8. LA PUERTA
El silencio en el ala norte del castillo no era ausencia de ruido, sino una acumulación de crujidos de madera vieja y el silbido del viento filtrándose por las saeteras.
Ruaridh permanecía sentado contra el muro de granito, a pocos metros de la habitación de Sìle.
Su cuerpo, acostumbrado a las guardias en campamentos donde el barro era la única cama, no protestaba por la dureza del suelo.
La oscuridad era casi total, apenas rota por la mortecina luz de una antorcha que agonizaba al final del corredor.
A las dos de la mañana, el aire cambió.
No fue un sonido estridente. Fue un roce metálico, el sutil gemido de un perno que cedía.
Ruaridh no se movió de inmediato; dejó que sus sentidos procesaran la dirección de la amenaza.
Una sombra se recortó contra el fondo del pasillo.
Era un bulto macizo que avanzaba con una cautela aprendida.
No buscaba la cerradura. El desconocido se detuvo ante la puerta de la viuda y apoyó el peso del cuerpo contra la madera.
La puerta crujió bajo el empuje de un hombro potente.
Ruaridh se impulsó con las piernas y se lanzó hacia adelante antes de que el intruso pudiera repetir el movimiento.
El hombre reaccionó con la velocidad de quien vive del peligro, girándose justo cuando el puño de Ruaridh buscaba su mandíbula.
El impacto no fue limpio. Chocaron en un amasijo de miembros y respiraciones contenidas.
Ruaridh apretó los dientes al sentir un codo golpearle las costillas, pero no soltó el agarre sobre la túnica de lana basta del agresor.
La pelea fue una danza sucia y muda. Ninguno quería despertar al castillo.
El desconocido buscaba zafarse, usando las sombras para ocultar sus intenciones.
Ruaridh intentó derribarlo, pero el otro era ágil y conocía los recovecos del ala norte mejor de lo que él esperaba.
Un golpe seco en el estómago obligó a Ruaridh a soltar aire de forma brusca.
El hombre aprovechó ese segundo de debilidad para propinar una patada en la rodilla de su oponente y salir proyectado hacia la escalera de caracol.
Ruaridh se incorporó, ignorando el pinchazo de dolor en la pierna, y corrió tras él.
La antorcha del final del pasillo se extinguió justo cuando llegaba al rellano.
Solo escuchó el eco de unos pasos descendiendo a toda velocidad hacia las cocinas.
Cuando alcanzó el patio inferior, la neblina se había tragado cualquier rastro. El intruso se había esfumado.
Regresó al pasillo superior con los pulmones ardiendo y el pulso martilleando en las sienes. La puerta de Sìle estaba entornada. No esperó a llamar. Empujó la madera y entró con la mano en el pomo de su daga.
Sìle estaba en el centro de la estancia.
No estaba oculta bajo las mantas ni acurrucada en un rincón.
Vestía una túnica de lino blanco que destacaba contra la penumbra de la habitación.
En su mano derecha sostenía un candelabro de bronce con tres velas encendidas.
La luz vacilante esculpía las líneas de su rostro, acentuando la palidez de su piel y la fijeza de su mirada. No temblaba.
—¿Te han herido?
Su voz era un hilo de seda fría. No había rastro de la fragilidad que Gavin Brodie tanto se empeñaba en describir.
—Se ha escapado.
Ruaridh cerró la puerta a sus espaldas, manteniendo la mirada en ella. La luz de las velas revelaba una mancha de sangre en el nudillo de Ruaridh, pero él no le prestó atención.
—Me alegro de que haya ocurrido.
Sìle dio un paso hacia él. El metal del candelabro brilló. Su expresión no contenía rastro de miedo; lo que Ruaridh veía en aquellos ojos claros era una furia antigua, destilada durante ocho meses de aislamiento.
—Llevo exactamente doscientos cuarenta días esperando este momento. No que intenten matarme, eso lo dan por hecho cada vez que me traen la bandeja de comida, sino que tú estuvieras ahí para verlo.
—Podría haber entrado si yo no hubiera estado en el pasillo.
—Hubiera entrado en una habitación habitada por una mujer con un cuchillo bajo la almohada y nada que perder.
—Ella sostuvo el candelabro con más fuerza—.
¿Ahora lo entiendes? ¿O necesitas que el próximo traiga un sello del clan colgado del cuello para que dejes de tratarme como a una asesina que espera su turno?
Ruaridh guardó silencio. No tenía argumentos para rebatir la lógica de aquella mujer que, en mitad de la noche y tras un intento de asalto, se mantenía más entera que muchos soldados tras su primera escaramuza. Ella no buscaba consuelo. Buscaba validación.
—Llevas meses diciéndome que el peligro está dentro de estos muros.
—He pasado ocho meses gritándolo a paredes que no tienen oídos.
—Sìle bajó ligeramente el brazo, pero no dejó de mirarlo—.
Me culpaste de la muerte de tu hermano porque era lo más sencillo.
Era la pieza que encajaba en tu mundo de blancos y negros.
Pero hoy has sentido el hombro de la verdad empujando esa puerta.
Ruaridh observó la habitación. Era un espacio austero, carente de los lujos que una laird debería poseer.
Solo había una cama, un baúl y la voluntad inquebrantable de la mujer que tenía enfrente.
La sospecha de que Gavin Brodie no era el único con intereses oscuros en aquel castillo se convirtió en una certeza pesada.
—Vuelve a la cama.
—No me des órdenes en mi propia celda, MacKenna.
—Si quieres seguir viva para ver el amanecer, haz lo que te digo. Yo no me voy a mover de la puerta.
Sìle soltó un suspiro largo, un sonido que por primera vez dejaba entrever el agotamiento que arrastraba.
No replicó. Caminó hacia la mesa, dejó el candelabro y se sentó en el borde del lecho, dándole la espalda.
Ruaridh salió de la habitación y cerró la madera con una suavidad que contrastaba con la violencia de hacía unos minutos.
Se dejó caer de nuevo contra el muro del pasillo.
La rodilla le dolía y el frío empezaba a calar la lana de su jubón, pero no cerró los ojos.
Se quedó allí, escuchando la respiración de Sìle a través de la madera.
El castillo empezaba a despertar con los ruidos lejanos de las cocinas y los relevos de la guardia, pero el ala norte permanecía sumergida en una burbuja de tensión compartida.
Las horas pasaron con la lentitud del hielo derritiéndose.
Ruaridh procesó cada detalle del asalto.
El hombre era fuerte, ágil y no portaba armas ruidosas.
No buscaba un duelo; buscaba un cadáver silencioso.
Sus sospechas sobre Gavin se ramificaron.
El consejero quería a la viuda, pero ¿quién más la quería muerta?
¿Y por qué ahora, cuando él había empezado a hacer las preguntas que nadie quería responder?
Cuando los primeros rayos de luz grisácea se filtraron por la saetera al final del corredor, Ruaridh seguía en la misma posición.
Tenía la ropa arrugada y una mancha de sangre seca en la mano.
El cansancio era una costra sobre sus párpados, pero su mente funcionaba con la precisión de un mecanismo de relojería.
El sonido de un cerrojo retirándose lo obligó a enderezarse.
La puerta se abrió con un gemido largo. Sìle apareció en el umbral.
Había tenido tiempo de arreglarse el cabello y vestirse con el habitual atuendo oscuro, pero sus ojos delataban la falta de sueño.
Se detuvo al ver a Ruaridh todavía sentado en el suelo del pasillo, bloqueando el paso con sus piernas largas.
Ella lo recorrió con la mirada, deteniéndose en la mancha de su mano y en las ojeras que marcaban su rostro.
Ruaridh se puso en pie con cierta dificultad, sintiendo que la articulación de la rodilla protestaba.
No dijo nada. Esperaba una réplica cortante, un desafío o una nueva acusación sobre su incompetencia por haber dejado escapar al intruso.
Sìle guardó silencio durante varios segundos. El aire entre ellos ya no vibraba con la hostilidad de los días anteriores. Había algo nuevo, una suerte de tregua forjada en la oscuridad de una noche que ambos habían sobrevivido.
—Si roncabas, no te oí.
Ruaridh arqueó una ceja, sorprendido por el tono casi neutral de su voz.
—No suelo roncar cuando espero que alguien intente degollarme.
Sìle esbozó un gesto que, sin llegar a ser una sonrisa, suavizó la dureza de sus facciones. Fue un destello fugaz, una rendija en la armadura que llevaba meses vistiendo.
—Puedes quedarte.
—¿Quedarme dónde?
—En el pasillo. O donde sea que decidas montar guardia hoy. —Ella dio un paso hacia el corredor, pasando por su lado sin rozarlo, pero dejando tras de sí un aroma a lavanda vieja y cera—. Al menos ahora sé que, si alguien empuja la puerta, no serás tú quien sostenga la soga.
Ruaridh la vio alejarse hacia las escaleras.
Su caminar era firme, elegante pese a la austeridad de su vestido.
Se percató de que la mujer que caminaba por aquel pasillo ya no era la prisionera que había encontrado el primer día.
Era una aliada involuntaria en un territorio donde los amigos se contaban con los dedos de una mano mutilada.
Se miró la mano manchada de sangre. El filo que siempre había existido entre ellos, esa desconfianza letal que dictaba cada palabra, parecía haber perdido su punta. No era afecto lo que sentía, sino el respeto que se profesan dos supervivientes que reconocen la misma cicatriz en el otro.
Bajó hacia el patio, donde Fergus ya estaba dando órdenes a los mozos de cuadra. El veterano se detuvo al ver a Ruaridh, fijándose de inmediato en su aspecto desaliñado y en la cojera casi imperceptible.
—Parece que la noche ha sido larga.
—Alguien intentó entrar en la habitación de la viuda.
Fergus dejó de limpiar la cincha de un caballo y se acercó a su señor. Su rostro se volvió una máscara de gravedad.
—¿Gavin?
—No lo sé. Era corpulento, rápido. Se movía como si conociera cada sombra de esta ala. No llegó a entrar.
—¿Y ella?
Ruaridh recordó a Sìle de pie con el candelabro, desafiante, casi deseando que el peligro se materializara para poder escupirle a la cara su verdad.
—Ella está bien. Más entera que tú y que yo juntos.
Fergus asintió, volviendo a su tarea con movimientos mecánicos.
—Esto cambia las reglas, Ruaridh. Si han intentado matarla con nosotros aquí, es que tienen mucha prisa. Y la prisa suele ser mala consejera.
—La prisa es lo que nos va a dar el nombre que buscamos.
—Ruaridh se apoyó en el muro del establo, observando cómo el sol empezaba a disipar la bruma—.
Gavin quiere la tela carmesí, pero alguien más quiere la mortaja.
Quiero que vigiles las salidas de servicio de las cocinas.
El hombre huyó por allí. Alguien le abrió una puerta o él tenía la llave.
—Me encargaré.
Ruaridh se alejó hacia el salón principal.
Tenía que enfrentarse a otra cena, a otra ronda de preguntas y a la presencia constante de Gavin Brodie.
Pero ahora, cada vez que miraba la puerta de Sìle, no veía una barrera que ocultaba a una asesina.
Veía el último bastión de una verdad que alguien estaba dispuesto a silenciar a cualquier precio.
En la cocina, Agnes ya estaba trajinando con las ollas. Al ver entrar a Ruaridh, la mujer se detuvo y lo observó con detenimiento. No hizo preguntas, pero le puso delante un cuenco de gachas calientes y un trozo de pan rústico.
—La viuda ha bajado hace un rato —dijo Agnes, sin mirarlo—. Parecía que no había dormido, pero tenía la espalda más derecha que nunca.
—Ha tenido visitas nocturnas.
Agnes se detuvo, con el cucharón en la mano.
—En este castillo las visitas nunca traen nada bueno. —Se acercó a Ruaridh y bajó la voz—. Ten cuidado, muchacho. Los MacKenna tienen la sangre caliente, pero los Brodie tienen la paciencia del granito. Y el granito no se rompe fácilmente.
Ruaridh terminó el desayuno en silencio.
La advertencia de la cocinera se sumó al cúmulo de informaciones que procesaba su mente.
Subió de nuevo al ala norte, deteniéndose frente a la puerta que había defendido horas antes.
Pasó la mano por la madera, notando la muesca que el hombro del intruso había dejado.
Sìle regresó poco después, cargando un pequeño cesto con hierbas secas. Se detuvo al verlo allí.
—¿Todavía aquí?
—Es mi puesto.
—Un laird debería tener cosas más importantes que hacer que vigilar un trozo de roble.
—Un laird inteligente sabe que lo más importante suele estar detrás de lo que nadie quiere vigilar.
Ella lo miró fijamente, con una intensidad que hizo que Ruaridh se removiera incómodo. No había desafío en su gesto, solo una aceptación silenciosa.
—Entonces vigila bien, MacKenna. Porque la próxima vez, el que empuje no se irá tan fácilmente.
Sìle entró en su habitación y, por primera vez, no cerró el cerrojo de inmediato.
Dejó que la puerta permaneciera entornada unos centímetros, una invitación tácita a la protección que él ofrecía.
Ruaridh se sentó de nuevo en su rincón, apoyando la cabeza contra el muro.
El filo se había ido, dejando paso a una tensión distinta, más profunda y mucho más peligrosa.