LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 12. RUMORES
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12. RUMORES

El vaho que ascendía de la olla de gachas pesaba tanto como el silencio en la cocina.

Agnes removía el contenido con una cuchara de madera larga, un movimiento rítmico que parecía acompasado con el latido de la piedra del castillo.

Sìle estaba sentada frente a la mesa de roble, con los dedos entrelazados alrededor de una taza de hierro fría.

No había probado bocado. El aire en el ala norte se había vuelto denso, cargado de una electricidad que no procedía de las tormentas de las Highlands, sino de los ojos que la seguían cada vez que cruzaba el patio bajo la sombra de Ruaridh MacKenna.

—Dicen que el laird ha encontrado un consuelo mejor que la justicia entre tus sábanas.

Agnes no levantó la vista del guiso. Su voz era un roce áspero, carente de juicio pero cargada de una advertencia que heló la sangre de Sìle.

La cuchara que Sìle sostenía golpeó la mesa con un chasquido metálico. El sonido reverberó en las vigas del techo.

—¿Quién lo dice?

—Todos. —Agnes dejó de remover y la miró de frente.

Sus ojos, rodeados de arrugas profundas, eran dos pozos de realismo brutal—.

Lo dicen los mozos de cuadra mientras limpian el estiércol, lo dicen las lavanderas en el río y lo dicen los guardias que ven a Ruaridh dormir en tu pasillo como si fuera un perro guardián que espera su hueso.

Creen que la viuda ha envenenado al segundo hermano con algo más dulce que el arsénico.

Sìle sintió que el estómago se le cerraba. La acusación no era nueva en su forma, pero el matiz había cambiado. Ya no era solo la asesina; ahora era la seductora que corrompía el linaje desde dentro.

—Ruaridh duerme ahí porque no confía en la seguridad de este nido de ratas —replicó Sìle, aunque su propia voz le sonó poco convincente—. Si quisiera mi cama, no necesitaría pasar frío en las losas.

—A los hombres les gusta la caza tanto como la presa —Agnes volvió a su tarea, restando importancia al estallido—. Y a este clan le gusta una historia sucia para justificar lo que quieren hacerte. Gavin Brodie no está deteniendo los rumores. Los está dejando crecer como el musgo en la cara norte.

Sìle se puso en pie. El hambre había desaparecido, sustituida por una náusea gélida.

Salió de la cocina sin despedirse, sintiendo el peso de las vigas sobre sus hombros.

Al cruzar el patio hacia las escaleras, notó que el ritmo del trabajo se alteraba a su paso.

Las conversaciones se cortaban en seco. Las miradas se desviaban, pero no por respeto, sino por una curiosidad lasciva que le ensuciaba la piel.

En los establos, Ruaridh revisaba los cascos de su semental. Fergus estaba a su lado, afilando un puñal con una piedra de aceite. El sonido metálico era lo único que rompía la quietud del recinto.

—Dicen que has cambiado la soga por el encaje, Ruaridh.

Fergus lanzó la frase con una neutralidad absoluta, sin apartar la vista del filo.

Ruaridh no dejó de inspeccionar la pata del caballo. Su espalda era una cordillera de músculos tensos bajo la lana.

—¿Eso dicen?

—Y más. Dicen que por eso todavía no hay una ejecución.

Que estás esperando a que se agote la mercancía antes de entregarla al verdugo.

—Fergus escupió a un lado—. Gavin ha preguntado por qué pasas tantas noches en el ala norte.

Dice que le preocupa tu descanso. Y tu reputación ante los ancianos del clan.

Ruaridh soltó la pata del animal y se enderezó. Sus ojos oscuros, habituados a buscar enemigos en el barro de las trincheras, se clavaron en su hombre. No había rastro de indignación en su rostro, ni la furia que Fergus esperaba encontrar.

—Que hablen. —Ruaridh se limpió las manos en un trapo sucio—. Si el clan está ocupado contando mis supuestas horas de sueño, no estarán mirando hacia donde no deben. Mientras crean que mi juicio está nublado por lo que hay bajo el vestido de la viuda, bajarán la guardia.

Fergus detuvo el afilado. El puñal brilló bajo la luz escasa.

—¿Y Gavin?

—Gavin se sentirá seguro. Creerá que tiene un mercenario previsible al que puede manipular a través de sus instintos más básicos.

Un hombre que desea es un hombre fácil de dirigir.

O eso es lo que él piensa. —Ruaridh se ajustó el cinturón con un movimiento brusco—.

Si los rumores lo mantienen confiado y distraído, me resultan útiles.

—Útiles. —Fergus guardó el puñal en la vaina—. Claro. Que sean útiles.

No añadió nada más. No necesitaba hacerlo. La palabra flotó en el aire cargado de olor a paja y sudor animal, cargada de un subtexto que Ruaridh prefirió ignorar.

La cena de esa noche se celebró en el salón principal, bajo la mirada de los antepasados que colgaban de los muros.

La atmósfera era distinta a la de los días anteriores.

Ya no había un silencio tenso, sino un murmullo constante, un zumbido de avispas que se calmaba cada vez que Sìle o Ruaridh hacían un movimiento.

Gavin Brodie presidía un extremo de la mesa con su habitual elegancia. Su túnica de terciopelo verde oliva parecía absorber la luz de las antorchas. Sonreía con la calidez de un anfitrión perfecto, pero sus ojos no descansaban.

Sìle sentía que cada bocado de pan se le convertía en ceniza.

Ruaridh estaba sentado a su derecha, demasiado cerca, su presencia física actuando como un escudo y como una condena al mismo tiempo.

Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, la solidez de su hombro casi rozando el suyo.

En otro momento, esa proximidad le habría dado seguridad.

Ahora, bajo la lente de los rumores, cada centímetro de distancia reducida se sentía como una confesión pública.

Gavin levantó su copa, dirigiéndola hacia Ruaridh con un gesto que rebosaba cortesía.

—Te veo más integrado en la vida del castillo, Ruaridh. Me alegra que hayas encontrado razones para no marcharte tan pronto como planeabas.

La frase fue un dardo envuelto en seda. El murmullo del salón descendió de golpe.

—Este castillo tiene muchas capas de polvo, Gavin —respondió Ruaridh, sin levantar la vista de su plato—. Se tarda tiempo en ver lo que hay debajo. No querría dejar el trabajo a medias por culpa de la impaciencia.

—Por supuesto. La paciencia es una virtud que no siempre se aprecia en los soldados.

—Gavin desvió la mirada hacia Sìle. No había odio en su expresión, sino una curiosidad analítica que la hizo sentirse como un insecto bajo un cristal—.

¿Y tú, Sìle? ¿Estás cómoda con estos nuevos…

arreglos de seguridad? He oído que el laird se toma su tarea de vigilancia con una entrega absoluta.

Sìle apretó los dedos bajo la mesa, clavándose las uñas en las palmas. La "entrega absoluta" era el código para las noches en el pasillo.

—Mejor un vigilante que se muestra que un protector que se esconde, Gavin.

Brodie arqueó una ceja, asimilando el golpe sin perder la compostura.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una toxicidad que el clan bebía junto con el vino.

Los ancianos, sentados en las mesas laterales, intercambiaban miradas de complicidad.

Algunos hombres jóvenes reían en voz baja, cubriéndose la boca con las manos sucias.

Para ellos, la escena no era la de un laird investigando un crimen; era el prólogo de una conquista.

Sìle recorrió el salón con la vista. Vio a Agnes al fondo, junto a la puerta de las cocinas, observando la escena con los brazos cruzados. Vio a los guardias en las puertas, intercambiando guiños. Y entonces miró a Gavin.

El consejero no estaba cotilleando. No estaba disfrutando del escándalo como los demás.

Gavin la miraba fijamente, con una intensidad fría que le revolvió el estómago.

No era celos, ni indignación moral. Era el cálculo de un hombre que ve cómo una de sus piezas se mueve de forma imprevista y ya está diseñando la jugada para volver a capturarla.

Gavin no estaba dejando que los rumores se propagaran por descuido.

Los estaba alimentando, dándoles forma, convirtiendo la reputación de Ruaridh en ceniza para que, cuando llegara el momento de actuar, nadie cuestionara su caída.

Si Ruaridh MacKenna perdía la autoridad moral ante el clan, sus descubrimientos sobre la muerte del anterior laird perderían todo su peso.

Un amante no busca justicia; busca protección para su pecado.

Sìle comprendió entonces que los rumores no eran el problema de fondo. Eran el detonador de una trampa mayor que ya estaba lista para cerrarse.

Ruaridh se inclinó hacia ella para alcanzar la jarra de agua. Su brazo rozó el de ella, una presión firme y deliberada.

—No les des lo que buscan —susurró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo por encima del estrépito de los cubiertos—. No bajes la cabeza.

Sìle lo miró. Encontró en sus ojos una determinación que no conocía. Él sabía lo que estaban diciendo. Sabía que su nombre estaba siendo arrastrado por el barro junto al de ella, y no le importaba. O peor aún, lo estaba usando como escudo.

—Tú no entiendes —masculló ella, manteniendo la vista al frente—. Ellos ya han decidido el final. Esto solo les da una razón para disfrutar del proceso.

—Que disfruten. —Ruaridh se enderezó y bebió un largo trago de agua—. Los hombres que ríen demasiado fuerte no oyen cuando alguien se acerca por la espalda.

Gavin seguía observándolos. Su mano jugueteaba con el borde de su copa de plata, un movimiento inquietante por su precisión. Parecía estar cronometrando algo, esperando el momento exacto en que la presión social fuera tan insoportable que Ruaridh cometiera un error táctico.

La cena terminó con la misma pesadez con la que había comenzado. Mientras el clan se dispersaba hacia sus camas o hacia más barriles de cerveza, Ruaridh escoltó a Sìle hacia el ala norte. El trayecto por los pasillos fue un desfile de sombras y susurros que se apagaban a su paso.

Al llegar a la puerta de su alcoba, Sìle se detuvo. No entró de inmediato. Se giró hacia él, su rostro esculpido por la luz vacilante de la antorcha del corredor.

—Gavin no está cotilleando, Ruaridh. Está calculando el peso de tu cabeza.

—Lo sé. —Ruaridh se apoyó contra el muro, en su puesto habitual—. Cree que los rumores te han convertido en mi debilidad. Cree que si destruye tu honor, me destruye a mí.

—¿Y no es así? —Sìle dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal.

Podía oler el cuero y el aire frío de los establos que aún se aferraba a su ropa—.

Si el clan deja de respetarte, tu palabra no valdrá nada cuando intentes acusar a Gavin.

Serás solo el mercenario que se dejó engañar por la viuda negra.

Ruaridh acortó la distancia. Sus ojos descendieron un instante hacia sus labios antes de volver a clavarse en los de ella con una intensidad que la hizo retroceder mentalmente.

—Gavin olvida un detalle —dijo él, su voz vibrando en el estrecho pasillo—.

Yo nunca he vivido del respeto del clan.

He vivido de mi capacidad para sobrevivir a los que intentaban matarme.

Si quieren pensar que soy tu amante, que lo piensen.

Me da una excusa perfecta para no apartarme de esta puerta ni un solo minuto.

Sìle sintió una punzada de algo que no era miedo, ni desprecio. Era una atracción peligrosa que se alimentaba del mismo barro que los rumores.

—Eres un idiota —susurró ella.

—Es probable. —Ruaridh señaló la puerta con un gesto de la cabeza—. Entra. Y echa el cerrojo. Esta noche el castillo está más hambriento de lo normal.

Sìle entró y cerró la puerta. Escuchó el sonido sordo del cuerpo de Ruaridh acomodándose contra la madera en el exterior. Se quedó allí, apoyada contra el reverso de la puerta, sintiendo los latidos de su corazón en los oídos.

Afuera, en el corredor, Ruaridh MacKenna cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la piedra fría.

Sabía que Fergus tenía razón: el tiempo se estaba agotando.

Los rumores eran como una mecha encendida que corría hacia un barril de pólvora.

Gavin Brodie estaba esperando la explosión, convencido de que sería él quien recogería los restos del castillo.

Pero Ruaridh ya no buscaba solo la verdad sobre su hermano.

Buscaba el modo de sacar a la mujer que estaba tras esa puerta del agujero en el que todos, incluido él mismo al principio, habían intentado enterrarla.

Y si para lograrlo tenía que convertirse en el villano de la historia del clan, estaba dispuesto a pagar el precio.

El silencio del ala norte se volvió absoluto, roto solo por el susurro del viento contra las saeteras. Abajo, en el salón principal, una última antorcha se extinguió, dejando el castillo en manos de las sombras y de los patrones que solo Gavin Brodie creía controlar.