15. FERGUS ENCUENTRA ALGO
La piedra del castillo Drummond nunca descansaba.
Transpiraba un frío húmedo que se filtraba por las suelas de las botas y se enroscaba en los huesos.
Fergus lo conocía bien. Llevaba doce años durmiendo con un ojo abierto en campamentos embarrados y fortalezas extranjeras, y aquel lugar no iba a ser la excepción.
El silencio del ala este no era paz; era una ausencia de ruido artificial, una calma forzada que le erizaba el vello de la nuca.
No recordaba la última vez que había dormido cuatro horas seguidas.
Se levantó del jergón sin hacer ruido, ajustándose el cinturón de cuero sobre la túnica de lana.
No necesitaba luz. Se movía por las sombras como una extensión de ellas.
Salir a patrullar no era una orden de Ruaridh, era un tic nervioso, una necesidad física de comprobar que los muros seguían donde debían.
Se deslizó por el corredor que conectaba las cocinas con el ala de invitados.
El aire olía a sebo quemado y a ceniza vieja.
Se detuvo en la esquina del pasillo principal, oculto por el saliente de un pilar de granito.
Al principio no fue un sonido lo que lo alertó, sino un cambio en la corriente de aire. Un desplazamiento mínimo.
Una silueta se recortó contra el final del corredor.
Fergus contuvo la respiración. El hombre no vestía los colores del clan MacKenna, pero se movía con una familiaridad inquietante, evitando las losas que sabía que crujían.
No era un guardia. Los guardias del castillo Drummond eran pesados y ruidosos; aquel individuo tenía la agilidad de una rata de alcantarilla.
Lo siguió a una distancia prudencial, pegado a la mampostería.
El intruso avanzaba hacia el ala norte, el territorio que Ruaridh había marcado como propio para custodiar a la viuda.
Fergus sintió un sabor amargo en la boca.
Sabía que aquella noche la vigilancia se había relajado por orden directa de Gavin Brodie, quien había enviado a dos de los hombres de confianza de Ruaridh a las puertas exteriores bajo el pretexto de una supuesta amenaza en los lindes del bosque.
El desconocido se detuvo frente al pasillo donde Ruaridh solía montar guardia. Ruaridh no estaba allí en ese instante preciso; Fergus sabía que su señor había bajado un momento a las caballerizas para comprobar un semental herido. El momento era perfecto. Demasiado perfecto.
El hombre se detuvo ante la puerta de la alcoba de Sìle. Fergus vio cómo sus manos buscaban algo entre los pliegues de su capa. Sacó un objeto pequeño, un frasco de vidrio oscuro que captó el último destello de la luna a través de una saetera.
Fergus no esperó a ver qué pensaba hacer con aquello.
Salió de la oscuridad con la velocidad de un depredador. No hubo gritos de guerra ni desafíos épicos. Fergus cayó sobre él antes de que el intruso pudiera reaccionar. Su brazo rodeó el cuello del hombre mientras su otra mano buscaba la muñeca que sostenía el vidrio.
La pelea fue sucia y muda. El intruso intentó zafarse clavando los talones en el suelo, buscando el puñal que llevaba en el muslo.
Fergus le propinó un cabezazo seco en la base del cráneo.
El sonido del impacto fue el de una piedra golpeando madera podrida.
El hombre se tambaleó, soltando el frasco, que Fergus atrapó en el aire con un reflejo puramente instintivo.
El intruso era fuerte, pero Fergus tenía la rabia de quien no ha dormido y la experiencia de mil refriegas de taberna.
Lo derribó contra las losas frías, aplastándole el pecho con la rodilla y retorciéndole el brazo derecho hasta que el hombro crujió.
El desconocido soltó un jadeo ahogado, el único sonido que escapó de su garganta antes de que Fergus le hundiera el codo en la mandíbula.
—Ni un ruido —masculló Fergus al oído del hombre—. O te vacío las entrañas aquí mismo y dejaré que Sìle Drummond limpie el estropicio por la mañana.
El hombre se quedó flácido, con la respiración entrecortada y los ojos desorbitados por el dolor.
Fergus sacó una cuerda delgada que siempre llevaba encima y le ató las manos a la espalda con una eficacia quirúrgica.
No se molestó en ser delicado. Tiró de los nudos hasta que la piel del intruso empezó a amoratarse.
Lo levantó del suelo como si fuera un saco de grano y lo arrastró hacia la pequeña cámara de guardia que Ruaridh usaba de despacho improvisado.
La puerta de Sìle permaneció cerrada. Fergus lanzó una mirada rápida hacia la madera; esperaba verla abrirse, esperaba la cara de la viuda asomando con un cuchillo, pero el silencio seguía mandando.
Ruaridh apareció en el corredor cinco minutos después. Sus botas resonaron con una cadencia pesada. Se detuvo al ver a Fergus apoyado en la puerta de la cámara, con la ropa manchada de polvo y los nudillos ensangrentados.
—¿Qué tenemos?
Ruaridh no parecía sorprendido. Tenía esa calma gélida que solo aparecía cuando la situación se volvía crítica.
—Una rata que no sabe dónde se mete —Fergus señaló con el pulgar hacia el interior—. Lo encontré husmeando en la puerta de la viuda. Traía esto.
Fergus le entregó el frasco oscuro. Ruaridh lo sostuvo ante la luz de una vela. Lo abrió con cuidado y lo olió. Un aroma dulzón, casi floral, impregnó el aire de la estancia.
—Acónito —dijo Ruaridh, volviendo a tapar el frasco—. Una dosis suficiente para que Sìle no volviera a despertarse. O para que alguien pudiera decir que el remordimiento la llevó a quitarse la vida antes de la ejecución.
Entraron en la cámara. El intruso estaba sentado en una silla de madera, con la cabeza gacha y un hilo de sangre corriéndole por la comisura de los labios. Ruaridh se acercó a él, ignorando la silla que Fergus le ofrecía. Se mantuvo de pie, su sombra proyectándose sobre el hombre como una condena.
—Levanta la vista.
El hombre no se movió. Ruaridh le agarró del cabello y le obligó a mirar hacia arriba. Era un rostro vulgar, el tipo de cara que se olvida en un minuto. No tenía cicatrices de guerra, solo la expresión de alguien que mata por necesidad, no por convicción.
—No eres de por aquí —observó Ruaridh, su voz bajando un octavo—. Tu capa es de lana del sur y tus manos no tienen los callos de un labrador de las Highlands. ¿Quién te ha enviado?
El hombre guardó silencio. Ruaridh le soltó el pelo y se alejó dos pasos, paseándose por la habitación con una parsimonia irritante.
—Fergus, ¿qué le hacemos a los que no hablan?
—Normalmente les quitamos cosas —Fergus empezó a juguetear con su daga—. Dedos, dientes, la esperanza de volver a ver el sol. Lo que prefieras.
—No voy a daros un nombre —el hombre habló por primera vez. Su voz era áspera, rota por el golpe en la mandíbula—. No porque sea leal. Es que no lo sé.
Ruaridh se detuvo en seco. Se giró hacia él, sus ojos entrecerrándose.
—Explícate.
—Nunca lo vi. Recibí una nota en una posada cerca de Stirling. Oro por adelantado y la promesa de doblar la cantidad si la viuda moría antes del amanecer de mañana. Las instrucciones eran claras. Debía entrar por el pasaje de las cocinas, el que tiene la reja oxidada que nunca cierran.
Ruaridh intercambió una mirada con Fergus. El pasaje de las cocinas era una de las rutas internas que solo alguien que vivía en el castillo conocía en detalle. Un extraño jamás habría dado con él sin indicaciones precisas.
—¿Cómo sabías dónde dejar el oro si el trabajo se cumplía? —preguntó Ruaridh.
—Debía dejar una marca en la poterna y recoger el resto bajo una piedra específica en el patio. Una piedra plana, cerca del pozo viejo, la que tiene una marca en forma de cruz.
Ruaridh sintió un frío más intenso que el de la piedra del muro. Se acercó de nuevo al intruso, esta vez invadiendo su espacio vital, obligándole a sentir el calor de su propia rabia.
—Dame una descripción de quién te dejó las notas. Algo. Cualquier detalle.
—No hubo encuentros —el hombre tragó saliva, visiblemente aterrorizado por la proximidad de Ruaridh—. Solo papel y oro. Pero las notas... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Estaban escritas con una caligrafía impecable. El papel olía a sándalo. Como el despacho de un hombre importante.
Ruaridh cerró los ojos un instante. El sándalo. El aroma que impregnaba las ropas de Gavin Brodie, el olor que flotaba en la sala del consejo cada vez que el hombre razonable dictaba una sentencia con su voz de terciopelo.
—¿Algo más? —la voz de Ruaridh era un susurro peligroso.
—Dijo que no me preocupara por la guardia. Que el pasillo estaría despejado a esta hora. Y que si alguien me sorprendía, debía decir que era un enviado de los Drummond que venía a rescatarla para que el clan tuviera una excusa para asaltar el castillo de su familia después.
Ruaridh soltó un suspiro pesado. La trama era perfecta.
Si el asesino cumplía, Sìle moría y el caso se cerraba.
Si lo capturaban, la culpa caía sobre la familia de la viuda, justificando una guerra que le daría a Gavin el control absoluto sobre las fronteras.
Era una jugada maestra, calculada milímetro a milímetro.
—Llevátelo abajo —ordenó Ruaridh a Fergus sin apartar la vista del prisionero—. Enciérralo en las celdas más profundas. Que nadie lo vea. Si alguien pregunta, di que has capturado a un cazador furtivo.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Voy a comprobar esa piedra del patio.
Ruaridh salió de la cámara con el paso rápido. Cruzó el salón principal, donde las sombras parecían susurrar a su paso, y salió al aire gélido de la noche. El patio de armas estaba desierto. Solo el sonido lejano de un caballo inquieto en las cuadras rompía la quietud.
Se dirigió al pozo viejo. La nieve empezaba a cubrir el suelo con un manto fino y blanco.
Buscó la piedra que el hombre había descrito.
No le costó encontrarla. Estaba allí, junto al brocal de piedra, una losa plana marcada con una cruz rústica que pasaría desapercibida para cualquiera que no la buscara específicamente.
Ruaridh se arrodilló, hundiendo los dedos en el barro helado bajo el borde de la losa. Hizo palanca. La piedra cedió con un gemido sordo.
Debajo, envuelta en un trozo de tela encerada, encontró una bolsa de cuero pequeña. Al abrirla, el brillo de las monedas de oro fue insultante. Pero no fue el dinero lo que le heló la sangre. Fue un trozo de pergamino que acompañaba al oro.
La letra era elegante, de trazos largos y decididos. No contenía un nombre, solo tres palabras que lo cambiaban todo:
"Asegúrate de ella."
Ruaridh apretó el pergamino en su puño. Conocía esa letra. La había visto en las cuentas del clan, en los registros de nacimiento y en las sentencias de muerte que su hermano firmaba siguiendo el consejo del hombre que siempre estaba a su lado.
Sintió una presencia a sus espaldas antes de oírla. Se puso en pie de un salto, con la mano en la empuñadura de su espada, pero se detuvo al ver a la figura que se aproximaba.
Era Sìle. Vestía una túnica oscura y llevaba una capa echada sobre los hombros. Sus ojos eran dos pozos de sospecha en la penumbra del patio.
—¿Qué haces aquí fuera a estas horas, MacKenna? —su voz era un cuchillo frío—. ¿Buscando tesoros bajo las piedras o escondiendo pruebas antes de que amanezca?
Ruaridh no respondió de inmediato. Guardó el pergamino en su jubón y caminó hacia ella. Se detuvo a menos de un paso, obligándola a levantar la vista. El viento le azotó la cara, trayendo el aroma del brezo y la nieve.
—Acaban de intentar matarte de nuevo, Sìle. —Ruaridh no suavizó el tono—. Un hombre ha llegado hasta tu puerta con acónito suficiente para dormir a un regimiento.
Ella no parpadeó. No hubo rastro de miedo en su rostro, solo una amargura que parecía tallada en mármol.
—¿Y quién lo ha detenido? ¿Tú, mientras revisabas los cascos de tus caballos, o Fergus, que es el único en este castillo que realmente tiene los ojos abiertos?
—Fergus lo tiene. Está en las celdas.
Sìle soltó una risa seca, un sonido que se perdió en el viento del norte.
—¿Y qué esperas encontrar bajo esta piedra? ¿El permiso de Gavin para sentirte culpable?
Ruaridh la agarró del brazo, una presa firme que buscaba detener su cinismo.
—He encontrado oro. Y una orden escrita.
Sìle se zafó con un movimiento brusco. Su mirada se clavó en la piedra removida.
—Gavin no usa el oro del clan para estas cosas, Ruaridh. Usa el miedo. Si ha usado oro, es porque tiene prisa. Y si tiene prisa, es porque tú te estás convirtiendo en un problema mayor de lo que él esperaba.
—Él sabe quién soy. He vivido quince años bajo el mismo techo que ese hombre antes de irme a las guerras. —Ruaridh se pasó una mano por el rostro, notando el cansancio acumulado—. Conoce cada rincón de este castillo, cada piedra, cada pasadizo.
—Ese es el problema —Sìle se acercó a él, su voz bajando de tono hasta convertirse en un susurro cargado de ponzoña—.
Él conoce el castillo. Tú solo conoces la leyenda que te contaron cuando eras un niño.
Gavin no quiere justicia para tu hermano.
Quiere que este lugar sea un mausoleo donde él sea el único que tenga las llaves.
Ruaridh la miró, y por primera vez en muchos días, no vio a la viuda acusada, ni a la asesina potencial. Vio a una mujer que había estado viviendo en el corazón del incendio mientras él estaba fuera, una mujer que entendía la naturaleza del monstruo mucho mejor que él.
—Vuelve adentro —dijo Ruaridh, su tono perdiendo parte de su aspereza—. Fergus se quedará en tu puerta. Yo voy a tener otra charla con nuestro invitado.
—¿Crees que te dirá algo que no sepas ya? —Sìle empezó a caminar hacia la entrada del ala norte—. Gavin no deja cabos sueltos que puedan hablar. Si ese hombre está vivo, es porque todavía es útil para alguna mentira que aún no has oído.
Ella desapareció por el umbral, dejándolo solo con el oro, el pergamino y la certeza de que el enemigo ya no estaba preparando el ataque. El ataque ya había comenzado, y Ruaridh MacKenna estaba caminando directamente hacia el centro de la trampa.
Miró de nuevo hacia la torre de Gavin. Una única luz brillaba en la ventana más alta.
El consejero estaba despierto, calculando su próximo movimiento, esperando a que el mercenario que él mismo había convocado cumpliera con su destino o fuera devorado por las sombras que habitaban el castillo Drummond.
Ruaridh escupió al suelo y apretó el pergamino dentro de su ropa. Ya no buscaba pruebas para una ejecución. Buscaba el modo de que el hombre de la torre cayera desde lo más alto, aunque tuviera que arrastrar consigo los cimientos del clan entero.
Regresó al interior, donde el silencio de la piedra le recibió como una advertencia. El juego de sombras había terminado. Ahora era una guerra de desgaste, y Ruaridh MacKenna sabía que, en las Highlands, el que más aguanta sin parpadear suele ser el que termina enterrando al resto.