14. LO QUE VIO PADRE CORMAC
El aire de la capilla pesaba más que el granito de los muros.
Olía a cera vieja, a humedad estancada y a ese aroma metálico que desprende la culpa cuando se deja fermentar en la oscuridad.
Sìle cruzó el umbral con el sigilo de quien sabe que cada baldosa puede actuar como un delator.
Sus faldas de lana rozaron las piedras, provocando un siseo que compitió con el ulular del viento contra las vidrieras opacas.
Al fondo, junto al altar de madera carcomida, una silueta encorvada permanecía inmóvil.
El Padre Cormac estaba arrodillado sobre un reclinatorio que crujía con cada uno de sus temblores.
Sus dedos, que parecían sarmientos secos, se aferraban a un rosario de madera con una fuerza innecesaria.
No rezaba en voz alta. Solo el murmullo de su respiración asmática interrumpía la quietud del recinto sagrado.
Sìle se detuvo a tres pasos de él. El frío le subía por las piernas, pero se mantuvo firme.
—Tengo tiempo ahora, Padre.
Cormac no se movió. El silencio se estiró durante diez segundos que parecieron horas talladas en hielo.
Una gota de sudor le resbaló al anciano por la nuca, perdiéndose en el cuello de su hábito raído.
Por fin, soltó un suspiro que sonó como un quejido de agonía y giró la cabeza con una lentitud penosa.
Sus ojos, nublados por las cataratas y el miedo, buscaron el rostro de la viuda.
—No deberías estar aquí, hija. Las sombras tienen oídos y Gavin... Gavin es un hombre de mucha fe en los oídos ajenos.
—Gavin está ocupado en la torre del consejo revisando los diezmos con los ancianos del clan.
Ruaridh vigila la puerta de la poterna. Nadie nos ve.
—Sìle se inclinó hacia él, invadiendo ese espacio cargado de incienso rancio—.
Iba a decirme algo en el pasillo antes de que él apareciera. Dígalo ahora.
El cura se santiguó con un gesto espasmódico. Sus labios temblaban, dejando escapar un rictus de terror contenido. Se puso en pie apoyándose en el altar, con los huesos de las rodillas chasqueando de forma audible en el vacío de la nave.
—Aquella noche... —comenzó, su voz apenas un hilo de seda a punto de romperse—.
La noche en que tu esposo, que en paz descanse, exhaló su último aliento.
El castillo era un hervidero de risas y vino.
Gavin y el laird cenaban solos en el pequeño salón.
Yo estaba en la sacristía organizando las velas para la misa del alba.
Sìle no parpadeaba. Sentía el latido de su propio corazón en las puntas de los dedos. Cormac se acercó a ella, reduciendo la distancia hasta que su aliento agrio la alcanzó.
—Vi al laird salir del salón. Caminaba con paso errático, como si el suelo se hubiera vuelto de barro.
Se dirigía a vuestros aposentos. Gavin salió detrás de él, pero no lo siguió.
Se quedó en el rellano, observando cómo tu marido se apoyaba en los muros para no caer.
—El anciano cerró los ojos, como si la imagen le quemara las retinas—.
Gavin volvió al salón a los pocos segundos.
Pero regresó al pasillo veinte minutos después.
Estaba solo. No sabía que yo lo observaba tras la rendija de la puerta de roble.
Tenía algo en la mano. Un frasco pequeño, oscuro.
Lo guardó en el doble fondo de su jubón con una rapidez que no era propia de un hombre que no tiene nada que ocultar.
Cuando notó que un sirviente se acercaba por el otro extremo, compuso su rostro y se convirtió en la imagen misma de la preocupación.
Sìle sintió una punzada de frío en el estómago.
—¿Y por qué no dijo nada cuando Ruaridh llegó? ¿Por qué dejó que me encerraran en el ala norte como a un animal de matadero?
Cormac bajó la cabeza. Un sollozo seco le sacudió los hombros.
—Porque soy un cobarde, Sìle. Porque Gavin me miró a los ojos al día siguiente y me preguntó si yo también creía que habías sido tú.
No era una pregunta. Era un recordatorio.
Me recordó que la iglesia necesita el oro del clan para los tejados.
Me recordó que un hombre de mi edad no sobrevive a un invierno en las montañas si se le retira el calor del hogar.
Elegí el silencio para salvar mi pellejo mientras tú te pudrías en esa torre.
La rabia de Sìle no fue un estallido, sino una marea negra y lenta. Observó al anciano que tenía delante, un hombre que representaba a Dios y que había vendido su alma por un saco de carbón y una sopa caliente.
—Esa cobardía casi me cuesta la cabeza, Padre. —Su voz era un látigo de seda—. Pero aún puede redimirse. Cuéntele esto a Ruaridh. Exactamente como me lo ha contado a mí. Dígaselo esta noche.
Cormac la miró con una mezcla de esperanza y agonía. Agarró las manos de Sìle entre las suyas; estaban gélidas y sudorosas.
—¿Crees que él me creerá? Soy un viejo que confunde los salmos con los nombres de los santos.
—Ruaridh busca una grieta en la perfección de Gavin. Usted es esa grieta. Vaya a verlo cuando el sol desaparezca tras el risco. Él lo escuchará.
El cura asintió con un vigor frenético. Sus dedos se clavaron en la piel de la viuda.
—Lo haré. Lo haré antes de que el valor se me escape por las costuras del hábito. Esta noche hablaré con el MacKenna.
Sìle se soltó del agarre del anciano. No sentía compasión por él, solo una urgencia utilitaria.
El Padre Cormac era el cabo suelto que Gavin no había logrado anudar del todo, y ella pensaba tirar de él hasta que el nudo se deshiciera.
Salió de la capilla sin mirar atrás, dejando al hombre pequeño y encogido ante su altar de sombras.
Al cruzar el patio, notó que la temperatura había caído en picado. La nieve empezaba a cubrir las almenas con un sudario blanco. Subió hacia el ala norte, esquivando a un grupo de guardias que la observaron con esa mezcla de desprecio y lujuria que se había vuelto su atmósfera cotidiana.
En el corredor, Ruaridh estaba apoyado contra la piedra, con los brazos cruzados y la mirada fija en el final de la escalera. Al verla, se enderezó. Sus pupilas se dilataron un milímetro, una reacción instintiva que no pasó desapercibida para ella.
—Has tardado. —La voz de Ruaridh vibró en el espacio estrecho.
—La redención lleva su tiempo, MacKenna.
—Sìle pasó junto a él, rozando deliberadamente su capa con el hombro.
Se detuvo ante la puerta de su alcoba—. El Padre Cormac vendrá a verte esta noche.
No lo espantes con tu humor de guerra. Tiene algo que decirte sobre lo que Gavin guardaba en su jubón mientras mi marido moría.
Ruaridh la agarró de la muñeca. Su tacto fue una descarga de calor que la hizo estremecerse.
—¿Qué vio exactamente?
—Deja que te lo cuente él. Necesita sentir que todavía tiene algo de dignidad para que las palabras salgan. No le presiones demasiado.
—Si ese viejo miente para salvarte, lo sabré. —Él no soltaba su muñeca. Su pulgar rozó la parte interna de su brazo, un gesto que no era de vigilancia, sino de algo mucho más peligroso.
—No miente. Tiene demasiado miedo al infierno como para inventar un pecado nuevo. —Sìle lo miró a los ojos. Estaban tan cerca que podía contar las motas de ámbar en sus iris—. Esta noche el castillo empezará a sangrar la verdad, Ruaridh. Asegúrate de estar ahí para recogerla.
Él la soltó, pero su mirada permaneció anclada en ella hasta que Sìle cerró la puerta y echó el cerrojo.
Mientras tanto, en las profundidades del ala oeste, el Padre Cormac regresaba a sus aposentos privados.
Era una estancia austera, amueblada solo con una cama estrecha, un escritorio y un crucifijo de hierro.
El anciano se sentó a la orilla del jergón, frotándose las manos para recuperar el calor.
Su corazón galopaba contra las costillas, un tambor sordo que le recordaba que estaba vivo por pura inercia.
Encendió una vela pequeña. La llama bailó bajo una corriente de aire invisible. Cormac se fijó entonces en su escritorio. No recordaba haber dejado nada allí.
Sobre la madera oscura descansaba una botella de cristal tallado.
El líquido en su interior era del color del ámbar quemado, denso y brillante bajo la luz de la vela.
El cura se acercó, arrastrando los pies.
No había nota. No había nombre. Pero el aroma que emanaba del tapón de corcho, incluso sin abrirlo, era inconfundible.
Era el whisky de reserva de la bodega privada del laird.
El mismo que Gavin Brodie servía solo en las ocasiones en las que necesitaba que un hombre se sintiera importante y valorado.
Cormac alargó una mano temblorosa y tocó el cristal frío. La botella parecía vibrar bajo sus dedos, como un animal al acecho. No era un regalo. Era un mensaje de cristal y fuego. Gavin sabía que él había hablado con Sìle. Gavin sabía que la lealtad del cura estaba en oferta.
El anciano miró la botella durante un tiempo que no supo medir.
El deseo de ahogar el miedo en ese líquido dorado compitió con la promesa que le había hecho a la viuda.
Imaginó el calor bajándole por la garganta, borrando las imágenes del salón, borrando el rostro de Gavin Brodie y su sonrisa impecable.
Se sentó en la silla de madera, con la mirada fija en la botella. El silencio del cuarto se volvió opresivo. Afuera, la nieve seguía cayendo, borrando las huellas en el patio, borrando los caminos de escape.
Ruaridh MacKenna esperó en su puesto durante horas.
El pasillo se sumergió en la oscuridad más absoluta.
Solo el crujido ocasional de la madera o el silbido del viento rompían la monotonía.
Esperó al cura, repasando mentalmente las preguntas que le lanzaría, visualizando la expresión de Gavin cuando lo enfrentara con un testigo real.
Pero el Padre Cormac no apareció.
La medianoche pasó sin que una sola sombra cruzara el umbral del ala norte. Ruaridh apretó los puños hasta que los nudillos le blanquearon. Miró la puerta de Sìle, sintiendo una punzada de frustración que sabía a hiel.
En su habitación, el Padre Cormac permanecía sentado frente al escritorio.
La botella seguía cerrada. La vela se había consumido por completo, dejando tras de sí un rastro de cera fría y una oscuridad que olía a derrota.
El anciano no se movió. Tenía la vista clavada en el vacío, entendiendo por fin que en el castillo Drummond, la verdad no era algo que se pudiera contar.
Era algo que se podía embotellar, etiquetar y usar para comprar el alma de un hombre que ya no tenía fuerzas para seguir luchando contra la corriente.