LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 16. GAVIN DA SU MEJOR ACTUACIÓN
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16. GAVIN DA SU MEJOR ACTUACIÓN

La luz de las antorchas en la sala de guardia proyectaba sombras alargadas sobre la piedra húmeda, creando un ambiente de asfixia que ni siquiera el viento de las Highlands lograba disipar.

Ruaridh MacKenna permanecía apoyado contra la mesa de roble, con los brazos cruzados y la mandíbula tan apretada que los músculos del cuello se dibujaban como cuerdas tensas bajo la piel.

En el centro de la estancia, atado a una silla de respaldo alto, el intruso de la noche anterior respiraba con dificultad.

Tenía el rostro amoratado y la mirada perdida, el resultado del interrogatorio privado de Fergus.

La pesada puerta de roble chirrió sobre sus goznes.

Gavin Brodie entró con la parsimonia de quien camina por sus propios jardines, escoltado por dos hombres del clan que se detuvieron en el umbral.

El consejero vestía un jubón de terciopelo oscuro, impecable, que contrastaba con la suciedad rancia de la estancia.

Se detuvo a tres pasos del prisionero y lo estudió con una curiosidad académica, sin que un solo músculo de su rostro revelara inquietud.

—Me has convocado con cierta urgencia, Ruaridh.

Gavin ladeó la cabeza, observando la sangre seca en la túnica del capturado.

—¿Es este el hombre que osó perturbar la paz del ala norte?

Ruaridh no se movió. Su mirada era una hoja de acero clavada en los ojos claros del consejero.

—Este es el hombre que intentó silenciar a la viuda antes de que el sol asomara. Fergus lo detuvo antes de que el veneno tocara los labios de Sìle.

Gavin frunció el ceño con una sutileza magistral. Se acercó un paso más al prisionero, entornando los ojos como si buscara un recuerdo que se le escapaba.

—Nunca lo he visto en mi vida.

La respuesta fue rápida, limpia, desprovista de vacilación. El consejero se giró hacia Ruaridh, mostrando una expresión de genuina preocupación que habría engañado a un santo.

—Es una cara vulgar, sin marcas de nuestro clan ni de los vecinos inmediatos. ¿Ha dicho algo? ¿Alguna confesión que arroje luz sobre este despropósito?

—Dice que no sabe quién lo envió —intervino Fergus desde la sombra, jugueteando con el pomo de su daga—. Dice que el oro apareció bajo una piedra y las instrucciones llegaron en un papel que olía a sándalo.

Gavin soltó una risa seca, breve, cargada de una condescendencia paternal.

—Sándalo. Vaya detalle tan pintoresco. Es evidente que quienquiera que lo haya contratado conoce bien mis gustos personales o intenta desesperadamente que tú los creas relevantes, Ruaridh. Es una estratagema burda para sembrar la discordia entre nosotros.

El consejero se paseó por la habitación, las manos entrelazadas a la espalda. Su voz adquirió el tono didáctico que solía usar para calmar a los ancianos del consejo.

—Analicemos la situación con la frialdad que requiere el mando.

¿A quién beneficia que Sìle Drummond muera antes de tiempo?

No a nosotros, desde luego. Su ejecución pública es necesaria para cerrar la herida del clan.

Pero para nuestros enemigos... para aquellos que desean vernos sumidos en una guerra interna, su muerte accidental o un asesinato oscuro es el detonante perfecto.

Se detuvo frente al ventanal opaco, señalando hacia el horizonte invisible.

—Pensad en los MacDonald de Glencoe. O en los Campbell del sur.

Saben que el laird ha muerto y que el heredero está ausente.

Hace tres inviernos, los MacDonald ya intentaron sabotear nuestras rutas de sal el día de San Andrés.

O los MacLean, que todavía reclaman los derechos de pasto del valle alto desde aquella escaramuza de mayo de hace dos años.

Gavin se volvió hacia los hombres del clan que escuchaban desde el pasillo, alzando la voz lo justo para que sus palabras resonaran con autoridad.

—Cualquiera de esos clanes enviaría a un mercenario prescindible para eliminar a la viuda y culparnos a nosotros. Un asesinato bajo nuestra custodia rompería el pacto de paz con los Drummond y nos obligaría a luchar en dos frentes. Es una jugada clásica de desgaste.

Un murmullo de asentimiento recorrió el corredor. Los hombres de MacKenna se miraban entre ellos, convencidos por la lógica impecable de Brodie. Gavin siempre tenía una fecha, un nombre y un motivo archivado en su memoria prodigiosa.

—Estoy a tu entera disposición para identificar a este desdichado —continuó Gavin, acercándose a Ruaridh con una mano extendida en un gesto de lealtad—.

Enviaré mensajeros a los puestos fronterizos.

Quizás alguien lo haya visto cruzar el vado hace dos días.

Debemos ser meticulosos, Ruaridh. No podemos permitir que la paranoia dicte nuestras acciones.

Ruaridh asintió lentamente, manteniendo el silencio. Observó cómo Gavin se inclinaba hacia el prisionero una última vez, con una lástima fingida que rozaba la perfección.

—Pobre diablo. Morir por el oro de un extraño sin saber que el extraño ya ha planeado su olvido.

Gavin hizo una señal a sus escoltas y se dispuso a salir. Antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró a Ruaridh por encima del hombro.

—Duerme un poco, muchacho. La guerra de nervios agota más que la de espadas, y te necesito lúcido para lo que está por venir.

La puerta se cerró tras él, dejando un rastro de su perfume costoso flotando sobre el olor a sudor y miedo del cautivo. El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara.

Fergus se escupió en la palma de la mano y se acercó a Ruaridh.

—¿Lo has visto? —masculló, señalando hacia la puerta cerrada—. Ha dado una lección de historia, ha repartido culpas a tres clanes distintos y nos ha dado las buenas noches como si fuera nuestro abuelo.

Ruaridh no respondió de inmediato. Caminó hacia el prisionero, que había vuelto a hundir la cabeza entre los hombros. El mercenario analizó cada palabra de Gavin, diseccionando la estructura de su discurso.

—¿Le ha creído alguien? —preguntó Fergus, asomándose al pasillo para ver cómo los hombres del clan se dispersaban comentando la "sabiduría" del consejero.

—Todo el clan le ha creído —respondió Ruaridh, su voz era un susurro gélido—. Le han creído porque Gavin les da lo que necesitan: un enemigo externo al que odiar y una explicación que no les obliga a mirar a quien les sirve el vino.

—Entonces tenemos un problema de los grandes. Si Gavin tiene al clan en el bolsillo, no importa lo que este infeliz confiese. Dirán que lo hemos torturado para que mienta.

Ruaridh se giró, y por primera vez en toda la noche, una sombra de sonrisa amarga cruzó sus labios. Era la sonrisa de un hombre que acaba de ver la carta ganadora del oponente y ya está calculando cómo quemar la mesa.

—No, Fergus. No es un problema. Es la confirmación que buscaba.

—¿De qué demonios hablas?

Ruaridh señaló con un gesto brusco la silla donde el intruso se marchitaba.

—Gavin ha mencionado tres clanes. Ha dado fechas exactas de ofensas que ocurrieron hace años. Ha recordado una escaramuza de pastos de hace dos primaveras y un sabotaje de sal de hace tres inviernos.

—¿Y qué? El tipo tiene memoria de elefante, eso ya lo sabíamos.

—Nadie recuerda con ese nivel de precisión eventos tan nimios a menos que los haya estado usando como piezas en un tablero —Ruaridh se inclinó sobre la mesa, apoyando los puños con fuerza—.

Gavin no ha improvisado esos nombres. Los tenía preparados.

Sabía exactamente qué clanes mencionar para desviar la atención hacia el exterior.

Ha dado demasiados detalles para alguien que supuestamente acaba de ver al asesino por primera vez.

Fergus entornó los ojos, asimilando la lógica de su señor.

—Quieres decir que se ha pasado de frenada.

—Exacto. La inocencia es vaga, Fergus. La culpabilidad bien construida es demasiado perfecta. Gavin acaba de darnos el mapa de sus propias mentiras. Sabe exactamente quiénes podrían haber enviado a este hombre porque él mismo ha creado el escenario para que parezca posible.

Ruaridh agarró una antorcha de la pared y se dirigió a la salida.

—¿Adónde vas? —quiso saber Fergus.

—A ver a Sìle. Gavin cree que ha ganado este asalto porque el clan murmura su nombre con respeto. Pero acaba de cometer el error de todo hombre que se cree más inteligente que el resto: ha hablado demasiado.

Al salir al corredor, Ruaridh sintió el aire frío del patio golpeándole la cara.

El castillo Drummond parecía una bestia dormida, pero él sabía que en sus entrañas el veneno de Brodie corría por cada conducto.

El consejero había dado su mejor actuación, una obra maestra de diplomacia y engaño, pero en su afán por ser el hombre más razonable de las Highlands, había dejado una huella que Ruaridh no pensaba ignorar.

Subió las escaleras hacia el ala norte con paso decidido.

Cada capítulo de aquella historia que Gavin intentaba escribir estaba a punto de ser reescrito con sangre.

Brodie pensaba que tenía al clan bajo su control, pero Ruaridh MacKenna acababa de comprender que la mayor debilidad de un mentiroso perfecto es, precisamente, su incapacidad para dejar un cabo suelto sin anudar.

Y en ese nudo, Ruaridh pensaba colgarlo.