LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 3. LA COPA DE BIENVENIDA
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3. LA COPA DE BIENVENIDA

Gavin Brodie aguardaba al pie de la escalera principal.

No había rastro en su rostro del desorden nocturno ni de la mancha de sangre que Fergus todavía intentaba fregar de las losas del ala norte.

Vestía una casaca de terciopelo verde oscuro, impecable, que hacía que el jubón de cuero de Ruaridh pareciera el pellejo de un animal atropellado.

—Mi querido Ruaridh.

Gavin extendió los brazos, deteniéndose a la distancia exacta que dicta la etiqueta. Su sonrisa era un ejercicio de contención.

—Lamento que tu primera noche haya sido tan agitada. Este castillo ha perdido el equilibrio desde que tu hermano nos dejó.

Ruaridh bajó el último escalón. Tenía los hombros cargados y los ojos inyectados en sangre por la vigilia frente a la puerta de la viuda.

—El equilibrio está exactamente donde lo dejé, Gavin. Lo que parece haberse movido es la decencia de los que guardan las llaves.

Brodie soltó una risa ligera y le hizo un gesto para que lo acompañara hacia el salón de banquetes.

—La fatiga te agria el carácter. Ven, la cena está servida. Necesitamos luz, buen vino y hablar de cómo cerrar este asunto antes de que el invierno bloquee los pasos de montaña. Cuarenta y ocho horas, Ruaridh. Eso es lo que calculo que tardarás en poner orden y regresar a tus negocios en el sur.

El salón de banquetes era una cueva de piedra iluminada por docenas de velas de cera de abeja.

El aroma a asado era intenso. En la mesa larga, Padre Cormac ya ocupaba su lugar, desmigando una hogaza de pan con dedos nerviosos.

Fergus se mantuvo en un rincón, con la mano cerca de la empuñadura de su espada.

No había rastro de Sìle. Su ausencia pesaba más que la presencia de todos los demás.

—¿La viuda no cena?

Ruaridh ocupó la silla a la derecha de Gavin. El cuero del asiento crujió. Brodie se tomó su tiempo para desdoblar una servilleta de lino.

—He considerado que sería inapropiado. Para ella y para ti. Sìle es una mujer complicada, Ruaridh. He hecho todo lo posible por protegerla de la ira del clan estos ocho meses, pero su actitud no facilita las cosas. Es de una naturaleza difícil. Casi desafiante.

Brodie cogió una jarra de plata y llenó la copa de Ruaridh. El vino cayó con un borboteo denso, de un color púrpura tan oscuro que parecía negro.

—La justicia debe seguir su curso, por supuesto.

Gavin sirvió después su propia copa con un pulso de cirujano.

—Pero hay formas de hacer que ese curso sea menos doloroso para todos. Bebe. Es de las bodegas del sur. Tu hermano lo guardaba para las visitas.

Ruaridh observó el reflejo de las llamas en el líquido. Cogió la copa, pero no bebió de inmediato.

—Pareces ansioso por despacharme, Gavin. Apenas he tenido tiempo de quitarme el barro de las botas.

—Preocupado, más bien.

Brodie levantó su copa hacia el Padre Cormac en un brindis silencioso que el cura aceptó sin levantar la mirada del plato.

—El clan necesita estabilidad. Las pruebas contra ella son abrumadoras. Las hierbas, los testigos del salón, su propia falta de lágrimas. Todo apunta a una resolución rápida.

Padre Cormac carraspeó, jugueteando con el crucifijo de madera.

—La misericordia es una virtud, hijo —intervino el cura con una voz quebradiza—, pero la verdad es la que nos hace libres.

Ruaridh bebió. El vino era áspero, con un trasfondo de moras y un regusto metálico que le recorrió los nervios. Gavin asintió con aprobación y empezó a despiezar una codorniz.

—¿Quieres que lo mate ahora o esperamos a después del desayuno?

La voz de Fergus cortó la retórica de Gavin como un hacha. El veterano no se había movido de su rincón. Brodie detuvo el cuchillo en el aire y miró al soldado con una curiosidad teñida de desprecio.

—Tu hombre tiene un sentido del humor peculiar, Ruaridh.

—No es humor, Gavin. Es impaciencia. Fergus odia las cenas largas y las explicaciones que suenan a ensayo.

Brodie recuperó su sonrisa profesional.

—Entiendo. Durante meses, Sìle ha intentado convencernos de que alguien más entró en el salón aquella noche. Pero los guardias no vieron a nadie. Solo ella estaba allí cuando el laird cayó. Incluso Agnes, que suele ser compasiva, la vio limpiar la jarra antes de que llegara el curandero.

Ruaridh sintió un calor extraño subiendo por su garganta. Un embotamiento sutil que le nublaba los bordes de la visión.

—Interesante —murmuró Ruaridh—. Agnes suele ser minuciosa con la limpieza.

—Demasiado —añadió Gavin—. Casi parece que quisiera borrar un rastro. Pero no te aburriré con detalles administrativos. Mañana revisaremos los registros y verás que no hay otra salida. El clan exige sangre por sangre.

Ruaridh escuchaba, asintiendo, dejando que Brodie se explayara. Sentía una pesadez creciente en los párpados. Padre Cormac apuró su vino y pidió más con un gesto torpe, evitando cruzar la mirada con Ruaridh en todo momento.

—Te veo cansado, Ruaridh. Deberías retirarte.

Gavin dejó los cubiertos a un lado.

—Mañana terminaremos con este trámite.

Ruaridh se levantó. La habitación osciló levemente. Apoyó una mano en el borde de madera tallada para no tambalearse.

—Buenas noches.

Fergus lo alcanzó en el primer descanso de la escalera. El veterano lo agarró del brazo antes de que Ruaridh perdiera el equilibrio bajo el arco de una saetera.

—¿Cuánto has bebido?

—Dos tragos.

Ruaridh se apoyó contra la piedra fría, respirando hondo.

—Dame la copa.

Fergus sacó el recipiente de peltre de su jubón. La había recuperado en un descuido de Gavin. Bajo el resplandor de la luna que entraba por la ranura del muro, el fondo de la copa revelaba un rastro de polvo grisáceo. Una sustancia fina que no se había disuelto del todo.

Ruaridh metió un dedo en la copa y se lo llevó a la lengua. El sabor amargo y punzante le sacudió el letargo. No era veneno para matar; era algo para entorpecer el juicio, para asegurar que el juez viera solo lo que el consejero quería mostrarle.

—Gavin sirvió las copas —masculló Ruaridh, sintiendo el sudor frío en la frente—. Él solo.

—¿Bajo y le abro la garganta?

—No. Si lo haces, ella será culpable para siempre y nosotros seremos los mercenarios que vinieron a saquear el castillo.

Ruaridh subió los escalones restantes luchando contra la pesadez que amenazaba con cerrarle los ojos. Cada paso era una batalla contra la voluntad de Gavin Brodie. Cuando llegó al pasillo del ala norte, vio la puerta de la habitación de Sìle.

La viuda sabía exactamente qué tipo de serpiente habitaba en el salón principal. Gavin no quería una investigación; quería un verdugo ciego.

—Fergus —dijo Ruaridh, con la voz quebrada—. Quédate en el pasillo. Si alguien se acerca, que no sea para hablar.

—Entendido.

Ruaridh entró en su habitación, justo enfrente de la de Sìle.

Se dejó caer en la cama sin quitarse las botas.

El techo parecía vibrar. Gavin Brodie había cometido un error: había creído que Ruaridh era tan manejable como su hermano mayor.

Había creído que un poco de polvo en el vino bastaría para enterrar la verdad.

Cerró los ojos, sintiendo el pulso martilleando en sus sienes. En la oscuridad, la imagen de Sìle con el cuchillo volvió a él. Ella no era el peligro en este castillo. Ella era el único obstáculo que le quedaba a Gavin para poseerlo todo.

A medianoche, el silencio fue roto por el crujido de una tabla en el pasillo. Ruaridh se incorporó, con la mandíbula apretada. El efecto de la droga empezaba a remitir, dejando tras de sí una furia lúcida y fría. Se levantó y caminó hacia la puerta.

Gavin Brodie creía que había decidido cuánto pensaría Ruaridh antes del amanecer.

Se equivocaba. Mañana, el consejero esperaba encontrar a un hombre dócil.

Lo que iba a encontrar era a un cazador que acababa de descubrir el rastro de su presa.

Y el rastro olía a plata vieja, a vino amargo y a la ambición de un hombre que sonreía demasiado bien.