LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 5. LO QUE SABE AGNES
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5. LO QUE SABE AGNES

La bandeja de madera golpeó la mesa con una brusquedad que hizo bailar la jarra de leche. Sìle ni siquiera se movió de la silla. Observó el vaho que ascendía del tazón de avena, un gris blanquecino que se confundía con la niebla estancada tras los cristales de la alcoba.

Agnes no se marchó. Se instaló en el rincón, sacó un cuchillo pequeño del delantal y empezó a pelar nabos con una saña rítmica. La piel de la hortaliza caía en tiras perfectas sobre el suelo de piedra.

—Ese hombre que duerme frente a tu puerta tiene el sueño ligero —la cocinera lanzó una mirada hacia la entrada cerrada—. Demasiado ligero para alguien que dice estar de paso.

Sìle levantó una cuchara de madera, pero no la llevó a su boca.

—Se llama Ruaridh, Agnes. Y no está de paso. Ha venido a limpiar el apellido MacKena, aunque tenga que frotar hasta que no quede piel.

—Lo que tiene que frotar es el salón principal, no tus sábanas.

Agnes cortó un nabo por la mitad con un chasquido seco. El sonido resonó como un hueso rompiéndose.

—Nadie le ha preguntado a la que maneja los fogones, claro. Nunca lo hacen. Creen que el humo nos vuelve tontas o sordas. Pero Gavin Brodie no estaba en el castillo tres días antes de que tu marido se pusiera azul.

La cuchara de Sìle se detuvo en el aire. El calor del tazón le humedecía los dedos, pero sintió un escalofrío que le recorrió la columna.

—Dijo que estaba en las tierras del este —murmuró Sìle—. Revisando las fronteras por el robo de ganado.

—Las fronteras del este no están a tres días de cabalgada de ida y vuelta. Y volvió con el caballo seco, sin una mancha de barro, pero con los ojos de quien ha visto un fantasma. O de quien lo ha fabricado.

Agnes se detuvo. El cuchillo quedó suspendido sobre la raíz blanca.

—Se reunió con alguien en el bosque de los lamentos. Mi sobrino lo vio desde la loma. Gavin no iba solo, pero regresó solo. Y dos días después, el laird empezó a morir.

Sìle dejó la cuchara. El apetito, que ya era escaso, se evaporó por completo. La información no era una prueba; era el susurro de una mujer de sesenta años que pasaba el día entre ollas y hollín. Ruaridh no aceptaría aquello. Ruaridh buscaba hechos, documentos, confesiones bajo el peso del acero.

Sin embargo, las piezas empezaban a encajar con una precisión dolorosa en la mente de Sìle.

Recordó la última semana de su marido. No había sido la habitual tormenta de insultos y exigencias.

Había estado extrañamente quieto. Se sentaba en su silla de roble y miraba la puerta como si esperara que el aire se volviera sólido.

No era la paz de un hombre satisfecho; era el silencio de una presa que ha escuchado el crujido de una rama bajo la bota del cazador.

Tenía miedo. Su marido, un hombre que no respetaba ni a Dios ni al diablo, había pasado sus últimas horas aterrorizado.

—¿Por qué no lo dijiste antes, Agnes?

—¿A quién? ¿Al Padre Cormac? Ese solo oye lo que Gavin le permite confesar. ¿A los guardias? Son perros comiendo de la mano de Brodie.

Agnes reanudó su tarea.

—Te lo digo a ti porque tienes los ojos de quien está cavando su propia salida. Y porque ese MacKena del pasillo parece el único con suficiente mala uva para no dejarse engañar por la seda de Gavin.

Sìle se puso en pie. Caminó hacia la ventana, apoyando las manos en el alféizar frío.

El patio estaba despertando. Al otro lado de la fortaleza, en la zona de las caballerizas, divisó la figura imponente de Ruaridh.

Incluso desde la altura, su presencia dominaba el espacio.

Estaba rodeado de tres hombres del clan, veteranos que habían servido a su hermano durante décadas.

Ruaridh no gritaba. No gesticulaba. Estaba parado con las manos cruzadas a la espalda, escuchando.

Abajo, en el barro del patio, la escena era un teatro de sombras. Ruaridh observaba a un hombre tras otro. Los interrogaba con una calma que resultaba más amenazante que un puñetazo.

—¿Dónde estabas la noche del banquete? —preguntó Ruaridh al primero.

—En el puesto de la torre oeste, mi señor. Como siempre.

—¿Viste a alguien entrar o salir por la puerta de servicio?

—Nadie, mi señor. Estaba todo cerrado.

Ruaridh se desplazó hacia el segundo. El hombre era un gigante con el rostro marcado por la viruela.

—¿Tú?

—Lo mismo, señor MacKena. Todo en orden. Nadie entró. Nadie salió.

—Es curioso —la voz de Ruaridh, aunque baja, llegó nítida a través del aire frío hasta la ventana de Sìle—. Es la quinta vez que escucho exactamente las mismas palabras. "Todo en orden. Nadie entró. Nadie salió". Parecéis un coro de iglesia bien ensayado.

Los hombres intercambiaron una mirada rápida. Fergus, apostado a unos metros, masticaba un trozo de paja con una expresión de absoluto aburrimiento, pero su mano no se alejaba de la empuñadura de su espada.

—Es la verdad, señor —insistió el gigante—. El laird murió y nosotros guardamos el luto.

—El luto se guarda con silencio, no con respuestas prefabricadas —Ruaridh se acercó tanto al hombre que sus pechos casi se rozaron—. Si descubro que uno solo de vosotros ha olvidado un detalle por orden de Gavin Brodie, me aseguraré de que vuestro próximo puesto sea en lo alto de una pica.

Los hombres se dispersaron en cuanto Ruaridh les hizo un gesto de desprecio. No corrían, pero sus pasos eran rápidos, ansiosos por alejarse del hombre que no creía en las coincidencias.

Ruaridh se quedó solo en medio del patio. Levantó la vista hacia el ala norte, hacia la ventana donde Sìle permanecía oculta tras el reflejo del cristal. No hizo ningún gesto, pero ella supo que la había visto.

—Necesito salir de aquí, Agnes.

—Te tiene encerrada por una razón. Cree que te protege.

—Cree que me vigila —corrigió Sìle—. Y Gavin cree que me posee. Ninguno de los dos me conoce.

Sìle agarró una capa de lana gruesa y se la echó sobre los hombros.

Sus dedos todavía estaban fríos, pero la furia empezaba a generar su propio calor.

Lo que Agnes le había contado era la primera grieta real en el muro de mentiras de Brodie.

Si Gavin se había reunido con alguien en el bosque, si había regresado solo, si su marido sabía que algo venía a por él.

.. la culpabilidad de Sìle solo era el decorado de una farsa mucho mayor.

Salió de la alcoba. El pasillo estaba vacío, un túnel de piedra gris y corrientes de aire. Ruaridh había bajado al patio, y Fergus se había desplazado hacia la torre. Era el momento. No buscaba escapar del castillo; buscaba el aire, el espacio para pensar sin sentir el peso del juicio en la nuca.

Bajó las escaleras de caracol, evitando las zonas donde los sirvientes se agrupaban. Llegó al pasillo inferior, el que daba al patio de armas. El aire exterior, cargado de humedad y olor a turba, golpeó su rostro. Solo un paso más.

Una sombra se proyectó sobre el umbral de la puerta principal.

—¿Adónde crees que vas?

Ruaridh estaba apoyado en el marco de piedra, bloqueando la salida con su envergadura. No parecía agitado, pero sus ojos eran dos pozos de sospecha. No la miraba como a una mujer; la miraba como a un problema de logística.

Sìle no se detuvo hasta quedar a un palmo de él. El aroma a cuero, caballo y metal que desprendía el guerrero la envolvió.

—A caminar. Este castillo tiene demasiadas paredes y muy poca verdad.

—Tienes una orden —Ruaridh no se movió—. Y tienes un verdugo esperando que cometas un error estúpido para pedir mi cabeza.

—¿Y qué vas a hacer, MacKena? ¿Ponerme cadenas? —Sìle arqueó una ceja, manteniendo la barbilla alta—. Adelante. Al menos así sabría a qué atenerme.

Ruaridh bajó la mirada hacia las manos de ella, que apretaban la capa con fuerza.

—Si quieres aire, hay una ventana en tu alcoba. Ábrela.

—Una ventana no es lo mismo que el suelo bajo mis pies —replicó ella, su voz ganando un filo peligroso—. No espero que lo entiendas. Tú te pasas la vida cabalgando lejos de lo que te asusta. Yo llevo ocho meses viviendo dentro de ello.

Se quedaron en silencio, el espacio entre ambos cargado de una tensión que se podía palpar.

Sìle sentía el calor que emanaba del cuerpo de él, una presencia física que la descolocaba.

Ruaridh no apartó la vista. La estudiaba, analizando la palidez de su piel y la determinación que vibraba en sus ojos.

—Depende de lo que necesites ver —sentenció él al fin.

Su voz era grave, una vibración que ella sintió en el pecho.

—Si miras por la ventana, ves el horizonte. Si sales ahí fuera ahora, solo verás a hombres que quieren verte muerta y a un consejero que quiere que yo sea quien firme el documento.

—¿Y tú qué quieres ver, Ruaridh?

Sìle dio un paso más, reduciendo la distancia hasta que su capa rozó el jubón de él.

—¿Quieres ver a la viuda culpable para poder irte de aquí y olvidar que tu hermano era un bastardo al que nadie quería? ¿O quieres ver la verdad aunque eso signifique que Gavin Brodie es más fuerte que tú en tu propio castillo?

Ruaridh tensó la mandíbula. Un músculo saltó en su cara, el único indicio de que sus palabras habían dado en el blanco. No se apartó. No la empujó hacia atrás. Simplemente sostuvo la mirada, un duelo de voluntades que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.

—La verdad no es algo que se vea, Sìle. Es algo que se arranca.

—Entonces empieza a tirar, porque Agnes sabe más que todos tus guardias juntos.

Ruaridh frunció el ceño, pero antes de que pudiera preguntar, un grito llegó desde la zona de las cocinas.

Fergus apareció en el patio, haciendo señas.

El momento se rompió. La burbuja de tensión privada que los rodeaba estalló, devolviéndolos a la realidad del castillo sitiado por sus propios secretos.

—Vuelve arriba —ordenó Ruaridh, pero esta vez no había tanta dureza en su tono—. No me obligues a buscarte.

Sìle dio media vuelta sin responder. No necesitaba la última palabra; la información de Agnes ya estaba plantada en la mente del guerrero.

Subió las escaleras sintiendo que el aire de la alcoba ya no sería tan pesado. Ruaridh MacKena acababa de descubrir que sus "normas" no servían de nada en un lugar donde la cocinera era más peligrosa que los soldados.

Abajo, en el umbral, Ruaridh observó cómo la sombra de Sìle desaparecía en el recodo de la escalera. Fergus llegó a su lado, resoplando.

—¿Qué quería la viuda? —preguntó el veterano.

Ruaridh tardó en responder. Sus dedos rozaron la piedra donde ella había estado apoyada.

—Quería ver el mundo, Fergus. Y creo que me acaba de dar el mapa para encontrar el cadáver que Gavin se olvidó de enterrar.

Miró hacia las cocinas, donde Agnes seguía pelando nabos tras el vapor de las ollas.

El juego estaba cambiando. El interrogatorio a los soldados había sido una farsa, pero el silencio de la viuda empezaba a hablar demasiado alto.

Y Ruaridh entendió que, en aquel castillo, lo que se sabía era mucho más letal que lo que se decía.