19. LO QUE RUARIDH NO DICE
La madera de la puerta ni siquiera llegó a quejarse antes de abrirse de golpe.
Sìle reaccionó por instinto, una extensión de los ocho meses de vigilia que le habían afilado los reflejos hasta convertirlos en algo animal.
El cuchillo de plata que Agnes le había pasado oculto en la bandeja del desayuno brilló bajo la luz mortecina de la tarde, apuntando directamente a la garganta del intruso.
Ruaridh se detuvo en seco, con la bota todavía pisando el umbral. No retrocedió ni echó mano a su propia espada. Se limitó a observar la punta del arma, que vibraba apenas a unos milímetros de su yugular.
—Llama antes de entrar si no quieres terminar con un agujero nuevo en el cuello.
Sìle bajó el brazo, pero no soltó el mango de hueso. Su respiración, entrecortada, era el único sonido que competía con el silbido del viento contra el cristal de la torre.
—He echado el cierre tres veces. ¿Cómo has entrado?
Él cerró la puerta a sus espaldas, ignorando la pregunta mientras echaba un vistazo rápido a la estancia. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en la cama, todavía deshecha, y luego regresaron a ella.
—Hay llaves en este castillo que Gavin no sabe que existen. Mi hermano era un hombre precavido, pero yo era el que conocía los huecos entre las piedras.
Ruaridh se despojó de la capa de lana, empapada por la neblina del exterior, y la dejó caer sobre un arcón sin mirarla. Su presencia parecía encoger las paredes de la habitación. Había una vibración distinta en él, una rigidez en los hombros que no estaba allí durante la cena.
—El Padre Cormac ha hablado.
Sìle se quedó inmóvil. El cuchillo resbaló de sus dedos hacia la mesa, produciendo un tintineo metálico que sonó como una campana en el silencio sepulcral. Se acercó a él, acortando la distancia hasta que pudo oler el cuero húmedo y el aroma metálico del acero que siempre lo acompañaba.
—¿Qué ha dicho? ¿Ha admitido lo que vio esa noche?
—Ha admitido lo suficiente para confirmar que el veneno no salió de tus manos. Pero también ha admitido que tiene el alma tan podrida de miedo que su testimonio es un hilo de seda. Un tirón de Gavin y se romperá.
Ruaridh no le contó la imagen del cura arrodillado, temblando como una hoja seca bajo el crucifijo. Tampoco le contó que el anciano había llorado de pura vergüenza. En el mundo de Ruaridh, las lágrimas no aportaban información útil.
—Entonces no tenemos nada. Si Gavin lo presiona, el cura dirá que se lo inventó todo por demencia.
—Tenemos algo que Gavin no esperaba: tiempo. O al menos, el que yo decida concederle.
Sìle caminó hacia la ventana, dándole la espalda. La luz grisácea del exterior perfilaba su silueta, revelando lo delgada que se había quedado bajo las capas de lino y lana.
—¿Cuánto tiempo más, Ruaridh? Cada hora que paso aquí es una oportunidad para que él encuentre otra forma de terminar conmigo. Ayer fue un intruso. Mañana podría ser un accidente en las escaleras o una fiebre repentina.
—Poco. Gavin va a moverse pronto.
Ella se giró con brusquedad, entornando los ojos.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? Gavin es el hombre más paciente que he conocido. Ha esperado ocho meses para esto.
—Gavin siente que el control se le escapa entre los dedos.
He visto ese brillo en los ojos de hombres que creen que el mundo les pertenece hasta que alguien les quita la primera pieza.
Los hombres como él no toleran la incertidumbre.
Prefieren incendiar el bosque antes que dejar que una presa escape por una ruta que no controlan.
Sìle dio un paso hacia el centro de la estancia. La vela que ardía sobre la mesa parpadeó, arrojando sombras erráticas que bailaban sobre el rostro curtido del mercenario.
—¿Y cómo sabes tú tanto de lo que piensa un hombre como él? No sois iguales. Él pelea con palabras y sellos de cera. Tú peleas con esto.
Señaló la cicatriz que le recorría la mandíbula, un surco pálido que se perdía bajo la barba de varios días. Ruaridh soltó un bufido seco, algo que estuvo a punto de ser una risa amarga.
—Llevo dos años viviendo de leer las intenciones de los hombres antes de que muevan un solo dedo. En el frente, si no sabes cuándo tu aliado va a venderte por una bolsa de oro, no llegas al amanecer. Gavin no es distinto de un general mercenario; solo ha cambiado el barro por el terciopelo.
Se quedaron en silencio. La distancia entre ellos se redujo de forma imperceptible, una gravedad silenciosa que los empujaba al mismo centro. La pequeña llama de la vela era lo único que los separaba, un punto de calor mínimo en una habitación que el frío del norte empezaba a reclamar.
Ruaridh observó la tensión en el cuello de Sìle, el modo en que apretaba la mandíbula para no dejar que el labio inferior le temblara. Había una fuerza en ella que lo descolocaba, una resistencia que no encajaba con la imagen de la viuda frágil que le habían vendido al llegar.
—Tengo miedo, Ruaridh.
La confesión salió de sus labios con una precisión quirúrgica.
No había rastro de histeria ni de súplica en su voz.
Era una observación clínica, dicha con la frialdad de quien describe el estado del tiempo.
Se lo decía a él porque era el único que podía entender la escala del peligro, el único que habitaba el mismo espacio de sombras.
Ruaridh no se movió. No alargó la mano para consolarla ni le soltó una de las frases vacías que los caballeros de la Corona dedicaban a las damas en apuros. Se limitó a sostenerle la mirada, permitiendo que la vela iluminara la dureza de sus propios miedos.
—Haces bien. Es razonable tenerlo.
Sìle parpadeó, desconcertada. Esperaba una negación, un gesto de superioridad masculina que la hiciera sentir pequeña.
—¿Tú también lo tienes?
—Solo los idiotas y los cadáveres no tienen miedo en este castillo. Gavin controla los suministros, los muros y a la mitad de los hombres que portan mis propios colores. Estamos en una torre rodeada de gente que cree que eres una asesina y que yo soy un traidor por no haberte cortado ya la cabeza.
Dio un paso más, eliminando la barrera de la mesa. Ahora podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Sìle, un contraste violento con el aire gélido de la torre.
—Yo también tengo miedo, Sìle. Tengo miedo de cometer un error, de leer mal una mirada o de llegar un segundo tarde. En la guerra, si te equivocas, mueres tú. Aquí, si me equivoco, las consecuencias son peores.
Ella levantó la barbilla, buscando sus ojos en la penumbra. Por primera vez en meses, la soledad absoluta que la había envuelto se agrietó. No necesitaba promesas de salvación; necesitaba esa honestidad cruda, el reconocimiento de que la batalla era real y que él estaba en la misma trinchera.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no mentirme. Gavin pasó ocho meses diciéndome que no pasaba nada mientras me quitaba el aire.
Ruaridh guardó silencio. Estaba demasiado cerca, lo suficiente para ver el latido rápido en la base del cuello de ella, para notar cómo el aroma a jabón de rosas que todavía conservaba su piel se mezclaba con el olor rancio de la estancia.
No era el momento ni el lugar, pero la atracción que habían estado reprimiendo entre sarcasmos y desconfianzas se volvió algo físico, una presión en el pecho que dificultaba la respiración.
Ella no se apartó. Al contrario, pareció inclinarse levemente hacia él, buscando el ancla que representaba su masa sólida y peligrosa.
—No voy a dejar que te ocurra nada. No porque me importe el juicio del clan, sino porque no tolero que nadie toque lo que está bajo mi vigilancia.
—¿Solo por eso? ¿Por una cuestión de propiedad?
Sìle esbozó una sonrisa mínima, una chispa del sarcasmo habitual que servía para ocultar el abismo que se abría entre ellos. Ruaridh no respondió con palabras. Se limitó a dar un paso más, invadiendo su espacio vital hasta que las puntas de sus botas rozaron el dobladillo de su falda.
—Vete, Ruaridh. Si Gavin sospecha que estás aquí a estas horas, adelantará sus planes.
—Que lo haga. Estoy cansado de esperar a que el veneno actúe. Prefiero el acero.
Él dio media vuelta, recogiendo su capa del arcón con un movimiento brusco. Antes de salir, se detuvo con la mano en la madera de la puerta. No la miró, pero su voz sonó más baja, cargada de una advertencia que no iba dirigida a ella.
—Mañana empezaremos a mover las piezas. No abras la puerta a nadie que no sea Fergus o yo. Ni siquiera si oyes a Agnes. Gavin es capaz de imitar hasta el sonido de los pasos si eso le permite entrar.
—Lo sé. He aprendido a distinguir las sombras.
Ruaridh salió de la habitación sin hacer ruido, dejando a Sìle sola con la vela consumiéndose. Ella se acercó a la puerta, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo de piedra. Luego, con un movimiento lento y deliberado, recogió el cuchillo de la mesa y lo ocultó bajo la almohada.
Tenía miedo, sí. Pero por primera vez en ocho meses, no era el miedo paralizante de la víctima. Era el miedo tenso del que se prepara para el choque.
Ruaridh descendió por la escalera de caracol con la mano apoyada en el pomo de la espada. Cada sombra en los recovecos del muro parecía tener ojos. Sabía que Gavin tenía informantes en cada rincón, hombres que vendían su lealtad por una moneda de plata o por una palabra amable del consejero.
Al llegar al rellano del segundo piso, una figura emergió de la oscuridad. Ruaridh desenvainó apenas un palmo de acero antes de reconocer a Fergus.
—Casi te ganas un palmo de hierro en las costillas, Fergus.
—Y tú te vas a ganar un problema si sigues entrando en las habitaciones de la viuda sin escolta. Los rumores corren más que el whisky en una boda, Ruaridh.
Fergus se acercó, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo sordo.
—Gavin ha convocado a los jefes de las patrullas en el ala este. No me gusta la cara que tienen. Parecen hombres que acaban de recibir órdenes de ejecución, no de vigilancia.
Ruaridh apretó los dientes.
—Está acelerando. El testimonio del cura ha debido llegar a sus oídos de alguna forma.
—O simplemente se ha cansado de que tú metas las narices donde no debes. ¿Qué hacemos?
—Vigila la poterna trasera. Mañana al amanecer vamos a necesitar una salida despejada si las cosas se tuercen. Y no dejes que nadie se acerque al ala norte con una antorcha. Gavin es capaz de simular un incendio para obligarnos a salir.
Ruaridh siguió caminando hacia sus propios aposentos, pero su mente seguía en la torre, en la habitación donde una mujer inteligente y aterrada guardaba un cuchillo bajo la almohada.
Sabía que lo que sentía no era solo el deber de un hermano o la curiosidad de un investigador.
Era algo mucho más oscuro y destructivo, un hilo que lo ataba a Sìle Drummond de una forma que Gavin Brodie nunca permitiría.
El castillo Drummond latía con una vida enferma.
Bajo las vigas de roble y las losas de piedra, la traición se estaba gestando con la paciencia de un depredador.
Ruaridh entró en su estancia, pero no se desvistió.
Se sentó en la silla frente al fuego moribundo, con la espada cruzada sobre las piernas, esperando el primer rayo de luz.
Lo que no le había dicho a Sìle es que el miedo que él sentía no era por su propia vida. Era por la posibilidad de que, al final del día, él tuviera que elegir entre el honor de su clan y la vida de la mujer que todos querían ver muerta.
Y Ruaridh MacKenna nunca había sido un hombre de decisiones fáciles.
En la torre, Sìle sopló la vela. La oscuridad la envolvió, pero no cerró los ojos. Se quedó mirando hacia donde sabía que estaba la puerta, aferrada al mango del cuchillo, repitiendo en su mente las palabras de Ruaridh.
"Es razonable tenerlo".
Por fin, alguien le había dado permiso para ser humana en medio de aquel nido de víboras. Y eso, más que cualquier espada, era lo que le daría las fuerzas para sobrevivir al amanecer que se avecinaba.
El cambio no era solo de estrategia. Era de voluntad. La viuda del laird ya no estaba esperando a su verdugo. Estaba esperando su oportunidad.