11. LA CONVERSACIÓN MÁS PELIGROSA DEL CASTILLO
La puerta de la sala del consejo cedió con un gemido de madera seca que no alteró el ritmo de la pluma de Gavin Brodie.
El consejero estaba sentado ante una mesa de roble macizo, rodeado de legajos que parecían contener la vida entera de la propiedad.
La luz de la tarde entraba por el ventanal de granito, recortando su silueta con una precisión que rozaba lo artificial.
Ruaridh se detuvo a tres pasos, dejando que el frío de las losas le subiera por las botas, esperando que el otro reconociera su presencia.
Gavin terminó un trazo, dejó la pluma en el tintero y espolvoreó arena sobre el pergamino con una parsimonia irritante. Cuando levantó la vista, su rostro mostraba la calidez exacta de un pariente que recibe a un viajero inesperado.
—Las cuentas de las caballerizas no cuadran desde la última cosecha, Ruaridh. Tu hermano solía confiar en la palabra de los mozos, pero me temo que la generosidad no siempre fomenta la honradez.
Ruaridh no devolvió la sonrisa. Se mantuvo con las manos a la espalda, sintiendo el peso de la daga en el cinturón.
—Mi hermano está muerto, Gavin. Y sospecho que las cuentas de los caballos son la menor de nuestras deudas pendientes.
Gavin se recostó en su silla, entrelazando los dedos sobre su jubón de lana oscura. No hubo tensión en su cuello, ni dilatación en sus pupilas. Solo una calma profesional que resultaba mucho más agresiva que un grito.
—Es natural que te sientas así. La pérdida de un laird siempre deja un vacío que se llena con sospechas. —El consejero señaló la silla frente a él con un gesto elegante—. Dime qué necesitas saber para que tu mente descanse. Estoy a tu servicio, como lo estuve para él.
Ruaridh ocupó el asiento. El cuero crujió bajo su peso. No era un interrogatorio, pero el aire en la estancia pesaba como el plomo.
—Me interesa el movimiento del clan tres días antes de la tragedia. Agnes menciona que no estuviste en el castillo.
—Agnes tiene una memoria excelente para los ingredientes, pero algo confusa para los calendarios.
—Gavin no dudó un segundo. Se inclinó hacia adelante, buscando un papel específico entre su montaña de documentos—.
El martes, a las seis de la mañana, partí hacia el vado del ciervo.
Me reuní con tres pastores de los MacDougall: Ian, su hijo mayor y un primo lejano de las tierras del sur.
Discutimos el derecho de pasto del valle bajo hasta las tres de la tarde.
Pernocté en la cabaña de vigilancia de la loma porque la niebla impedía el regreso seguro.
Volví el jueves, justo a tiempo para supervisar la llegada del cargamento de sal.
El detalle era excesivo. Gavin no recordaba fechas; recitaba un guion perfectamente estructurado. Los nombres, las horas y las condiciones climáticas estaban dispuestos como soldados en formación, listos para resistir cualquier asalto.
—Curioso que recuerdes la hora exacta de una reunión de pastores de hace ocho meses —Ruaridh apoyó los antebrazos en la mesa, invadiendo el espacio del otro—. Yo apenas recuerdo qué cené hace dos noches.
—Es mi oficio, muchacho. Tu hermano tenía el corazón en la caza; yo tenía que tener la cabeza en los detalles. Sin esos "detalles", este castillo se habría desmoronado hace años bajo el peso de sus propias deudas.
Ruaridh cambió el ritmo de golpe.
—¿Sìle solía acompañar a mi hermano en sus paseos por el adarve?
Gavin no parpadeó ante el giro.
—Nunca. Ella prefería la biblioteca o la soledad de su alcoba. Tu hermano decía que su belleza era inversamente proporcional a su interés por el aire libre. Una lástima, realmente.
—¿Y quién autorizó el cambio de guardia en la poterna la noche del asalto? —lanzó Ruaridh, sin pausa.
—Fue un relevo rutinario por enfermedad —respondió Gavin con la misma fluidez—. El sargento Douglas tenía fiebre y el joven Callum ocupó su lugar. Puedes consultarlo en el registro de la guardia si el polvo no te molesta demasiado.
—¿Callum? El chico que apenas sabe sostener una pica.
—A veces la escasez de hombres obliga a tomar decisiones subóptimas. Estoy seguro de que lo entenderás cuando lleves más tiempo aquí.
Ruaridh se inclinó un poco más. La distancia entre sus rostros era ahora de apenas dos palmos. Podía oler el sándalo en la ropa de Gavin y la ausencia total de sudor en su piel.
—Dime, Gavin, ¿cuántas veces has visitado a la viuda en su alcoba desde que llegué?
—Las necesarias para asegurar que el proceso legal no se convierta en una carnicería emocional —el tono de Gavin no varió ni un ápice—.
Ella es una Drummond. Su familia observa cada movimiento que hacemos.
Si la tratamos como a una res en el matadero, tendremos una guerra en las fronteras antes de que caiga la primera nieve.
Mis visitas son una inversión en la paz del clan.
Ruaridh procesó la respuesta. No había defensa, solo una explicación lógica que convertía una invasión de la privacidad en un acto de estadista.
Gavin seguía el ritmo, adaptándose a cada cambio de tema con la elasticidad de un junco bajo el viento.
Esa capacidad solo podía nacer de dos sitios: de una inocencia absoluta o de una práctica milimétrica en el arte del engaño.
—Sìle dice que tus visitas no siempre eran para discutir sobre el clan —soltó Ruaridh, observando cualquier microgesto en los párpados del consejero.
Gavin soltó un suspiro cargado de una melancolía que parecía auténtica.
—Sìle es una mujer astuta, Ruaridh. Sabe que estás buscando un culpable que no sea ella.
Ella sabe que, si logra sembrar la duda entre nosotros, ganará el tiempo que necesita para que su familia intervenga.
No la subestimes. Su mayor talento es hacer que los hombres fuertes se sientan protectores de una vulnerabilidad que ella misma fabrica.
El consejero se levantó, dando por terminada la sesión. Se dirigió al ventanal y observó el patio, donde los mozos de cuadra trajinaban con las carretas.
—Comprendo que necesites tiempo —Gavin se dio la vuelta, con las manos ahora ocultas en las mangas de su túnica—.
El duelo por un hermano es una carga terrible, y el peso de la investigación es una mancha que nadie quiere limpiar.
Puedes contar conmigo para lo que necesites, Ruaridh.
Mi lealtad a los MacKenna no terminó cuando el pulso de tu hermano se detuvo.
La oferta sonaba a bendición y a advertencia. Ruaridh se puso en pie, sintiendo que había peleado contra una sombra que no proyectaba forma.
—Lo tendré en cuenta, Gavin.
Ruaridh salió de la sala. El aire del pasillo, cargado de polvo y frío, le pareció repentinamente más limpio que el ambiente saturado de la oficina.
Caminó con paso rápido, ignorando los saludos de los criados que se cruzaban en su camino.
En el rellano de la escalera, Fergus lo esperaba apoyado en un pilar de piedra.
El veterano tenía la cara surcada por el cansancio, pero sus ojos permanecían fijos en su señor.
—¿Y bien? —Fergus se separó de la columna—. ¿Tenemos ya un culpable o solo más papeles?
Ruaridh se detuvo y se pasó la mano por la cara, notando la aspereza de la barba de varios días.
—Gavin es el mentiroso más tranquilo que he conocido en toda mi vida, Fergus. No ha fallado ni un nombre, ni una fecha. Se sabe la historia tan bien que parece que la hubiera vivido diez veces antes de contarla.
—Eso suele ser mala señal. Los hombres que dicen la verdad siempre olvidan algún detalle estúpido.
—Exacto. —Ruaridh bajó la voz al ver pasar a dos guardias—. Responde a todo con una lógica que te hace sentir idiota por preguntar. Es como golpear una muralla de seda: el golpe no llega a ningún lado.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Fergus, ajustándose el cinturón de cuero—. El clan está empezando a murmurar. Creen que la viuda te tiene hechizado o que no tienes el estómago para terminar el trabajo.
Ruaridh observó el patio inferior a través de una saetera.
—Esperar.
—¿Esperar a qué?
—A que cometa un error. Los hombres como Gavin siempre cometen uno. Se vuelven tan adictos a su propia inteligencia que terminan creyendo que los demás somos ciegos. Solo necesitamos una grieta, Fergus. Una sola.
—¿Y cuánto tiempo tenemos antes de que el clan decida tomar la justicia por su mano?
Ruaridh no respondió. Miró hacia el ala norte, donde Sìle permanecía encerrada, y luego hacia la puerta cerrada de la sala del consejo. No sabía cuánto tiempo quedaba, pero sentía que el suelo bajo sus pies ya no era de piedra, sino de hielo fino que crujía con cada decisión que tomaba.