18. PADRE CORMAC SE DECIDE
Tres golpes secos contra la madera de roble despertaron a Ruaridh de un letargo que no llegaba a ser sueño.
Guardó la mano bajo la almohada, cerrando los dedos sobre la empuñadura fría de su daga.
El silencio volvió a ocupar la estancia, pesado y cargado de escarcha, hasta que se rompió de nuevo. Dos golpes más.
Ruaridh se incorporó con un movimiento fluido.
No encendió ninguna vela. Se deslizó hacia la puerta y apartó el pesado pestillo de hierro con la cautela de quien espera un ataque.
Al abrir, la penumbra del pasillo le devolvió la figura encogida de un hombre que parecía sostenerse en pie por puro milagro.
El Padre Cormac apretaba un crucifijo contra su pecho con tal fuerza que sus nudillos, deformados por los años, blanqueaban bajo la luz de las antorchas agonizantes. Su respiración era un silbido asmático que delataba un pánico absoluto.
—Entra —ordenó Ruaridh, tirando de la manga de su hábito.
El cura tropezó al cruzar el umbral. Sus ojos, nublados por las cataratas y el insomnio, recorrían la habitación buscando sombras que no existían. Ruaridh cerró la puerta y se cruzó de brazos, observándolo con una mezcla de impaciencia y curiosidad.
—He intentado rezar por su alma —comenzó Cormac con un hilo de voz que se quebraba—. He pasado ocho meses pidiendo a Dios que me diera la fuerza para olvidar lo que vi, o la paz para vivir con ello. Pero el Todopoderoso no escucha a los que guardan veneno en la lengua.
Ruaridh se mantuvo inmóvil.
—Ocho meses es mucho tiempo para un silencio tan pesado.
—El miedo es un carcelero más eficaz que cualquier guardia de este castillo.
—El cura se sentó en el borde de una silla, con los hombros hundidos bajo el peso de su propia claudicación—.
La noche que el laird murió, el aire estaba estancado, como hoy.
Yo regresaba de las caballerizas tras dar la extremaunción a un mozo que había caído de un mulo.
Pasé por el pasillo del ala norte para acortar camino hacia la capilla.
Cormac se detuvo y tragó saliva con dificultad. El sonido fue un chasquido seco en la estancia.
—Vi a Gavin Brodie salir de la alcoba de tu hermano.
—El cura levantó la vista, buscando el juicio en el rostro de Ruaridh—.
No caminaba con la urgencia de quien acaba de encontrar un cadáver.
No gritó pidiendo ayuda. Se detuvo en el rellano, se ajustó el jubón y permaneció allí, inmóvil, observando la puerta durante lo que parecieron siglos.
Tenía una expresión que no he podido borrar de mis pesadillas: una calma gélida, casi satisfecha.
Ruaridh sintió un frío que no tenía nada que ver con el clima de las Highlands.
—¿Y después?
—Regresó al salón principal, donde el resto del clan celebraba.
—Cormac cerró los ojos, apretando el crucifijo contra su frente—.
Veinte minutos después, la alarma estalló.
Él fue el primero en acudir, el primero en señalar a la viuda, el primero en encontrar el frasco de veneno oculto entre sus telas.
Un frasco que él mismo llevaba en el bolsillo cuando salió de la habitación.
Lo vi brillar bajo la luz de un candelabro antes de que lo ocultara.
Ruaridh dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal.
—¿Por qué ahora, Cormac? ¿Por qué esta confesión a medianoche después de dejar que Sìle se marchitara en esa torre?
—Porque hoy la miré a los ojos en el patio.
—El cura soltó un sollozo ahogado—. Ella ya no me mira con súplica, sino con una lástima que me quema las entrañas.
Y porque te he visto a ti. He visto que no eres el verdugo que Gavin esperaba.
He visto que buscas la verdad, aunque esa verdad incendie el castillo.
Ruaridh analizó al hombre que tenía delante. No era un héroe. Era un anciano quebrado por la culpa, una pieza descartada por Gavin que intentaba recuperar su humanidad antes de que la muerte lo alcanzara.
—¿Estás dispuesto a repetir esto delante de todo el clan? —La pregunta de Ruaridh cayó como una losa de granito—. Mañana, cuando el sol esté en lo alto y Gavin te mire con esa sonrisa que tanto temes, ¿mantendrás tus palabras?
Cormac guardó silencio durante un tiempo que pareció eterno. Sus manos dejaron de temblar por un instante.
—Sí —susurró—. Si muero por decir la verdad, al menos entraré en el reino de los cielos con la lengua limpia.
Ruaridh asintió lentamente. Se acercó a la mesa y apoyó las manos sobre la madera, pensando en el tablero que Gavin Brodie había construido con tanta paciencia. El testimonio del cura era la grieta que necesitaba para derrumbar la estructura entera.
—No se lo cuentes a nadie más —ordenó Ruaridh con una autoridad que no admitía réplica—. Regresa a tus habitaciones. Mañana no salgas de allí hasta que yo mismo vaya a buscarte. No hables con Agnes, no hables con los guardias y, sobre todo, mantente lejos de Gavin.
Cormac se puso en pie con dificultad, apoyándose en el respaldo de la silla.
—¿Estoy en peligro, verdad?
Ruaridh lo miró directamente a los ojos.
—Llevas ocho meses estando en peligro, Padre. La única diferencia es que ahora alguien más sabe por qué.
El cura palideció, pero hizo una leve inclinación de cabeza. Caminó hacia la puerta con pasos vacilantes, como si el suelo del castillo se hubiera vuelto de cristal. Al llegar al umbral, se detuvo y miró a Ruaridh por encima del hombro.
—Que Dios te proteja, MacKenna. Porque Gavin Brodie no se detendrá ante un viejo cura ni ante un soldado retornado.
Cuando la puerta se cerró tras él, Ruaridh se quedó solo en la penumbra. Se acercó a la ventana y observó la silueta del castillo recortada contra el cielo negro. Podía sentir la podredumbre en los muros, el veneno de la mentira fluyendo por cada pasillo como una corriente subterránea.
En sus habitaciones, al otro lado del ala este, el Padre Cormac no se acostó. Se despojó de sus zapatos y se arrodilló frente al pequeño altar de piedra que presidía su celda. El frío de la losa se filtró en sus rodillas, un dolor familiar que acogió con gratitud.
Juntó las manos, pero esta vez no pidió por la salvación de Sìle Drummond, ni por el alma atormentada de su antiguo laird. No hubo plegarias por el clan ni peticiones de paz para el valle.
—Perdóname, Padre, porque he pecado por omisión —murmuró, su voz apenas un eco entre las piedras desnudas—. Protégeme de lo que está por venir, o dame la fuerza para no volver a cerrar los ojos cuando el mal camine por estos pasillos.
Rezó por sí mismo, con la desesperación de quien sabe que acaba de firmar su propia sentencia. El silencio del castillo Drummond era ahora su única compañía, una calma engañosa que precedía a la tormenta que Ruaridh MacKenna estaba a punto de desatar..