13. EL PATIO
El aire estancado de la alcoba se le pegaba a la piel como una mortaja de seda.
Sìle se apartó de la ventana de la torre, donde el cristal esmerilado solo le devolvía una visión deformada del mundo, y encaró la puerta.
Ruaridh estaba allí, como siempre, una sombra masiva recortada contra el gris del corredor.
No necesitaba verlo para sentir la vibración de su presencia; el castillo entero parecía latir al ritmo de sus botas sobre el granito.
—Abre.
Él ni siquiera se movió. El metal de su coraza devolvió un reflejo frío bajo la luz de las antorchas que agonizaban en las paredes.
—No es el momento, Sìle. El clan está en el salón. Hay demasiados ojos.
—Llevo ocho meses contando las grietas de este techo.
Si paso un minuto más bajo este artesonado, terminaré por olvidar qué forma tiene el horizonte.
—Ella se acercó hasta que la punta de sus zapatos rozó la bota de cuero de Ruaridh.
El calor que emanaba de él era una bofetada de realidad—.
Necesito aire. Aire de verdad, no este veneno que exhalan las antorchas.
—He dicho que no.
Sìle no retrocedió. No vaciló. Deslizó la mano hacia el pesado pestillo de hierro, sus dedos pálidos temblando ligeramente por la urgencia, y tiró. La puerta crujió, quejándose por el abandono de sus bisagras, y ella pasó por el hueco sin esperar permiso.
Ruaridh la agarró del brazo, una presa de hierro que no buscaba herir, sino anclar. Su tacto atravesó la lana de la manga como un incendio forestal. Ella se giró, con la mandíbula tensa y los ojos encendidos por una rabia que ya no era defensiva, sino un reclamo de soberanía sobre su propio cuerpo.
—¿Vas a arrastrarme de vuelta como a una res, MacKenna? Hazlo. Que todo el patio vea cómo el gran guerrero de la Corona necesita usar la fuerza para someter a una mujer que solo busca ver el cielo.
Él soltó el brazo, pero no se apartó. Sus pupilas eran dos pozos de obsidiana en los que Sìle veía reflejada su propia desesperación.
—Te matarán antes de que llegues a las caballerizas si te ven sola.
—Entonces no me dejes sola.
Sìle echó a andar. Sus pasos eran rápidos, rítmicos, el sonido de sus faldas rozando el suelo de piedra era el único aviso de su avance. Bajó la escalera de caracol, donde la oscuridad olía a humedad y a siglos de secretos enterrados, y salió al patio de armas.
El impacto del frío exterior fue violento.
El viento de las Highlands descendió de las cumbres como un filo de acero, cortándole el aliento, pero ella abrió los brazos, permitiendo que la escarcha le quemara las mejillas.
Ruaridh apareció tras ella, una presencia constante, dos pasos por detrás, su mano apoyada con naturalidad en el pomo de la espada.
El patio, habitualmente un hervidero de actividad, pareció congelarse.
Un mozo que transportaba un cubo de agua se detuvo en seco, dejando que el líquido se desbordara sobre sus pies.
En el adarve, los guardias apoyaron las manos en las almenas, susurrantes, sus voces perdiéndose en el silbido del viento.
No era el silencio del respeto, sino la quietud de una herida que vuelve a abrirse.
Sìle caminó hacia el centro del recinto, fingiendo que no sentía la presión de cien miradas clavadas en su nuca.
Fingiendo que no sabía que, en lo alto de la torre del consejo, una silueta elegante permanecía inmóvil tras el ventanal.
Gavin Brodie estaba allí. Podía sentir su vigilancia como un peso físico, una cuerda invisible que intentaba tirar de ella para devolverla a la oscuridad.
—Me odian —dijo Sìle, su voz apenas un susurro que el viento se llevó hacia las cuadras—. Les han dado un cadáver y un culpable. Ahora solo esperan el espectáculo.
Ruaridh no dejó de caminar. Su mirada escaneaba cada saetera, cada esquina sombría del patio.
—El odio es una emoción barata. Es más fácil culpar a una mujer que admitir que el enemigo dormía en su propia mesa.
Sìle se detuvo junto al pozo central. La piedra estaba cubierta de una capa de hielo que brillaba como plata vieja. Se giró para observar a Ruaridh. Él no la miraba a ella; su atención estaba puesta en un grupo de hombres que afilaban hachas cerca de la herrería.
—Tu hermano no era el hombre que tú crees —soltó ella de repente. No había amargura en su tono, solo una verdad descarnada, desprovista de los adornos de la viudedad—. Ni el héroe que el clan recuerda, ni el monstruo que yo imaginé al principio.
Ruaridh fijó sus ojos en ella. El viento le revolvió el cabello oscuro, dándole un aspecto salvaje que las paredes del castillo no lograban domesticar.
—Era mi sangre.
—Y era mi marido. —Sìle soltó una risa seca, un sonido que se rompió contra el granito—.
El matrimonio fue un contrato redactado en pergamino podrido.
Mi padre necesitaba vuestras tierras y vuestro apellido; vuestro laird necesitaba una mujer que no hiciera demasiadas preguntas.
No hubo romance, Ruaridh. Ni siquiera hubo una decepción dramática. Fue un intercambio de silencios.
Él se acercó un paso, invadiendo su burbuja de aire helado. La diferencia de altura obligaba a Sìle a inclinar la cabeza, exponiendo la línea pálida de su cuello.
—¿Me estás diciendo que no lo querías?
—Te estoy diciendo que el amor es un lujo que las mujeres Drummond no nos podemos permitir.
—Ella apoyó la mano en el borde del pozo, desafiando el frío del metal—.
Él tampoco me quería a mí. Cumplió con su parte del contrato con la misma desgana con la que un labrador ara un campo yermo.
Me trataba como a un mueble costoso que no terminaba de encajar en su salón.
Al principio dolió. Después, se convirtió en una rutina cómoda.
Cenábamos en silencio, dormíamos en silencio y nos levantábamos fingiendo que no éramos dos extraños compartiendo una alcoba.
Ruaridh la estudió con una intensidad que le hizo arder la piel. No buscaba una mentira en sus palabras; buscaba la grieta en su armadura.
—Entonces, ¿por qué te quedaste? Conozco las rutas de escape de este valle. Podrías haber desaparecido.
—¿Y a dónde habría ido? ¿A casa de mi padre para que me vendiera a otro clan por un puñado de ovejas?
—Sìle se apartó del pozo y empezó a caminar hacia el límite del patio, donde el muro se abría hacia el precipicio—.
Aquí, al menos, sabía dónde estaban las trampas.
Fuera, el mundo es demasiado grande para alguien que no tiene un apellido que la proteja.
El clan los observaba. La viuda y el ejecutor, caminando juntos como si el aire no estuviera saturado de sospechas de adulterio y traición. Sìle vio a Agnes salir de la cocina con un trapo al hombro; la cocinera no se detuvo, pero su mirada fue un mensaje claro: "Cuidado".
—No me juzgas —observó Sìle, deteniéndose ante la inmensidad del valle que se extendía bajo el castillo. Las sombras de las nubes corrían sobre el brezo como ejércitos fantasmales—. Esperaba que me gritaras por deshonrar la memoria de tu hermano. Esperaba que me llamaras ramera o desgradecida.
—He visto hombres morir por banderas que no conocían y por mujeres que no los amaban.
La verdad suele ser mucho más sucia que las baladas que cantan los bardos.
—Ruaridh se colocó a su lado, sus hombros casi rozándose.
Era un muro contra el viento—. Mi hermano era un MacKenna, pero eso no lo hacía santo.
Sìle sintió una extraña ligereza en el pecho. Por primera vez en meses, la presión de la mentira no le oprimía las costillas. Hablar con Ruaridh era como caminar sobre el filo de una navaja: peligroso, pero de una claridad absoluta.
—Gavin Brodie solía decirme que mi actitud era mi mayor pecado.
—Ella giró la cabeza para mirar a Ruaridh.
La punta de su nariz estaba roja por el frío y sus pestañas tenían pequeñas gotas de humedad—.
Decía que una mujer sin afecto es una mujer sin alma.
Pero él siempre estaba ahí, ¿sabes? Observando.
Ofreciendo una amabilidad que sabía a hierro.
—Gavin es un coleccionista de debilidades. Y creyó que tu soledad era una de ellas.
—Se equivocó. Mi soledad es mi única fortaleza.
Ruaridh alargó la mano, como si fuera a apartarle un mechón de pelo que el viento le había pegado a la mejilla, pero se detuvo a medio camino.
El gesto, incompleto, cargó el aire de una tensión eléctrica que ni siquiera el frío de las Highlands podía disipar.
Sus dedos se cerraron en un puño y volvieron a su costado.
—Tenemos que entrar. El sol está bajando y el ambiente se está volviendo demasiado pesado incluso para ti.
Sìle asintió. No necesitaba mirar hacia arriba para saber que Gavin seguía en la torre, analizando cada micro-gesto, cada sombra de contacto. El paseo no había sido una tregua; había sido una declaración de guerra ante todo el clan.
Regresaron al interior, cruzando el umbral donde el olor a humo y a sebo los recibió como una bofetada. El pasillo principal estaba sumido en una penumbra naranja, las antorchas proyectando sombras alargadas que parecían garras en las paredes.
De entre las sombras de un nicho lateral, una figura encorvada emergió con la brusquedad de un aparecido.
El Padre Cormac, con sus ropajes raídos y un temblor en las manos que no era producto de la edad, se interpuso en su camino.
Sus ojos pequeños y acuosos saltaban de Sìle a Ruaridh con una desesperación contenida.
—Hija mía... —Su voz era un hilo de seda a punto de romperse—. Llevo semanas buscando el momento. La confesión no basta cuando el pecado tiene dientes tan largos.
Ruaridh dio un paso al frente, interponiéndose entre el cura y Sìle, su mano volviendo de nuevo a la espada.
—Hable rápido, Padre. No es sitio para sermones.
Cormac agarró la manga de Sìle con dedos que se sentían como ramas secas. Su aliento olía a vino barato y a miedo rancio.
—La noche que el laird murió... —susurró el anciano, acercándose tanto que Sìle pudo ver las venas rotas en sus mejillas—.
Yo estaba en la capilla pequeña, la que da al jardín de invierno.
Vi algo. Algo que no debería haber estado allí.
Vi a un hombre salir de la habitación de su esposo antes de que se diera la alarma. No era un extraño, Ruaridh. Era...
El sonido de unas botas elegantes resonó al final del pasillo. Un paso firme, rítmico, que borraba cualquier otro ruido. Gavin Brodie apareció desde la oscuridad, su silueta perfectamente alineada, su rostro mostrando esa serenidad impecable que Sìle había aprendido a odiar.
El Padre Cormac se quedó rígido. Soltó la manga de Sìle como si quemara y dio un paso atrás, ocultando las manos en sus hábitos. Su rostro, antes encendido por la urgencia, se volvió una máscara de sumisión aterrorizada.
—Gavin —dijo Ruaridh, su voz bajando un octavo, convirtiéndose en una advertencia—. Siempre apareces cuando la conversación se vuelve interesante.
Brodie sonrió. Fue una expresión mínima, una ligera curvatura de labios que no llegó a sus ojos.
—Me aseguro de que el Padre Cormac no descuide sus deberes. La edad le juega malas pasadas a su mente, Ruaridh. A veces confunde los sueños con los recuerdos del pasado. —Gavin se acercó hasta quedar a pocos pasos del grupo—. ¿No es así, Padre?
El cura bajó la cabeza, su barbilla temblando contra el pecho.
—Sí... sí, por supuesto. El cansancio, las vigilias... mis disculpas.
Cormac lanzó una mirada fugaz a Sìle, una chispa de arrepentimiento que se apagó al instante bajo la vigilancia de Gavin.
—Ya habrá tiempo para charlar, Sìle. —Gavin hizo una inclinación de cabeza perfecta, pero sus ojos eran dos dagas de hielo clavadas en ella—.
La noche es larga y el castillo tiene oídos en cada piedra.
No deje que el aire del patio le confunda los sentidos.
Padre, acompáñeme. Tenemos que discutir los diezmos de la próxima cosecha.
El consejero se dio la vuelta, y el Padre Cormac lo siguió como un perro apaleado, su figura encorvada desapareciendo tras la elegancia impecable de Gavin.
Sìle se quedó inmóvil, sintiendo que el aire que acababa de respirar en el patio se le volvía plomo en los pulmones. Se giró hacia Ruaridh. Él tenía la mandíbula tan apretada que los músculos del cuello se le marcaban como cuerdas tensas.
—Iba a hablar —susurró ella, su mano buscando inconscientemente el brazo de Ruaridh—. Por fin iba a hablar.
—Lo sé. —Él la miró, y por primera vez no hubo sospecha ni distancia en sus ojos, sino una complicidad forjada en la sombra del peligro—. Pero Gavin acaba de confirmarnos algo.
—¿El qué?
—Que el miedo es lo único que mantiene este castillo en pie. Y que Cormac sabe exactamente qué mano sujetó el veneno.
Ruaridh la agarró del hombro y la empujó suavemente hacia el ala norte. Ya no era el verdugo escoltando a su presa; era el guerrero protegiendo el único flanco que le importaba.
Sìle entró en su alcoba y escuchó el estruendo del pestillo al cerrarse.
Se acercó a la ventana y pegó la frente al cristal frío.
Abajo, en el patio, las antorchas empezaban a encenderse, pero la oscuridad que se cernía sobre el castillo Drummond no tenía nada que ver con la falta de luz.
Era una sombra viva, una red que Gavin Brodie seguía tejiendo, y ella acababa de entender que el aire que tanto había ansiado respirar era, en realidad, el preludio de una tormenta que amenazaba con borrarlos a todos del mapa.