LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 7. TERCERA CENA
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7. TERCERA CENA

La lluvia golpeaba los cristales con la cadencia de un tambor sordo, filtrando un frío que las chimeneas del comedor apenas lograban combatir.

En la mesa, el vapor del estofado de cordero ascendía en columnas densas que se deshacían antes de alcanzar las vigas del techo.

Ruaridh ocupaba la cabecera, con los hombros cargados y la mirada fija en el fondo de su copa de peltre.

Frente a él, Sìle mantenía la espalda tan rígida que parecía una extensión del respaldo de roble.

El único sonido que competía con el vendaval exterior era el tintineo de una cuchara contra el plato.

—Come antes de que la grasa se vuelva un bloque sólido.

Ruaridh no levantó la vista. La sombra de su mandíbula se proyectaba sobre el mantel, endurecida por una vigilia que ya no era solo por deber.

—Es difícil tragar cuando la cocinera me observa como si estuviera midiendo el tamaño de mi fosa.

Sìle echó una ojeada hacia el aparador, donde Agnes permanecía inmóvil, con los brazos cruzados y una expresión de absoluta sospecha.

—Agnes solo cuida sus ingredientes —replicó el guerrero, pinchando un trozo de carne con la punta del cuchillo—. Y yo cuido mi inversión. Una prisionera famélica no sirve para un interrogatorio.

—Me conmueve tu sentido práctico. Casi tanto como el filo de tu acero.

La puerta principal crujió al abrirse, dejando entrar una ráfaga de aire húmedo que hizo vacilar las llamas de los candelabros.

Gavin Brodie entró con la prestancia de quien se siente dueño de cada baldosa del castillo, sacudiéndose las gotas de agua de una capa de lana azul oscuro, tan fina que delataba un origen extranjero.

Llevaba un fardo alargado bajo el brazo, envuelto en cuero engrasado para protegerlo de la intemperie.

—Lamento la intrusión, pero el centinela me aseguró que aún estabais en el primer servicio.

Gavin no esperó invitación. Se situó entre ambos, ocupando el espacio físico con una naturalidad que hizo que Ruaridh tensara la mano sobre el mango de su cubierto hasta que los nudillos perdieron el color.

—Tercera noche seguida, Gavin —Ruaridh dejó caer el cuchillo sobre la mesa—. Empiezo a pensar que la comida de la guardia es tan mala que prefieres arriesgarte a mi humor.

—Mis asuntos con el clan no entienden de menús, Ruaridh.

El consejero clavó sus ojos en Sìle. Su mirada no era la de un oficial, sino la de alguien que evalúa una posesión rescatada de un naufragio.

Depositó el fardo sobre la mesa, justo al lado del plato de la viuda.

Con dedos ágiles, desató las correas de cuero y retiró la protección.

Dentro apareció una pieza de terciopelo de un color carmesí tan profundo que bajo la luz de las velas recordaba a la sangre estancada.

Era un lujo obsceno para un castillo que olía a turba y a encierro.

—Sìle, querida. Me he dado cuenta de que tus vestidos empiezan a mostrar el desgaste de estos ocho meses de… aislamiento. Un obsequio para recordarte que la belleza no debe marchitarse por falta de cuidado.

El silencio que siguió fue más pesado que la piedra de la fortaleza. Sìle observó la tela sin tocarla. Sus pupilas se dilataron, pero no extendió la mano.

—Es demasiado color para un luto, Gavin.

—El luto es una disposición del espíritu, no una condena textil.

Gavin dio un paso más, invadiendo el territorio personal de la mujer. Se inclinó lo justo para que su aliento rozara el cabello de ella, ignorando por completo la presencia del hombre sentado a la cabecera.

—Dime, ¿estás cómoda? ¿Te falta algo? Me preocupa que la hospitalidad de Ruaridh sea algo… austera para alguien de tu alcoba.

Sìle levantó la barbilla, manteniendo una distancia que el consejero intentaba anular con su proximidad.

—Estoy exactamente donde debo estar. Y con la compañía que se me ha asignado.

—¿Te trata bien nuestro laird provisional?

—Gavin volvió a ignorar el tono gélido de la respuesta.

Su mano se movió hacia el terciopelo, acariciando la superficie con una familiaridad que resultaba invasiva—.

A veces los hombres acostumbrados a la guerra olvidan que las damas necesitan algo más que muros altos y raciones de soldado.

Si necesitas cualquier cosa que él pase por alto, sabes que mi puerta nunca tiene el cerrojo echado para ti.

Ruaridh observó el intercambio sin moverse.

Por primera vez, lo que había archivado como una molestia administrativa en su mente cobró un nombre biológico y letal.

No era protección lo que Gavin ofrecía; era una marcación de territorio.

Cada pregunta de Brodie, cada gesto de "preocupación", era una estaca clavada en el suelo para delimitar un terreno que el consejero reclamaba como suyo por derecho de antigüedad.

—La señora MacKenna tiene todo lo que requiere —la voz de Ruaridh vibró en el aire, baja y cargada de una vibración sorda—. Incluida una vigilancia que no necesita de terciopelos extranjeros.

—Por supuesto, Ruaridh. No dudo de tu eficacia.

Gavin se enderezó, recuperando su máscara de benevolencia impecable.

—Pero hay matices que se escapan al ojo militar. Sìle es una criatura que requiere atenciones específicas. Ha pasado por mucho.

—He pasado por ocho meses de silencio —cortó ella, manteniendo la espalda rígida—. Y por tres cenas en las que el aire se vuelve escaso. Si el obsequio era para alegrar mi estancia, me temo que el color no combina con las sombras de este comedor.

Gavin sonrió. Fue una mueca mínima que no llegó a sus ojos claros.

—Siempre tan mordaz. Es una cualidad que aprendí a apreciar en ti hace mucho tiempo.

El consejero hizo una inclinación de cabeza perfecta, giró sobre sus talones y se dirigió a la salida. Su paso era rítmico, el de un hombre que sabe que ha dejado una mecha encendida y solo tiene que sentarse a esperar a que el fuego alcance la pólvora.

Ruaridh no apartó la vista de la tela roja. Parecía una herida abierta sobre el roble de la mesa. Sìle permanecía inmóvil, con la respiración entrecortada pero el rostro convertido en una máscara de porcelana fría.

—Agnes.

El nombre salió de los labios de Ruaridh como una sentencia.

La cocinera se acercó a la mesa. No miró al guerrero, sino directamente a la viuda.

Agnes agarró la pieza de terciopelo con sus manos curtidas, sin la menor delicadeza, como si fuera un trapo sucio recogido de las caballerizas.

Caminó hacia la chimenea principal, donde los troncos de pino crujían devorados por el naranja.

Con un movimiento seco, arrojó la tela al corazón del fuego.

Sìle no protestó. Ni siquiera parpadeó cuando las llamas empezaron a lamer el terciopelo, convirtiendo el carmesí en un negro carbonizado que desprendía un olor acre a tinte químico y lujo quemado.

—El rojo nunca te ha sentado bien —masculló Agnes, volviendo a su rincón con las manos vacías.

Ruaridh observó el perfil de Sìle bajo el resplandor de la hoguera.

Vio una sombra de alivio cruzar sus facciones antes de que ella recuperara su habitual coraza.

No dijo nada más esa noche. Se limitó a terminar su vino, sintiendo que el sabor del metal en su boca era ahora mucho más intenso que el del cordero.

Al amanecer, el castillo despertó bajo una neblina que borraba los límites entre la piedra y el cielo.

Ruaridh bajó al patio mucho antes de lo habitual, encontrando a Fergus revisando los herrajes de los caballos.

El veterano tenía el rostro surcado por el cansancio, pero sus ojos permanecían alertas.

—¿Dormiste algo? —Fergus no levantó la cabeza de su tarea.

—Lo justo para entender que tenemos un nido de víboras instaladas en la despensa.

—Gavin Brodie es una víbora con corona de seda, Ruaridh. Lleva meses alimentando al clan con la idea de que la viuda es un demonio, mientras le lleva ofrendas a su alcoba. Eso no es justicia. Es una subasta.

Ruaridh apretó el puño contra el poste de madera del establo.

La imagen de la tela roja ardiendo aún flotaba en su mente, pero el verdadero problema era la familiaridad que Gavin había exhibido.

Aquella forma de inclinarse, aquella manera de dar por sentado que conocía los gustos de Sìle mejor que nadie.

—Anoche le puso nombre, Fergus.

—¿A qué?

—A la razón por la que Gavin no quería que nadie viniera a husmear. No es solo el control del castillo. No es solo la gestión del clan.

Ruaridh miró hacia la ventana del ala norte, donde una pequeña luz empezaba a brillar tras el cristal empañado.

—Quiere lo que mi hermano dejó vacante. Todo. Incluida la mujer que el resto del mundo quiere ver muerta.

—Eso complica la situación —comentó Fergus, escupiendo al suelo—. Si la ejecutas, le das lo que quiere: el control total sin testigos que le lleven la contraria. Si no la ejecutas, te enfrentas a los hombres que él maneja como a un rebaño hambriento de castigo.

—No voy a ejecutarla. Al menos, no bajo sus condiciones.

Ruaridh se dio la vuelta, con el rostro endurecido por una decisión que ya no admitía dudas.

—Busca a Agnes. Dile que quiero saber cuántas veces Gavin ha entrado en esa habitación cuando yo no estaba en el castillo. Y búscame a ese sobrino suyo. El que vio a Brodie en el bosque. Si hubo una segunda persona esa noche, quiero un nombre antes de que el sol alcance el cenit.

—¿Y qué vas a hacer con Gavin?

—Voy a darle lo que pide. Cordialidad. Voy a dejar que piense que me ha convencido, que soy un mercenario bruto que solo espera el momento de tensar la soga para cobrar e irse.

Ruaridh empezó a caminar hacia el salón de armas, con la capa ondeando tras él.

—Porque los hombres como Brodie solo cometen errores cuando creen que son los únicos inteligentes en la estancia. Y yo he sobrevivido a tres guerras aprendiendo a ser el estúpido más letal del campo de batalla.

Subió los escalones de piedra sintiendo la humedad calar sus huesos, pero su mente estaba en otra parte.

El capítulo de la investigación administrativa se había cerrado.

Lo que tenía delante era un asedio emocional, una lucha por el territorio donde la presa no era solo una fortaleza de granito, sino una mujer que empezaba a mirarlo con una desesperación que él entendía demasiado bien.

Entró en el gran salón. Gavin ya estaba allí, sentado a la mesa del consejo, revisando mapas de las tierras fronterizas con una serenidad insultante. El olor a sándalo de su capa aún impregnaba el aire rancio del lugar.

—Buenos días, Ruaridh. Espero que el estofado de anoche fuera nutritivo.

Ruaridh se detuvo a tres pasos de él. No sonrió. No saludó. Se limitó a observar las manos del consejero, esas manos que habían acariciado el terciopelo rojo antes de que terminara en las cenizas.

—Fue muy revelador, Gavin. Más de lo que imaginas.

Brodie levantó la vista, sosteniendo su máscara de benevolencia con una precisión que rozaba la perfección.

—Me alegra oírlo. La verdad siempre acaba saliendo a la superficie, por mucha presión que se ejerza para mantenerla en el fondo.

—En eso estamos de acuerdo —replicó Ruaridh, sentándose frente a él—. En eso estamos absolutamente de acuerdo.

El guerrero abrió el primer pergamino sobre la mesa, ignorando las cifras.

Se concentró en el silencio que emanaba de Gavin, un silencio cargado de secretos que empezaban a mostrar sus grietas.

El asedio no estaba en los muros exteriores, sino en cada palabra que compartían.

Y Ruaridh sabía que, para ganar aquella partida, tendría que ser mucho más despiadado que el hombre que servía vino con una sonrisa de santo.