6. EL CONSEJERO PERFECTO
La sala del consejo olía a cera rancia y a la humedad persistente que trepaba por los muros de granito.
Ruaridh ocupó el asiento central, el que pertenecía al laird, sintiendo la madera fría contra su espalda.
A su izquierda, Gavin Brodie mantenía una postura impecable, con las manos entrelazadas sobre un fajo de pergaminos.
Al fondo, cerca de la chimenea que apenas calentaba el ambiente, Fergus rascaba la empuñadura de su daga con un ritmo monótono.
Gavin desplegó un mapa de las tierras fronterizas. Su dedo, de uñas perfectamente recortadas, trazó una línea sobre el valle.
—Los MacDougall han movido sus rebaños dos millas hacia el sur.
Ruaridh observó el mapa sin verlo realmente. Tenía la mente clavada en la conversación de la cocina. En los nabos pelados de Agnes y en la inconsistencia de los días previos a la muerte de su hermano.
—El invierno no va a esperar a que termines de contar bueyes, Ruaridh.
—El ganado puede esperar, Gavin. Los hombres que lo cuidan, no.
Brodie levantó la vista. Sus ojos, de un azul pálido y transparente, no parpadearon.
—Precisamente. El clan necesita saber que hay alguien al mando. La incertidumbre en el castillo es un lujo que no podemos permitirnos mientras los vecinos huelen la sangre.
El consejero hizo una pausa, midiendo el silencio de Ruaridh.
—He convocado a los ancianos para esta tarde. Están inquietos. No piden imposibles, solo estabilidad. Quieren oír que el luto se cierra para que la vida continúe.
Ruaridh se inclinó hacia delante, invadiendo el espacio del consejero.
—¿Y qué significa para ellos que la vida continúe? ¿Una soga en el patio?
Gavin soltó una risa breve, casi imperceptible.
—Significa justicia. Para ellos es una cuestión de higiene, no de venganza. —Gavin empezó a recoger sus papeles con movimientos lentos—. Esperan una decisión. Si la sentencia se demora, empezarán a pensar que el nuevo laird es tan débil como el vino que servía su hermano.
Gavin salió de la sala sin esperar respuesta. Sus botas apenas hacían ruido sobre las losas. Ruaridh se quedó mirando la silla vacía, notando el peso de la autoridad como un feto muerto que nadie se atrevía a enterrar.
—Ese hombre habla mucho de higiene para alguien que huele tanto a perfume —comentó Fergus, acercándose a la mesa.
—Agnes dice que estuvo fuera tres días. Que volvió con el caballo seco.
Fergus dejó de jugar con su daga. Su rostro, habitualmente una máscara de indiferencia, se ensombreció.
—Busca a ese sobrino de Agnes. El que lo vio en la loma. Quiero saber si Gavin iba solo.
El salón principal estaba abarrotado de hombres que olían a lana mojada y a perro. El murmullo cesó en cuanto Ruaridh entró. No vestía las sedas que Gavin le había sugerido; llevaba su jubón de cuero gastado y la espada al cinto. Se sentó en la tarima, observando las caras endurecidas por el frío.
Gavin tomó la palabra. Su voz era el instrumento perfecto: equilibrada, firme, cargada de una preocupación razonable.
—Hermanos de sangre. El invierno acecha y los enemigos huelen nuestra debilidad. No estamos aquí para juzgar a una mujer, sino para proteger el futuro de este nombre.
Un rugido de aprobación recorrió la sala, pero Ruaridh notó que no era unánime. Al fondo, dos ancianos evitaban mirar a la tarima, jugueteando con sus copas vacías.
—La ley del clan exige una resolución. —Gavin extendió las manos, pareciendo más un mediador que un fiscal—. La inacción es una herida abierta. Necesitamos cerrar este duelo para centrar nuestra fuerza donde importa: en la defensa de nuestras fronteras.
Ruaridh escuchó. Gavin no pidió la muerte de Sìle. Habló de "estabilidad", de "necesidad política", de "alianzas". Dejó que fueran los hombres de las primeras filas quienes empezaran a murmurar la palabra ejecución.
Ruaridh se puso en pie. El silencio volvió a caer, pesado.
—Gavin habla de cerrar heridas.
Caminó hacia el borde de la tarima, mirando directamente a los veteranos del clan.
—Pero un buen cirujano no cose una herida si todavía hay podredumbre dentro. Decís que ella estaba sola. Decís que ella limpió la jarra.
Hizo una pausa, dejando que la duda flotara en el aire estancado del salón.
—He encontrado inconsistencias en los relatos de la guardia.
Días que no cuadran. Viajes que no dejan barro en las botas.
—Ruaridh clavó la mirada en Gavin—. No habrá ejecución hasta que cada sombra de este castillo tenga un nombre.
El clan no necesita una muerte rápida; necesita una verdad que no se pudra en primavera.
Gavin no se inmutó. Su sonrisa no desapareció, pero sus ojos se volvieron dos láminas de metal.
—Ruaridh, por favor. El duelo te hace imaginar sombras. Estaba revisando las fronteras, como bien saben todos. Pero si prefieres poner en peligro la seguridad del clan por una corazonada... que así sea.
El clan empezó a removerse. Algunos hombres asintieron a Gavin; otros, los más viejos, mantuvieron el silencio, observando a Ruaridh con una curiosidad nueva. La sala estaba dividida entre la urgencia de Gavin y la sospecha de Ruaridh.
El pasillo que llevaba a la capilla estaba en penumbra. El olor a incienso barato envolvía a Ruaridh mientras intentaba calmar el pulso. Una figura emergió de las sombras de un nicho. El Padre Cormac, con su túnica raída, lo interceptó.
El cura olía a miedo viejo. Miró por encima del hombro de Ruaridh, asegurándose de que el pasillo estuviera vacío. Sus manos no dejaban de temblar bajo las mangas.
—Señor MacKenna... las preguntas... —Cormac tragó saliva, su manzana de Adán subiendo y bajando bruscamente—. No busquéis en el bosque lo que ya tenéis bajo el techo.
—¿Qué quieres decir?
El cura no respondió. Sus ojos bailaron de un lado a otro, evitándolo. Escuchó un ruido al final del corredor y, sin mediar palabra, se escabulló hacia el interior de la capilla. El portón de madera crujió al cerrarse, dejando a Ruaridh solo en el frío.
—¿Te ha dado la bendición? —preguntó Fergus, apareciendo tras él.
—Me ha dicho que no busque fuera lo que ya tenemos aquí dentro.
Ruaridh miró hacia arriba, hacia el ala norte donde Sìle permanecía encerrada. Sabía que Gavin estaba en algún lugar de aquel laberinto de piedra, moviendo hilos invisibles.
Subió las escaleras. Se detuvo frente a la saetera que daba al patio de armas.
Abajo, Gavin Brodie caminaba escoltado por dos hombres del clan, riendo suavemente ante un comentario de uno de ellos.
Se veía tranquilo, dueño de su tiempo y de sus mentiras.
Ruaridh apretó el pomo de su espada. La red no estaba en las tierras del este, estaba entretejida en cada piedra que pisaban.
Y Gavin acababa de demostrar que sabía ocupar la habitación sin decir una sola palabra de más.