LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 20. GAVIN COMETE SU ERROR
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20. GAVIN COMETE SU ERROR

El eco de los golpes en las puertas de los barracones despertó a Ruaridh antes de que el sol lograra rasgar la niebla que se aferraba a las almenas de Drummond.

No era el toque de queda, ni la llamada al entrenamiento.

Era algo más urgente, una vibración de pánico controlado que recorría las piedras del castillo.

Se incorporó en la oscuridad de su estancia, con la mano buscando por instinto el acero de su espada.

—Se están reuniendo en el Gran Salón —susurró Fergus desde el umbral, su silueta apenas un recorte sombrío contra la luz de las antorchas del pasillo—. Gavin ha enviado a sus propios hombres a despertar a los jefes de familia.

Ruaridh se calzó las botas de cuero, apretando las correas con una furia silenciosa. La madera de la cama crujió bajo su peso.

—¿Me ha convocado?

Fergus soltó una risa seca, desprovista de humor.

—Eres el último que quiere allí. Está moviendo al clan mientras tú supuestamente duermes.

Ruaridh se echó la pesada capa de los MacKenna sobre los hombros.

El tejido de lana oscura se sentía como una armadura.

Al salir al corredor, el aire rancio del castillo le golpeó la cara, cargado con el olor a sebo quemado y a miedo rancio.

Gavin Brodie finalmente había decidido abandonar la sombra de la diplomacia para golpear donde más dolía: en la lealtad de los hombres que compartían la sangre de Ruaridh.

Caminaron hacia la galería que daba al salón principal.

Desde arriba, la escena parecía un tablero de ajedrez donde las piezas blancas estaban siendo arrastradas hacia un rincón oscuro.

Más de cincuenta hombres se apiñaban bajo las vigas de roble, con los rostros curtidos iluminados por el fuego de la chimenea central.

El murmullo era una marea baja, constante y amenazante.

En el centro, junto al trono vacío del laird, Gavin Brodie permanecía de pie. No vestía su habitual jubón de seda, sino una túnica de lana gris que le daba un aire de austeridad casi mística. Su rostro era la viva imagen de la preocupación desinteresada.

—Entiende el dolor de un clan que ha perdido a su guía —la voz de Gavin se elevaba, clara y melódica, sin necesidad de gritar—. Pero lo que no puede entender es el silencio de quienes deben impartir justicia.

Ruaridh se detuvo en la sombra de la balaustrada, haciendo una señal a Fergus para que permaneciera atrás. Observó a los ancianos del clan asentir. La manipulación era quirúrgica.

—Ruaridh MacKenna es un soldado —continuó Gavin, paseándose con las manos entrelazadas a la espalda—.

Un hombre de guerra. Nadie duda de su valor en el campo de batalla.

Pero la paz de un hogar requiere otra clase de fortaleza.

¿Cuánto tiempo lleva aquí? ¿Cuántas noches ha pasado bajo el mismo techo que la mujer que vertió el veneno en la copa de su propio hermano?

Un murmullo de indignación recorrió la sala. Gavin hizo una pausa dramática, bajando la cabeza como si el peso de lo que iba a decir le desgarrara el alma.

—Los rumores son un cáncer, amigos míos.

Se dice por los pasillos que la viuda ha encontrado formas de.

.. nublar el juicio de nuestro nuevo señor.

Que la ejecución se retrasa no por falta de pruebas, sino por un exceso de complacencia.

Drummond se desestabiliza. Nuestra fuerza se disuelve en sospechas.

Si no tomamos una decisión ahora, el nombre de los MacKenna será el hazmerreír de las Highlands.

—¡Justicia para el laird! —gritó un hombre joven desde el fondo, golpeando el suelo con el regatón de su hacha.

Gavin sonrió para sus adentros, un gesto que solo Ruaridh captó desde las sombras. El consejero estaba en su elemento, señalando la herida abierta para que los demás sangraran por él.

—No podemos permitir que el capricho o la debilidad de un hombre ponga en peligro el futuro de todos —sentenció Gavin, alzando la barbilla—.

Propongo que el consejo del clan retome el control del juicio.

Que Sìle Drummond sea entregada a la justicia del pueblo hoy mismo, antes de que el sol alcance el cénit.

Ruaridh no esperó más. Bajó las escaleras de piedra con la parsimonia de un lobo que entra en un corral de ovejas.

El sonido de sus botas contra las losas cortó las palabras de Gavin como un hachazo.

Los hombres se apartaron a su paso, abriendo un pasillo de silencio que pesaba más que cualquier grito.

Gavin Brodie no se inmutó. Giró el cuerpo lentamente, manteniendo la expresión de tristeza responsable.

—Ruaridh. No esperábamos que te despertaras tan temprano.

Ruaridh se detuvo a tres pasos de él. Su presencia física hacía que Gavin pareciera pequeño, casi insignificante a pesar de su elegancia.

—Me imagino que no —Ruaridh paseó la mirada por los jefes de familia, que evitaban su contacto visual—. He oído que hablabas de mi debilidad, Gavin. Y del honor de mi hermano.

—Hablo de la estabilidad de Drummond —replicó el consejero con suavidad—. Hablo como el hombre que ha mantenido este lugar unido mientras tú estabas fuera, vendiendo tu espada por oro extranjero.

—Mi espada siempre ha estado al servicio de este clan —la voz de Ruaridh vibró con una amenaza sorda—. Lo que me pregunto es al servicio de quién está tu lengua esta mañana.

Gavin abrió los brazos, apelando a la audiencia.

—¿Lo veis? Solo hay confrontación. Solo hay la furia de un hombre que se siente cuestionado. Ruaridh, si no tienes nada que ocultar, ¿por qué Sìle Drummond sigue respirando? ¿Por qué la mantienes bajo tu guardia personal, prohibiendo que nadie se acerque a ella?

Los hombres volvieron a murmurar. Al fondo de la sala, el Padre Cormac permanecía hundido en su hábito, con los dedos entrelazados con tal fuerza que blanqueaban. No se atrevía a mirar a nadie.

Ruaridh dio un paso hacia Gavin. El consejero no retrocedió, pero sus ojos buscaron instintivamente la empuñadura de la espada de Ruaridh.

—Tienes razón, Gavin —dijo Ruaridh, su tono cambió de repente a una calma glacial que desconcertó a todos—. Tienes toda la razón del mundo.

Gavin parpadeó, con la réplica preparada muriendo en sus labios. El Gran Salón quedó en un suspenso absoluto. Incluso el crepitar de los leños parecía haberse detenido.

—¿Perdona? —balbuceó Gavin.

—Este castillo está desestabilizado —continuó Ruaridh, alzando la voz para que llegara hasta el último rincón de las vigas—.

Los rumores son insoportables y la sombra de la duda nos está matando más rápido que cualquier veneno.

He sido demasiado cuidadoso, demasiado lento.

He buscado una justicia que quizá no pertenece a este mundo.

Gavin recuperó el aliento, con un brillo de triunfo asomando en sus pupilas claras.

—Me alegra que finalmente lo veas así.

—Lo veo —Ruaridh se giró hacia el clan—. Mañana, al amanecer, convocaremos a todo el clan en el patio principal. No habrá puertas cerradas, ni guardias privadas, ni secretos. Cerraré este caso definitivamente. Se hará justicia, tal como Gavin exige, delante de todos vosotros.

Gavin Brodie sonrió. Fue una sonrisa amplia, satisfecha, la sonrisa de un arquitecto que ve cómo su última viga encaja perfectamente en el diseño.

—Es una decisión sabia, Ruaridh. La más sabia que has tomado desde que regresaste.

—Espero que así sea —Ruaridh clavó la vista en los ojos del consejero—. Mañana todo quedará claro. Mañana, quien deba morir, morirá.

Gavin asintió, visiblemente complacido. Se volvió hacia los hombres del clan, asumiendo de nuevo su papel de líder espiritual del orden.

—¡Ya lo habéis oído! —exclamó—. Al amanecer, Drummond recuperará su honor. Id a vuestras casas. Descansad. La justicia está cerca.

Los hombres empezaron a dispersarse, hablando en susurros, con la tensión del salón disolviéndose en una expectación morbosa.

Ruaridh permaneció inmóvil mientras el gentío se alejaba.

Gavin pasó a su lado, deteniéndose apenas un segundo para rozarle el hombro con una palmadita que pretendía ser condescendiente.

—Has hecho lo correcto, muchacho —susurró Gavin—. Te ahorrará muchos problemas.

Gavin se alejó con paso ligero, la viva imagen de un hombre que acaba de ganar su mayor batalla sin desenvainar un arma.

Ruaridh no se movió hasta que el salón quedó casi vacío. Solo Fergus permanecía junto a la puerta, y el Padre Cormac seguía encogido al fondo. Ruaridh caminó hacia el cura. Al notar su presencia, el anciano levantó la vista; sus ojos eran pozos de terror puro.

—Mañana —susurró el Padre Cormac, con los labios temblorosos.

—Mañana —confirmó Ruaridh—. No duermas demasiado, Padre. Necesitarás tu voz.

Cormac asintió débilmente y se escabulló por una de las puertas laterales, como una rata que huye de una inundación.

Fergus se acercó a Ruaridh, con el rostro serio.

—Le has dado exactamente lo que quería. Mañana te va a obligar a matarla delante de todos. Si no lo haces, el clan te despedazará a ti.

Ruaridh observó las cenizas que caían de la chimenea. El fuego empezaba a morir.

—Gavin cree que el patio es su escenario —dijo Ruaridh—. Cree que me ha arrastrado a un callejón sin salida. Ha cometido el error de creer que yo juego bajo sus reglas.

—¿Y no es así?

Ruaridh se ajustó el cinturón de la espada.

—Gavin cree que la verdad es lo que él dice. Mañana va a descubrir que el problema de construir un castillo de mentiras es que, cuando quitas una sola piedra, todo el peso del techo cae sobre el arquitecto.

Subió las escaleras hacia el ala norte. El frío del amanecer se filtraba por las saeteras, pero Ruaridh ya no lo sentía. Al llegar frente a la habitación de Sìle, se detuvo. Podía oír su respiración al otro lado de la madera, una presencia viva en un lugar que olía a muerte.

No entró. Se limitó a apoyar la mano en la puerta, un contacto mínimo que ella seguramente sintió desde dentro.

Esa noche, Drummond no durmió. En las cocinas, Agnes preparaba provisiones en silencio, con los labios apretados en una línea de hierro.

En los pasillos, los guardias de Gavin patrullaban con una arrogancia renovada.

Y en su alcoba, Gavin Brodie descorchaba una botella de vino importado, brindando por su propia inteligencia ante el espejo.

Pero en la oscuridad de la capilla, el Padre Cormac permanecía de rodillas, con la frente apoyada en la piedra fría.

Sus plegarias ya no eran por la paz. Eran por la fuerza necesaria para no romperse cuando el sol asomara sobre las colinas.

Sabía que mañana no solo se juzgaría a una mujer.

Mañana, el alma entera de los MacKenna se pondría a prueba bajo el cielo abierto, y el verdugo quizá no sería el que todos esperaban.