LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 17. LA CENA MÁS LARGA
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17. LA CENA MÁS LARGA

La lluvia golpeaba los ventanales del salón pequeño con una violencia rítmica, como si miles de dedos invisibles intentaran perforar el cristal.

Dentro, el fuego de la chimenea crepitaba con una fuerza artificial, alimentado por troncos de pino que soltaban chispas sibilantes.

Gavin Brodie cruzó el umbral con la soltura de un dueño legítimo, sosteniendo una botella de cuello largo cuyo vidrio oscuro reflejaba el brillo de las llamas.

—Vino del Loira —anunció con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Un tesoro que guardaba para una ocasión especial. Y creo que saber que el intruso está bajo llave y el castillo a salvo es motivo suficiente para brindar.

Ruaridh, sentado a la cabecera de la mesa, no se movió. Sus manos, grandes y marcadas por cicatrices de batalla, descansaban planas sobre el mantel de lino. Observó a Gavin descorchar la botella con una precisión quirúrgica.

—¿A salvo? —Ruaridh arqueó una ceja—. Tienes una definición muy optimista de la seguridad, Gavin.

—La prudencia es la madre de la paz, muchacho.

Gavin llenó las copas con un líquido carmesí que desprendía un aroma dulce y denso. Se acercó a Sìle, que permanecía rígida en su silla, y depositó la copa frente a ella con un movimiento delicado. Sus dedos rozaron la madera de la mesa a milímetros de la mano de la mujer.

Sìle levantó la vista. Sus ojos, antes llenos de una rabia gélida, ahora mostraban una quietud inquietante. Miró a Ruaridh, buscando algo en la dureza de su perfil, pero él mantenía la atención fija en el consejero.

—Bebe, Sìle —invitó Gavin, suavizando el tono—. Te vendrá bien para recuperar el color. Has pasado por demasiado.

Ella no tocó el cristal. Sus dedos se cerraron con fuerza en el borde de la silla, debajo del mantel.

—No tengo sed.

—Es una descortesía rechazar un regalo tan escaso —insistió el consejero, sentándose a su derecha—. Especialmente cuando se ofrece con tanto afecto.

Fergus y el Padre Cormac ocuparon sus lugares en un silencio denso. Agnes entró desde la cocina cargando una bandeja de plata con venado asado, pero en lugar de retirarse tras servir, se apostó junto al aparador, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la nuca de Gavin.

—Historias —dijo Gavin, rompiendo la tensión mientras cortaba la carne—.

Este vino me recuerda a la primavera de hace seis años.

Tu hermano, Ruaridh, acababa de asegurar las fronteras del norte.

Estábamos aquí, en esta misma mesa. Él reía con tanta fuerza que las vigas temblaban.

Era un hombre de apetitos voraces y un corazón que no conocía la duda.

Ruaridh tomó un trago largo de su copa. El vino le quemó la garganta, pero no apartó la vista de Gavin.

—Mi hermano era muchas cosas. Pero no era un hombre que celebrara antes de terminar el trabajo.

—Cierto. Siempre fue meticuloso. Por eso confiaba en mí para los detalles que a él le aburrían.

Gavin giró el cuerpo hacia Sìle. La calidez que emanaba de él se sentía como el calor de una fiebre.

—Recuerdo cuando llegaste al castillo, Sìle.

Eras apenas una niña con ojos asustados.

Tu marido me pidió que te cuidara, que te enseñara las costumbres de los MacKenna.

Fue un honor convertirme en tu sombra, en tu protector cuando él estaba ausente.

Siempre quise lo mejor para ti. Incluso ahora, en estas circunstancias tan… desafortunadas.

Sìle sintió una náusea súbita. La forma en que Gavin pronunciaba su nombre, con una familiaridad posesiva, era un insulto que Ruaridh parecía estar analizando con una calma aterradora.

—Hablas como si ya estuviera muerta, Gavin —soltó ella, su voz cortando el aire como un cuchillo—. O como si esperaras que te diera las gracias por haberme encerrado ocho meses.

Gavin soltó una carcajada ligera, casi musical.

—El aislamiento era por tu seguridad, querida. El clan es volátil. Sin mi intervención, habrías terminado en una pira antes de que Ruaridh cruzara el vado. Te debo la vida, aunque te cueste admitirlo.

Ruaridh observó el intercambio. Vio cómo la mano de Gavin buscaba la de Sìle sobre la mesa, deteniéndose justo antes de tocarla cuando ella se retiró hacia atrás.

Vio la obsesión disfrazada de benevolencia, el hambre de control que palpitaba tras cada gesto diplomático.

Algo en el pecho de Ruaridh se asentó, un peso frío y definitivo que le indicó que la fiera frente a él no buscaba justicia, sino una propiedad.

—Es fascinante cómo la memoria edita los hechos —masculló Fergus, atacando su plato con una agresividad mal disimulada—. Yo recuerdo esos años buenos con menos vino francés y más guardias desaparecidos en las patrullas nocturnas.

Gavin ignoró el comentario. Su atención estaba anclada en Sìle. Cada vez que hablaba, inclinaba el torso hacia ella, invadiendo su espacio, marcando un territorio invisible que Ruaridh ahora reclamaba con su sola presencia.

—Padre Cormac —Gavin se dirigió al cura sin mirarlo—, ¿no está de acuerdo en que la paz requiere sacrificios? Usted mejor que nadie sabe que el alma necesita orden.

El cura bajó los ojos hacia su plato, sus manos temblaban tanto que los cubiertos tintineaban contra la porcelana.

—El orden es… necesario —susurró Cormac—. Pero la verdad es la que libera.

Gavin arqueó una ceja, su sonrisa se tensó apenas un milímetro.

—La verdad es a menudo una cuestión de perspectiva, Padre. Y en este castillo, mi perspectiva ha mantenido los muros en pie.

La cena avanzó entre anécdotas que Gavin hilaba con una maestría de bardo. Habló de cacerías, de acuerdos comerciales y de la lealtad inquebrantable que el clan le profesaba. Cada palabra era un recordatorio de su poder, una advertencia de que Ruaridh era un extraño en su propia casa.

Sin embargo, Ruaridh guardaba silencio. Estaba midiendo la distancia. Estaba oliendo el miedo que Sìle intentaba ocultar tras su máscara de arrogancia y el deseo de posesión que Gavin ya no se molestaba en esconder del todo.

—Este venado está un poco seco, Agnes —comentó Gavin, lanzando una mirada fugaz a la cocinera—. Deberías prestar más atención a los tiempos.

Agnes no se movió.

—El fuego cocina lo que se le echa —respondió ella—. Si la carne está amarga, quizás sea por la mano que la trajo a la cocina.

Gavin apretó los labios. El encanto empezaba a agrietarse. Dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco que hizo que el vino salpicara el mantel.

—He estado pensando —dijo, cambiando bruscamente el tono—. La situación actual es insostenible. El clan murmura. La incertidumbre está pudriendo la lealtad de los hombres. No podemos permitir que este proceso se alargue más.

Miró a Ruaridh, pero sus ojos buscaron inmediatamente la reacción de Sìle.

—Quizás lo más misericordioso para todos, especialmente para ti, Sìle, sería cerrar este caso pronto. La incertidumbre es una crueldad innecesaria que solo prolonga tu sufrimiento.

Ruaridh dejó sus cubiertos. La tensión en el salón se volvió un muro físico.

—¿Cerrar el caso? —Ruaridh entornó los ojos—. No sabía que tenías tanta prisa por verter sangre.

—No se trata de sangre, sino de dignidad —Gavin se inclinó hacia adelante—.

Si me lo permites, Ruaridh, yo mismo podría gestionar los últimos detalles.

Un proceso rápido, digno, sin el escrutinio público que tanto daño le haría a la imagen del laird muerto.

Podría asegurarme de que Sìle reciba lo que…

merece, con la delicadeza que solo alguien que la conoce tan bien puede ofrecer.

Sìle sintió que el aire se agotaba. No era una propuesta legal; era una reclamación. Gavin estaba pidiendo el derecho a ser su verdugo para asegurarse de que ella nunca hablara, o peor, para llevarla a un lugar donde su control fuera absoluto y definitivo.

—¿Delicadeza? —Sìle soltó una risa que sonó a cristales rotos—. Quieres decir que quieres terminar el trabajo que empezaste hace ocho meses.

Gavin la miró con una lástima fingida que le revolvió las entrañas.

—Sigues confundiendo protección con agresión, querida. Es una pena que tu juicio esté tan nublado. Por eso necesito intervenir. Por tu bien.

Padre Cormac dejó caer su servilleta. Agnes dio un paso al frente, con la mano apretada en el mango de un cuchillo que asomaba por su delantal. Fergus se tensó, listo para saltar sobre la mesa.

Ruaridh se puso de pie con una lentitud deliberada. Su sombra se proyectó sobre la mesa, cubriendo a Gavin y a Sìle.

—Yo soy quien decide los tiempos en este castillo, Gavin —dijo Ruaridh, su voz era un trueno bajo—. Vine a ejecutar a una asesina, no a entregar a una mujer a tu concepto de misericordia.

Gavin no se amilanó. Se levantó también, manteniendo la compostura elegante.

—Solo busco eficiencia, Ruaridh. Como siempre he hecho. El clan espera resultados, no cenas interminables y dudas que no conducen a nada. Mañana por la mañana discutiremos los detalles finales. Estoy seguro de que entrarás en razón.

Gavin hizo una breve inclinación de cabeza hacia Sìle, una reverencia que pareció una caricia obscena en la distancia.

—Descansa, Sìle. Pronto todo esto habrá terminado.

El consejero salió del salón con la misma elegancia con la que había entrado. El silencio que dejó atrás era diferente al anterior; era un silencio de guerra declarada.

Padre Cormac se levantó sin mirar a nadie y huyó hacia la capilla. Agnes empezó a recoger los platos con movimientos mecánicos, sus ojos estaban húmedos de furia.

Ruaridh se giró hacia Sìle. Ella seguía sentada, con la mirada perdida en la mancha de vino tinto que se extendía sobre el mantel blanco como una herida abierta.

—Ha intentado marcarte —masculló Ruaridh—. Delante de mí.

—Llevaba ocho meses haciéndolo sin que nadie lo viera —respondió ella, levantando la vista—. Ahora tiene prisa porque sabe que tú no eres el verdugo que él esperaba.

Ruaridh se acercó a ella. Por primera vez, no hubo sarcasmo en su gesto. Apoyó una mano en el respaldo de su silla, rodeándola sin tocarla.

—Él no te va a tocar, Sìle.

—Ya lo hace. Con cada palabra, con cada mirada. Entra en mi cabeza incluso cuando no está aquí.

Ruaridh sintió un impulso violento de destrozar algo, de salir al pasillo y arrancar la lengua a Brodie. Pero sabía que Gavin ganaba en el caos. Gavin necesitaba que Ruaridh perdiera el control para demostrarle al clan que el hermano del laird era un salvaje incapaz de gobernar.

—Fergus —ordenó Ruaridh sin apartar la vista de Sìle—. Dobla la guardia. Nadie entra ni sale de este sector sin mi sello. Y si ves a Gavin cerca de estas puertas, no preguntes. Sácalo.

Fergus asintió y salió del salón con paso rápido.

Sìle se puso de pie, sus piernas temblaban ligeramente. Se encontró a milímetros del pecho de Ruaridh. El calor que emanaba de él era lo único real en un castillo construido sobre mentiras.

—¿Vas a salvarme, MacKenna? —susurró ella—. ¿O solo estás protegiendo tu pieza en el tablero?

Ruaridh la miró intensamente. Bajó la mano del respaldo y la detuvo justo antes de rozarle la mejilla.

—Todavía no lo sé. Pero prefiero quemar este castillo hasta los cimientos antes de dejar que él decida tu final.

Sìle se retiró, caminando hacia la puerta con la espalda recta y el mentón en alto, aunque sus manos seguían apretadas en puños.

Ruaridh se quedó solo en el salón, observando cómo la última vela se consumía.

El vino de Gavin seguía en las copas, rojo y brillante como la sangre que, sabía, estaba a punto de correr por los pasillos de Drummond.