LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 4. REGLAS
10%

4. REGLAS

La luz grisácea del alba se filtraba por la saetera, cortando el aire estancado de la alcoba. Ruaridh no esperó a que ella respondiera al golpe seco contra la madera. Entró con la pesadez de quien carga con el hierro de mil batallas y el humor de quien ha descubierto veneno en su propia copa.

Sìle estaba de pie junto a la ventana, observando el patio sumido en la niebla. No se giró. Sus hombros, afilados bajo la lana fina del vestido, se tensaron apenas un milímetro.

—¿Has venido a comprobar si el polvo de Gavin ha surtido efecto o a traerme el desayuno?

Ruaridh dejó un pergamino sobre la mesa pequeña, apartando con el dorso de la mano una jarra vacía. Sus movimientos eran lentos, calculados para no ceder ante el mareo residual que todavía le martilleaba las sienes.

—He venido a establecer el orden que este castillo ha olvidado.

Ella se dio la vuelta. La luz del amanecer le daba un aspecto espectral, pero sus ojos claros retenían una lucidez feroz que no encajaba con la imagen de una prisionera dócil.

—El orden es una palabra muy noble para alguien que duerme en el suelo de un pasillo.

Ruaridh ignoró el dardo. Se acercó a ella, invadiendo el espacio que Sìle consideraba su único territorio seguro. La diferencia de envergadura era ridícula, pero ella no retrocedió.

—A partir de ahora, las cosas se harán bajo mi supervisión. Si quieres seguir respirando después del próximo cambio de guardia, seguirás estas normas.

Señaló el pergamino sin apartar la mirada de ella.

—Comerás conmigo cada noche. En mi presencia. No saldrás de estas habitaciones sin Fergus o sin mí a dos pasos de tu espalda. Y cada vez que entres en esta estancia, yo habré revisado antes cada rincón, cada mueble y cada sombra.

Sìle observó el papel como si fuera un insecto desagradable. Luego levantó la vista, clavándola en la cicatriz que recorría la mandíbula del guerrero.

—¿Revisar mis habitaciones? —Una sonrisa gélida asomó en sus labios—. Supongo que eso incluye mis sábanas y mi ropa interior. Qué sacrificio tan heroico por tu parte, MacKenna.

—Incluye asegurarme de que nadie esconda una daga bajo tu almohada o vierta algo en tu jarra de agua mientras no miras.

Sìle guardó silencio. Sus dedos se cerraron sobre el alféizar de piedra, apretando hasta que los nudillos perdieron el color.

Era la primera vez en ocho meses que alguien organizaba el caos del castillo pensando en su supervivencia y no en su eliminación.

La lógica de Ruaridh era cruda, militar y carente de afecto, pero era real.

No era la falsa piedad de Gavin ni el odio visceral del clan.

Era una estrategia de guerra donde ella era el objetivo a proteger.

—Quiero añadir una —dijo ella, cruzando los brazos sobre el pecho.

—No hay negociaciones.

—La habrá.

Sìle dio un paso hacia él, obligándolo a inclinar la cabeza para mantener el contacto visual.

—Nadie entra aquí sin llamar. Ni tú, ni tu sombra, ni el consejero con aires de laird. Si vas a convertirme en tu propiedad de vigilancia, al menos concédeme la cortesía de no encontrarme desnuda cada vez que decidas que hay una sombra sospechosa bajo mi cama.

—He dicho que no.

Ruaridh se dio la vuelta para marcharse, con la capa ondeando tras él.

—Dalo por añadido de todas formas —le lanzó ella a la espalda—. O tendré que empezar a dejar trampas en la puerta que no te van a gustar.

Él se detuvo en el umbral, con la mano en el pomo de hierro. No se giró, pero su voz vibró en la piedra de la alcoba.

—Cena a las ocho. No llegues tarde. No tengo paciencia para buscarte por los pasillos.

La puerta se cerró con una finalidad metálica.

El comedor privado del ala este era un espacio angosto, dominado por una mesa de roble que conservaba las marcas de los hachazos de su construcción.

No había tapices lujosos ni la luz excesiva del gran salón.

Solo el crepitar de un hogar pequeño y el aroma denso del estofado de venado que Agnes acababa de depositar en el centro.

Ruaridh ocupaba la cabecera, con la espalda hacia la puerta. Sìle se sentó frente a él, manteniendo una distancia que parecía un abismo. No se habían dirigido la palabra desde el amanecer.

Agnes se movía con una pesadez deliberada, colocando los cubiertos de plata con golpes secos. Sus ojos pequeños, enterrados en pliegues de piel curtida, saltaban de Ruaridh a Sìle con una intensidad que rozaba la insolencia. No era una sirvienta silenciosa; era un juez que observaba cada gesto.

—El vino es de la barrica nueva —masculló Agnes, vertiendo el líquido púrpura en la copa de Ruaridh—. Esta no tiene polvo, por si alguien se lo pregunta.

—Gracias, Agnes. No hace falta que te quedes.

La cocinera no se movió. Se limpió las manos en el delantal manchado de grasa y observó cómo Sìle cogía la cuchara.

—Necesita comer, señora. Está más delgada que un sarmiento de invierno. Si el laird MacKena va a ejecutarla, que al menos el verdugo no tenga que esforzarse mucho porque se rompa sola.

Sìle levantó la vista hacia la mujer.

—Agradezco tu preocupación por la eficiencia del verdugo, Agnes. Siempre tan práctica.

Ruaridh empezó a comer con la eficacia de un hombre que ve la comida como combustible, no como placer. Sus movimientos eran precisos. Cortaba la carne sin hacer ruido, observando a Sìle por encima del borde de su copa. Ella apenas jugaba con el estofado.

—Come —ordenó él, sin levantar la voz.

—No tengo hambre.

—He dicho que comas. No voy a vigilar un cadáver que se ha muerto de hambre por orgullo.

Sìle clavó la cuchara en el plato con un gesto brusco. El caldo salpicó el mantel de lino, pero ella no se inmutó.

—Es difícil tragar cuando tienes a dos hombres y una cocinera evaluando cada bocado como si fuera una confesión de culpabilidad. ¿Qué esperas ver, Ruaridh? ¿Algún tic nervioso? ¿Un temblor en las manos que confirme que envenené a tu hermano?

Él dejó la copa sobre la mesa. El sonido del metal contra la madera pareció un disparo en la habitación pequeña.

—Espero que recuperes fuerzas para que, cuando llegue el momento de las preguntas de verdad, no te desmayes como una debutante del sur.

Agnes soltó un bufido mientras retiraba una bandeja vacía.

—Esta no se desmaya ni aunque la apaleen. Tiene más hueso que carne, pero el hueso es de granito.

La cocinera se retiró hacia la sombra del aparador, pero se quedó allí, apoyada contra la pared, observándolos.

El silencio se volvió denso, solo roto por el crujido de las llamas en el hogar y el sonido metálico de los cubiertos.

Ruaridh notó la forma en que Sìle mantenía la espalda recta, la forma en que evitaba que su mano rozara la de él al alcanzar el pan.

Había una electricidad estática entre ambos, una tensión física que no tenía nada que ver con la política del clan y todo que ver con la cercanía forzada en aquel espacio cerrado.

Él estudió su rostro bajo la luz vacilante de las velas.

Sìle no era una belleza convencional de las Highlands; tenía demasiados ángulos, una mirada demasiado directa y una boca que parecía permanentemente preparada para el sarcasmo.

Pero había algo en la curvatura de su cuello, en la fragilidad de sus muñecas, que despertaba en él un instinto protector que odiaba.

Un instinto que chocaba frontalmente con el sello de la Corona que descansaba en su habitación.

—¿Por qué me miras así? —preguntó ella, dejando la cuchara a un lado—. ¿Estás buscando el parecido con el monstruo que Gavin te describió en sus cartas?

—Estoy buscando la lógica en una mujer que prefiere quedarse en un castillo que la odia antes que desaparecer en la niebla.

—Ya te lo dije. No hay niebla lo suficientemente espesa para esconderse de un MacKenna cuando quiere sangre.

Fergus apareció en la puerta, con el rostro serio. Hizo un gesto apenas perceptible a Ruaridh. El guerrero se tensó, dejando los cubiertos.

—¿Qué ocurre?

—Tenemos compañía. No ha querido esperar a que terminarais.

Los pasos resonaron en el pasillo antes de que Fergus terminara de hablar.

Gavin Brodie entró en el comedor con la suavidad de un gato y la seguridad de quien posee cada piedra del castillo.

Vestía una túnica de lana azul oscura, bordada en plata, y llevaba un fajo de papeles bajo el brazo.

Su sonrisa era perfecta, radiante, carente de cualquier rastro de la incomodidad que debería sentir un intruso.

—Mis disculpas por la interrupción, Ruaridh. Sìle. —Hizo una inclinación de cabeza hacia la viuda que fue más un insulto que un saludo—. Pero han llegado noticias de los clanes del norte. La inestabilidad está creciendo y el consejo del clan exige respuestas.

Gavin no esperó a ser invitado. Apartó la silla junto a Sìle y se sentó, colocando los papeles sobre la mesa, justo al lado del plato de estofado de ella. El aroma a sándalo que desprendía el consejero chocó con el olor a carne y hogar.

Ruaridh lo observó con los ojos entrecerrados. Su mano buscó instintivamente el mango de la daga, pero se detuvo a medio camino.

—Estábamos cenando, Gavin.

—Lo sé, lo sé. Pero la estabilidad de los MacKenna no entiende de horarios de comida.

—Brodie clavó su mirada en Sìle. No era una mirada de odio, era algo más perturbador: una mezcla de posesión y escrutinio que hizo que Ruaridh archivara el gesto en un lugar frío de su memoria—.

Te veo mejor, querida. El aire de la libertad parece sentarte bien, aunque sea una libertad tan… supervisada.

Sìle no respondió. Se había quedado petrificada, con la copa a medio camino de los labios. El color había abandonado su rostro por completo.

Agnes se acercó a la mesa con una hogaza de pan recién sacada del horno. No saludó al consejero. No le ofreció vino. Con un movimiento brusco, partió el pan justo delante de él, usando tanta fuerza que las migas saltaron sobre los pergaminos de Gavin.

—El pan está duro hoy —masculló la cocinera, mirando fijamente a Brodie—. A veces las cosas que parecen blandas por fuera tienen un núcleo que te rompe los dientes si no tienes cuidado.

Gavin apartó una miga de su manga con un gesto de asco contenido.

—Gracias por la observación, Agnes. Siempre tan perspicaz.

Brodie volvió su atención a Ruaridh, ignorando a la sirvienta.

—Necesitamos discutir los términos de la ejecución, Ruaridh. El clan está inquieto. No entienden por qué la mujer que mató a su laird sigue sentada a tu mesa en lugar de estar enfrentándose a la soga. He traído los testimonios firmados de los guardias del salón. Son… esclarecedores.

Ruaridh observó a Gavin. El consejero hablaba con una racionalidad aplastante, con una lógica que parecía diseñada para no dejar fisuras. Pero el guerrero no miraba los papeles. Miraba la forma en que los dedos de Gavin rozaban, como por accidente, el antebrazo de Sìle sobre la mesa.

Ella retiró el brazo como si hubiera tocado hierro al rojo vivo.

—He dicho que yo me encargo de la investigación, Gavin —la voz de Ruaridh bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Y eso incluye decidir cuándo se acaba la cena.

—Solo trato de ayudarte, Ruaridh. Eres un hombre de acción, no un burócrata. Estas cosas son… farragosas. —Gavin sonrió de nuevo, pero sus ojos permanecieron fijos en Sìle—. Pero entiendo. La hospitalidad es importante. Aunque sea con una asesina.

Brodie se puso en pie, recogiendo sus papeles con una lentitud deliberada.

—Os dejo terminar. Pero no tardes mucho en leer esos testimonios, Ruaridh. El tiempo corre en este castillo. Y a veces, el tiempo es lo único que separa a un laird de un cadáver.

Gavin salió de la habitación con la misma suavidad con la que había entrado.

El silencio que quedó era distinto. Ya no era una tensión entre un carcelero y su prisionera. Era el silencio de un campo de batalla antes de la carga de caballería.

Agnes recogió los platos con una violencia silenciosa. Cuando llegó al sitio de Gavin, limpió la mesa con un trapo sucio, frotando como si quisiera arrancar la piel de la madera.

Sìle se levantó sin mirar a Ruaridh. Sus manos temblaban ostensiblemente.

—¿Vas a leerlos ahora? —preguntó ella, con la voz quebrada.

Ruaridh miró la puerta por donde se había marchado Brodie. Luego miró a Sìle. Vio el terror genuino en sus ojos, un terror que no iba dirigido a él, sino al hombre que acababa de salir.

—Vuelve a tus habitaciones, Sìle. —Ruaridh se puso en pie, su sombra proyectándose gigante sobre el hogar—. Mañana revisaré cada palabra de esos testimonios. Pero no creas que Gavin Brodie va a decidir cuándo se acaba este juego.

Sìle no esperó a que terminara. Salió del comedor casi corriendo, con el sonido de sus faldas rozando la piedra como un susurro de advertencia.

Ruaridh se quedó solo con Agnes y Fergus.

—Ese hombre —dijo Agnes, mirando hacia la puerta— huele a podrido aunque se bañe en esencia de rosas.

—Lo sé, Agnes —respondió Ruaridh, apretando los puños—. Lo sé perfectamente.

Miró el trozo de pan que Agnes había partido con tanta furia.

El juego de normas que había establecido esa mañana acababa de volverse mucho más complicado.

Porque en aquel castillo, las reglas no las dictaba el honor, sino el hombre que era capaz de sonreír mientras apretaba el cuello de sus víctimas.

Y Ruaridh MacKenna acababa de entender que Sìle no era su única prisionera. Todos lo eran.