9. FERGUS HABLA
El viento castigaba las almenas con la saña de quien conoce las grietas de la piedra.
Ruaridh caminaba por el adarve del ala norte, con las manos entrelazadas a la espalda y la vista perdida en el valle, donde la bruma devoraba los últimos vestigios del sendero.
A su lado, Fergus mantenía un paso rítmico, con la mano apoyada en el pomo de la espada y los ojos escrutando cada sombra del patio inferior.
El relevo de la guardia acababa de completarse, dejando tras de sí el eco metálico de las botas sobre el granito húmedo.
—La poterna del este necesita otro refuerzo. La madera está hinchada y el gozne no cierra en un solo movimiento.
Fergus se detuvo frente a uno de los merlones, señalando el acceso oculto tras las caballerizas. Ruaridh asintió de forma mecánica, pero su mente seguía atrapada en el pasillo superior, en el rastro de barro que el intruso había dejado y en la quietud de Sìle tras la puerta entornada.
—Haz que los carpinteros se encarguen mañana al alba. No quiero que nada en este castillo se abra sin que yo lo ordene.
Fergus no retomó la marcha. Se apoyó contra el muro, encarando a su señor con una expresión que Ruaridh no recordaba haber visto en doce años de campañas compartidas. Era una mezcla de cansancio antiguo y una determinación que no procedía del deber, sino de la supervivencia.
—Llevo doce años caminando un paso detrás de ti, Ruaridh.
Te he seguido a las trincheras de Flandes, a las persecuciones en las Highlands y a burdeles donde el aire era más peligroso que las dagas.
He visto cómo ejecutabas órdenes que nos habrían costado el cuello a ambos y nunca he abierto la boca para cuestionar una sola de tus decisiones.
Ruaridh se detuvo y giró el cuerpo, sorprendido por la densidad de la voz de su hombre. Fergus rara vez usaba más de diez palabras seguidas si no había vino de por medio.
—¿Vas a empezar a cuestionarlas ahora, justo cuando tenemos un tejado sobre la cabeza?
—Voy a opinar, porque si no lo hago, puede que el próximo tejado que nos cubra sea el de una fosa común.
Fergus se cruzó de brazos, bloqueando el camino.
—Tú miras a la viuda. La miras como si fuera un mapa que no terminas de entender o una trampa que deseas pisar para comprobar si los dientes de hierro siguen afilados. Mientras tanto, yo miro al resto. Miro a los que no tienen una antorcha delante de la cara.
Ruaridh sintió un pinchazo de irritación en la nuca. El frío empezaba a filtrarse por las costuras de su jubón de cuero, pero la fijeza de la mirada de Fergus le impedía seguir avanzando.
—¿Y qué ves tú que yo haya pasado por alto entre informe y informe?
—Veo un patrón. Y tú me enseñaste que en la guerra los patrones son lo único que separa a un soldado de un cadáver.
Fergus descendió la voz, dejando que el viento se llevara sus palabras hacia el vacío del foso.
—Gavin Brodie visita el ala norte cada vez que tú bajas al patio o te reúnes con los ancianos.
No se queda mucho tiempo. Entra, cierra la puerta, permanece dentro diez minutos y sale con la misma expresión de suficiencia que un gato que acaba de lamer la nata.
Siempre tiene una excusa preparada: una firma, una consulta sobre los suministros, una noticia del sur.
Pero siempre está solo. Y siempre ocurre cuando tu espalda no está a la vista.
Ruaridh apretó los puños. La imagen de la tela carmesí ardiendo en la chimenea volvió con una fuerza renovada, tiñendo sus pensamientos de una furia sorda. No era una sorpresa absoluta, pero oírlo de boca de Fergus le daba a la sospecha una textura física y repugnante.
—Agnes me dijo que él la vigilaba. Pero entrar en su alcoba cuando yo no estoy es un desafío directo a mi autoridad como laird provisional.
—Gavin no desafía, Ruaridh. Gavin teje. —Fergus dio un paso hacia él, acortando la distancia—.
Esos diez minutos son suficientes para recordarle a ella quién tiene el poder real cuando tú te marches.
O para convencerla de que su única salvación es él.
No es una visita de cortesía, es una inspección de propiedad.
—Me pidió que la ejecutara delante del clan. Dijo que era una cuestión de estabilidad.
—Dijo lo que el clan quería oír para que él no tuviera que mancharse las manos.
Si Sìle muere por tu orden, él se queda con el castillo limpio y sin una mujer que sepa demasiado.
Si vive bajo su amparo, él tiene la legitimidad que le falta.
En cualquier caso, él gana si tú sigues mirando solo hacia donde él quiere que mires.
El silencio volvió a caer entre los dos hombres, roto solo por el lamento de una lechuza en los bosques cercanos.
Ruaridh procesó la información con la frialdad que le había dado la guerra.
Gavin no buscaba el conflicto abierto; buscaba el desgaste.
Cada visita a la habitación de Sìle era una gota de veneno en el oído de una mujer que ya no confiaba en nadie.
—Has estado muy atento, Fergus. Casi parece que no confías en mi capacidad para gestionar este nido de ratas.
—Confío en tu espada. Pero me preocupa que la mano que la sostiene esté distraída por la curvatura de un cuello o por el modo en que una mujer te sostiene la mirada sin parpadear.
Ruaridh caminó unos pasos, deteniéndose ante la saetera que daba a la torre del homenaje. Desde allí se veía la ventana de la alcoba de Sìle, una rendija de oscuridad en la inmensidad del muro.
—¿Qué opinas de ella? —preguntó Ruaridh, sin girarse.
Fergus tardó en responder. Se rascó la barba rala, meditando la respuesta con la parsimonia de quien sabe que su juicio puede cambiar el rumbo de los acontecimientos.
—Opino que lleva ocho meses sola en un castillo que reza cada noche por ver su cuerpo colgando de un árbol. Cualquiera se habría roto al segundo mes, pero ella todavía tiene el sentido del humor lo suficientemente intacto como para burlarse de ti en tu propia cara.
Fergus se separó del muro y se situó al lado de su señor.
—Eso solo admite dos explicaciones, Ruaridh. O es la inocencia más pura que he visto en mi vida, o es la mejor actuación que ha pisado estas tierras desde que los romanos se marcharon. En cualquiera de los dos casos, es lo más interesante que nos ha pasado en años.
Ruaridh no respondió. Seguía observando la piedra fría, sintiendo que la red de Gavin Brodie se estrechaba no solo sobre Sìle, sino sobre él mismo.
—Y hay algo más que es interesante —añadió Fergus, con un matiz de ironía en la voz que hizo que Ruaridh se tensara—.
Llevas tres noches durmiendo sobre las losas de un pasillo donde el aire corta como una navaja.
Nadie te lo ha pedido. Ningún anciano del clan ha sugerido que el hermano del laird deba hacer guardia de perro faldero ante la puerta de una prisionera.
Pero ahí sigues, perdiendo el sueño por una mujer que mataría por verte lejos de aquí.
Fergus dio media vuelta, indicando que la conversación había terminado por su parte.
—Eso también es un patrón, Ruaridh. Y como te he dicho antes, los patrones son los que nos mantienen vivos. O los que nos hunden definitivamente.
El veterano se alejó por el adarve, desapareciendo en la bruma con la misma discreción con la que había observado los movimientos de Gavin. Ruaridh se quedó solo en las alturas, con el sonido de su propia respiración mezclándose con el rugido del viento.
Bajó hacia el interior del castillo, recorriendo los pasillos sumergidos en sombras. El encuentro nocturno con el intruso le había dejado una cojera persistente y un dolor sordo en el costado, pero no se dirigió a su habitación. Sus pies lo llevaron, casi por inercia, hacia el ala norte.
Al llegar al corredor donde Sìle dormía, encontró a uno de los guardias del turno nocturno apoyado contra la pared. El hombre se enderezó de inmediato al ver al laird.
—Retírate. Yo me encargaré de este tramo hasta el alba.
—Señor, Gavin Brodie dio instrucciones de que…
Ruaridh no dejó que terminara. Dio un paso hacia el guardia, dejando que la luz de la antorcha revelara la cicatriz de su mandíbula y la frialdad asesina de sus ojos.
—Gavin Brodie no es quien paga tu soldada, ni quien decide dónde duermo yo. Vete antes de que decida que tu puesto en la muralla es demasiado cómodo para un hombre tan hablador.
El guardia asintió apresuradamente y desapareció escaleras abajo.
Ruaridh se sentó en el mismo lugar de la noche anterior, apoyando la espalda contra la piedra.
El frío era un compañero conocido, pero esta vez se sentía distinto.
Las palabras de Fergus martilleaban en su cabeza, obligándole a reevaluar cada gesto, cada silencio y cada mirada que había compartido con la viuda.
Gavin estaba entrando en aquella alcoba. Gavin estaba tocando lo que él se limitaba a vigilar.
Cerró los ojos, intentando visualizar el rostro del consejero. No era el rostro de un asesino, sino el de un gestor impecable. Y eso era lo que lo hacía letal. Brodie no mataba por impulso; eliminaba por necesidad administrativa.
A mitad de la noche, escuchó un movimiento tras la madera de la puerta.
Sìle no dormía. Pudo oír el roce de sus pies sobre el suelo y el suspiro largo de quien carga con el peso de un mundo que no ha elegido.
Ruaridh permaneció inmóvil, convirtiéndose en parte de la arquitectura del pasillo.
No quería hablar con ella, no en ese momento, pero necesitaba estar allí para confirmar que el patrón de Fergus no se repetía esa noche.
Cuando la luz grisácea empezó a filtrarse por las saeteras, la puerta se abrió unos centímetros. Ruaridh se incorporó, sintiendo que los huesos le crujían por la falta de movimiento y la humedad acumulada.
Sìle apareció en el umbral. No vestía la túnica blanca de la noche anterior, sino un vestido de lana oscura que ocultaba sus formas, pero no su palidez. Se detuvo al verlo allí, sentado como un mendigo ante su propio trono.
Lo recorrió con una mirada lenta, deteniéndose en su ropa arrugada y en el modo en que su mano buscaba inconscientemente el mango de la daga al oír el movimiento. El silencio entre ambos duró lo suficiente como para que el primer grito del gallo en el patio inferior rompiera la tensión.
—Si roncabas, no te oí.
Sìle soltó las palabras con una suavidad que no lograba ocultar el filo de su ironía habitual. No había agradecimiento en su gesto, pero tampoco el rechazo visceral de los primeros días.
—Puedes quedarte.
—No necesito tu permiso para ocupar un pasillo de mi propio castillo.
—No es un permiso, MacKenna. Es una observación. —Ella dio un paso hacia el corredor, obligándole a apartarse para dejarla pasar—. Parece que te gusta la piedra fría más de lo que admites. Al menos ahora sé que si alguien empuja la cerradura, serás tú quien reciba el golpe.
Sìle se alejó hacia las escaleras con el mismo caminar elegante que había desquiciado a Gavin Brodie durante ocho meses. Ruaridh la vio desaparecer, notando que el peso de la vigilancia se había transformado en algo mucho más complejo que la simple custodia de una prisionera.
Fergus tenía razón. Era un patrón. Y los patrones, una vez establecidos, solo podían romperse con sangre o con una decisión que cambiara el tablero de juego para siempre.
Bajó al patio, donde la actividad ya era frenética.
Agnes estaba gritando a uno de los mozos cerca del pozo y los caballos relinchaban en los establos.
Ruaridh buscó con la mirada la torre de Gavin, pero las cortinas permanecían cerradas.
El consejero no era un hombre de mañanas tempranas; prefería la luz tamizada de las velas para sus maniobras.
Se dirigió a las caballerizas, donde Fergus estaba terminando de ensillar su montura.
—¿Alguna novedad de la poterna del este? —preguntó Ruaridh, recuperando su tono de mando.
—La madera está podrida por dentro, aunque por fuera parezca sólida. Como casi todo en este sitio. —Fergus ajustó la cincha y lo miró de reojo—. ¿Vas a seguir durmiendo en el suelo o vas a empezar a actuar como el laird que se supone que eres?
Ruaridh acarició el morro del caballo, sintiendo el calor del animal contra su palma fría.
—Voy a actuar, Fergus. Pero antes necesito saber cuánto veneno ha vertido Gavin en el oído de esa mujer.
—Si quieres mi consejo, el veneno de Gavin no es el que debería preocuparte. Es el tuyo. —Fergus montó de un salto y señaló hacia el ala norte con el látigo—. No se vigila así a una asesina, Ruaridh. Se vigila así a algo que temes perder.
El veterano espoleó al animal y salió del patio al galope, dejando a Ruaridh envuelto en una nube de polvo y verdades a medias.
Ruaridh regresó al interior de la fortaleza.
Tenía una reunión con los ancianos sobre los límites de pastoreo de los MacDougall, pero sus pensamientos estaban en los diez minutos que Gavin pasaba a solas en aquella habitación.
Caminó por el gran salón, donde el eco de sus pasos resonaba con una autoridad que sentía vacía.
Se detuvo frente al retrato de su hermano, el laird que todos decían que Sìle había matado.
El rostro pintado mostraba a un hombre más joven, de rasgos suaves y mirada ausente, alguien que nunca se habría sentado en un pasillo de piedra a vigilar una puerta.
Ruaridh lo observó durante un largo minuto, buscando algún rastro de la traición que Sìle juraba que no existía.
No encontró nada. Solo piedra, silencio y el patrón de una mentira que empezaba a mostrar sus costuras bajo la implacable luz del amanecer de las Highlands.