LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 10. LO QUE GAVIN MERECE
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10. LO QUE GAVIN MERECE

La luz del amanecer no logró disipar la humedad que se aferraba a los muros de la alcoba.

El aroma a lavanda y cera de la noche anterior se mezclaba ahora con el frío metálico que emanaba de la piedra.

Sìle permanecía junto a la ventana, observando cómo la bruma se enredaba en las ramas de los pinos, allá donde el bosque de los lamentos guardaba sus secretos más oscuros.

Ruaridh estaba de pie cerca de la puerta, con el cuerpo todavía rígido por la guardia nocturna y la mano rozando el pomo de su daga por puro instinto.

—¿Te has preguntado alguna vez por qué sigo aquí?

Sìle no se giró. Sus dedos trazaban el contorno de una grieta en el marco de madera.

—He pasado tres días preguntándome por qué no te ejecutaron el primer mes.

—No fue por falta de ganas del clan. —Ella soltó una risa seca que no llegó a sus ojos—.

Los ancianos pedían sangre antes de que el cuerpo de tu hermano estuviera frío.

Fergus quería una soga. Agnes quería que desapareciera entre las sombras.

Todos tenían un destino preparado para mí que terminaba fuera de estos muros o bajo la tierra.

Ruaridh se cruzó de brazos, sintiendo el crujido del cuero de su jubón. El silencio se prolongó, solo roto por el grito de una lechuza rezagada.

—Gavin Brodie era el único que encontraba razones para que me quedara.

Ruaridh arqueó una ceja. La mención del consejero hizo que la tensión en sus hombros aumentara un grado.

—Hablaba de estabilidad —continuó Sìle, girándose por fin para sostenerle la mirada—.

Hablaba de proteger el linaje, de que una viuda en el castillo era mejor que una fugitiva en las Tierras Bajas.

Siempre tenía un argumento impecable, una lógica administrativa que convencía a los hombres más furiosos.

Decía que tenerme cerca era la única forma de asegurar que el secreto de la muerte de mi marido no se perdiera.

—Te quería accesible.

Sìle asintió despacio. La palidez de su rostro bajo la luz grisácea la hacía parecer una aparición, pero la fijeza de sus ojos claros delataba una lucidez letal.

—Controlada. Accesible. Como un libro en una estantería que solo él podía consultar.

Mientras los demás afilaban sus hachas, él tejía una red de amparo que me aislaba más que cualquier cerrojo.

Cada vez que alguien sugería mi destierro o mi muerte, Gavin encontraba un riesgo político, una alianza que proteger o un tecnicismo legal que me mantenía anclada a esta habitación.

Ruaridh recordó el patrón del que Fergus le había hablado en la muralla. Los diez minutos. Las visitas silenciosas.

—Viví ocho meses bajo su vigilancia sin entender que su protección era, en realidad, una subasta de mi propia supervivencia.

Todos los demás me odiaban de forma honesta.

El odio es sencillo, Ruaridh. Se puede combatir.

Pero la benevolencia de Gavin es una trampa de seda.

Te envuelve hasta que dejas de luchar porque crees que él es el único aire que te queda.

El guerrero dio un paso hacia el centro de la estancia. El dolor de la cojera de la noche anterior era un recordatorio constante de que la violencia no siempre venía de frente.

—Dime una cosa —la voz de Ruaridh bajó una octava, volviéndose más densa—. En estos ocho meses, cuando yo no estaba, cuando el castillo dormía o el clan estaba en las fronteras… ¿Gavin entró alguna vez en esta habitación sin que tú le dieras permiso?

Sìle apartó la vista durante un segundo que pareció durar una eternidad. Sus dedos se cerraron sobre el lino de su vestido, arrugándolo con una fuerza que delataba la furia contenida tras su máscara de porcelana.

—Tres veces.

Ruaridh no parpadeó. La confirmación física de su sospecha se asentó en su estómago como un bloque de granito.

—Siempre con una excusa perfecta —añadió ella, con un tono cargado de una ironía amarga—. Una vez traía una carta que resultó ser un error. Otra, quería comprobar que la chimenea no humeara para no dañar mi salud. La tercera… la tercera solo quería asegurarse de que no me faltara nada para la cena.

—¿Te tocó?

—No necesitó hacerlo. Su presencia aquí, con la puerta cerrada y el castillo ignorando que estaba dentro, era su forma de decirme que este suelo le pertenece. Que yo le pertenezco. Se movía por esta alcoba con la parsimonia de quien revisa un establo antes de comprar la yegua.

Ruaridh sintió que la sangre le martilleaba en las sienes. No era solo una cuestión de justicia para su hermano muerto; era la comprensión de que el hombre más respetado de su clan estaba tratando la alcoba de la laird como su coto de caza privado.

—Habla con él —dijo Sìle, dando un paso hacia él hasta que la distancia entre ambos se redujo a la longitud de una espada—.

Pero no esperes que te dé una respuesta que puedas usar en un juicio.

Gavin lleva quince años siendo el hombre más razonable de estas tierras.

Ha sobrevivido a tres lairds y a dos guerras sin levantar nunca la voz.

Es el pegamento que mantiene unido el granito de este castillo.

—El pegamento a veces es veneno.

—Exactamente. —Ella le puso una mano en el antebrazo, un contacto breve y frío que hizo que Ruaridh se tensara—.

Ten cuidado. La gente cree que el peligro es la espada de un MacDougall o el cuchillo de un traidor en la oscuridad.

Pero en este sitio, el verdadero peligro es la lógica de Gavin Brodie.

Es tan perfecta que acabas pidiéndole perdón mientras te pone la soga al cuello.

Ruaridh observó la mano de Sìle sobre su brazo antes de que ella la retirara. Vio el rastro de la noche anterior en sus ojos, la sombra de una mujer que había aprendido a leer el silencio para no volverse loca.

—No salgas de aquí.

La orden fue seca, desprovista de la hostilidad de los días anteriores.

—No abras a nadie. Ni siquiera a Agnes si no oyes mi voz antes. Y si llama Gavin… especialmente si llama Gavin, mantén el cerrojo echado.

Sìle arqueó una ceja, recuperando parte de su humor defensivo.

—¿Eso es una orden de mi laird provisional o un consejo de mi guardián de pasillo?

—Es la única forma que tienes de llegar viva a la cena.

Ruaridh se giró hacia la puerta. Su mente ya estaba trazando el mapa del castillo, localizando al consejero en su despacho de la torre este, allí donde los papeles y los sellos de cera eran armas más eficaces que el acero.

—Ruaridh.

Él se detuvo en el umbral, con la mano en el marco de la puerta.

—Él sabe que lo sabes —dijo ella, con una seriedad que le erizó el vello de la nuca—. Lo supo anoche, cuando viste la tela roja. No esperes encontrar a un culpable acorralado. Vas a encontrar a un amigo preocupado que lamentará tu confusión.

Ruaridh la miró un segundo más de lo necesario. La palidez de la mujer destacaba contra la penumbra, una mancha de luz en un castillo que se hundía en su propia podredumbre. Salió de la habitación y cerró la puerta con una suavidad que resonó como una sentencia.

Caminó por el pasillo del ala norte sintiendo que cada sombra tenía ojos.

El encuentro con el intruso de las dos de la mañana cobraba ahora un sentido nuevo.

Gavin quería a la viuda, pero quizá alguien más en el clan estaba perdiendo la paciencia con la diplomacia del consejero.

O quizá el propio Gavin había decidido que si no podía poseer la pieza del tablero, era mejor eliminarla antes de que Ruaridh cambiara las reglas del juego.

Al llegar al rellano de la escalera principal, se encontró con Fergus. El veterano estaba apoyado en una columna, con la capa húmeda por el rocío.

—Gavin está en el salón de los mapas —masculló Fergus—. Ha pedido que se le sirva el desayuno allí. Dice que tiene mucho trabajo acumulado por las disputas de las tierras de pasto.

—Dile a los hombres que refuercen la guardia en la poterna —ordenó Ruaridh—. Y que nadie, absolutamente nadie, suba al ala norte sin mi permiso expreso. Si ves a Brodie cerca de la escalera, interponte.

—¿Vas a hablar con él?

—Voy a comprobar qué tan razonable es cuando se le quita la máscara.

Ruaridh descendió los peldaños de granito, sintiendo el peso de la responsabilidad de su sangre. No era solo la muerte de su hermano lo que pesaba en el aire; era la comprensión de que el enemigo no era un extraño que asediaba los muros, sino la mano que firmaba sus órdenes.

Entró en el salón de los mapas. El lugar era amplio, con grandes ventanales que dejaban pasar una luz fría y despiadada.

Gavin estaba sentado ante una mesa de roble, rodeado de pergaminos y tinteros.

Al oír los pasos de Ruaridh, levantó la vista y sonrió con la calidez exacta de un pariente cercano.

—Buenos días, Ruaridh. Te veo algo fatigado. ¿La noche ha sido provechosa?

Ruaridh no respondió al saludo. Se situó frente a la mesa, dejando que su sombra cayera sobre los documentos del consejero.

—Ha sido reveladora, Gavin. Especialmente la parte en la que he aprendido que la hospitalidad de este castillo incluye visitas privadas a las habitaciones de las prisioneras bajo arresto.

Brodie dejó la pluma sobre la mesa con una parsimonia irritante. Se recostó en su silla, entrelazando los dedos sobre su jubón de lana fina.

—Ah, veo que Sìle ha estado hablando. Es natural. El aislamiento suele generar una imaginación muy fértil en las mentes jóvenes y traumatizadas.

—Doscientos cuarenta días de aislamiento —replicó Ruaridh, bajando la voz—. Un tiempo curioso para que el hombre más ocupado del castillo encuentre huecos de diez minutos para entrar en una alcoba que no le pertenece.

Gavin suspiró, un sonido cargado de una tristeza paternal que hizo que a Ruaridh le picara la mano por alcanzar el pomo de su espada.

—Ruaridh, entiendo que tu regreso ha sido brusco.

La muerte de un hermano, la carga del mando…

todo eso genera una desconfianza comprensible.

Pero no confundas mi deber de protección con motivos más oscuros.

Entraba para asegurarme de que la viuda no cometiera ninguna locura.

Tu hermano la amaba, a su manera. Yo le prometí que cuidaría de ella.

—¿Y cuidar de ella incluía convencer al clan de que no la ejecutaran solo para poder tenerla cerca?

La sonrisa de Gavin no flaqueó. Sus ojos, azules y gélidos como un lago en enero, se clavaron en los de Ruaridh.

—Incluía mantener la paz. Si Sìle moría en el patíbulo hace seis meses, el clan Drummond habría arrasado nuestras fronteras. Si la dejábamos libre, habría buscado venganza. La mantuve aquí por la misma razón que tú mantienes una espada afilada: para que no te corte la mano cuando no estás mirando.

Gavin se puso en pie, rodeando la mesa con movimientos elegantes. Se detuvo a poca distancia de Ruaridh, con una expresión de absoluta razonabilidad.

—No dejes que una mujer desesperada nuble tu juicio, muchacho.

Has pasado mucho tiempo entre mercenarios y soldados de fortuna.

Aquí las cosas son más… sutiles. Sìle Drummond mató a tu hermano.

Es una asesina que usa su vulnerabilidad como un arma.

Yo solo soy el hombre que ha evitado que esa arma se dispare contra nosotros.

Ruaridh guardó silencio durante un segundo que pareció congelar el tiempo. Observó la piel cuidada de Gavin, su postura impecable, la seguridad absoluta de quien se cree el arquitecto de la realidad de todos los que le rodean.

—Ella me ha dado un consejo —masculló Ruaridh—. Me ha dicho que eres peligroso porque eres razonable.

—Es un halago que agradezco —Gavin se encogió de hombros, volviendo a su silla—. La razón es lo único que nos separa de los animales que asedian nuestras fronteras. Deberías probarla de vez en cuando, Ruaridh. Ayuda a dormir mejor, incluso en los pasillos de piedra.

Ruaridh se dio la vuelta para salir. Sabía que no podía matarlo allí mismo, no sin una prueba que el clan pudiera entender, pero la certeza de que Gavin Brodie era el centro de la podredumbre era ahora un incendio en sus venas.

—Por cierto —la voz de Gavin lo detuvo antes de llegar a la puerta—. He organizado una partida de caza para mañana. El clan necesita verte en el campo, no solo en los pasillos. Es una buena oportunidad para demostrar que los MacKenna todavía saben rastrear a su presa.

Ruaridh no se giró. Salió del salón sintiendo que el aire estaba saturado de mentiras perfectamente construidas. Al cruzar el patio, vio a Agnes transportando un saco de harina. La mujer se detuvo y lo miró de arriba abajo con una mueca de desprecio.

—El consejero tiene razón en una cosa, laird —escupió la cocinera—. Las Highlands no son sitio para hombres que dudan. O muerdes o te muerden.

Ruaridh no respondió. Subió de nuevo al ala norte, sintiendo el peso de cada peldaño.

Al llegar frente a la habitación de Sìle, se detuvo.

Escuchó el silencio tras la madera, un silencio que ahora sabía que estaba lleno de una resistencia feroz.

Pasó la mano por el pomo de la puerta, comprobando que el cerrojo estaba echado.

—No abras —susurró, aunque no estaba seguro de que ella pudiera oírlo.

Se sentó de nuevo en su rincón contra el muro.

El patrón de Fergus, las visitas de Gavin, la tela roja y la muerte de su hermano se arremolinaban en su cabeza como una tormenta de nieve.

Tenía que hablar con Gavin de nuevo, pero esta vez no buscaría razones.

Buscaría la grieta en su lógica perfecta.

Porque, como Sìle había dicho, la verdad a veces era lo único que quedaba cuando la seda se desgarraba.

El sol alcanzó el cenit, bañando el castillo en una luz que no calentaba.

Ruaridh cerró los ojos un instante, escuchando el latido de la fortaleza.

Sabía que el tiempo de las preguntas se estaba acabando.

Mañana, en la caza, la sutileza de Gavin Brodie se enfrentaría al acero de un hombre que ya no tenía nada que perder.

Y en las Highlands, cuando el acero hablaba, la razón solía guardar un silencio sepulcral.