimonia y abrió apenas una rendija.

—¿Qué quieres? —espetó Agnes sin asomo de cortesía.

—Ruaridh quiere saber si ella está bien.

La voz de Fergus era un murmullo cansado desde el otro lado. Agnes abrió la puerta por completo, revelando al hombre de confianza de Ruaridh, que mantenía la mano sobre el pomo de su espada.

—Está cenando —Agnes se cruzó de brazos, bloqueando el paso—. Y si vuestro señor tiene tantas ganas de saber cómo está, que venga él mismo a preguntarlo en lugar de enviar recaderos a estas horas.

Fergus arqueó una ceja, echó un vistazo rápido a la estancia y desapareció en la penumbra del corredor sin decir una palabra. Agnes cerró la puerta con un estruendo deliberado y regresó junto a Sìle.

—Hombres —masculló—. Creen que el mundo se arregla con patrullas.

No pasaron tres minutos cuando los golpes regresaron.

Esta vez eran más pausados, más firmes. Agnes no preguntó.

Abrió de par en par y se encontró con la figura imponente de Ruaridh MacKenna.

El metal de su coraza brilló bajo la luz de las antorchas del pasillo.

Tenía el rostro marcado por el cansancio y la sombra de una barba de varios días.

Agnes lo estudió de arriba abajo, dio un paso a un lado y le hizo un gesto seco para que entrara.

—No dejes que se le enfríe la cena —dijo la cocinera mientras se encaminaba hacia la salida—. Mañana es un día largo para los dos.

Antes de cerrar la puerta, Agnes se detuvo un segundo.

Miró a Ruaridh, luego a Sìle, y sus labios se curvaron en un gesto que no llegaba a ser una sonrisa, pero que desprendía una calidez inusual en ella.

El portón se cerró tras ella, dejando a los dos solos con el único sonido del viento aullando fuera.

Ruaridh no avanzó hacia la chimenea. Se quedó cerca de la entrada, con la capa todavía puesta, observando a Sìle como si intentara descifrar un mapa complejo en medio de la noche.

—Agnes dice que tengo que comer.

Sìle rompió el hielo, señalando el cuenco de estofado con un gesto vago.

—Agnes suele tener razón en casi todo lo que dice.

Ruaridh dio un paso al frente. La luz del fuego acentuó las líneas duras de su mandíbula. No había sarcasmo en su tono, solo una gravedad que hacía que el aire en la habitación pareciera más denso.

—¿Has descansado?

—¿En este castillo? —Sìle soltó una risa seca—. No sé lo que es el descanso desde que tu hermano dejó de respirar.

—Mañana termina la espera.

Ruaridh se acercó a la mesa, apoyando las manos sobre la superficie. Sìle pudo ver las cicatrices en sus nudillos, marcas de guerras que ella apenas alcanzaba a imaginar.

—Gavin ha movido al clan. Creen que me has seducido para ganar tiempo.

—¿Y tú qué les has dicho?

—Que mañana verán la justicia —Ruaridh levantó la vista, clavando sus ojos oscuros en los de ella—. Pero la justicia es un animal difícil de domar, Sìle. Gavin ha preparado su propia versión del amanecer.

Sìle se acercó a él, desafiando la distancia que él intentaba mantener.

—Si el clan me condena, ¿qué harás tú? Tienes órdenes de la Corona. Viniste aquí a matarme.

Ruaridh guardó silencio durante un tiempo que pareció eterno. El calor del fuego proyectaba sus sombras unidas contra la pared de piedra, una sola mancha oscura que parecía devorar el resto de la habitación.

—He pasado dos años viendo a hombres morir por mentiras bien adornadas —Ruaridh bajó la voz hasta convertirla en un rugido sordo—. No he cruzado medio país para ser el instrumento de un consejero que huele a veneno y ambición.

—Eso no responde a mi pregunta.

—La respuesta la tendrás cuando salga el sol. Hasta entonces, come. Es una orden.

Sìle lo observó, notando la tensión en sus hombros, la forma en que su mirada descendía hacia sus labios antes de volver a sus ojos con una disciplina férrea. La atracción que habían estado enterrando bajo capas de desconfianza palpitaba allí, en el espacio mínimo que los separaba.

—¿Vas a quedarte en el pasillo esta noche? —Sìle dio un paso más, reduciendo el espacio hasta que pudo sentir el aroma a cuero y aire frío que emanaba de él.

—No me voy a mover de esa puerta.

—Las piedras son duras.

—He dormido en sitios peores —Ruaridh se tensó cuando ella rozó accidentalmente su brazo—. Sitios donde el enemigo era más previsible que Gavin Brodie.

Ruaridh retrocedió un paso, como si el contacto físico fuera una quemadura. Caminó hacia la salida, pero se detuvo con la mano en el pesado pestillo de hierro.

—No abras a nadie. Ni siquiera si oyes mi voz y no estás segura de que soy yo. Gavin es capaz de imitar hasta el sonido de los fantasmas si eso le da ventaja.

—Tendré cuidado.

Sìle lo observó salir. Cuando la puerta se cerró, escuchó el sonido metálico de su espada al acomodarse mientras él tomaba su posición habitual en el suelo del pasillo. Se sentó a la mesa y, por primera vez en semanas, terminó el estofado.

Agnes tenía razón. El hambre no ayudaba a pensar.

Mientras tanto, en el Gran Salón, Gavin Brodie observaba el brillo de su propia copa de vino.

Estaba solo, rodeado de sombras y del eco de sus propios planes.

Sabía que Ruaridh estaba en el ala norte.

Sabía que la cocinera hablaba demasiado.

Pero sobre todo, sabía que mañana el clan reclamaría una cabeza, y él ya había decidido cuál sería.

En la capilla, el Padre Cormac rezaba con tal desesperación que sus manos sangraban por el roce constante del rosario de madera.

Rezaba por Sìle, rezaba por Ruaridh, pero sobre todo, rezaba por sí mismo.

Sabía lo que había visto la noche de la muerte del laird, y sabía que Gavin no perdonaba a los testigos que recuperaban la memoria en el momento inoportuno.

El castillo Drummond contenía el aliento.

El viento de las Highlands soplaba con una furia renovada, golpeando las torres como si intentara purgar la podredumbre que se escondía en su interior.

Mañana, las mentiras de ocho meses se enfrentarían al acero y a la luz del día, y nadie, ni siquiera Ruaridh MacKenna, saldría ileso del amanecer.

Sìle se acostó con la ropa puesta, escuchando el latido del castillo a través de las piedras. Escuchaba el movimiento sutil de Ruaridh al otro lado de la puerta, un recordatorio constante de que, por primera vez, el verdugo era su única defensa.

Cerró los ojos, pero no para dormir. Solo para esperar a que el gris del cielo anunciara el juicio final.